Román Reyes (Dir): Diccionario Crítico de Ciencias Sociales

Marxismo Analítico  
 
Paula Casal
Keele University, UK

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El "Marxismo Analítico" es una corriente anglosajona de pensamiento político y social, surgida en los 70, que se caracteriza por un acercamiento no dogmático a temas clásicos de la tradición marxista y por su insistencia en la búsqueda de fundamentos en general y de micro-fundamentos en particular, la coherencia interna, el análisis conceptual, la claridad expositiva y el rigor intelectual.

Alan Carling, que ha escrito extensamente sobre el marxismo analítico -y lo ha defendido en un prolongado debate con Ellen Meiksins Wood (1) -, cita como precedentes a Michio Morishima, autor de Marx's Economics (1973) y a Ian Steedman, autor de Marx After Sraffa (1977) y co-autor de The Value Controversy (1981). También detecta tendencias paralelas en el desarrollo de la "geografía humana crítica" de Doreen Massey y sus colaboradores y en la obra de inspiración anarquista de Michael Taylor.

En su lista de marxistas analíticos incluye a Robert Brenner, G. A. Cohen, Jon Elster, John Roemer, Adam Przeworski, Philippe van Parijs y Erik Olin Wright, y también a Allen Wood y a Norman Geras. También podrían incluirse Andrew Levine, Elliott Sober, y algunos más.

Los siete primeros, junto con Pranab Bardhan, Samuel Bowles, Hillel Steiner y Robert van der Veen, pertenecen o pertenecían hasta hace poco al September Group, extraoficialmente autodenominado the non-bullshit Marxist Group, o, más finamente, Marxismus sine stercore tauri. Este es un grupo interdisciplinar, creado por iniciativa de Elster en 1979, que se ha venido reuniendo cada septiembre, generalmente donde reside Cohen (Londres y Oxford) para discutir las obras en curso de sus miembros -que suelen citarse mutuamente-, o las de otros autores de interés para el grupo.

El volumen colectivo Analytical Marxism editado por Roemer, que incluye artículos de Bardham, Brenner, Elster, Przeworski, Roemer, Wood y Wright, constituye una buena muestra de esta corriente. En su introducción, Roemer la caracteriza por la forma en que aborda cuestiones de inspiración marxista empleando "las herramientas contemporáneas de la lógica, la matemática y la construcción de modelos" (2).

Según Roemer, el marxismo analítico se diferencia del clásico por una serie de rasgos que se siguen los unos de los otros. En primer lugar, mientras que los marxistas clásicos prefieren no distanciarse demasiado de la historia real, los analíticos reconocen la necesidad de la abstracción y no tienen reparos en utilizarla. La abstracción conduce a la búsqueda de fundamentos y al intento de comprender los principios básicos que subyacen al marxismo; y la búsqueda de principios lleva a la esquematización, la simplificación y los modelos.

Adoptando esta perspectiva, los analíticos han empezado a formular preguntas que tradicionalmente no se consideraba necesario plantear, como, por ejemplo, por qué las clases aparecen como un actor colectivo de importancia, -si es que lo hacen- (Elster); si la explotación, definida como transferencia sistemática de plusvalía, es injusta -y por qué- (Roemer); si es posible una revolución o una transformación socialista (Elster, Wright); si el proletariado es libre o no (Cohen); si una de las metas de la ética marxista es la igualdad (Wood) (3); si el socialismo es preferible para los intereses materiales de la clase obrera del capitalismo avanzado (Przeworski) (4); si las teorías del valor trabajo y de la caída de la tasa de ganancias son inútiles e indefendibles (Roemer, Cohen, Elster, van Parijs) (5); si Marx creía que el capitalismo era injusto (Wood, Elster, Geras (6)), si el capitalismo puede llevar directamente al comunismo sin pasar por el socialismo (van Parijs y van der Veen); y, en definitiva, qué es factible y qué es lo que buscamos y por qué.

Este cuestionamiento de lo que la tradición heredada daba por sentado -por lo demás, coherente con el espíritu crítico de Marx-, este atreverse a preguntar por los trajes del emperador con la intención de empezar de nuevo si es que está desnudo, van unidos al estilo analítico. Característicos de éste son, por un lado, el rechazo de la oscuridad, la retórica, las apelaciones ideológico-emotivas al lector, y los despliegues gratuitos de erudición; y por otro, la búsqueda de definiciones precisas, de coherencia y sistematicidad y de distinciones explícitas entre conceptos, entre sub-tesis y entre pasos en la argumentación, mediante proposiciones numeradas.

Lo que les llevó a esta búsqueda de fundamentos, a hacerse estas preguntas heréticas y a acudir a la filosofía analítica y la ciencia social "positivista" fué, explica Roemer, "el éxito desigual del socialismo y el dudoso fracaso del capitalismo". Ante estos hechos había varias respuestas posibles: retraerse a una defensa talmúdica de la palabra y encontrar una interpretación que se adapte al curso de la historia; negar los hechos; rechazar el marxismo; y, reconocer que el marxismo fué concebido en el siglo pasado, que ha de resultar primitivo en contraste con los estándares modernos e intentar rescatar lo que pueda seguir siendo válido. Esta es la opción elegida por los analíticos, cuyo anti-dogmatismo se refleja, añade Roemer, en la falta de exégesis; pues lo que importa no es lo que Marx dijo, sino "la coherencia de la idea" (7).

Todo esto ha dado lugar a una labor de criba de ideas e interpretaciones que debían ser descartadas o reformuladas con mayor precisión y justificadas de forma que pudiesen ser presentadas al teórico social de hoy y confrontadas con otras propuestas. El trabajo de análisis y sistematización llevó también a sacar a la luz posibles contradicciones y a averiguar si podían ser resueltas o si alguna idea debía desecharse.

Por último, la búsqueda de fundamentos ha llevado a una búsqueda de microfundamentos (Elster, Roemer, van Parijs) y al empleo de la Teoría de la Elección Racional y la Teoría de Juegos, por lo que esta corriente se denomina también Rational Choice Marxism, Game Theoretic Marxism, y "marxismo de la acción colectiva" (8).

Lejos queda pues, tanto la idea de Lukacs de que "en cuestiones de marxismo la ortodoxia se refiere exclusivamente al método" (9), como el matrimonio del holismo y la teoría marxista.

En cuanto a "la unidad de teoría y práxis", por un lado -con alguna excepción- se da una escasa participación activa en los movimientos sociales y, por otro, se entiende que una cosa es la filosofía moral y político-normativa, y otra, la investigación científico-social no valorativa, aunque las preocupaciones políticas intervengan en la selección de los temas a tratar en ambos campos.

Habiendo distinguido a los marxistas analíticos de los clásicos, Roemer se pregunta qué tienen en común y reconoce no estar seguro de si al trabajo de los que se apellidan analíticos aun le corresponde el nombre de marxismo. Este nombre, explica, indica el reconocimiento de que ciertas ideas centrales proceden de Marx, como el materialismo histórico, las clases y la explotación, y "la creencia de que alguna forma de socialismo es superior al capitalismo y que la alienación y la injusticia del capitalismo realmente existente pueden ser superadas" (10).

Ahora bien, a partir de estos dos rasgos comunes pueden empezar a señalarse algunas diferencias, empezando por el segundo.

No todos los miembros de Grupo de Septiembre son marxistas, ni lo son el el mismo modo y grado (Steiner definitivamente no lo es) y tampoco son igualmente progresistas, ni están todos de acuerdo en qué alternativa al capitalismo es factible y deseable. Elster, por ejemplo, se muestra pesimista respecto a una posible transición al socialismo. Partiendo del materialismo histórico, arguye que tal transición es improbable, porque requeriría la satisfacción simultánea de dos tipos de condiciones que tienden a darse por separado: las condiciones objetivas (alto nivel de desarrollo productivo) y las subjetivas (la motivación revolucionaria de amplios sectores acuciados por la miseria). En el Primer Mundo faltan las condiciones subjetivas para que el cambio se acometa; y en el Tercero, las condiciones objetivas para que el cambio tenga éxito (11). Elster tampoco simpatiza con la propuesta que van Parijs y van der Veen presentan como una alternativa tanto al capitalismo como a las revoluciones socialistas. Se trata de una transición directa al comunismo a través del llamado "ingreso básico incondicional" (unconditional basic income), o "impuesto negativo" ("negative income tax", término que asocia esta idea con el economista conservador Milton Friedman). Al margen de si la propuesta es económica o políticamente factible, tanto el amplio debate que ha fomentando -en el que se han empleado argumentos muy variados, basados en la eficiencia, la justicia, la libertad, el feminismo y la ecología- como la fundamentación normativa de van Parijs, que recorre la historia del pensamiento político desde Fourier y Paine hasta Rawls y Dworkin, son realmente interesantes y esclarecedores (12).

En cuanto a los tres temas centrales que menciona Roemer, la historia, las clases y la explotación, hay al menos tres grandes obras que han sentado las bases de la reflexión analítica sobre los mismos: Karl Marx's Theory of History: a Defence (1978) de Cohen (13), Classes (1985) de Wright y A General Theory of Exploitation and Class (1982) del propio Roemer (14).

La primera de ellas está considerada como la mejor defensa y reconstrucción del materialismo histórico que se ha hecho hasta la fecha, y ha tenido una importancia fundamental en la formación de esta corriente. No obstante, pese a su estátus de fundador o co-fundador de la misma, el libro de Cohen no encaja bien con buena parte de la caracterización de Roemer. En lugar de heterodoxia y despreocupación por lo que Marx dijo, Cohen realiza un minucioso ejercicio de exégesis y un extenso comentario del texto de Marx que encabeza la obra, que no es otro que el Prólogo de 1859 a la Una contribución a la crítica de la economía política. Además, Cohen intenta ser máximamente ortodoxo y defender un materialismo histórico tradicional, monista y tecnológico (VEASE DETERMINISMO TECNOECOLOGICO), estilo Plejanov -como quería Lenin- que también defendieron Engels, Kautsky, Bujarin, Trotsky y Stalin (15).

Por otro lado, aunque -en parte, a causa de sus críticos- Cohen tiene en cuenta qué es lo que resulta individualmente racional hacer ante bienes públicos como el progreso productivo o las revoluciones (VÉASE TRAGEDIA DE LOS COMUNES), no utiliza modelos matemáticos, ni la Teoría de Juegos, ni la de Decisiones, niega que estos instrumentos sirvan para analizar las tesis centrales del materialismo histórico y sigue apegado a la explicación funcional.

En conjunto, señala Grahame Lock, "el libro de Cohen no muestra ningún signo de haber sido escrito en este contexto de crisis", parece ignorar tanto las circunstancias en las que escribió Marx como las suyas propias, y situarse al margen de la historia, tanto de la teórica como de la política. Pero precisamente por ello, añade Lock, "es una expresión ejemplar de la crisis...Frente a la crisis, Cohen simplemente vuelve a los primeros principios" (16).

Con este libro, señala Lock, Cohen se ha convertido en el principal filósofo marxista del mundo anglófono, situándose en una posición semejante a la alcanzada en Francia por Althusser. Ni siquera sus críticos han escatimado alabanzas a la claridad de su reconstrucción y la lucidez de su defensa. Ahora bien, concluye Lock, "como dijo Isaiah Berlin, la clarificación puede exponer las deficiencias de una teoría. Y esto es lo que Cohen ha logrado con al menos una versión del marxismo. Ahora la cuestión es si la crisis finalizará con la recuperación o con la muerte".

El aluvión de artículos, capítulos y libros que siguió a la publicación de esta obra sugiere que ha provocado tendencias en ambas direcciones. Por un lado, ha revitalizado el marxismo, atraído al muchas inteligencias y renovado el interés por estos temas; y por otro, ha expuesto su edificio a un contundente bombardeo, por diversos flancos, incluso desde las filas analíticas.

El libro de Cohen -como su prólogo indica- defiende una concepción tradicional del materialismo histórico en la que "la historia es fundamentalmente el desarrollo de la capacidad productiva del hombre y en la que las formas de sociedad crecen y decaen en la medida en que permiten o impiden ese desarrollo". Es decir, sobreviven sólo las formas (o estructuras) más aptas, porque, y mientras, lo son.

La forma social feudal, por ejemplo, que era adecuada al nivel de desarrollo de las fuerzas productivas de la época feudal, dejó de ser adecuada (funcional) cuando estas fuerzas crecieron, y pasó a convertirse en una traba (a ser disfuncional). Por ello, fué reemplazada por la forma social capitalista, más adecuada para que este desarrollo infraestructural continuase. Así, las formas sociales que han existido a lo largo de la historia pueden explicarse funcionalmente por su adecuación a las necesidades del desarrollo productivo que había en la época en que existieron.

Wood mantiene una posición parecida, mientras que Elster, individualista metodológico, que también ha realizado una extensa labor exegética en su Making Sense of Marx (17), se muestra en desacuerdo en muchos puntos, y en especial, respecto a la explicación funcional (18). Levine, Sober y Wright (19) mantienen una posición intermedia entre el individualismo y el holismo: el antireduccionismo. Piensan -como los individualistas- que las relaciones entre individuos son explicativas, pero también -como los holistas- que las propiedades de las entidades sociales globales y las relaciones entre ellas son irreductiblemente explicativas (20). Brenner (21), por su parte, se decanta por la concepción rival de la historia como lucha de clases; y Richard Miller (22), cuya claridad no le descalifica como analítico, mantiene que tampoco Marx era un determinista tecnológico. Muchas de las críticas de éstos y otros autores (como Joshua Cohen, Allen Buchanan o John Gray (23)) tienen en común un punto que, muy esquemáticamente, es el siguiente. Cohen supone que la tendencia de las fuerzas productivas a desarrollarse se explica porque los individuos, siendo inteligentes y racionales y encontrándose en una situación de escasez material, tienen el interés en y la capacidad para, realizar los cambios infraestructurales y/o estructurales necesarios para que lo disfuncional sea sustituído por lo funcional y el progreso continue. Pero este smithianismo, que supone implícitamente que las cosas se resuelven solas, se va al traste cuando se tiene en cuenta -evitando los extremos holistas y atomistas- la posición de los actores sociales implicados, que pueden encontrarse frente a diversos problemas de acción colectiva y/o carecer del interés en, o la capacidad para realizar tales cambios. Por ejemplo, realizarlos puede ser irracional para los miembros de la clase dominante y/o imposible para los de la clase dominada.

¿Significa esto que, después de todo, era cierto que la óptica metodológica burguesa tenía consecuencias conservadoras y los marxistas debían rechazarla? No. En primer lugar, estas críticas pueden hacerse desde diversas posiciones metodológicas, excluyendo los extremos e incluyendo la del sentido común. En segundo lugar, la extensa obra de los analíticos, mucho menos apegada a Marx que la de Cohen, desmiente esta asociación. En tercer lugar, lo que uno debe plantearse hoy es si no será el materialismo histórico tradicional -la parte más marxista ortodoxa de toda la vida, de lo que ha rescatado esta corriente- el que tiene (además de antepasados, asociaciones varias y parientes actuales como Fukuyama) consecuencias conservadoras. Steiner (24) sugiere que esto es lo que ha ocurrido con la idea marxista de que el productor (ayer el proletario y hoy el yuppy) es el propietario moral del producto: que al cambiar el contexto histórico, ha pasado a formar parte del discurso de la derecha. Lo mismo parece haberle ocurrido al materialismo histórico, ahora que ya prácticamente nadie cree en la superioridad productiva del socialismo y se habla del triunfo histórico del capitalismo, por su inigualable capacidad de desarrollar las fuerzas productivas.

Esto plantea un trilema (no se puede creer simultáneamente en el materialismo histórico, en la superioridad tecnológica del capitalismo y en la factibilidad del socialismo) y una paradoja: que la obstinada defensa de esta teoría se atribuya a los intereses políticos y al pensamiento desiderativo, y termine resultando políticamente contrarpoducente y constituyendo una traba para el libre desarrollo de nuevas alternativas.

Evidentemente, la aceptación o rechazo de una teoría no debe depender de si conviene o no a este tipo de intereses. Pero si la teoría resulta indefendible, por razones independientes, los comprometidos con el proyecto de cambiar el curso de la historia deberían ser los primeros en alegrarse; y aunque ello suponga abandonar un discurso y una forma de interpretarla, no constituye una traición.

La fidelidad a la Ciencia y la Justicia puede requerir el destierro de antiguas teorías, porque concierne más a los principios y a las creencias morales que a las empíricas, más al espíritu que a la letra. Los analíticos han cambiado la letra, y mucho; pero en el mundo de los valores, el espíritu sigue vivo y el análisis normativo goza ahora de un protagonismo, sofisticación y desarrollo que el marxismo clásico nunca le dió.



NOTAS

1.- Véase A. Carling, "Rational Choice Marxism", New Left Review 160, 1986, "In Defence of Rational Choice" NLR 182, 1990 y Social Divisions, Verso, Londres, 1991; y E. Meiksins Wood, "Marxism and the Course of History", NLR 147, 1984 (trad. en Zona Abierta 33, 1984), "Is the Game worth the Candle?" NLR 177, 1989, y "Explaining Everything or Nothing", NLR 182, 1990.
2.- J. Roemer, Analytical Marxism, Cambridge UP, 1986, p. 1.
3.- Véanse las contribuciones de estos autores a ibid.
4.- A. Przeworski, Capitalism and Social Democracy, Cambridge UP, 1985.
5.- Véase Cohen, History, Labour and Freedom, Oxford UP, 1988, cap. 11; J. Roemer, A General Theory of Exploitation and Class, Harvard UP, 1982 y Free to Lose, Radius, Londres, 1988; J. Elster, Making Sense of Marx, Cambridge UP, 1985; y P. van Parijs, Marxism Recicled, Cambridge UP, 1992.
6.- Véase A. Wood, Karl Marx, Routledge and K. Paul, Londres, 1986; "Marx and Equality" en J. Roemer (ed.) 1986, y "The Marxian Critique of Justice" en M. Cohen, T. Nagel y T. Scanlon, Marx, Justice and History, Princeton UP, 1980; J. Elster, Making Sense of Marx, cap. 4, y N. Geras, "The Controversy on Marx and Justice", NLR 150, 1985.
7.- J. Roemer, Analytical Marxism, p. 2.
8.- S. Lash & J. Urry, "The New Marxism of Collective Action", Sociology 18, 1984.
9.- G. Lukács, Historia y consciencia de clase I, Orbis, Barcelona, 1985, p. 57.
10.- J. Roemer, Analytical Marxism, p. 2. Sobre este punto véase su Un futuro para el socialismo, Crítica, Barcelona, 1995.
11.- "The Theory of Combined and Uneven Development" en J. Roemer (ed.) 1986, y "Historical Materialism and Economic Backwardness" en T. Ball y J. Farr (eds.), After Marx, Cambridge UP, 1984.
12.- Véase el número monográfico de Theory and Society 15.5, 1986, que incluye artículos de R. Aya y B. Tromp, E. O. Wright, A. Nove, J. Carens, J. Berger, A. Przeworski, van Parijs y van der Veen; y P. Van Parijs (ed.), Arguing for Basic Income, Verso, Londres, 1992, que incluye artículos de G. Standing, C. Offe, H. Steiner, A. Carling, J. Baker, B. Barry, R. Norman, B. Jordan, A. Gorz, M. Freeden, R. Goodin y van Parijs y van Parijs, Real Freedom for All, Oxford UP, 1995.
13.-Original: Oxford UP; en castellano: La teoria de la historia de Marx: una defensa, Siglo XXI, Madrid, 1986.
14.- En "Nuevas direcciones en la teoría marxiana de la explotación I y II" (Mientras Tanto 20 y 21, 1984), Roemer resume parte de su teoría general de la explotación, aplicable a contextos institucionales distintos al del caso capitalista estándar. Esta concepción que, entre otras cosas, pone de manifiesto la importancia de las relaciones de propiedad o control sobre las fuerzas productivas, está influida por Cohen y ha influído, a su vez, en Classes (Verso, Londres, 1987).
15.- Véase S. H. Rigby, Marxism and History, Manchester UP, 1987, cap. 4.
16.- G. Lock, "Louis Althusser y G. A. Cohen: A Confrontation", Economy and Society 17, 1988.
17.- Véanse las contribuciones de M. Taylor, A. Wood, S. Meikle, C. Slaughter, D. North, y el propio Elster a Inquiry 29, 1986, número monográfico dedicado a Making Sense of Marx.
18.- La revista Zona Abierta ha recogido buena parte de este debate. Véase, J. Elster, "Marxismo, funcionalismo y teoría de juegos", y las réplicas de Cohen y van Parijs en ZA 33, 1984; A. Wood, "Materialismo histórico y explicación funcional" y J. Elster, "Nuevas reflexiones sobre marxismo, funcionalismo y teoría de juegos", ZA 43-44, 1987; A. Przeworski, "Marxismo y elección racional", ZA 45, 1987 y A. Francisco, "Marxismo analítico: teoría y método", ZA 48-49, 1988.
19.- Véase, E. O. Wright, A. Levine y E. Sober, "Marximo e Individualismo metodológico", ZA 41-42, 1986-87 y Reconstructing Marxism, Verso, Londres, 1992; y Levine y Wright, "Rationality and Class Struggle", NLR 123, 1980.
20.- Otro crítico que mantiene una posición metodológicas intermedia a la que llama "interrelacionismo", el eco-anarquista A. Carter, acepta la explicación funcional, pero invierte su dirección, otorgando la primacía al Estado. Véase Marx: A Radical Critique, Harvester Press, Brighton, 1988; "On Individualism, Collectivism and Interrelationalism", Heythrop Journal 31, 1990; y "Functional Explanation and the State", en P. Weatherly (ed.) Marx's Theory of History: A Contemporary Debate, Avebury, Aldershot, 1992.
21.- Véase, R. Brenner, "The Social Basis of Economic Development" en J. Roemer (ed.), 1986; y T. Aston y C. Philpin (eds.), The Brenner Debate, Cambridge UP, 1987.
22.- Véase, R. Miller, Analyzing Marx, Princeton UP, 1984.
23.- J. Cohen, "Review of G. A. Cohen", The Journal of Philosophy 79, 1982; A. Buchanan, "Revolutionary Motivation and Rationality", Philosophy and Public Affairs 9, 1979, y "Marx, Morality and History" Ethics 98, 1987; y J. Gray, "The System of Ruins", Times Literary Supp. 30.12.1983.
24.- H. Steiner, "The Fruits of One's Labour", en D. Milligan & W. Watts Miller (eds.), Liberalism, Citizenship and Autonomy, Avebury, Aldershot, 1992.


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