LA RE-INSTITUCIONALIZACION DE LA SOCIOLOGIA ESPAÑOLA
a) el telón de fondo

Los términos "telón de fondo" y "táfico" pertenecen al lenguaje del "Q-análisis" inventado por Atkin. "Telón de fondo" es la geometría de una situación, y "tráfico" son las cosas que pasan (Gould, P., 1990, "Q-análisis", en Suplementos, nº 22, Anthropos). El "telón de fondo" tiene que ser lo suficientemente fuerte para soportar el "tráfico". La geometría de nuestras instituciones oficiales (Universidad, CSIC) ha soportado tráficos de densidad variable y, en general, creciente. Por eso crujen. [Jesús Ibáñez]



DE LA GUERA CIVIL A LA TRANSICION DEMOCRATICA:
Resurgimiento y reinstitucionalización de la sociología en España  (*)

ALFONSO ORTI BENLLOCH

A una «sociología (hispánica) sin sociedad», errante y misionera de la derrotada razón liberal por las tierras de ultramar, va a corresponderse –en los trágicos y represivos años cuarenta- una sociedad ibérica sin sociología. Interrumpido, como tantos otros procesos comunitarios, por el triunfo de las fuerzas contrarreformistas en la Guerra Civil que culmina un nuevo ciclo de la lucha de clases-, el desarrollo de la investigación sociológica -de cualquier orientación- queda dramáticamente bloqueado dentro del Estado franquista. Porque cerradas todas las vías por la nueva Dictadura el más tímido y mínimo reformismo en libertad, la noción y el propio significante de sociología son durante largos años -por los círculos más íntimos y menos ilustrados del Régimen- confusa y recelosamente asociados a La subversión. Víctima de la grotesca paranoia de un Poder que sólo puede legitimarse por la apelación sacralizada a mitos indiscutibles, la sociología va a ser considerada como una «puerta falsa» a través de la que puede reaparecer, espectralmente, en cualquier momento, el masacrado y proscrito fantasma del socialismo. Y por ello mismo, el reprimido lugar de la sociología -flotante e incorpóreo, pero necesario en toda sociedad en vías de secularización- se convierte, de modo inevitable, en un mitificado espacio de convergencia para todas las voces reprimidas, para todas las conciencias violadas, para todo pensamiento crítico, para todo deseo de libertad.

Quizá hasta fines de los años sesenta, cuando ideologías y partidos (ilegalizados) empiezan a definir su sistema de mutuas diferencias, la equivocidad del término sociología tiende a recubrir el lugar de común encuentro crítico de las diversas, pero igualmente denegadas y (en distinto grado) perseguidas, oposiciones al franquismo. De modo aún más específico, la genérica indeterminación del vocablo sociología sirve -en último término a la ambigüedad táctica conveniente para la alianza coyuntural antifranquista de las fracciones más progresivas del bloque burgués con los núcleos representativos de la ideología socialista y/o del propio movimiento obrero: pues para los primeros -cada vez más impacientes ante el tenaz apego a la vida y al Poder del viejo Dictador-, la noción de sociología se asocia a la de un reformismo (más o menos moderado), que facilite una salida (burguesa), sin traumas, de la Dictadura; mientras que (el comtiano y tecnocrático) significante de sociología fletado en sus orígenes contra las subversivas ilusiones del socialismo-, se convierte, de mejor o peor gana -para los segundos (que siguen soñando con la superación del orden burgués)-, en un sucedáneo o modo de introducción de la ideología socialista o de la propia teoría del materialismo histórico marxista.

Pero por encima de todo, el súbito apasionamiento por la sociología -que resurge incontenible, a partir de 1956-, desde muy diversos, e incluso contrapuestos ángulos, responde a que el lugar de la sociología -carente de bases institucionales mínimas- representa bastante más que el aula académica donde sintetizar críticamente informaciones y refinar métodos: para muchos, simboliza ahora el lugar inviolable donde se refugian el fantasma de la libertad, el mito de una razón crítica y las reivindicaciones del cambio democrático (... ante la cómica desesperación de los bien intencionados creyentes y devotos de «La auténtica sociología» -inequívocamente «positivista» y «científica», esto es, tecnocrática y apolítica...-; mucho mejor informados que los zafios inquisidores franquistas, gracias a su paso por las Universidades liberales occidentales, de que «la verdadera sociología» aspiraba a ser precisamente la más adecuada «vacuna o antídoto del socialismo subversivo»).

Sometida prácticamente la sociología a un estrecho «cordón sanitario», burocrático e incluso policíaco por la Dictadura, el renacimiento de la investigación y reflexión sociológicas van a tener lugar muy lentamente, a través de retorcidos meandros y de confusas y frustradas experiencias. Al producirse la primera gran crisis de hegemonía ideológica del Régimen franquista -manifiesta, entre otros fenómenos, en la crisis social y universitaria de 1956-, la involución política y cultural del país son tan profundas que en casi todos los aspectos (nivel de información, mentalidad, capacidad de análisis, sentimientos...) se ha retrocedido hasta mucho más atrás de la frontera de 1900. De aquí, el que la situación de partida de los años 1950, cuando en el ámbito universitario de las distintas nacionalidades y regiones empiezan a formarse nuevas minorías intelectuales críticas, parezca reproducir, de algún modo, las condiciones históricas, en que se originó el paralelo primer nacimiento -en la crisis de la Restauración- del regeneracionismo y del proyecto de una sociología concreta.

Atrapada de nuevo en el centro de un remolino de fuerzas contradictorias -al igual que la ambigua sociología regeneracionista de fines del XIX-, la generación universitaria de los años cincuenta -en que renace la reprimida vocación sociológica- va a ser una generación desgarradoramente dividida entre contrapuestos impulsos. Por una parte, en la perseguida y aún tímida praxis política de sus vanguardias progresistas, resurgen los viejos mitos populistas -primero- de la justicia social y el reencuentro con las verdades del pueblo oprimido, pronto asociados o superados -después- por las esperanzas en la inevitable revolución del proletariado explotado. Mientras que desde una perspectiva contrapuesta, casi de modo inmediato, en la naciente sociedad de consumo neocapitalista, los universitarios dedicados a las ciencias sociales sufren la atracción profesional -difícilmente resistible para todos (pro pane lucrando), demasiado tentadora para los obsesos con las «grandes escaladas» -de una especialización (más o menos) tecnocrática al servicio del nuevo modelo de desarrollo capitalista establecido (... no sin el apoyo del propio poder político dictatorial).

En términos generales, las minorías intelectuales más críticas y conscientes del profundo drama de la historia peninsular -simples grupúsculos, entonces, arrinconados en el ghetto de sus afines, o en los márgenes de la Universidad oficial- comparten un profundo sentimiento de alienación frente a la cultura franquista dominante; así como de pérdida de la propia identidad, ante el brutal apisonamiento de todas las diferencias y peculiaridades, y por su misma separación de las reprimidas y más o menos adoctrinadas masas populares. Rota además la continuidad con la propia y rica tradición cultural de las diferentes nacionalidades ibéricas, estas mismas minorías se encuentran sometidas a una forzosa e inferiorizada situación de dependencia cultural -impuesta por la censura inquisitorial de la propia Dictadura respecto de los prósperos centros metropolitanos occidentales; y van a pasar poco después por la humillación de ver entregado el país al degradante neocolonialismo comercial y cultural del avasallador imperialismo yanqui (... que con la convivencia del Poder inicia su bombardeo de productos de consumo sobre los -antes- aterrorizados y -ahora- infantilizados súbditos franquistas; introduciendo a la vez el consumo de las bebidas de cola, la mitificación del american way of life y los triviales manuales de «High School» pomposamente rebautizados como «nueva ciencia sociológica»). Por último, las generaciones universitarias de los años cincuenta van a verse también enfrentadas -no sin un relativo desconcierto y perplejidad- con la urgencia intelectual de dar respuesta teórica adecuada a las transformaciones sociales que -tras el Plan de Estabilización de 1959- desencadena el nuevo modelo de desarrollo económico, vinculado a los inicios de la internacionalización del capital en España. Pues la plena y triunfal articulación de la Dictadura franquista con el neocapitalismo occidental -basada en uní vasta movilización, trasvase y emigración de las masas trabajadoras de las regiones más deprimidas como ejército de reserva de mano de obra barata replantea los problemas teóricos e ideológicos de la modernización y racionalización de las estructuras sociales y organizativas del país..., pero dentro de las propias instituciones políticas y culturales de la Dictadura.

Hacia fines de los años cincuenta -en coincidencia con el viraje tecnocrático del franquismo entre 1957/59- se agolpan y anudan confusa y contradictoriamente, de tal modo, las viejas raíces y las nuevas perspectivas y motivaciones que van engendrando -pese a los vetos y cautelas del Poder reinante- el renacimiento de la investigación sociológica, en tres planos claramente diferenciados, pero complementarios.

1. En primer lugar, junto a la preocupación tradicional populista por el conocimiento sociológico concreto de las formas y condiciones de vida del pueblo -ya resurgidas en torno al cincuenta y seis, pero aún con ínfimos o casi inexistentes medios-, se abre ahora un nuevo frente en la investigación sociológica empírica, en respuesta a las necesidades -así como a los deseos y mitos- inherentes a los procesos de modernización y racionalización del propio desarrollo capitalista. Tan original como inquietante, este nuevo (y algo bastardo) frente de investigación -casi sin precedentes en nuestro país- se particulariza en las exigencias informativas y sociales de la gestión de la gran empresa, y en general de las grandes organizaciones complejas. Desde esta nueva perspectiva, en el entrepuente tecnocrático de la gran empresa y la Administración Pública, la investigación y una pragmática teoría sociológicas se reformulan -en parte de forma mixtificadora como una renovada promesa (comtiana) de contribución a la más eficiente administración/manipulación del mundo por los poderes institucionalizados del gran capital, la gran empresa y el Estado (esto es, una cierta investigación sociológica pretende reconvertirse en instrumento para el mejor «gobierno y control» de organizaciones, hombres y bienes, en cuanto estructuras, cosas y mercancías).

2. Pero frente a este definitivo relanzamiento -desde las propias estructuras de dominación- del mito de una sociología tecnocrática como supuesta (y acrítica) «ciencia de la manipulación», también se concreta cada vez más -de modo contradictorio- la apuesta progresista -más o menos ingenua, pero con apasionada determinación- por reconstruir un saber sociológico crítico, en cuanto pretendida «conciencia para la liberación» de las bases o masas dominadas por el sistema establecido. En realidad, en esta amplia y heterogénea corriente sociológica crítica desde la base habría que diferenciar muy diversos enfoques, gradaciones y matices -a su vez como mayor o menor vinculación con los movimientos de oposición política e ideológica al neocapitalismo franquista-. No obstante, sin poder descender aquí a mayores particularizaciones, la alternativa básica -dentro de una común y relativa sobrevaloración de las funciones y posibilidades inmediatas de los métodos y teorías sociológicas en el proceso de democratización sería la que separa a aquellos que luchan por una transformación (intencionalmente revolucionaria) del propio orden capitalista, de los que tan sólo persiguen la reforma -más o menos profunda- de las estructuras políticas y económicas dominantes. Más radicales -pero es posible que también con una mayor idealización de la teoría-, para los primeros, el conocimiento sociológico -del que quizá se exige demasiado- tiende a vincularse a la recuperación y desarrollo del materialismo histórico como una «teoría científica» orientado a la transformación revolucionaria del mundo, a partir de las promesas de la Tesis XI marxiana sobre Feuerbach (... abriendo así el proceso -en lucha contra todo tipo de censuras- de definitiva incorporación del marxismo a la cultura española). Más moderados -si bien tampoco necesariamente más realistas-, otros núcleos intelectuales contemplan en el desarrollo de la investigación sociológica la posibilidad de un análisis (igualmente) «científico» , pero tan sólo reformista y racionalizador, que facilite la recuperación de la democracia, o al menos contribuya a la modernización de las estructuras sociales. Por otra parte, más allá de sus diferencias y conflictos; radicales y moderados van a coincidir en muchas ocasiones en la común reivindicación y defensa de la reconstrucción institucional del lugar de la sociología frente a la represión franquista.

3. En un tercer plano, movidas ante todo por la pasión de comprender el cada vez más complejo mundo social, y ligadas en distintas medida a los anteriores movimientos, las exiguas minorías de la juventud universitaria de la época, que deciden especializarse en sociología -procedentes, por lo general, de las Facultades de Ciencias Sociales (Derecho, Políticas y Económicas, Historia y Filosofía, etc.)-, van a reaccionar fundamentalmente ante su correlativa carencia/mitificación intelectual del conocimiento sociológico teórico, saliendo a las Universidades extranjeras; dado tanto la rareza o casi absoluta falta de instituciones o enseñanzas superiores de sociología en España, como la práctica inaccesibilidad de la mayor parte de los textos clásicos y de la bibliografía contemporánea. (Dentro de este movimiento de marcha hacia las fuentes, los años cincuenta contemplan un desplazamiento o inversión de orientaciones e influencias: la Universidad alemana pierde su tradicional primacía entre la intelligentsia científico-social española para ser reemplazada por la -política y económicamente- prepotente Universidad norteamericana. En la más grosera fetichización de sus banales modelos metodológicos y textos -dominados hacia 1960, por la ideología etnocéntrica y precapitalista de la «teoría de la modernización», así como por las trivialidades conservadoras de un funcionalismo aún autosuficiente-, creyeron encontrar su guía las fracciones más academicistas y/o profesionistas de los nuevos estudiosos universitarios de la sociología; empeñados de forma ingenua -... o interesada- en homologarse como portadores de un supuesto modelo -innovador y exclusivo- de «conocimiento científico». Pienso, por mi parte -en una hipótesis quizá demasiado aventurada-, que estas fracciones tecnocratizantes -convertidas, de hecho, en entusiastas agentes objetivos de neocolonialismo yanqui- procedían generalmente -o eran la expresión ideológica- de las «nuevas clases medias» ascendentes -producto del «pequeño desarrollo» franquista de los años cincuenta-; menos vinculadas, además, a la propia tradición nacional, y más identificadas con el naciente desarrollo capitalista, que contemplaban -por todo ello- a la norteamericana hegemónica, y aún ampliamente mitificada, de 1960, como su nuevo paraíso ya realizado. Mientras que los pocos que nos mantuvimos fieles a la cultura y a la Universidad alemanas -frente a la tremenda presión proyanqui del momento-; representábamos más bien la inadaptación y el resentimiento de las «viejas clases medias», ante el viraje protecnocrático del franquismo; caracterizándonos por un hidalguesco recelo y desprecio pequeño burgués por el supuesto «primitivismo» de la cultura yanqui; a la vez que horrorizados -al mismo tiempo- ante el terror franquista, dispuesto a legitimarse ahora con el consumismo neocapitalista, seguíamos viendo en Hegel y Marx, el incierto y largo camino hacia todo conocimiento social verdadero. Que en ciertos casos, precisamente algunos de los miembros de esta segunda fracción tuviésemos que subsistir aplicando -por ejemplo- los supuestos metodológicos del conocimiento sociológico crítico» al marketing, muestra -finalmente- tan sólo lo complejo y confuso de aquella situación originaria; así como la carnal debilidad de bastantes sujetos, asociada a veces al deseo de mantener una inquebrantable independencia personal en la esfera de lo público -política o académica, etc. (y sobre todo, es una prueba más de las amargas ironías de la Historia).

Por distintas vías y sinuosos caminos, que -en principio- parecen ser absolutamente ajenos o contrapuestos (... pero que, al final, de un modo u otro, siempre acaban cruzándose), desde el poder -para su mayor gloria, eficacia y acrecentamiento-, como desde la base -entre la ofensiva utópica o la simple resistencia-, se confluye -en definitiva- en el renacimiento ambicioso, pero no obstante siempre ambiguo, proyecto de una sociología que aspira a intervenir de nuevo en la conformación del mundo social. En una primera lentísima y oscura etapa de este surgimiento de la investigación sociológica (entre 1956 y 1965, por señalar unos términos más o menos convencionales, pero muy significativos para el movimiento universitario de contestación estudiantil a la Dictadura franquista), tras una fugaz reaparición del idealismo culturalista orteguiano en la misma crisis ideológica del cincuenta y seis, los movimientos de oposición o críticos de base, al igual que una parte de los propios poderes institucionalizados, tienden paradójicamente a coincidir -si bien con muy contrapuestas intencionalidades ideológicas- en una común reivindicación del empirismo sociológico.

Conducidos por la más o menos mitificada necesidad de poseer un conocimiento social positivizado, tanto los nuevos y algo fantasiosos tecnócratas -al servicio de la modernización de las estructuras capitalistas- como los viejos luchadores por una transformación revolucionaria de las relaciones sociales dominantes, convergen ahora -sin querer- en una misma reivindicación de la urgente necesidad de un retorno a los hechos, como primera fase de una investigación sociológica (intencionalmente) concreta y pragmática. Por su parte, frente al práctico monopolio de la información por unos medios de comunicación social estrechamente controlados por la censura franquista las minorías intelectuales críticas -vinculadas a los movimientos de oposición-pretenden contraponer a las impuestas falacias oficiales, la «sangrante» realidad de la denominada «demagogia de los hechos» -según el título de una significativa obra de la época (1962), de circulación prohibida, como todas las de su misma editorial (1)-. La aspiración populista a un reencuentro con el pueblo real y la clase obrera, sojuzgados y ocultos por las pantallas represivas y propagandísticas del Régimen, cristaliza así -en el plano de la investigación sociológica empírica- en una revalorización de la función crítica de las viejas encuestas sociales de fines del XIX; pretendiendo «devolver la palabra», de algún modo al enmudecido súbdito de la Dictadura franquista.

Sin embargo, mediatizado por el progresivo (y lógico) predominio de la mentalidad y métodos tecnocráticos en todos los centros de poder, con los medios suficientes para el desarrollo de una investigación empírica; este doble y prometedor movimiento de retorno crítico (o concreto) a los hechos, pronto va a quedar prácticamente desviado hacia un empirismo abstracto (C. Wrigth Mills), en el que el estudio comprometido de los hechos concretos tiende a quedar reducido a la mera producción de datos abstractos, vacuos por su propia obviedad o carentes de auténtico referente real. De modo particular, en este proceso de degradación del auténtico «empirismo socio-lógico» (primado del logos, eso es, del sentido, sobre la medida o puntualización) en simple «descripcionismo socio-gráfico», más o menos útil, o más o menos irrelevante; ocupa un lugar clave la recepción y aplicación metodológica absolutista -ya en estos mismos años cincuenta- de la encuesta estadística representativa. Aplicada con frecuencia de forma acrítica, ingenua, exclusivista y en exceso ambiciosa a todo género de fenómenos sociales (por ejemplo, a los estudios de actitudes e ideologías, etc.), el nuevo y (justamente) celebrado artefacto de la encuesta estadística (que sin duda fue -y sigue siendo para mí- un instrumento válido e imprescindible en su esfera particular de pertinencia metodológica) implicaba el riesgo –dados sobre todo los condicionamientos políticos de la época- de ser manipulada o de convertirse fácilmente en un método de reproducción (y refuerzo) de la imagen conservadora de la realidad social.

Como ya en alguna otra ocasión he escrito, ciertas encuestas de opinión de esta primera (y aún semirreprimida) fase de resurgimiento de la investigación sociológica en España, traían a mi recuerdo (con sus altos porcentajes de respuestas convencionales y de no contesta / no sabe), el dramático caso de Julianillo Hernández, hereje quemado por nuestros solícitos inquisidores en el Auto de Fe de 22 de diciembre de 1560, celebrado en la Plaza de San Francisco de Sevilla. «Fue al suplicio -el tal Julianillo, ibérico paradigma del entrevistado súbdito franquista- con mordaza y él mismo se colocó los haces de leña sobre la cabeza -relata y transcribe para nuestra edificación don Marcelino Menéndez y Pelayo en sus celtibéricos «Heterodoxos» (2)-. Encomendaron los inquisidores esta maldita bestia... al Padre Licenciado Francisco Gómez, el cual hizo sus poderíos para poner seso a su locura; mas viendo que sólo (el Julianillo) estribaba en .sus desvergüenzas y porfía, y que a voces quería hacer buena su causa... comenzando la disputa junto a la hoguera, el Padre le apretó con tanta fuerza y eficacia de razones y argumentos, que con evidencia le convenció; y atado (Julianillo) de pies y manos sin que tuviese, qué responder, enmudeció». Atadas de pies y manos igualmente, en tantos sentidos, las clases populares dominadas (los jornaleros agrícolas, los obreros industriales, el campesino pobre, etc.); negadas en su propia e histórica identidad concreta, y reconceptualizadas mediante la categoría -estratificadora y desestructurada- de «clases bajas», llegaron incluso a ser estigmatizadas como el reducto de «reaccionarismo social», por algunas encuestas de aquellos tiempos (fundadas en una abstracta metodología analítico-individualista).

Sería absurdo, por supuesto, el desconocer la necesidad, funciones positivas y avances del vasto movimiento de revalorización y producción sistematizada -en el paso de los años cincuenta a los sesenta- de todo género de informaciones económicas y sociales, que reconstituye o relanza la investigación sociológica empírica en España; a pesar de su degradación o inerte deriva -en muchos aspectos hacia una cierta abstracción desinformativa. Pero en las condiciones de carencia de libertades, así como de contra-poderes relativamente autónomos del Estado franquista -antes al menos del sesenta y cinco-, el predominio en la práctica de un abstracto empirismo sociográfico -basado en el control de medios económicos y organizativos considerables- más que a contribuir a un mayor conocimiento crítico de la sociedad, propendía -de modo casi natural- a trabajar para la consolidación de la hegemonía ideológica de la ascendente tecnología neocapitalista (fuera del caso de algunos pocos estudios e investigadores empíricos independientes, excepcionalmente dotados y capaces de sacrificio, o con bases o conexiones privilegiadas en el extranjero, etc.). De este modo particular, la concepción y aplicación práctica absolutista de la encuesta estadística representativa como medio exclusivo de investigación empírica (... y de legitimación ideológica) convenía especialmente a todos los poderes institucionalizados (económicos o políticos), cuyo interés por un conocimiento sociológico positivo respondía -de forma restrictiva- a la creciente necesidad y demanda de informaciones sociales, suscitada por la progresiva complejidad de las grandes organizaciones y la acelerada transformación de su campo de actuación. Aunque también el deslumbramiento por la investigación sociológica de los nuevos equipos tecnocráticos, al servicio de los poderes organizados, tomaba secundariamente -en aquella época- la forma grotesca de mitológicos proyectos tecnocráticos, más o menos ingenuos e inofensivos (a pesar de su intrínseca perversidad), que aspiraba a una planificada manipulación de los prejuicios y deseos de las masas. (En este sentido, la demanda que el nuevo tipo de sociólogo -al servicio de las tecnocracias- empieza a escuchar es la petición imperiosa de que «motive» a los consumidores, «condicione» el comportamiento político y las actitudes ideológicas de los ciudadanos, o «cambie la imagen» de ciertas organizaciones.

Entre halagado y aterrado ante su «supuesto poder» -que tan gratuitamente se le atribuye-, el sociólogo consciente pronto se tranquiliza, al comprobar los estrictos límites y los aún más reducidos efectos -afortunadamente- de sus «mágicas manipulaciones». Lo que no significa que en ciertas ocasiones no pueda contribuir a una cierta «racionalización» y «optimización», etc., de la eficacia de la acción del poder burocrático de turno; ni mucho menos que en esta su nueva función, el sociólogo esté libre de toda responsabilidad ética. Pero por lo general, cuando el propio sociólogo, consejero de «los nuevos Príncipes», no entra también -ingenua o interesadamente- en el círculo de la mitomanía, su función crítica real -tan semejante a veces a la del bufón- suele ser más bien la de inducir a su Señor al abandono de sus fantasías de omnipotencia (aconsejándole honestamente sobre las condiciones mínimas de un uso razonable de su muy limitada capacidad de intervención discrecional sobre la realidad social). En esta esfera de una relativa tecnocratización del poder, fueron quizá ante todo las grandes empresas comerciales privadas (en su mayor parte, multinacionales) las que primero contribuyeron -a fines de los cincuenta- a una cierta expansión de la investigación sociológica empírica. Situada ante las crecientes exigencias de un marketing competitivo, con el acelerado desarrollo del capitalismo de consumo -que arranca del viraje de 1959-, estas empresas han de profundizar en el conocimiento empírico del diferenciadísimo y tradicional mercado español, introduciendo y aplicando las llamadas investigaciones y encuestas de mercado (donde a falta de mejor lugar en que sobrevivir va a hacer su aprendizaje una cierta fracción de los sociólogos empíricos de aquel tiempo).

También pionera en el desarrollo de las investigaciones sociológicas empíricas a principios de los sesenta, basadas en la aplicación sistemática de encuestas estadísticas, la Iglesia católica se anticipaba en muchos aspectos de este terreno a la propia Administración Pública. Por su peculiar posición en una situación intermedia -a mitad del camino entre la esfera de los poderes organizados y el contacto con las bases populares-, los investigadores de la Iglesia contribuyeron tanto al despliegue de los estudios de actitudes -a través de una sociología pastoral-, como al mejor conocimiento de las estructuras y desigualdades sociales, mediante sus estudios de base para la más adecuada planificación de sus programas de asistencia social. De su impulso originario iban a nacer además, muy pronto -por medio de fundaciones y programas específicos- algunos de los estudios empíricos básicos sobre la situación social en la España de los años sesenta y setenta.

Ya en la esfera estricta del propio poder político, la ineficiente Administración Pública del Estado franquista reacciona más bien de forma parcial, mediocre y con gran lentitud ante el reto -inherente al desarrollismo- de una información y previsión social sistemáticas; a pesar de la abrumadora y triunfalista propaganda tecnocrática, con la que el Régimen intenta revestirse y legitimarse en los años sesenta. Porque además de estar sometida al principio general franquista del recelo frente a todo «lo social», la Administración (corporativizada e inmovilista) de este Estado autoritario y centralista se encuentra troquelada -en todos sus aspectos- por un rígido modelo organizativo, altamente burocratizado y jerárquico; cuyo proceso informativo se funda precisamente sobre la desagregación formal juridicista de toda realidad social concreta. Tras un período histórico, que podemos denominar de las «encuestas encajonadas» (porque la mayor parte de las encuestas finalizan, bajo llave en los cajones de los ministros), la Administración Pública se va incorporando -a través de irregulares «bandazos»- a la promoción de investigaciones sociológicas empíricas en sectores y aspectos cada vez más concretos (desde el urbanismo a la sociología sanitaria, etc.), a partir sobre todo de fines de los años sesenta. a ello contribuyen ya hoy decisivamente los esfuerzos de los jóvenes sociólogos de los años setenta, una nueva minoría universitaria (siempre reducida, pero en términos absolutos muchísimo más extensa que la de los años cincuenta y sesenta), que aporta a la investigación concreta, tanto su mayor especialización, como a la vez una formación metodológica más reflexiva. No obstante, la Administración Pública sigue careciendo en nuestro país de una concepción y metodología sociológicas mínimas en el planteamiento y regulación de sus actividades. Sus procesos informativos continúan -en este sentido- muy condicionados por la tendencia tradicional a su fragmentación y codificación según criterios formalistas, de exclusiva conceptualización jurídica, o al menos analítica; mientras muchos de sus órganos ni poseen la voluntad ni disponen del personal preparado para un adecuado análisis de las informaciones sociales -que los nutren y orientan-, mediante criterios metodológicos a la vez correctos e imaginativos. Semejante «subdesarrollo sociológico» relativo a la Administración española entraña, además, el riesgo cierto de concluir desintegrando la imagen misma de los procesos sociales en cuanto fenómenos reales y concretos (lo que incapacita a la Administración no sólo para formular previsiones indicativas generales a medio plazo, sino también para reaccionar, de modo eficaz, en algunas ocasiones decisivas, ante las implicaciones anómicas de ciertos procesos sociales; como por desgracia -y sin utilizaciones demagógicas- los trágicos acontecimientos sanitarios de este mismo año 1981 han puesto de manifiesto). En la actual etapa de democratización, cabe esperar que la Administración Pública -ahora ya no sólo central- deje de considerar a la investigación sociológica como un «apósito», o conjunto de programas puntuales externos -enfocados hacia fuera-, para comprender y aceptar -finalmente- que el enfoque sociológico puede y debe convertirse en uno de los ejes o columnas vertebrales de la actividad de la Administración Pública (presente y condicionante así en todos sus planteamientos fundamentales; como ocurre, sin duda -de modo necesario- con el derecho, y empieza quizá también a suceder con la economía).

Pero aun en los inicios de la expansión del neocapitalismo franquista -en los primeros años sesenta- son sus mismas contradicciones internas -entre la preservación de su forma política dictatorial con la tendencia a una integración persuasiva de las masas mediante el consumismo y la propaganda tecnocrática, en pro de la mayor rentabilidad del sistema, etc.-, las que concluyen contribuyendo también al casi inevitable resurgimiento -de forma desigual e inconexa- de la investigación sociológica empírica, a pesar de los recelos y presiones del círculo interno de la propia Dictadura. Y es así como del supuesto poder liberizador de la información sociológica, postulado desde la base -originariamente con un propósito crítico-, termina revelando su fundamental ambigüedad al institucionalizarse -en gran parte- como pura información para el poder. (Que este auténtico poder constituyente del proceso de la investigación empírica -en cuanto marco institucional que sustenta y articula sus medios y define sus objetos- sea un poder «absoluto» o «limitado», «reaccionario» o «progresista», etc., entraña -en realidad- otra cuestión: la previa cuestión política de la naturaleza del sistema de dominación -en que toda investigación empírica necesariamente se inscribe-; sistema frente al que el sociólogo resulta ser tan responsable ética e ideológicamente como cualquier otro ciudadano). Cristalizadas, por fin, en la contradictoria y confusa encrucijada entre las reivindicaciones críticas de las bases, las autoexigencias tecnocráticas del poder y el intelectualismo y/o profesionalismo de las élites investigadoras, hacia 1965 -en cualquier caso- está teniendo lugar ya la primera oleada de grandes investigaciones sociológicas empíricas (conducidas con el apoyo de las instituciones existentes), así como los primeros estudios de campo, realizados con profundidad y talante crítico, por algunos pocos y muy competentes sociólogos independientes (por ejemplo, en la reconstituida sociología rural, por citar un sector de vanguardia en aquel momento). Por otra parte, la política de mayor tolerancia cultural del Régimen -paralela a la liberalización económica- entreabre la frontera y flexibiliza la censura editorial, produciéndose una relativa recuperación de las fuentes y bibliografía sociológicas clásicas, poco antes casi inaccesibles (no sin una degradada mercantilización del uso del significante sociología por los medios de comunicación y la industria editorial; uso abusivo, inducido por la predominante tecnología tecnocrática, que culmina con la sustitución -en las propias páginas del BOE- del término realista social por la categoría metodológica de sociológico, con la tácita desvirtualización de ambos).

A partir de todas estas fuentes e impulsos, cabalgando sobre la arrolladora ~ y tensa cresta central de la onda expansiva de la década de los sesenta -entre 1965 y 1968-, puede situarse -en definitiva- el gran salto cualitativo que consolida el pleno renacimiento de la sociología en España; mientras el imperio liberal norteamericano -empantanado en la sucia y brutal guerra neocolonial de Vietnam- sufre su primera gran crisis mundial e interna (mostrando la otra cara del desarrollo neocapitalista); y de forma paralela, la contestación ideológica radical del movimiento estudiantil a la dominación burocrática (yanqui o soviética) del poder industrial bipolar del mundo se extiende por todas las grandes Universidades del planeta (de París a Pekín, de Praga a Berkeley, pasando por Madrid y Barcelona, etc.).

Desde el punto de vista organizativo, a pesar de su fragmentación en una heterogénea diversidad de fuentes, este renacimiento plural de la investigación sociológica empírica -que ignora, además, las experiencias precursoras en las propias tradiciones nacionales ibéricas- se basa generalmente en nuevas y originales formas de organización del trabajo empírico; suponiendo así una auténtica re-institucionalización de la sociología. Pues fomentada (en sus fines), así como posibilitada (en sus medios: gracias a un nuevo equipamiento tecnológico) por el propio proceso de industrialización, la nueva fase de extrema positivización de la investigación sociológica se funda, en la instrumentación de medios de producción y organización corporativos de carácter colectivo y con frecuencia muy costosos. Por ello, junto al viejo investigador teórico personal, «auto-orientado» y más o menos creativo (que se reproduce, según los cánones tradicionales, en los Departamentos universitarios de ciencias sociales) van a surgir y constituirse ahora también equipos de trabajo colectivos, sometidos a las exigencias de una estructura organizativa, articulada por la propia infraestructura tecnológica creciente del proceso de investigación empírica (desde el mitológico ordenador, que acelera revolucionariamente el proceso informativo, al modesto, pero también utilísimo magnetofón, etc.).

Al mismo tiempo, el nuevo tipo de sociólogo-investigador no sólo se define fundamentalmente -en todo caso- como un hombre de equipo, sino que en muchas otras ocasiones debe integrarse -como una pieza más- en amplios y diversificados equipos de investigación interdisciplinares e interprofesionales, con otros especialistas y técnicos (arquitectos o médicos, economistas, ingenieros agrónomos, etc.), al común servicio de las grandes organizaciones (Administración Pública, etc.), para «racionalizar» sus formas y proyectos de intervención en los procesos sociales (del urbanismo a la sanidad, pasando por la ordenación rural, etc.). Tanto en los equipos estrictamente sociológicos, como en cualesquiera otros, el sociólogo-investigador ha de ser capaz de actuar de modo a la vez eficiente y creativo en el marco de una colaboración y disciplina de equipo; pero además, dentro de los equipos interprofesionales, el sociólogo-investigador se encuentra aún -hoy por hoy- frecuentemente con la sobrecarga de definir, de forma adecuada y operativa, el lugar y funciones específicas del oficio del sociólogo. (Lo que no siempre resulta demasiado fácil, ni encuentra la correspondiente comprensión por parte de los investigadores y técnicos de otras profesiones más o menos consolidadas, así como más clara y definidamente especializadas y técnicamente más cualificadas; pero a veces también con un desproporcionado «esprit de corps» y con un exagerado sentido jerárquico de su propio rango. Cuestión delicada, y al mismo tiempo metodológicamente decisiva; porque la función específica del sociólogo en tales equipos plurales no es otra -pienso a la luz de mi propia experiencia- que la de representar -en difícil equilibrio- tanto el punto de vista de la generalidad -que posibilita una cierta unificación teórica del heterogéneo conjunto de informaciones procesadas-, como la relatividad misma -históricamente condicionada- de cualquier particularización conceptual -categorías, indicadores, en fin, «constructos» sociológicos de cualquier género, etc.) En muchos de estos casos, la estructura organizativa y los costosos medios tecnológicos de estos equipos de investigación imponen -en último término- al nuevo tipo de sociólogo-investigador una mayor o menor dependencia funcional de los poderes decisorios de las grandes organizaciones corporativas, convirtiéndole prácticamente bien en un «funcionario» de la investigación, bien en un disciplinado engranaje de un «trabajador colectivo» más o menos jerarquizado.

Sin duda, tal tendencia hacia una relativa corporación de la investigación puede entrañar, en diversos sentidos, un nuevo obstáculo para aquellos ambiciosos estudios sociológicos que siguen pretendiendo ser, de modo simultáneo, críticos y empíricos. Ya que la tecnocratización corporativa de la investigación sociológica no sólo facilita toda suerte de mediaciones e interferencias ideológicas de los poderes institucionalizados sobre el proceso de investigación, sino que concluye propiciando también prácticamente --como la crítica frukfurtiana ha puesto con insistencia de manifiesto -una cierta deriva conservadurizante hacia el predominio de los medios técnicos (esto es, de las especificidades y límites de la propia organización y artefactos tecnológicos) sobre los fines últimos del conocimiento sociológico (es decir, sobre la relevancia e intencionalidad ideológica última de la propia investigación). Pero si aspira a ejercer su oficio (bajo su institucionalización forma de una profesión burguesa más) en la actual sociedad compleja, dividida y parcialmente burocratizada, en cuanto investigador empírico que disfruta de medios técnicos y apoyos institucionales más o menos sustantivos, todas éstas son inevitablemente contradicciones, difícilmente resolubles de un modo radical, que el sociólogo -abandonando la fantasía individualista de una absoluta falta de condicionamientos (¿y por qué él precisamente no habría de tenerlos...?)- comparte con otras muchas profesiones en el campo de las ciencias sociales (economistas, abogados, psicólogos, etc.) al igual que en el caso deontológico -ya tradicional de algunos de estos, profesionales, el sociólogo profesionalizado ha de enfrentarse -en el nivel individual de su práctica cotidiana- con todos los condicionamientos y contradicciones de su oficio, a partir de un relativo código de ética profesional (burguesa), y de máxima fidelidad casuística a sus propias convicciones ideológicas. Mientras que como todos los profesionales de las ciencias sociales relativamente conscientes e intencionalmente críticos, también el sociólogo consecuentemente ha de situarse -en el nivel colectivo: en cuanto ciudadano- a favor de la lucha general por la democratización de todos los poderes existentes. Pero nada demuestra que éste sea un comportamiento inherente al oficio del sociólogo.

Ante todas las contradictorias realidades -espontáneas o institucionalizadas, críticas o tecnocráticas- de este definitivo resurgimiento de la sociología en España, la burocratizada Universidad de los años cincuenta y primera mitad de los sesenta, había permanecido, de hecho, más bien alejada o indiferente. Controlada por núcleos corporativistas más o menos recelosos, o incluso (calladamente) hostiles a cualquier mínima forma de institucionalización académica de la enseñanza de la sociología, la Universidad oficial de la época -a pesar de la gran expansión del alumnado y ramas de las ciencias sociales- permanecía ajena a las reivindicaciones y entusiasmos (sin duda en exceso idelizantes) de la juventud componente de la Universidad real. Durante muchos años, no sólo la creación de Facultades o Secciones de Sociología, sino también su inclusión como simple y modesta disciplina singular en los planes de estudios de Universidades y Escuelas Superiores va a chocar con abiertas o sordas resistencias (con muy diversas fuentes: conservadurismo ideológico general del sistema político y universitario, corporativismo reactivo de las disciplinas ya asentadas, militante hostilidad de los núcleos tecnocráticos más genuinos y conscientes frente a cualquier evocación de la racionalidad concreta que pudiera llegar a poner en cuestión la usurpadora soberanía de sus abstractos «modelos quanto-frenícos», etc.). En último término, al avance de la sociología en las enseñanzas superiores se opone la estrecha subordinación política de la Universidad oficial al propio Régimen franquista, que intenta aislarla de todas las fuerzas sociales vivas, mediante toda clase de barreras y censuras; empezando por el peculiar modelo político-burocrático español de constitución jerárquica-funcionarial del profesorado universitario, en estrecha asociación con el despotismo ministerial de turno -llave real de las dotaciones, etc.-

Frente a esta pasividad o resistencia de la burocracia universitaria, la reivindicación de una enseñanza de la sociología viva y crítica se intensifica hacia 1965 -desde la base-, asumida por muchos de los núcleos y grupos críticos, constituidos en el formidable y tumultuoso avance -que culmina en el conflicto y crítico año de 1968- del movimiento de contestación estudiantil tanto al orden universitario franquista, como el propio neocapitalismo tecnocrático. Por todas partes, en todas las nacionalidades y regiones, se produce un mismo fenómeno: en San Sebastián, en Barcelona o en Madrid, etc., núcleos espontáneos predominantemente jóvenes (Pero no sólo universitarios en su origen y composición) fundan pequeños centros libres de enseñanza e investigación sociológica, con el apoyo o consumo de muy diversos movimientos de base (desde grupúsculos intelectuales artísticos a asociaciones de vecinos, etc.). Cercados por el Régimen, y casi sin infraestructura de ningún tipo (contando tan sólo con la distante y recelosa benevolencia, de algunas fracciones, de la burguesía liberal, que intentan «capitalizar políticamente» la operación... sin desembolsar realmente capital monetario); estos centros van a vivir sobre todo del «capital afectivo» y del trabajo de sus bases, en un proceso de rápida expansión y crecimiento de sus efectivos; pero que en la mayoría de los casos no llega a alcanzar su cima -en coincidencia con el Mayo francés del sesenta y ocho-;porque son cortados y reprimidos por la intervención policíaca gubernamental, también por todas partes. Sólo tras esta represión gubernativa de una enseñanza de la sociología auto-organizada desde la base, y relativamente libre y crítica, van a producirse las condiciones -a principios de los años setenta para una cierta expansión burocrática y controlada -desde arriba- de las enseñanzas superiores de sociología, mediante la creación de algunas secciones e introducción como disciplina o asignatura en unas pocas Universidades. Siguiendo así los principios de la estrategia general de la dominación franquista de golpear y disolver -primero- los movimientos de base, para satisfacer -sólo después: de modo selectivo y controlado- algunas de sus reivindicaciones (esto es, según las reglas clásicas del «Peitsche und Zuckerbrot»); la institucionalización universitaria definitiva de la sociología en España sólo tiene lugar, cuando el impulso crítico hacia la libertad de sus orígenes, ha sido ya convenientemente atemparado (por la acción represiva del poder político); para que su reconducción por la vía tecnocrática adapte, finalmente, también el movimiento sociológico libre a las estructuras burocrático funcionariales tradicionales de la enseñanza universitaria de las ciencias sociales. Triunfante ideología y teóricamente frente a un funcionalismo (proyanqui) doctrinalmente desarbolado (que muchos de sus propios importadores originarios se apresuraban a abandonar), la auténtica sociología crítica -esto es, la espontánea y libremente surgida desde las bases- concluía siendo, de modo necesario, policíaca y burocráticamente derrotada.

Porque a lo largo de este privilegiado y vibrante momento histórico de 1965-68 -en el que la crisis política del franquismo coincide con la crisis mundial de la hegemonía ideológica del neocapitalismo tecnocrático-, el desarrollo del movimiento de las escuelas libres de sociología había supuesto, además, una vigorosa y doble reacción de contestación ideológica y de revalorización de una teoría social crítica frente al burdo empirismo sociográfico, imperante en la etapa de la ideología teórica (proliberal conservadora) del funcionalismo norteamericano, por parte de los núcleos de sociólogos formados en las universidades norteamericanas, y de mentalidad -por lo general- más academicistas y/o profesionalistas. Reproduciendo en gran medida de forma espontánea, la teoría crítica (marcusiana) y metodológica (Adorno/Horkheimer) de la Escuela de Frankfurt frente a las presuntuosas banalidades del empirismo abstracto funcionalista, los núcleos de base de las escuelas libres de sociología (entonces apasionadamente antiacademicistas) representaban -en cambio- una cierta renovación metodológica de la orientación de la investigación empírica, reivindicando la necesidad de una aproximación «concreta», «crítica», «totalizadora», etc., a la realidad social (renovación que se especificaba, por ejemplo, en el énfasis de lo cualitativo» frente a «lo cuantitativo», y en la complementación de la encuesta estadística por la llamada discusión de grupo, etc.).

Pero en exceso coincidentes con la tendencia a la absolutización del idealismo frankfurtiano, estos núcleos de sociólogos críticos contra-academicistas -representantes de la concepción pequeño burguesa de una libertad incondicionada- propendían (... esto es, propendíamos, pienso autocríticamente, por mi parte) a una simplificación reductiva y hegelianizante de la dialéctica marxista al puro momento crítico-gnoselógico de la toma de conciencia; avanzando escasamente en el análisis de las estructuras complejas y de las sobredeterminaciones económicas, etc. Liquidadas definitivamente -hacia 1970- por la represión gubernamental las experiencias de los movimientos sociológicos críticos de este período, el idealismo frankfurtiano va a ser pronto sustituido, casi sin solución de continuidad, en cuanto alternativa radical o marxista al funcionalismo, por las diversas variantes y escuelas ideológico-teóricas del llamado estructuralismo francés. Su rápida y desbordante introducción va a tener lugar en parte a través de la formación parisina y posterior retorno de los núcleos más radicales del perseguido movimiento estudiantil antifranquista de los sesenta; emigrantes forzosos, que habían encontrado refugio en la Universidad de París -contribuyendo a poner un acento español en los acontecimientos del Mayo francés-. La Universidad de París se convertiría así, además, en el tercer vértice exterior junto a las universidades alemana y norteamericana- en el desarrollo de la sociología en España. En principio, la influencia del estructuralismo supone una profundización cierta en la renovación metodológica, iniciada proyectivamente por la sociología crítica (de orientación frankfurtiana); con un mayor énfasis y pertinencia analítica en el estudio de los progresos de estructuración compleja de la realidad -sobre todo, desde el punto de vista marxista, en el caso del estructuralismo althusseriano-. Pero a pesar suyo, el teoricismo estructuralista sigue moviéndose en muchos aspectos -opino, por mi parte- en el mismo plano de la derivación idealista que supuso el frankfurtismo; lo que le aleja o invalida parcialmente para una investigación sociológica concreta, pero que sea también realista empírica. Por otra parte, con su insistencia en la visión de un mundo- absolutamente bloqueado, por sus propias e inaccesibles sobredeterminaciones, el espectacular (y algo pretencioso) radicalismo teórico de algunas de las versiones ideológicas (marxistas y no marxistas) del estructuralismo concluye a veces trabajando -en realidad en vía del más tímido y desencantado de los reformismos, como el proceso histórico-real de la reciente transición democrática muestra en diferentes planos y niveles. Ahora bien, la asimilación del estructuralismo -en el viraje de los años sesenta a los setenta- ha entrañado una nueva exigencia de mayor rigor teórico en la delimitación de los problemas, así como una mejor definición de los criterios y prácticas de determinación de los niveles de análisis de la investigación sociológica; exigencias que constituyen el precedente inmediato de la progresiva y fecunda madurez metodológica relativa de la actual expansión de los estudiosos sociólogos concretos.

A1 final de este largo y tortuoso «camino de perfección», la transición democrática de los años setenta representa probablemente desde el punto de vista del desarrollo de la sociología, el momento de la definitiva configuración de su espacio real en el marco institucional y político de la sociedad burguesa. Ya que con todas sus muchas limitaciones y ambigüedades (que no pueden ser aquí sometidas a una crítica sistemática, como al menos he intentado realizar ya -por mi parte- en otros lugares) la transición democrática postfranquista contribuye a una efectiva desmitificación del poco antes (sobrecargado) campo de la investigación sociológica, al reconocer la autonomía relativa de las organizaciones de clase, los partidos políticos y de los restos (... aún subsistentes) de los movimientos de base -dentro del cuadro de reglas y posibilidades de la democracia burguesa-. Con ello, la investigación sociológica tiende a quedar restringida a sus verdaderos y estrechos límites de atención propia; pero de forma simultánea se reconoce como un espacio abierto y estructurado por el mismo sistema de diferencias y contradicciones ideológicas que divide a la sociedad global. En este sentido, la confrontación y el pluralismo ideológicos vuelven a recuperar su carácter de contexto radical e inevitable, que define la intencionalidad y límites previos de la investigación empírica, abandonándose -en cambiola ingenua pretensión originaria -por parte de las más encontradas ideologías y escuelas- de convertir al propio proceso de investigación en un «tribunal absoluto e incondicionado» de confirmación o verificación de los propios presupuestos ideológicos.

Sin regresar de nuevo hacia ningún simple descripcionismo sociográfico -al contrario, con más rigor metodológico que nunca-, parece cada vez más claro -pienso, por mi parte- que los problemas de la reconstrucción teórico-ideológica del mundo desbordan por completo el limitado campo de relevancia de cada investigación concreta, y se sitúan en un universo paralelo. Por lo que sin renunciar (legítimamente) a sus propias visiones e intencionalidades ideológicas, todas las corrientes y escuelas -utilizando a veces tecnologías no demasiado dispares- parecen converger hoy en un mismo trabajo (arduo e interminables de profundización metodológica, concentrándose en el terreno de investigación cada vez más concretas y fructíferas, a la vez que contribuyendo -modestamente- a las tareas prácticas de la reorganización de sectores particulares de la sociedad (de la sanidad al urbanismo, etc.). Nos encontramos al parecer, otra vez, ante un resurgimiento de «las cien flores»; pero muchas de ellas están ya granando en hermosos frutos. Pues casi de modo simultáneo al proceso de recuperación de las libertades culturales mínimas, un nuevo y fecundo reencuentro entre la teoría y la práctica parece haberse ya consumado: relativizada la idealización de los distintos modelos (ideológicos) de referencia, el duro trabajo cotidiano sobre los hechos y la apertura a todos los horizontes teóricos tiende a imponer, de forma generalizada, la conciencia -metodológicamente sabia- de que cada campo concreto de la realidad posee su propio modelo epistemológico pertinente, dentro de cuyos límites toda investigación realista debe moverse. Así, mientras se habla de una crisis de modelos teóricos (que resulta ser más bien, creo, una crisis de absolutización dogmática), la producción colectiva de investigaciones sociológicas realizadas y en curso, durante estos últimos años -desde muy diversas perspectivas, pero con una adecuación y rigor metodológicos cada vez mayores- está siendo quizá más densa, complementaria y profunda que nunca.

Esta renovación final se produce, en su aspecto humano y generacional, gracias en gran parte a la progresiva incorporación de las nuevas promociones de jóvenes sociólogos, con un nivel de preparación relativa y una capacidad potencial de trabajo y entrega a la investigación sociológica concreta, que para muchos de los viejos -ya casi en la última vuelta del camino-, participantes en los balbuceos del nuevo resurgimiento de la sociología en los años cincuenta, con signo de plenitud y compensación de treinta años de luchas y frustraciones por un conocimiento sociológico de libertad.

(1) Ignacio FERNANDEZ DE CASTRO: La demagogia de los hechos, Ediciones Ruedo Ibérico, impreso en Suiza, 1962.

(2) Marcelino MENENDEZ PELAYO: Historia de los heterodoxos españoles, edición de la Biblioteca de Autores Cristianos, 1956, volumen 11, pp. 92-93.


(*) Fragmento de una ponencia para el I Congreso de Sociología, Zaragoza, 1981, FASEE. [Salvo que razones de actualización recomienden lo contrario, respetamos el texto, estructura y contenido del vademécum de Jesús Ibáñez (1992): Sociología [R.Reyes (Ed.): Las Ciencias Sociales en España: Historia inmediata, crítica y perspectivas, Tomo 1], Madrid, Editorial Complutense. Las eventuales alteraciones serán explícitamente señaladas. Ya que ahora ofertamos un texto virtual, señalamos, en consecuencia, los enlaces que a los términos o nombres correspondan]


<<< HOME