Román Reyes (Dir): Diccionario Crítico de Ciencias Sociales

Grupo primario  
 
Rafael González García
Universidad Complutense de Madrid

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Convencionalmente se suele admitir que la definición formal de grupo primario se establece en 1909, fecha en la que Charles Horton Cooley publica Social Organization. A Study of the Larger Mind. En el capítulo tercero, monográficamente dedicado a los grupos primarios, Cooley los define como establecidos sobre la base de estrechas relaciones cara a cara entre sus miembros, interviniendo decisivamente en la formación de la naturaleza social de las personas. El carácter primario de dichos grupos se debería al hecho de que son los primeros, desde un punto de vista cronológico, con los que el individuo se relaciona desde el momento de su nacimiento (familia, grupo de juegos); y son también los primeros, desde un punto de vista cualitativo, a la hora de moldear el yo social de la persona, proporcionándole los motivos, normas y valores que guían su conducta y estructuran su autoimagen.

A diferencia de los grupos secundarios, los grupos primarios resisten con mayor facilidad las modificaciones producidas por los cambios sociales, y su existencia bajo cualesquiera tipos de situaciones políticas, históricas e institucionales, demostraría la importancia de los mismos para la socialización de los individuos, así como para su defensa frente a los avatares de la vida, en cualquier época de la evolución social.

Muchos años después, en 1972, Dunphy publicará The Primary Group: A Handbook for Analysis and Research, texto de importante impacto académico (prolongado hasta nuestros días) y en el que el grupo primario se define "como un pequeño grupo que exista durante el tiempo suficiente para establecer unos firmes lazos emocionales entre sus miembros, que presente al menos un conjunto de roles rudimentarios y funcionalmente diferenciados, y una subcultura propia, así como una autoimagen del grupo y un sistema normativo informal para controlar las actividades de sus miembros". Pequeñez en su tamaño, intimidad emocional y algún tipo de organización, serían, pues, las principales variables conjugadas para definir los grupos primarios, en cuyo seno se van a desarrollar importantes relaciones psicológicas.

En este sentido, el concepto ortodoxo de grupo primario irá ampliando su ámbito definicional, haciéndose prácticamente intercambiable con la noción de relaciones primarias estables, por lo general diádicas. Tal es el caso de las que vinculan a la madre con el recién nacido, o de las que caracterizan a los amigos íntimos. En este sentido ha venido estudiándose la figura del confidente, cuyo papel se ha demostrado especialmente decisivo para el mantenimiento de la salud mental, al ser uno de los más eficaces recursos de ayuda, emocional e instrumental, para enfrentarse con sucesos vitales adversos.

En la actualidad, tales relaciones primarias estables suelen encuadrarse bajo la denomonación genérica de redes de apoyo o redes de contactos personales. Efectivamente, en los últimos años, este tipo de relaciones psicológicamente estrechas, íntimas, primarias en suma, se ha considerado como uno de los más eficaces mecanismos de apoyo social frente a la depresión y el suicidio, por su obvia (y científicamente demostrada) eficacia para el manejo y afrontamiento de problemas personales. De entrada, la mera certeza de que se puede contar con la ayuda y/o protección puntual de alguien en caso de extrema y/o súbita necesidad, constituye de por sí un elemento tranquilizante y motivador para enfrentarse a situaciones rutinarias de peligro, o para poder sobrellevar un período más o menos largo de estrés continuado. Esto es lo que demostraron numerosas investigaciones pioneras, desarrolladas a finales de los años sesenta, como las de Bowlby, Brown y Harris, o Miller e Ingham, acerca de la importancia profiláctica, ante la depresión, del papel del confidente o amigo íntimo sobre el que se desahogan sin ambages melancolías y temores. Más recientemente, Winnubst ha descrito con detalle de qué manera el compañero de trabajo con el que se establecen estrechas relaciones de confianza y amistad, constituye uno de los más eficaces mecanismos protectores contra las consecuencias del estrés y las depresiones de origen laboral.

La estructura convivencial del nivel comunitario (en el que se insertan los grupos secundarios) también ha demostrado la importancia de mantener contactos activos y relaciones productivas con los restantes miembros y organizaciones que la configuran. Leaf, por ejemplo, ha detectado una mayor longevidad en aquellas zonas rurales donde a los ancianos se les considera, hasta el momento mismo de su muerte, como elementos productivos de la comunidad. Berkman y Sime, en la década de los setenta, a través de un riguroso y complicado estudio longitudinal desarrollado durante nueve años sobre la totalidad de los residentes del Condado de Alameda, en California, comprobaron que aquellos individuos con menos contactos y relaciones sociales, se demostraban más susceptibles a la enfermedad y la muerte prematura que las personas con mayor número de lazos y vínculos de interacción habitual.

Por otra parte, conviene resaltar que en muchas ocasiones el suceso vital adverso consiste, precisamente, en la destrucción o deterioro de las relaciones primarias consideradas con anterioridad como apoyativas. De esta forma, el suceso aciago y la imposibilidad de encontrar ayuda o consejo se presentan simultáneamente, en peligrosísima coincidencia, provocando un sentimiento agudo de desesperanza. Esto es lo que suele ocurrir en los casos de súbito abandono amoroso con divorcio, cuando, habitualmente la mujer (según han comprobado Berman y Turk) sigue considerando a su ex-pareja como su más imprescindible protector y consejero; o tras producirse el fallecimiento del padre o de la madre confidente, figura con la que se mantenía una estrecha dependencia emocional.

Pero al margen de la importancia cualitativa de los grupos primarios, y de las estrechas relaciones que en su seno se producen, la moderna sociología insistirá en la necesidad de un análisis sistemático de los pequeños grupos en general, al constatar el hecho de que la mayor parte de las relaciones cotidianas de interacción comunicativa se desarrollan habitualmente en el ámbito de lo microgrupal. Así, tras realizarse meticulosos censos de las actividades espontáneas con las que nos relacionamos rutinariamente los seres humanos, se ha comprobado que en torno al 92% de las participaciones grupales corresponden a conjuntos de dos o tres personas, y que únicamente el 2% de los agrupamientos restantes abarcan cinco o más personas. Frente a relaciones esporádicas irrelevantes (desarrolladas a través de la que se ha venido a llamar interacción pseudocontingente), otras relaciones microgrupales, mantenidas en el tiempo, y estructuradoras, formal o informalmente, de un cierto soporte normativo, constituirían el caldo de cultivo idóneo para el surgimiento de relaciones primarias recíprocamente contingentes.

Pero no cabe duda de que la relevancia meramente numérica del grupo muy pequeño apenas se advierte cuando la comparamos con el decisivo e indeleble impacto que, cualitativamente, ejerce en la vida de las personas desde el momento mismo de su nacimiento.

La relación genuinamente microgrupal que se establece a través de las secuencias interactivas observables entre madre e hijo (grupo primario por excelencia), recíprocamente implicados en un lazo emocional que rebasa, con amplitud, la mera necesidad biológica de la nutrición y cuidados materiales que un lactante necesita, fue gráficamente definida por Juan Rof Carballo como útero social o vínculo primario.

Su carencia, tal y como demostrasen Bowlby y Spitz puede determinar incluso la muerte del niño, lo que ejemplifica contundentemente el carácter psicológica y socialmente primario de las experiencias humanas que se desarrollan, por lo general, mediante los estrechos vínculos que sólo son posibles entre un número reducido de personas, tal y como ocurre en la familia o en el grupo de juegos.

Naturalmente, adquirir la conciencia de que existe una separación entre el "mí" y el "no mí" supone reconocer, de manera concomitante, que somos Otro para Otros. Y reconocerse uno mismo a través del otro, implica la existencia de un proceso activo de "reflectación" (mirroring) perceptiva que parece iniciarse a la más temprana edad.

En este sentido, el psicoanalista y pediatra británico Donald Winnicott ha señalado cómo el rostro materno constituye el primer "espejo" de un niño, hasta el punto de que cuando las madres miran las caras de sus hijos sin manifestar emoción alguna, las criaturas se sumen en un estado de alarma, agitación y angustia, tal y como confirmará Lichtenberg en sus experimentos.

A partir de los 18 meses de edad, aproximadamente, pueden los niños reconocerse a sí mismos reflejados en un espejo. Hasta entonces, sin embargo, se comportan como seres fundamentalmente guiados por una permanente curiosidad exploradora, aprendiendo a una velocidad que sólo es posible, tal y como señalará Piaget, en un organismo genéticamente "preestructurado", tanto a nivel de sus capacidades perceptivas y de cognición, como desde el punto de vista afectivo.

Los psicólogos sociales asumirán con entusiasmo las diversas pruebas que confirman la existencia, en el lactante, de muy diversos canales perceptivos para la comunicación con el adulto (a través del tacto, el llanto o la sonrisa) en forma de las que Richards denomina "preadaptaciones biológicas para la vida social", o presupuestos vinculares primarios.

Sin embargo, la dotación biológica no determina directamente los resultados de la socialización, toda vez que únicamente proporciona los medios (nunca los fines) para el establecimiento de un vínculo de comunicaciones con el Otro, que hagan posible el desarrollo social de la persona. Tal y como puntualiza Richards, el patrón de comportamiento del niño es de origen biológico, pero se hace social desde que es reconocido e interpretado por los adultos, toda vez que su significado es negociado por los que interactúan con el niño.

De esta forma, señales "primarias" del niño, como el llanto y la sonrisa, serán "contestadas" por sus padres u otros interlocutores en función de muy diversas variables situacionales (como, por ejemplo, el sexo y la edad de la criatura) socioculturalmente determinadas, que irán modelando su carácter en un perpetuo proceso de intercambio informativo. A lo largo de dicho intercambio, los patrones biológicos de comportamiento irán siendo complementados por estrategias simbólicas de pensamiento y lenguaje, sobre las que se sustentarán las subsiguientes etapas del aprendizaje, y la incorporación de muy diversos códigos de referencias sociales para el comportamiento interpersonal que se considere como más adecuado en cada caso. En parecidos términos se habían pronunciado otros autores, como Mead o Vygotsky, desde la óptica de lo que en la actualidad se conoce como "interaccionismo emergente".

En esta línea, el estudio sistemático de los procesos de socialización infantil, ha permitido superar algunos tópicos acerca de las capacidades de aprendizaje de los niños, tradicionalmente explicadas en términos de "predisposiciones instintivas", cuyos salvajes y egoístas impulsos tenían que domeñar los educadores, o sobre la base de la "tabula rasa", que un adecuado condicionamiento operante modelaría desde el exterior.

Represión e imitación, constituían así las dos aproximaciones "tradicionales" de los procesos socializadores, entendidos como una tarea "escultórica" o "de forja", de manipuladora vigilancia, pulimiento y modelado de un niño tan intelectualmente pasivo como animalescamente imprevisible.

Frente a estas dos concepciones "unidireccionales" de la socialización temprana, mucho más recientemente ha ido tomando definitiva forma y fuerza un tercer modelo, que Schaffer denomina correctamente de "mutualidad", toda vez que parte de la hipótesis de trabajo de que niños y educadores son recíprocamente interdependientes en cualesquiera de sus exploraciones, estimulaciones o conflictos, independientemente de que los mensajes intercambiados entre las dos parte sean de índole vocal, visual o gestual.

Desde tales presupuestos teóricos, la atención creciente a los contextos sociales infantiles por parte de los psicólogos del desarrollo y, complementariamente, el interés de los psicólogos sociales por el desarrollo del razonamiento, han confluído en un híbrido prometedor, la psicología social del desarrollo.

Esta moderna especialidad científica, asume la estricta reciprocidad de los nexos causales existentes entre el desarrollo cognitivo y el desarrollo de la interacción social, negando la primacía cronológica de un desarrollo sobre otro, y resaltando la importancia del conflicto cognitivo que para el niño supone asistir, como protagonista directamente implicado, a la resolución colectiva de un determinado problema. Conflicto e imitación, entendidas muchas veces como explicaciones diametralmente opuestas, son integradas por fín en un cuadro teórico conjunto en el que ambas dinámicas, instigadoras del cambio y del desarrollo, se complementan activamente. Diversos marcos de análisis y condiciones experimentales de interacción (con padres, pares, etc) desarrolladas en el seno de lo que podríamos denominar grupos primarios de aprendizaje temprano, han sido meticulosamente analizados, evidenciándose su decisiva relevancia en procesos de desarrollo que abarcan desde la adquisición temprana del lenguaje, hasta el aprendizaje de la comprensión de las categorías de identidad nacional, de identidad de género, etc.

En esta línea han desarrollado sus indagaciones, bajo la batuta experimental de Serge Moscovici, los más emblemáticos investigadores de la Escuela de Ginebra, como Doise, Mugny y Palmonari.

Como continuación de las investigaciones del también ginebrino Jean Piaget, rindiendo homenaje merecido a, entre otros, George Herbert Mead y Lev Vygotsky, y en el marco, genuínamente psicosociológico, de uno de los más ambiciosos y fecundos programas de investigación experimental de la psicología social de las relaciones grupales, estos autores han venido trabajando en una teoría psicosociológica del desarrollo, basada en el papel constructivista del conflicto sociocognitivo que tiene lugar en el transcurso de la interacción. Tal y como señalase Vygotsky, las funciones psíquicas superiores no pueden ser comprendidas sin el estudio del desarrollo social de la conducta. Los diversos experimentos hasta ahora realizados por la Escuela de Ginebra, han demostrado suficientemente que es coordinando sus acciones con las de sus pares, en un contexto microgrupal, como los niños aprenden a elaborar coordinaciones cognitivas que, individualmente, no eran capaces de desempeñar.

Pero, naturalmente, el análisis de las relaciones primarias microgrupales también ha demostrado su relevancia en estudios con adultos, concretamente, los encuadrados bajo el epígrafe de grupos primarios informales. Por ejemplo, cuando, en 1949, Stouffer, Suchman, DeVinney, Star y Williams publican el primer volumen de The American Soldier: Adjustment during army life, dedicado a las experiencias del soldado que se adiestra para ir a la guerra, la importancia de las relaciones primarias volvieron a manifestarse de manera indiscutible: la confianza del soldado en su pequeño grupo de pertenencia (el pelotón), la lealtad hacia los compañeros que lo integran, y las normas informales de convivencia cotidiana establecidas al margen de las ordenanzas obligatorias en las que se pretende adiestrar formalmente a los reclutas, se demostraron tan decisivas para mantener la moral durante el combate, como la certeza de que se disponía de un buen equipo y de unos mandos capaces.

También en el seno de las grandes organizaciones institucionales de las modernas sociedades industriales y burocratizadas de hoy en día sobreviven las relaciones primarias de interacción cara a cara, a pesar de las premoniciones catastrofistas de ciertos sociólogos que hace años vislumbraban, apocalípticamente, la consumación del grupo primario en las macrociudades postmodernas.

Quizá por ello se sigue considerando el buen o mal funcionamiento de los grupos pequeños como uno de los principales problemas de la sociedad moderna. Dicha preocupación es fácilmente perceptible en buena parte de los trabajos psicosociológicamente pioneros, ya se tratase de la "patología grupal" del gamberrismo callejero, ya del rendimiento, eficacia y armonía de equipos de operarios, unidades de combate o cuadros de técnicos de empresa, entre otros muchos posibles ejemplos cuya completa relación resultaría ociosamente interminable.

Y es que lo pequeños grupos vertebran incluso los fenómenos colectivos en los que miles de personas se ven implicadas de manera aparentemente caótica y anónima. Tal es el caso, por ejemplo, de las comunicaciones de masas, en las que durante muchos años se pensó que los mensajes publicitarios debían remitirse a un público numéricamente amplio, de composición heterogénea y geográficamente disperso, a quien dichos mensajes influirían, presumiblemente, de manera directa.

Sin embargo, el espléndido estudio de Lazarsfeld, Berelson y Gaudet acerca de los efectos de la campaña presidencial de 1940 sobre el voto de los habitantes de una pequeña zona de los Estados Unidos (el condado de Erie), demostraría que los mensajes propagandísticos de los candidatos eran atendidos, únicamente, por un pequeño número de líderes de opinión. Posteriormente, estas personas protagonizaban, cara a cara, los procesos de influencia interpersonal que, en último término, decidían el voto de los amigos, parientes, vecinos o compañeros de trabajo con quienes dichos líderes de opinión se relacionaban comunicativamente de manera personal y directa, constituyendo así grupos primarios de influencia.

Tales resultados confirmaban los hallazgos teóricos de Kurt Lewin (en torno a conceptos centrales decisivos, como el de gate-keeper) rehabilitando deliciosos trabajos naturalistas, como el de Warner y Lunt sobre los grupos vecinales de amigos en Yankee City, e insistiendo en investigaciones cruciales, como el estudio de Bennington College, en el que Newcomb consagraría uno de los más fecundos modelos para la explicación del cambio de actitudes sobre la base de la identificación positiva con un grupo de referencia.

Algunos años después, el estudio de Decatur dirigido por Katz y Lazarsfeld localizaba líderes de opinión en otras muchas áreas de decisión a lo largo y ancho de la vida cotidiana (modas, cine, cocina, etc). Tan suculento ámbito de análisis psicosociológico se ha consagrado definitivamente en nuestros días merced al auge de los estudios de marketing y publicidad.


THEORIA  | Proyecto Crítico de Ciencias Sociales - Universidad Complutense de Madrid