LOS PAPELES DEL SILENCIO
Román Reyes, 1994


APENDICE:  JESUS IBAÑEZ. UNA PASION (IN)UTIL

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Jesús Ibáñez. La negación del catedrático convencional, del profesor-funcionario. La negación del sistema, de cualquier sistema, porque todo sistema, como cualquier palabra, en este caso, es un sistema/palabra de más. Guardar silencio, entonces, no iba a ser ahora un acto de rebeldía.

Jesús Ibáñez ha muerto. Desapareció el hombre, es cierto. Para el espíritu crítico no ha muerto cualquiera. Toda muerte es ruptura con/del medio. Con la desaparición de J.I. el universo se estremece de otra manera. La Universidad -- vieja y caduca institución--  acusa su ausencia, porque hemos perdido una parte de su libertad, un entresijo a través del que aún era posible un proyecto cómplice, la libertad que el crítico, arriesgándolo todo --él mismo, incluído en ese todo--, se toma. Una Universidad de funcionarios no admite otra función que la repetición puntual y disciplinada de los dictados del interés. Del interés del Estado, en este supuesto, que sus agentes --celosos guardianes de un dudoso equilibrio (meta)político-social-- representan.

La Universidad española --y especialmente, el pensamiento crítico--  está de luto. Con J.I. se apaga una esperanza, se invierte brutal y extemporáneamente una referencia, inversión-olvido de difícil reconversión.

La negación del sistema. La Sociología al revés: siempre atento a lo que sucede fuera, para que lo que hacemos dentro tenga sentido. La investigación cómplice: la estadística va a seguir siendo importante. Una forma demasiado cómoda de dar cuenta de lo real. Demasiado cómoda, porque esa realidad ya es objeto que un coyuntural y caprichoso sujeto nombra. Más importante, sin embargo, son los elementos del conjunto --los ciudadanos nombrados--, que soportan --razón pragmática/razón vital--  esa no arriesgada manía de clasificar.

Lo cualitativo, pues, en detrimento de lo cuantitativo. El grupo de discusión como método, antes que la encuesta como soporte/ complemento de ese método.

Cuantas ilusiones pusimos en el cambio, que por razones de prudencia política --se nos dijo entonces--  no se convirtió en ruptura, tantas frustraciones cosechamos. Un grupo (auto)marginado, tan disidente como para conocer la cárcel madrileña de Carabanchel en la recta final hacia la transición democrática, optó por la ruptura simbólica. Por recurrente, esa ruptura anunciada sigue minando el suelo de la hipocrecía, sigue siendo la hendidura a través de la que los topos entran y salen de su provocadora madriguera.

Quedán, despues de J.I., pocos. Con vocación de compromiso --arriesgada posición crítica para los tiempos que corren-- tal vez algunos más. Y van lentamente desapareciendo, porque lo fácil --y rentable--  es la transmutación, adaptarse a las circunstancias, esperar --como a Godod-- el momento oportuno. Y hasta hay quiénes, en ese empeño, no dudan en ocultarse tras la maraña de la Administración para justificar la (injustificable)ineficacia y el engaño entorno.

Jesús Ibáñez, Miguel Cancio, Julia Varela, Carlos Paris, Gonzalo Abril, Fito Bornaetxea, Gabriel Albiac, Javier Sádaba y un largo etcétera --no tan largo como nos hubiese gustado--  caímos en la tentación del G.U.A.I. (Grupo Universitario Autónomo de Izquierdas), según tuvo a bien bautizarlo Cristina Peña-Marín en una de las cenas-asambleas de la Facultad de Derecho de la Complutense.

Demasiado provocador, al parecer, porque no faltó tiempo para que, en nombre de Centrales Sindicales de clase y partidos/formaciones políticas de vanguardia/obreras, ciertos oportunistas intentaran organizar/controlar lo que difícilmente soportaba disciplina alguna. Fue entonces 1985 y la Universidad Española se había sometido, una vez más después de 1965, a un arriesgado debate desde dentro.

La experiencia apenas duró un año. Tiempo, no obstante, suficiente como para investir a un tal Ronald Reagan doctor horroris causa después de una genial laudatio que redactara y leyera Gonzalo Abril.

Jeús Ibáñez a la cabeza y en un segundo intento, dos años ahora atrás fue testigo de nuestra (in)utilidad el Ateneo de Madrid: allí presentamos el posteriormente conocido por Manifiesto de los Cien: la Universidad a debate, que no llegó más allá de los ilusionados esfuerzos de los firmantes por dar a conocer lo que todo el mundo sabe/sabía y que no quiere aceptar: que la Universidad Española agoniza, que, en nombre de intereses para o extra-académicos, se utiliza la condición universitaria para justificar cualquier tipo de atropello político/(pseudo)cultural, para legitimar oficios de intelectuales que de hecho nada tienen que ver ni con la inteligencia ni con la razón. Ni mucho menos con la noble obligación/responsabilidad heredada de conservar y transmitir lo más críticamente posible el patrimonio científico-cultural acumulado que se nos ha venido encomendando. De acciones, de praxis, de revoluciones pendientes, en estos espacios --pienso en Simonne de Bauveoir--  ¿para qué?.

Se retó entonces a la Institución desde dentro y esa misma Institución --asimismo desde dentro--  supo integrar nuestra crítica y simular que nuestra denuncia seguía el curso de la tramitación que la urgencia del caso exigiera. Para algo sirven los nuevos pensadores/asesores técnicos, es decir, los burócratas del sistema: Se activó, una vez más, una sofisticada caza de brujas, aislando/desacreditando a los firmantes --especialmente a esos que el sistema consideraba más vulnerables--  denunciando prácticas que no encajan con la normalidad académica que del oficio de un profesional del rango de los firmantes se esperaba.

Es cierto que tirábamos/tiramos piedras contra nuestro propio tejado, el tejado de una institución en declive, que necesita fabricar a sus intelectuales para sobrevivir.

La factura nos la han ido pasando a su tiempo. A J.I. ya se la pasaron a lo largo de esos algo más de diez años de intelectual- docente-funcionario haciéndole el mejor de los honores posibles: no integrarle en el sistema de corruptelas académico-institucionales, porque, entre otras razones, sabían que J.I. no lo iba a permitir. No se atrevieron/atreven, sin embargo, --ellos, im-productivos por definición--  a atacar directamente la creatividad, el pensamiento crítico. Porque los gestores de nuestra Institución --como en su tiempo Comte nos recordara--  no entienden, salvo raras excepciones, nuestro oficio de provocadores/seductores, no saben qué significa progreso, ni mucho menos servicio público, por más que se cansen al recordarnos --ahora desde la democracia--  que la Universidad es ciertamente eso y que no tendría sentido sin eso.

Lo cómodo --vieja práctica fascista--  es atacar fabricando la prueba. Y porque a todos nos duele que invoquen lo nuestro --la madre--, lo sagrado, la privacidad, relacionan a capricho comportamientos profesionales anómalos por no-habituales con (pseudo)patologías standar. Como si la vida de un pensador, que se haga notar precisamente por hacer lo que entiende es su ocuación definiente --es decir, ser escandalosamente libre--, atentara contra el interés general que el Estado dice representar y proteger.

Jesús Ibáñez, sociólogo nómada de marca ya no está. Queda, eso sí, su compromiso: cómplice él con respecto a posiciones/ actitudes arriesgadas --por sinceras--; cómplices nosotros que compartimos ese mismo riesgo. A la hora de autoinculparse jamás acusó reservas que se lo impidieran: insumisos, desde luego, con él lo fuimos y no vamos a renunciar ahora a esa voluntad de crítica que le definiera.

J.I. se ha ido silencioso, como pidiendo disculpas por haber estado: las Marchas a Torrejón fueron siempre un aparecer/ desaparecer de un (comprometido)sociólogo, provocadoramente de campo. Al lado de Alfonso Ortí, al lado de Esperanza Martínez Conde, al lado de (sus)amigos/compañeros de viaje.

Se ha ido en silencio, desde un trasnochado Mayo francés, desde Rouen hacia cualquier parte, pasando por Madrid/Santander. Se ha ido en silencio, como en silencio abandonaba su aula y su despacho, se despedía sin hacerlo de alumnos/amigos-(pseudo) compañeros. Como en silencio abandonaba el edificio. En silencio --cosas de poca importancia-- , ceniza de pipa a medio encender que cae al azar sobre su abultado vientre y que ocultaba el primer jersey que encontrara al levantarse. Jersey siempre de viejo/irreductible militante de base.

La obra escrita/textualizada en registros editoriales es producción muerta. Es historia: el hombre se escapa a su propia producción. La obra escrita/textualizada en el registro de sus alumnos/amigos/compañeros es producción viva: discurso no cerrado. El hombre es parte de la producción a conservar. Invitación a la re-escritura/re-lectura de textos que no tuvieron voluntad de fijación. Sólo de oportunidad/servicio. Sólo de militante provocación/incitación al compromiso: la palabra de un intelectual, por definición, es palabra (que se clausura en la) acción.

Lo demás es simulación de discursos, simulación de adecuación a/con acciones que nada en común tienen con la voluntad del diseñador/analista de lo real, los teóricos(comprometidos) de la acción. Que nada en común tienen con los protagonistas de la acción más generalizada, la realidad social.

Más allá de la Sociología. Más allá del Frente de Liberación Popular. Más allá de CEISA y la Escuela Crítica de Ciencias Sociales. Más allá de La Vaguada es nuestra, del diario Liberación primero, de El Mundo después. Más allá de la Terminología científico-social, uno de sus principales inspiradores. Más allá de J.I. como escritor/pensador/luchador. Más allá de nosotros mismos como co-lectores, cómplices en la producción y en la difusión, aparece --¡un día después de su muerte!--  su Sociología, tomo 1. de una serie que edita la Universidad Complutense de Madrid bajo el título Las Ciencias Sociales en España: historia inmediata, crítica y perspectivas. Buena oportunidad para que su lectura nos recuerde que las cosas --personas y medio--  tienen un nombre más acá del interés tras el que se ocultan y que convendría aprender a llarlas por ese nombre.

A vueltas con la crítica, J.I. estuvo/está aquí y allí, en cualquier parte. Como lo ha estado/está en ese proyecto alternativo --que no tuvo tiempo de registrar--  que es su/ nuestra Universidad Libre de Maspalomas (Gran Canaria). Psico- analistas como Paco Pereña, Gómez Alcalá o Jorge Alemán; periodistas como Paco Lobatón, Manolo Revuelta, Mercedes Arancibia o Elvira Huelbes; profesores como Gabriel Albiac, Eduardo Subirats, Manuel Ballestero o José L. López Aranguren; políticos irreductibles como Pablo Castellano, Fernando Sagaseta, Ignacio Sotelo o Jorge Verstrynge; escritores como Alfonso Sastre, Fernando Sánchez Dragó, Manuel Padorno o Ramón Buenaventura; profesionales nómadas como Fernández de Castro, R. Villasante, Miguel Cancio o Pablo Navarro y un interminable etcétera formaron/forman parte de este intento para rescatar al sistema/ la institución llamada Universidad de un tedio/ (oportunista) escaparate en lo que se está convirtiendo en los últimos años.

Reconvertibles edificios, cárcel/facultad, eventualmente hospital/manicomio, los centros de transmisión/reproducción de conocimientos son poco propicios para actuaciones marginales. Todo es --como si de un centro carcelario se tratara--  panópticamente controlable. Todo, incluída la disidencia. La reconversión del mal, lo patológico nombrado, termina por formar parte del espectáculo. Hasta personajes-denuncia, como lo fue/es J.I., son asumidos/consumidos como algo que, en palabras de un Vicerrector de la Universidad Complutense, la institución se puede permitir: profesores de semejante contextura son extraños/rara avis. Y conviene conservarlos.

Jesús Ibáñez dijo sí a casi todo, siempre y cuando el riesgo que se le pidiera tuviera algo en común con el cambio, con lo otro, con la revolución permanente. Los revolucionarios de turno, como era de esperar --y J.I. lo sabía--  le iban traicionando, según se iban (re)integrando. Sencillamente, porque las revoluciones diseñadas, persiguen invertir el sistema, el protagonismo, la hegemonía. La estructura de poder, las redes a través de las que se diluyen, siguen siendo, sin embargo, las mismas. Foucault se empeñó en demostrarlo, pero el maoísta o no le entendió o no le convenía hacerle caso.

El viejo luchador, sin embargo, tiene por oficio la provocación y la denuncia, sueña con que alguna vez la red se rompa, precisamente por el lado por donde más pesan los intereses de los débiles, por donde más duele el dolor de los oprimidos y marginados.

Porque el tiempo es la razón del compromiso, para un oportunista el tiempo fue siempre la ocasión de su propio interés. Para un militante crítico como J.I., el tiempo fue/es la ocasión del interés de los demás.

Porque ahora, Jesús Ibáñez ausente, es otra vez tiempo de penuria, guardar silencio no va a ser un acto de rebeldía. Menos mal que todavía quedan gestos/compromisos que, más allá del lenguaje del interés reglado, hablan cuando a uno le han robado la palabra.



[Maspalomas/Madrid, Septiembre de 1992]
 
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