Román Reyes (Dir): Diccionario Crítico de Ciencias Sociales

Desempleo  
 
Alicia Garrido
Universidad Complutense de Madrid

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El desempleo es, sin lugar a dudas, uno de los mayores problemas económicos y sociales a los que deben enfrentarse las sociedades industrializadas actuales. El debate público sobre la falta de trabajo ha estado centrado fundamentalmente en el análisis de los factores económicos que lo provocan y en la discusión de las políticas económicas más adecuadas para hacerle frente. Este reduccionismo economicista ha desembocado, frecuentemente, en el olvido de las importantes consecuencias que la falta de un puesto de trabajo tiene para aquellas personas que la experimentan. Como se mostrará a continuación, la psicología social ha contribuído de manera significativa a aumetar el conocimiento sobre la experiencia personal del desempleo.

El primer desarrollo de la investigación sobre el impacto psicosocial del desempleo tuvo lugar en la década de los 30, en el contexto de un aumento sin precedentes de las tasas de desempleo provocado por la crisis económica del 29. La revisión de estudios realizada por Eisenberg y Lazarsfeld (1938), en la que se recogen más de 100 investigaciones realizadas en diferentes países, deja bien patente la contribución de las ciencias sociales a la comprensión de los efectos del desempleo durante aquellos años. En las investigaciones realizadas en este período, las consecuencias del desempleo fueron descritas, generalmente, como un deterioro significativo de la salud mental, una disminución de la autoestima, una pérdida del sentido del tiempo y una gran apatía, que tuvo sus manifestaciones tanto en la disminución de todas las actividades cotidianas como en la inexistencia de una respuesta política al desempleo por parte de los desempleados.

Tras el paréntesis histórico de las décadas de los 50 y los 60, la recesión económica de 1973 y sus hondas repercusiones en el mercado laboral hacen que el desempleo vuelva a convertirse en uno de los mayores problemas sociales y económicos de los países occidentales. La creciente preocupación por las dimensiones psicológicas y sociales del desempleo promovió un nuevo desarrollo de la investigación psicosocial sobre el tema, cuya importancia numérica queda plasmada en las numerosas revisiones bibliográficas con las que contamos actualmente (Alvaro, 1992; Blanch, 1990; Feather, 1990; O`Brien, 1986; Warr, 1987). Si bien la investigación sobre el impacto del desempleo fue inexistente en nuestro país durante los años 30, esta situación ha cambiado en la actualidad, comenzándose a desarrollar a mediados de los 70 los primeros estudios sobre las consecuencias psicosociales del desempleo. Los progresos de la investigación psicosocial sobre el desempleo en España quedan bien reflejados en la revisión de estudios llevada a cabo por Alvaro y Fraser (1995).

De todos los aspectos que abarca el impacto psicológico y social del desempleo, uno de los que mayor interés ha suscitado ha sido el que se refiere a sus efectos sobre el bienestar psicológico. Actualmente contamos con una amplia evidencia empírica que señala que el desempleo tiene un fuerte impacto negativo en la salud mental de quienes lo experimentan. Las comparaciones transversales entre muestras de empleados y desempleados nos llevan, de forma consistente, a la conclusión de que éstos últimos presentan un menor nivel de bienestar psicológico general, mayor grado de sentimiento depresivo y de ansiedad, un grado menor de satisfacción con la vida y menor nivel de autoestima. Es necesario señalar, no obstante, que con algunos de los índices de salud mental considerados se han obtenido resultados contradictorios. Sirva como ejemplo de ello la falta de unanimidad existente en torno a la asociación entre desempleo y autoestima, existiendo estudios en los que no se ha encontrado evidencia de que los desempleados tengan una imagen más negativa de sí mismos que las personas que tienen un empleo. No obstante, y a pesar de la existencia de algunas contradicciones, se puede decir que en general, y tomada en su conjunto, la investigación transversal sobre el impacto del desempleo en la salud mental señala que hay una asociación significativa entre ambas variables, siendo las personas desempleadas las que muestran mayores niveles de deterioro psicológico (ver Alvaro, 1992; Feather, 1990; O`Brien, 1986; Warr, 1987).

La investigación longitudinal, realizada en su mayor parte con muestras de jóvenes que se incorporan al mercado de trabajo, muestra que el mayor deterioro psicológico observado entre los desempleados surge como resultado de las diferencias de posición en el mercado laboral y no pueden ser consideradas, por tanto, como un antecedente de las mismas. Estos resultados están especialmente claros al considerar algunos índices de salud mental, como el bienestar psicológico general: en la mayoría de los estudios realizados se constata que el acceso a un puesto de trabajo lleva aparejado un aumento del mismo, mientras que el desempleo produce un deterioro psicológico significativo. La consistencia de los resultados obtenidos para el bienestar psicológico general no se observa, sin embargo, al considerar otros índices de salud mental, como la autoestima, por ejemplo. Mientras que algunos autores han descartado que la autoestima tenga efectos predisposicionales sobre la situación laboral de los jóvenes (Garrido Luque y Alvaro, 1992), otros concluyen que los jóvenes que no consiguen un empleo tras finalizar los estudios tienen ya una imagen más negativa de sí mismos antes de incorporarse al mercado laboral (Feather y O`Brien, 1986). A resultados similares se ha llegado con el sentimiento depresivo.

La conclusión general que puede extraerse de la investigación sobre el impacto psicosocial del desempleo es que éste tiene un fuerte impacto sobre la salud mental de las personas que lo experimentan. A pesar de que existen algunas contradicciones, la evidencia empírica disponible, tomada en su conjunto, nos ofrece una visión inequívoca de las consecuencias negativas que la falta de trabajo tiene para la salud mental, consecuencias que puden resumirse en un deterioro del bienestar psicológico general, un aumento del sentimiento depresivo, una disminución de la satisfacción con la vida y, con algunas matizaciones, una disminución de la autoestima.

Otro aspecto a considerar a la hora de evaluar los efectos del desempleo es la forma en la que éste incide en la motivación y las actitudes hacia el trabajo. A pesar del indudable interés que reviste esta cuestión, la investigación sobre las relaciones entre el desempleo y las actitudes hacia el trabajo ha sido relativamente escasa en comparación con la que se ha llevado a cabo sobre otras consecuencias derivadas de la falta de trabajo. Las investigaciones realizadas no nos permiten extraer una conclusión clara sobre los cambios motivacionales y actitudinales que acompañan al desempleo. La investigación realizada con desempleados adultos han sido muy escasa y ha llegado a conclusiones contradictorias. Aunque en algunos estudios se ha establecido una asociación entre el desempleo y la aparición de actitudes de rechazo hacia el trabajo (Lawlis, 1971), otros afirman que el desempleo voluntario es poco frecuente (Marsden y Duff, 1975). El período de tiempo que una persona lleve desempleada parece ser un factor importante para que tenga lugar un cambio en la actitud hacia el trabajo. En algunos estudios se ha observado que el compromiso con el trabajo disminuye de forma significativa en personas que llevan largos períodos de tiempo desempleados, pero se mantiene estable cuando el período de desempleo es inferior a 3 meses (Warr y Jackson, 1985).

La preocupación por la influencia del desempleo en las actitudes hacia el trabajo es mayor en el caso de los jóvenes, dada la importancia de las primeras experiencias en el mercado de trabajo para la evolución postrior del proceso de socialización laboral. Las experiencias de desempleo en las fases iniciales de la carrera laboral podrían dar lugar a una regresión en el proceso de socialización de los jóvenes cuyas principales manifestaciones, en lo que a las actitudes hacia el trabajo se refiere, serían una disminución de la implicación en el trabajo, una mayor aceptación del hecho de estar desempleado o una actitud más negativa hacia la búsqueda de empleo. Las investigaciones realizadas demuestran que es infrecuente que se perciban ventajas en el hecho de estar desempleado o que el desempleo llegue a percibirse como una alternativa al empleo. Es poco probable que el subsidio de desempleo sea considerado como una alternativa aceptable a los ingresos procedentes de un puesto de trabajo. No obstante, a pesar de que el compromiso con el trabajo se mantiene alto y de que el desempleo no llega a convertirse en una alternativa aceptable, existe evidencia de que la falta de un puesto de trabajo ejerce una influencia significativa sobre la actitud hacia la búsqueda de empleo. Algunas investigaciones muestran que las expectativas de éxito se reduce, la actitud hacia la búsqueda de un empleo se hace más negativa y la intensidad con la que se busca un puesto de trabajo disminuye (Garrido Luque, 1992; Banks y Ullah, 1987).

En lo que a la respuesta politica se refiere, la investigación realizada muestra que los desempleados tienen actitudes más críticas y radicales que los empleados y una mayor identificación con tendencias políticas de izquierda. Sin embargo, tienen una mayor tendencia a la abstención, menor grado de afiliación política y menor grado de participación en actividades políticas (Alvaro y Marsh, 1993; Bergere, 1989a). Los resultados son similares al considerar a los jóvenes: el desempleo juvenil ha sido asociado a la adopción de posturas más críticas, a una mayor insatisfacción con el sistema político y a actitudes de rechazo hacia la política. La evidencia sobre la orientación política de los jóvenes desempleados es algo contradictoria. Aunque hay estudios que demuestran que las tendencias de izquierda son más frecuentes entre los jóvenes desempleados, otros autores llegan a conclusiones contrarias. Bergere (1984, 1989b) detecta una progresiva bipolarización de la juventud que se traduce en una tendencia a la derechización y en un progresivo desinterés por la política y Blanch (1990) destaca la apatía política de los jóvenes desempleados. En lo que a la conducta política se refiere se observa que, si bien los jóvenes desempleados dan más apoyo verbal a cambios sociales radicales y justifican en mayor medida las acciones violentas, estas actitudes no se reflejan en su actividad política, que es menor que la de los jóvenes que trabajan. La inexistencia de instituciones que canalicen la respuesta de los desempleados (Fraser, 1989) y el deterioro emocional provocado por la carencia de un empleo (Alvaro y Marsh, 1993) son los principales argumentos esgrimidos para dar cuenta de la escasa influencia del desempleo en el comportamiento político.

Resulta evidente que los desempleados no constituyen un grupo homogéneo y que existen importantes diferencias individuales en la reacción ante la falta de trabajo. Esta evidencia ha determinado que la investigación preste cada vez una mayor atención a la identificación de las variables que reducen o acentúan los efectos del desempleo y, que pueden, por tanto, dar cuenta del impacto diferencial del mismo. El género, la edad, la duración del desempleo, el apoyo social con el que cuenta la persona desempleada, el grado de implicación en el trabajo, el nivel de ingresos económicos posterior al desempleo y la clase social han sido algunas de las variables utilizadas a la hora de explicar el impacto diferencial del desempleo en diferentes sectores de la población (Alvaro, 1992; Feather, 1990; O`Brien, 1986; Warr, 1987).

El gran desarrollo de la investigación empírica sobre el impacto psicosocial del desempleo no ha ido aparejado a una evolución paralela del conocimiento teórico. El carácter fundamentalmente descriptivo de la investigación psicosocial sobre el desempleo ha sido ampliamente criticado, subrayándose la necesidad de una mayor orientación teórica de la misma (Alvaro, 1992; Feather, 1990). A pesar de ello, ha habido algunos intentos de enmarcar el estudio de los efectos del desempleo en un contexto teórico en el que éstos puedan ser interpretados. Una de las principales aportaciones teóricas para la comprensión de los efectos psicosociales del desempleo ha sido el modelo de la privación propuesto por Jahoda (1979, 1987). Según esta autora, el empleo, además de proporcionar a la persona los ingresos económicos necesarios para su mantenimiento cumple una serie de funciones latentes, como imponer una estructura temporal a la actividad cotidiana, ampliar el marco de las relaciones interpersonales más allá del contexto familiar, vincular a la persona a metas y objetivos que trascienden los suyos propios, definir aspectos centrales del estatus y de la identidad personal y mantener y fomentar el desarrollo de una actividad. El deterioro psicológico de los desempleados vendría explicado no sólo por la disminución de los ingresos económicos que conlleva sino también, y fundamentalmente, por la desaparición de las categorías de experiencia impuestas por las funciones latentes del empleo. Destaca asimismo, el modelo teórico propuesto por Warr (1987), considerado como uno de los intentos más fructíferos de integración teórica de los resultado de la investigación sobre el impacto del desempleo. Según este modelo, hay nueve categorías de factores ambientales que determinan el nivel de salud mental. En cualquier ambiente, el bienestar psicológico dependerá del grado en que el entorno proporcione oportunidad de control, oportunidad para el uso de las capacidades personales, objetivos generados externamente, variedad, claridad ambiental, disponibilidad de recursos económicos, seguridad, oportunidad para establecer relaciones interpersonales y posición social valorada. Un medio social que carezca de cualquiera de estas características o que las proporcione de forma deficiente estará asociado a un bajo nivel de salud mental. La comparación de empleados y desempleados utilizando las categorías propuestas por el modelo lleva a la conclusión de que el ambiente del desempleo es mas deficitario, lo que hace que la salud mental de los desempleados sea menor.

Los resultados que se desprenden de las investigaciones realizadas actualmente son, en líneas generales, muy similares a los que se obtuvieron en los estudios de los años 30. Más aún, el elevado desarrollo metodológico de los estudios actuales y, más concretamente, la progresiva utilización de diseños longitudinales, ha permitido trascender la mera asociación entre desempleo y deterioro psicológico y establecer nexos causales entre ambos. Por tanto, lejos de mostrar una disminución en la actualidad del impacto del desempleo sobre el bienestar psicológico, la investigación desarrollada durante las últimas décadas ha demostrado que el desempleo no sólo está asociado a, sino que es causa de un deterioro significativo de la salud mental de quienes lo experimentan. Los motivos de esta similaridad entre la experiencia del desempleo en los años 30 y en la actualidad hay que buscarlos, según Jahoda (1979, 1987) en la estabilidad temporal de las funciones que cumple el empleo y de las necesidades humanas que dichas funciones satisfacen.

La investigación actual presenta, cuando se la compara con la realizada en los años 30, una mayor diversidad metodológica. El predominio actual de estudios cuantitativos no ha impedido que desde la perspectiva cualitativa continúen haciéndose importantes contribuciones a la comprensión de la experiencia del desempleo. No obstante, y dado que la coexistencia de ambos enfoques se traduciría en una mayor comprensión de los aspectos psicológicos y sociales del problema del desempleo, sería conveniente un mayor uso de técnicas cualitativas bien diseñadas y controladas que puedan ayudar no sólo a generar hipótesis sino también a explicar procesos complejos que no son fácilmente captados mediante el uso de cuestionarios.

En lo que se refiere a la evolución temática de la investigación, ésta sigue caracterizándose por una concentración excesiva en los efectos emocionales del desempleo, que ha hecho que otras importantes consecuencias de la falta de trabajo hayan sido objeto de un cierto olvido. Diversos autores han criticado este sesgo de la investigación psicosocial sobre el desempleo y han subrayado la necesidad de analizar con mayor detalle aspectos como la respuesta política de los desempleados, las representaciones sociales del desempleo, la percepción, tanto individual como colectiva de sus causas o las actitudes hacia los desempleados (Alvaro y Fraser, 1995; Fraser, 1980). En el caso de los jóvenes, se muestra especialmente clara la necesidad de prestar una mayor atención al estudio de los efectos del desempleo sobre la evolución posterior del proceso de socialización laboral (véase Torregrosa, 1981).

También ha habido un creciente interés por las variables que moderan los efectos del desempleo. La investigación sobre el impacto diferencial de la falta de trabajo, apenas iniciada en los años 30, se ha desarrollado considerablemente en la actualidad. A pesar de ello, sigue siendo necesaria una mayor precisión a la hora de describir la influencia mediadora de estas variables.

La investigación ha ignorado, en general, la influencia del contexto social en el que cobra significado la experiencia del desempleo y las posibles variaciones en la reacción ante el mismo de un contexto cultural a otro. Como señalan Marsh y Alvaro (1990), la investigación sobre el desempleo ha reproducido, en general, un rasgo de las ciencias sociales que ha sido ampliamente criticado: el intento de generar leyes universales sobre la conducta humana a partir de observaciones particulares. Los resultados obtenidos por estos autores al comparar la experiencia del desempleo en contextos culturales diferentes ilustran claramente la conexión entre un valor cultural, como es la centralidad del trabajo, y la experiencia psicológica y muestran la necesidad de adoptar una perspectiva transcultural en el estudio del desempleo.

Finalmente, es necesario señalar la necesidad de un mayor desarrollo de la investigación teórica sobre el impacto psicosocial del desempleo.


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