LA RE-INSTITUCIONALIZACION DE LA SOCIOLOGIA ESPAÑOLA
a) el tráfico



FERNANDO ALVAREZ URIA
/ JULIA VARELA


COLEGIOS INVISIBLES Y RELACIONES
DE PODER EN EL PROCESO DE
INSTITUCIONALIZACION
DE LA SOCIOLOGIA ESPAÑOLA (*)

1. LA SOCIOLOGIA IMPOSIBLE DURANTE
EL NACIONAL-CATOLICISMO (1939-1958)

2. FORMACION DE LOS REFUNDADORES Y JEFES DE FILA (1959-1964)
3. REINSTITUCIONALIZACION (1965-1975)
    Sociología crítica
    Sociología profesional
    Sociología académica
    Sociología oficialista
4. CONSOLIDACION (1976-1981)


1. LA SOCIOLOGÍA IMPOSIBLE DURANTE EL NACIONAL-CATOLICISMO (1939-1958)

Una de las claves del mantenimiento del Dictador en el poder durante tantos lustros fue sin duda la dosificación de las parcelas de influencia que Franco orquestó entre los diferentes grupos de presión de los que se nutrió el Régimen. La Ley de responsabilidades políticas (9-II-1939) liquidó partidos, sindicatos y asociaciones y fue seguida de la Ley sobre Seguridad del Estado (1941). La primera de esta leyes fijaba las normas para la depuración de funcionarios y fue aplicada con especial rigor en el ámbito de la enseñanza.

En términos generales se podría afirmar que la educación nacional fue cedida a los propagandistas católicos. “Hay que recristianizar a esa parte del pueblo que ha sido pervertida, envenenada por doctrinas de corrupción”, decía el Caudillo en 1940 en la Dirección Central de la Acción Católica. En realidad las relaciones entre la Iglesia y el Estado fueron desde comienzos de la Dictadura muy estrechas, hasta tal punto que la Iglesia, a través de la autorizada palabra del Primado Cardenal Gomá, sacralizaba el alzamiento calificándolo de “cruzada nacional”. Serrano Súñer firmaba el 7 de junio de 1941 con el nuncio Cicognani un acuerdo por el que se concedía a Franco el privilegio de la presentación de obispos -privilegio al que nunca renunció pese a las peticiones personales del Papa Montini- en un momento en el que estaban vacantes veinte sedes episcopales (...).

En 1943 siete obispos fueron nombrados procuradores en cortes por designación directa de Franco, y en ese mismo año, en febrero, se aprobaba la Ley de Ordenación Universitaria en la que se afirmaba que «la Universidad, inspirándose en el sentido católico, consustancial a la tradición universitaria española, acomodará sus enseñanzas a las del dogma y la moral católica y a las normas del derecho canónigo vigente». El artículo 58 de esta ley disponía que para concursar a plazas de profesor había que manifestar «la firme adhesión a los principios fundamentales del Estado, acreditada mediante certificación de la Secretaría General del Movimiento». En ese mismo año se creaba el Instituto Balmes de Sociología en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) que el entonces ministro de Educación Ibáñez Martín, y su amigo y promotor del Opus Dei José María Albareda, director del Consejo, iban a poner bajo la dirección de Severino Aznar. La sociología al servicio de la religión y de la dictadura, entendida como soporte del apostolado social, echó en esta institución sólidas raíces.

Severino Aznar, fundador de la Revista Ciencia y razón y organizador de las Semanas Sociales durante la Restauración, va a contar ahora con un grupo de colaboradores, un órgano de expresión, la Revista Internacional de sociología, y con un Instituto que compartía las ventajas del CSIC, es decir, ser nueva creación y disponer de un presupuesto autónomo. El Instituto Balmes destacó sobre todo por su biblioteca, dotada con importantes fondos documentales que fue pasto de las llamas en los primeros años de la transición (...).

En la Revista Internacional de Sociología y en el servicio de publicaciones del CSIC se publicaron los resultados de encuestas por lo general, poco elaboradas sobre los estudiantes universitarios (Fraga y Tena Artigas, 1949-50), el servicio doméstico (P. Vázquez, 1957), así como estudios de carácter demográfico sobre la mortalidad postnatal urbana y rural (Arbello, 1951), la mortalidad en la edad preescolar (Bosch-Marín y Arbello, 1958) y la evolución de la natalidad (Bustinza, 1958).

Aznar, Viñas Mey y sus colaboradores desplegaron durante estos años una cierta actividad. Y autores qué adquirieron posteriormente un peso en la sociología no confesional publicaron algunos de sus primeros ensayos en la Revista del Instituto, como, por ejemplo, Murillo Ferrol y J. Jiménez Blanco, autores de un trabajo sobre «la conciencia de grupo en los escolares de la Universidad de Valencia» (1958). Por entonces comenzaba a resurgir una sociología laica.

La actividad de los católicos sociales tuvo un peso nada desdeñable en la sociología española durante el franquismo. Los primeros años cincuenta conocieron la fundación del Instituto León XIII, así como la Oficina de Sociología y Estadística de la Iglesia en España por la Conferencia Episcopal. Entre las revistas de sociología católica podemos destacar: Perspectiva Social, publicada por el Instituto Católico de Ciencias Sociales de Barcelona, creado en 1951 por el Obispo de dicha ciudad; la Revista de Estudios Sociales, publicada por el Centro de Estudios Sociales del Valle de los Caídos regido por los benedictinos. En este centro se han venido celebrando desde 1940 mesas redondas en las que han participado sociólogos confesionales y laicos con una periodicidad anual. Las intervenciones se publican en los Anales de Moral Social y Económica. Ya en los años setenta Cáritas creó la revista Documentación Social. Revista de Estudios Sociales y de Sociología Aplicada (1971) y Cuadernos de realidades sociales (1973) editada por el Instituto de Sociología Aplicada de Madrid.

El P. Jesús Irribarren, director entre 1942 y 1954 de la revista Ecclesia, órgano oficioso de la jerarquía eclesiástica, publicó en su último año de mandato el libro Introducción a la sociología religiosa en donde presenta las modernas técnicas norteamericanas de encuesta, técnicas que fueron aplicadas bajo supervisión eclesiástica en el Plan CCB (Comunidad Cristiana de Bienes) y posteriormente en los informes de la Fundación FOESSA, a partir de 1966, año en el que se publica el primer Informe.

Los años cincuenta fueron los años de los cursillo de cristiandad, del rosario en familia promovido por el infatigable P. Peyton y también del Concordato de 1953 que rompió el bloqueo internacional del Régimen ya que a los pocos meses de su firma se establecieron acuerdos con los Estados Unidos (...).

Terminada la guerra Franco creó el Instituto de Estudios Políticos, centro de formación de cuadros dirigentes destinados a nutrir la administración, los gobiernos civiles, el sindicato y las mutualidades del Régimen. Y siguiendo su política de reparto de zonas de poder colocó al frente de dicho Instituto a significados falangistas, y entre ellos a Javier Conde, autor de la teoría del caudillaje y, paradójicamente, promotor de discusiones políticas en cuyo marco surgieron las reflexiones sociológicas (1). Manuel Fraga, que obtuvo la Cátedra de derecho político de la Universidad de Valencia en 1943 fue nombrado por Arrese, en 1956, subdirector del Instituto y, más tarde, director. A finales de la década de los cincuenta este centro falangista contaba con un panel de profesores de relieve entre los que figuraban Díez del Corral, Jiménez de Parga, José Antonio Maravall, Enrique Tierno, Carlos Ollero y Enrique Gómez Arboleya. Este último era profesor de «Estructura y leyes de la realidad social» y de «Sociología Política». Personalidades tales como Perpiñá, Lissarrague, Alcorta, Legaz, Conde y el propio Arboleya publicaron trabajos de sociología en la Revista de Estudios Políticos, órgano oficial de la institución, si bien, sus coordenadas de pensamiento coincidían más con la filosofía del derecho, la filosofía social y la teoría de las ideas políticas que con la sociología. La mencionada revista estuvo dirigida por Javier Conde (1948-56), Emilio Lamo de Espinosa (1956-61), Manuel Fraga (1961-62), Ollero (1962-66), Fueyo (1966-70), Legaz (197074). En el consejo de redacción figuraban, entre otros, Ruiz Giménez, Salustiano del Campo, Sánchez Agesta y Torcuato Fernández Miranda.

En cierto modo, una prolongación de este Instituto, al que José Solís definió como « la médula del Régimen», fue la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas de la Universidad Central creada en 1944. En 1951, Ruiz Giménez, que había desempeñado un importante papel como embajador de Franco en el Vaticano, fue nombrado ministro de educación en sustitución de Ibáñez Martín. Laín Entralgo ocupó el Rectorado de 1a Universidad de Madrid y se produjo una cierta liberalización universitaria (...).

Es como si los democristianos tuviesen una cierta prevención hacia la sociología, hacia un saber desmitificador capaz de poner en solfa una cierta sacralización heredada del derecho, de la ética y de la religión.

Arboleya ocupó en 1954, en la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas, la primera cátedra de sociología creada durante el franquismo (...).

En febrero de 1956, se produjeron en Madrid graves conflictos universitarios que se saldaron con la caída de Ruiz Giménez -y también con la de Fernández Cuesta-, así como la dimisión de Laín del Rectorado. Conviene recordar que Ruiz Giménez reintrodujo en la formación de tribunales de oposiciones a cátedra el sistema vigente durante la Segunda República: dos miembros de designación ministerial y tres de la especialidad elegidos al azar. Se ponía, pues, punto final al sistema que rigió bajo el mandato de Ibáñez Martín en el que todos los miembros del tribunal eran designados por el Ministerio. En ese mismo año López Rodó ocupó la Secretaría General de la Presidencia del Gobierno desde donde el Opus inició su ofensiva tecnocrática que caracteriza a la España de los Planes de Desarrollo. La muerte de Pío XII en 1958 cierra, por su parte, el ciclo de la alianza de hierro entre la iglesia católica y los gobiernos dictatoriales o autoritarios.


2. FORMACION DE LOS REFUNDADORES Y JEFES DE FILA
(1959-1964)

En estos años del «desarrollismo» se produjeron importantes cambios en la estructura social del país. Entre 1960 y 1965 la población activa del sector industrial creció siete puntos. El porcentaje de técnicos, cuadros, funcionarios y trabajadores del comercio y de los servicios pasó del 20 % al 26,5 %. La OCDE evaluó el crecimiento del PIB en ese mismo período en un 138 %. Se produjo entonces una fuerte emigración interna de trabajadores del campo a las ciudades, al tiempo que se abrió de forma abrupta la emigración de trabajadores españoles a los países europeos industrializados. Correlativamente las playas de la costa mediterránea especialmente comenzaron a ser invadidas por turistas extranjeros. La emigración y el turismo constituyeron una especie de pulmón de oxígeno momentáneo para la Dictadura pero a la vez introdujeron estilos de vida, hábitos y valores propios de otras latitudes.

Mientras tanto el Papa Juan XXIII convocaba el Concilio Vaticano II en el que teólogos y obispos holandeses y alemanes desempeñaron un papel primordial en una línea «aperturista» -quizá por estar acostumbrados a vivir con otras sectas y religiones en un marco jurídico de libertad religiosa-. Se iniciaba así un proceso de mayor tolerancia y de crítica de la confesionalidad que incidía de forma especial en los países católicos del sur de Europa. En 1961 se inauguraba la andadura de la Administración Kennedy. La política de la «alianza para el progreso» dio alas a las teorías del capital humano y la ideología de la igualdad de oportunidades.

En nuestro país López Rodó era nombrado, en 1962, Comisario del Plan de Desarrollo y, meses más tarde, Fraga recibía el nombramiento de ministro de Información y Turismo. Por esas mismas fechas un grupo de intelectuales firmaba un manifiesto reclamando la libertad de expresión. Se recrudecían las huelgas en Barcelona, Asturias y el País Vasco. La ejecución de Julián Grimau en 1963 pese a la intercesión del Papa fue seguida por una serie de huelgas en las que se puso de relieve la fuerza del sindicato clandestino Comisiones Obreras. En 1964 se derrumbó el sindicato franquista de estudiantes -SEU- coincidiendo con la pomposa celebración de los 25 años de paz. Al siguiente se produjo una fuerte agitación estudiantil en Madrid y fueron expulsados de la Universidad, Aranguren, Tierno y García Calvo a quienes estaban vinculados activos estudiantes democráticos algunos de los cuales ocuparon más tarde puestos relevantes en la Universidad, en la diplomacia y en la sociología. En julio de ese mismo año los Beatles dieron un concierto en la plaza de las Ventas. Una parte importante de la juventud española urbana se internacionalizaba a través de la música, el cine y un incipiente consumo de masas a la vez que participaba, en un clima de mayor opresión que el sufrido por los jóvenes europeos contemporáneos, del antimilitarismo y el rechazo del viejo orden establecido (...).

Frente a la sociología pastoral y a la filosofía social se produjo en esta segunda etapa la emigración de un grupo de jóvenes licenciado españoles al extranjero, especialmente a Estados Unidos y a Alemania (2). Algunos atravesaron el Atlántico en una larga travesía por barco, y otros, se dirigieron a Europa en los mismos trenes en los que viajaban los emigrantes españoles y portugueses. En ambos casos esa salida supuso un distanciamiento que favoreció una nueva visión de la realidad española al mismo tiempo que se pusieron en contacto con nuevas formas de expresarse y de percibir el mundo, con estilos de vida diferentes en marcos políticos muy alejados del español. La sociología española fue en gran medida producto de la incorporación de los paradigmas sociológicos dominantes en los países de formación de esos jóvenes sociólogos. En Estados unidos conectaron sobre todo con las técnicas de investigación social empírica y con las teorías funcionalistas, es decir con la tríada formada por Lazarsfeld, Parsons y Merton. En Alemania la conexión se estableció predominantemente con los representantes de la Escuela de Francfort (...).

En todo caso de esa élite migratoria, que se vio prolongada por nuevos estudiantes que se dirigieron sobre todo a Francia e Inglaterra, surgieron dos incipientes grupos o constelaciones que podemos denomina la constelación académica, de formación eminentemente norteamericana, y la constelación crítica. Unos aplicaban encuestas, manejaban datos, establecían correlaciones múltiples y cruces de variables, redactaban informes y realizaban las primeras y fragmentarias recopilaciones de datos cuando únicamente existían las muy deficientes estadísticas proporcionadas por el INE. Otros, a partir de teorías críticas sobre la sociedad, construyeron discursos eminentemente antinormativos y arremetieron contra élites y poderes oligárquicos.

Se pusieron así los cimientos de dos escuelas que se caracterizan por dos formas de entender la sociología y por dos formas de practicarla (...).


3. REINSTITUCIONALIZACION (1965-1975)

La Ley de Prensa, aprobada el 15 de marzo de 1966, que suprimía la censura previa supuso en este sentido un avance pese a que pronto comenzaron los secuestros y las sanciones administrativas a distintas publicaciones. De hecho, entre 1963 y 1965 se impartieron unos cursos de sociología «en colaboración nunca suficientemente formulada con el Rectorado de la universidad» -como señala Elías Díaz- en donde ejercieron la docencia un grupo de sociólogos además de Tierno, Aranguren y otros filósofos del derecho. La Revista Española de Sociología, que fue el órgano de expresión de esos cursos publicó solamente un número cero y el número uno correspondiente a enero-marzo de 1965. Cerrados estos cursos, una Orden Ministerial del 21 de julio de 1965 creaba la Escuela de Sociología de la Universidad de Madrid. La alternativa a ese centro oficial fue CEISA, una Escuela de Ciencias Sociales de carácter privado que, gracias fundamentalmente a las gestiones del activo José Vidal Beneyto, estableció una serie de conexiones con instituciones sociológicas de otros países y reunió en su interior a los principales agentes de la reinstitucionalización de la sociología en España.

CEISA no contó con ninguna publicación propia, quizá debido al reducido margen existente para la libertad de expresión escrita (...).

La sociología académica, por el contrario, no estaba tan desabastecida de medios de difusión escritos. En junio de 1966, se publicó el primer número de Anales de sociología, revista dirigida por Salustiano del Campo, catedrático de sociología de la Universidad de Barcelona en 1962 quien, pocos años más tarde se trasladó a Madrid para ocupar, por concurso de méritos, la cátedra vacante de Arboleya en la Facultad de Ciencias Políticas. Salustiano del Campo abanderó desde esa revista, y desde la cátedra, la incipiente constelación académica. En 1967 este catedrático se lamentaba de la ausencia de un lugar estable para la sociología en el currículum universitario y de la ausencia de «condiciones receptivas para la acción racionahzadora en que, en definitiva, consiste el quehacer sociológico». En el mismo artículo titulado «La vocación de la sociología española» arremetía contra «un falso cientismo basado en la ausencia de enfoques teóricos» y afirmaba que la sociología era una ciencia a la vez que una disciplina moral cuya vocación resumía en «la iluminación de la opinión».

Desde la perspectiva académica, CEISA y otros centros similares -como, por ejemplo, EISA en Barcelona-, no eran sino una operación política instrumentalizada por quienes eligieron la sociología como pudieron haber escogido otra disciplina para el cumplimiento de determinados fines políticos. Esa «nota a pie de página de la sociología española» no era una constelación directamente en concurrencia con la sociología académica que entonces sólo reunía a un reducido grupo de sociólogos empíricos de formación norteamericana, sino que más bien competía con otro grupo, también de formación norteamericana y empírica, moderadamente crítico que podríamos denominar constelación profesional, cuyos miembros más representativos eran Amando de Miguel y Juan Linz. Este grupo desplegó a partir de 1965 una actividad muy intensa realizando estudios sobre los empresarios, la estructura ocupacional, el prestigio de las profesiones, las élites científicas, las relaciones entre estructura social y juventud, etc. El equipo DATA, dirigido por Amando de Miguel, Francisco Andrés Orizo y Manuel Gómez Reino, realizó los primeros Informes sociológicos para la Dirección General de Empleo en 1965, año en el que se publicó el primer número de la Revista Española de la Opinión Pública, del Instituto del mismo nombre reformado en 1963 por Manuel Fraga, entonces ministro de Información y Turismo. Esta institución, en la que se produjo una sociología al servicio del Gobierno, es el antecedente y el modelo sobre el que surgirá más tarde el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), un instituto que es un híbrido entre un centro gubernamental de encuestas y un centro de investigación. En torno al IOP se formó una supernova, una constelación que irá con los años y que se podrá calificar como la sociología oficialista, es decir, un colegio privilegiado para obtener información y ponerla al servicio del poder político de turno. Una parte importante de los sociólogos integrados en este colegio ocuparon cargos políticos bien dirigiendo institutos o asesorando a ministros, o bien, ya en la época de la transición, como responsables de Direcciones Generales o de carteras ministeriales.

Si examinamos el cuadro de profesores de CEISA en el que figuran, con algunas excepciones significativas, los sociólogos que nuclearon los principales colegios sociológicos, si además tenemos en cuenta que fueron ellos los que produjeron el grueso de los trabajos de sociología y, si a esto se suma el reconocimiento exterior del que gozó CEISA se puede afirmar que fue algo más que una Facultad de Sociología avant la lettre, que fue una Universidad libre y a la vez un movimiento institucional antifranquista. Se explica así que los sociólogos críticos consideren este centro como la matriz institucional de la sociología española, mientras que los partidarios de una definición más restrictiva del oficio de sociólogo opinen que fue un proyecto intelectual irrelevante caracterizado por la confusión entre sociología y política, confusión que despertó en ellos los mayores recelos. En todo caso CEISA levantó más que recelos entre las autoridades gubernativas que ordenaron su cierre en 1968. Surgió entonces la Escuela Crítica de Ciencias Sociales a la que se incorporaron nuevos profesores entre ellos Elorza, Linz, Aranguren, Tierno y Pérez Díaz, la cual se vio obligada también a cerrar por orden gubernativo en 1970. Durante los años en que funcionó CEISA el gobierno declaró el estado de excepción en el País Vasco -abril de 1967- y en todo el Estado -24 de enero-25 de marzo de 1969-. El año de la intervención soviética en Checoslovaquia y del mayo francés se había iniciado con el cierre de la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas de Madrid (11 de enero de 1968), pues como declaró el Consejo de Ministros «personas ajenas a la Universidad subvierten el orden». El diario Madrid fue cerrado a finales de mayo de ese mismo año (3).

Entre 1965 y la muerte de Franco se produjeron numerosos incidentes y cierres gubernativos en numerosas Universidades española. Desde 1966 hasta 1969 se impusieron más de cuatrocientas sanciones administrativas a periódicos y revistas y se ordenó el cierre de al menos cuatro editoriales de libros (...).

En este clima de lucha por la conquista de las libertades Carlos Moya publicó uno de los manifiestos teóricos de tendencia crítica, su libro Sociólogos y sociología, en el que definía el saber sociológico como «la ciencia de la libertad» cuya vocación es «transcender los límites de la sociedad capitalista» (4).

El 3 de agosto de 1970 se aprobó la Ley General de Educación que pretendía racionalizar un viejo sistema educativo desbordado por la demanda de nuevos grupos sociales en ascenso en unos años de fuerte despegue económico. Entre 1960 y 1971, el número de alumnos universitarios se había prácticamente triplicado, mientras que el de catedráticos había crecido en mucha menor proporción (1.188 catedráticos en 1960 y 1.423 en 1971) (...).

El Ministerio, para cubrir las necesidades docentes, recurrió a profesores jóvenes, designados por los catedráticos mediante un sistema de cooptación al margen de criterios académicos. definidos. Fueron estos nuevos profesores quienes sufrieron una «precaria situación laboral y económica», sin la menor «participación en las decisiones importantes que afectan a la vida universitaria» y desprovistos de «cauces de expresión, asociación y reunión legal», situados, en fin, a modo de colchón amortiguador entre los profesores numerarios y los alumnos como «blanco de críticas» (5).

La Ley del setenta ratificaba en gran medida los seculares poderes semifeudales de los que gozaban los profesores numerarios, especialmente los catedráticos. El rector tenía que ser un catedrático «nombrado por decreto» por el ministro de Educación, nombramiento que le confería automáticamente la condición de procurador en Cortes (art. 77). Unicamente los catedráticos numerarios podían ser nombrados por el rector directores de departamento (art. 71). Los vicerrectores tenían también que ser catedráticos (art. 78) (...).

La estructura universitaria era, pues, un sistema piramidal que yuguló por largo tiempo la posibilidad de un trabajo serio e innovador, ya que los departamentos sin medios, desbordados por los alumnos, regidos por una concepción pretoriana de la autoridad, y marcados por unos arcaicos rituales de promoción en la profesión, se sentaban en un sistema de castas que convertía a los PNNs en los parias de la institución. Estos podían optar entre la sumisión feudal -«llevar la cartera», «hacer la pelota» y < hacer de negros» del catedrático-, y la contestación abierta al sistema que de hecho supuso numerosas expulsiones de profesores contratados. En este contexto se creó la nueva Sección de Sociología en la Facultad que pasó a denominarse de Ciencias Políticas y Sociología, cuya primera promoción de estudiantes comenzó a formarse en el curso 1972-73. Se inició así una nueva etapa para la sociología bajo el predominio simbólico de Marta Harnecker, lo que no constituyó un obstáculo para que los más afamados representantes del marxismo vulgar se incorporasen al PSOE precisamente tras la renuncia del Partido Socialista a la advocación marxista (6).

La institucionalización de los estudios de sociología en la Complutense coincidió con la creación de cátedras de sociología en otras universidades. La docencia de esta disciplina, hasta entonces prácticamente circunscrita a Madrid y, en menor medida a Barcelona, se amplió de un modo significativo (...).

Se podría afirmar que las escuelas de sociología surgieron y se diferenciaron en función del grado de oposición de los sociólogos al Régimen, producto y reflejo en parte de su posición en la estructura ocupacional y la respuesta que daban al para qué de la sociología. Los críticos pensaban que la sociología era un arma contra el fascismo. Los profesionales consideraban que la misión de la sociología consistía en dar cuenta de la realidad, es decir, proporcionar el mapa más exacto posible de la estructura social. Este trabajo de objetivación contribuiría al tránsito de una sociedad arcaica a una sociedad moderna. Los académicos se preocupaban de promover la disciplina, ampliar su radio de acción en la Universidad, al tiempo que de conseguir un mayor reconocimiento de este saber entre los líderes de opinión. Las Memorias de cátedra, que servían de peldaño para alcanzar las posiciones académicas de prestigio resultaban ser a la vez los mejores instrumentos para la formación de los alumnos y las mejores introducciones para personas deseosas de conocer esta materia. En fin, los representantes de la sociología oficialista, partidarios en su mayoría de la liberalización del Régimen, veían en las nuevas técnicas un poderoso instrumento de reformas administrativas y de adaptación del Estado a los cambios sociales generados por el denominado desarrollismo.

Así, pues, en función de la imagen dominante de la profesión y de la mayor o menor identificación podemos establecer el siguiente cuadro que, junto con la escuela de sociología católica, sirve para presentar los diferentes colegios de sociología existentes en el momento de la reinstitucionalización de la sociología en España. Este cuadro resume mejor que la clasificación generacional lo que hemos denominado la galaxia sociológica.


      sociología como medio           sociología como fin
     (concepción extensiva)       (concepción restrictiva)

Estado

Sociedad

Sociología oficialista

Sociología académica

Sociología crítica

Sociología profesional

Veamos brevemente, en función de la distancia que estos colegios presentan en relación con los centros franquistas de decisión, y de las propias cotas de poder, algunas de sus características.


Sociología crítica

Como ya hemos señalado el grupo crítico está formado por sociólogos que pretendieron hacer de la sociología un instrumento de lucha contra el poder establecido. Se integraron en esta corriente especialistas inmersos en los partidos de la oposición que se movían en la clandestinidad tratando de crear una cultura de resistencia. La sociología funcionó como un dispositivo de oposición política cuando se produjo una cierta liberalización prolongado así el papel jugado en los cincuenta y primeros sesenta por determinadas películas y obras literarias. Bardem. en las famosas discusiones de Salamanca (1955), denunció el hecho de que «viviendo a espaldas de la realidad española nuestro cine no ha sido aún capaz de mostrarnos el verdadero rostro de los problemas, las tierras y los hombres de España (...)».

CEISA constituyó la principal instancia aglutinadora de la corriente crítica. Uno de sus grupos más activos estaba formado por Jesús Ibáñez, Angel de Lucas, Alfonso Ortí y José Luis Zárraga, que a través de la puesta a punto de iriétodos cualitativos trataron de buscar una alternativa a la sociología cuantitivista. Sobre todo por razones de supervivencia fundaron una de las primeras consultoras -ECO- que se dedicó a realizar estudios de mercado y de audiencia de medios de comunicación. Su antifranquisino radical y su oposición al capitalismo los condujo a un radicalismo teórico que en parte se plasmó en una aportación original desde el punto de vista metodológico: los grupos de discusión.

Mario Gaviria, profesor también de CEISA, fue uno de los pioneros de la sociología urbana -terreno al que contribuyó con una reflexión internacionalmente reconocida por Manuel Castells desde París-. Por su parte Carlos Moya estudiaba por entonces la élite del poder franquista e intentaba sentar las bases de una teoría sociológica crítica. Un trabajo pionero en esta perspectiva, que tuvo una fuerte repercusión, fue La demagogia de los hechos de Ignacio Fernández de Castro, prohibido por la censura y publicado en 1962 en París por Ruedo Ibérico. Esta editorial comenzó a editar a partir de 1965 los Cuadernos de Ruedo Ibérico. También publicó los libros de Daniel Artigues y de Jesús Infante sobre el Opus Dei, prolongados años más tarde por Alberto Moncada.

Las referencias teóricas más importantes de esta corriente fueron Mills, Adorno, el psicoanálisis, el Marx de los Manuscritos y el Lukács de Historia y conciencia de clase (7).

En el momento de la creación de la Sección de Sociología en la Universidad Complutense muchos de estos sociólogos no recibieron ninguna propuesta para incorporarse a ella. No todos renunciaron sin embargo a crear grupos de intervención y de formación de investigadores. Así, por ejemplo, Ignacio Fernando de Castro, tras nueve años de exilio en París, fundó en 1971 el Equipo de Estudios (EDE) que elaboró Informes de gran impacto publicados en Triunfo, Cuadernos para el Diálogo y Cambio 16. Concretamente en Triunfo este equipo llevaba la sección de conflictividad social. Durante algunos años editó la Revista Teoría y práctica muy ligada a los colectivos obreros y al movimiento asambleario y de la que publicaron 15 números.

Al margen también de los medios académicos y especialmente dirigidos a estudiantes de postgrado de América Latina surgió el Instituto de Sociología y Desarrollo del Area Ibérica, dirigido por Manuel Lizcano, que contó con un Anuario y con una asociación de sociólogos, probablemente la primera creada en nuestro país (8).

En una perspectiva crítica se crea en torno a Tierno un grupo de discípulos en el que predominan los filósofos del derecho. A partir de 1972 publican la Revista Sistema dirigida por Elías Díaz. Muy ligados a Aranguren estuvieron Víctor Pérez Díaz y José María Maravall profesores todos ellos de la Escuela Crítica de Ciencias Sociales.

Entre los sociólogos españoles críticos formados en los Estados Unidos hay que citar a Juan Francisco Marsal, muerto prematuramente, quien, desde 1972 agrupó en la Universidad Autónoma de Barcelona en torno a la Revista Papers a un grupo de sociólogos de inspiración marxista. Otro sociólogo crítico de formación norteamericana fue Salvador Giner, que, hasta bien entrados los ochenta produjo la mayor parte de su obra en las universidades inglesas. En fin, también en Barcelona, Alfonso C. Comín, uno de los fundadores de cristianos para el socialismo y asiduo colaborador de Cuadernos para el Diálogo nucleó un grupo de renovación del catolicismo social ligado a la Editorial Laia (...).

El último de los sociólogos en el exilio es Ignacio Sotelo, actualmente integrado en Izquierda Socialista y catedrático de la Universidad Libre de Berlín y autor de numerosos libros y artículos realizados desde la óptica propia de un demócrata radical.


Sociología profesional

En una entrevista publicada por-la Revista Teorema (marzo de 1972) comentaba Amando de Miguel, jefe de fila de este colegio de sociólogos, que cuando regresó de los Estados Unidos nadie le ofreció ninguna oportunidad para hacer sociología en la universidad o en otros organismos públicos. Fue así como decidió abrir, en la comercial calle de Serrano, un gabinete de trabajo «como si fuera un profesional liberal, con mi rótulo de sociólogo en la puerta de mi despacho». En 1965 la empresa consultora DATA, que reúne a un equipo dirigido por Amando de Miguel, Francisco Andrés Orizo y Manuel Gómez-Reino, entregaba a la Dirección General de Empleo un Informe de cinco volúmenes sobre «los problemas de empleo de los trabajadores de edad» y otro de cuatro sobre los «efectos de la estructura de empleo en los cursos de Formación Intensiva Profesional». El Primer Plan de Desarrollo, aprobado en 1964, abría la vía a una demanda creciente por parte de la Administración y de las empresas de los servicios profesionales del sociólogo. Durante un tiempo el grupo de Serrano y ECO -consultora esta última formada por un grupo crítico creado en torno a Jesús Ibáñeztrabajaron casi en solitario en el mercado produciendo Informes elaborados en función de una demanda. Los primeros se sirvieron fundamentalmente de encuestas y métodos cuantitativos, mientras que los segundos utilizaron predominantemente las entrevistas, los grupos de discusión y los análisis de los discursos. Ambos grupos confluyeron como ya hemos señalado en CEISA, unos adoptando una decisión predominantemente profesional y otros promoviendo una actitud eminentemente subversiva. « La tendencia crítica, comentaba Amando en la mencionada entrevista, se arropa en el marxismo y expresa más una actitud vital y política que científica» (...).

Los partidarios de una práctica liberal de la sociología consideraron de la mayor importancia no desdibujar el oficio de sociólogo, sino más bien otorgarle unas funciones preciosas, mostrar su utilidad para resolver problemas y para dar cuenta objetivamente de zonas de la vida social sumidas en la sombra o atravesadas por juicios de valor que deformaban su verdadera naturaleza. Pensaba que la sociología, en tanto que saber científico, no podía abandonar unos criterios básicos de cientificidad si pretendía ser una ciencia objetiva, es decir, una disciplina que, a diferencia de las «ideologías», no podía estar al albur de las coyunturas socio-políticas. Esta concepción restrictiva de la sociología como profesión no significaba que sus partidarios abdicasen de la defensa de las libertades, sino que más bien creían que su opción en favor de la profesionalidad formaba parte del proceso de democratización: la sociología empírica, en la medida en que desvelaba la realidad desvelaba a la vez a un Régimen autoritario que se esforzaba en ocultarla. En este sentido la sociología profesional se aproxima más a la sociología crítica que a la sociología académica o a la oficialista (...).

Los profesionales creyeron por tanto, que la profesión exigía unos códigos, una forma específica de abordar los problemas y de resolverlos, una deontología profesional que incluía entre otras cosas prestigiar el oficio. Por eso su crítica no se circunscribió simplemente a quienes confundían la sociología con la crítica de las ideologías sino que se hizo extensiva a la sociología académica. «Cuesta Dios y ayuda -se lamentaba Amando de Miguel-, organizar conferencias, mesas redondas, cursillos, revistas, encuentros y demás actividades no estrictamente académicas en el recinto universitario, y en cambio esas actividades proliferan fuera de él» (9).


Sociología académica

La sociología académica compartía con la profesional una concepción restrictiva y no instrumental del saber sociológico. Sin embargo, en el interior de una universidad funcionarizada e integrada en el aparato de Estado, jerarquizada y controlada por diferentes instancias encargadas de censurar, el saber dominante en el alma mater ya no era un saber para la resolución de problemas sino un saber distante, acumulativo, separado de la vida social, en suma, «la gran teoría». Lo propio de la Academia era producir manuales, libros de texto, y recopilaciones bibliográficas en las que los discursos sociológicos se sucedían y se suponía al margen de todo contexto. Mientras los críticos combatían el poder y los profesionales hacían informe en función de problemas planteados por clientes o por propia curiosidad intelectual, los académicos impartían desde sus cátedras con tono magistral un saber distante y neutro que presentaban como un saber incuestionable. Esa codificación de la verdad, encontró su mejor expresión en el libro de texto, en el Manual, en esas Summas comentadas que organizan a través de lecciones -o temas- la distribución del curso escolar, el desarrollo de la explicación de la asignatura y sobre todo la forma correcta de pensar, un modo específico de entender la disciplina que los ceremoniales institucionales obligan a incorporar bajo la forma de marcas durables, de habitus, de estructuras cognitivas operativas que, desde las perspectivas de los críticos y los profesionales, van a ser los principales obstáculos epistemológicos para que surja en nuestro país una sociología innovadora. El efecto devastador de esos libros de texto se manifiesta en la memorización que de ellos hacen los alumnos para pasar los exámenes, es decir, para obtener el reconocimiento académico que hace coincidir el saber sociológico con el del manual. El ciclo se cierra cuando el trabajo académico del investigador se circunscribe exactamente a la tarea de escribir un libro con fuentes bibliográficas, por el que desfila el panteón de los sociólogos ilustres (...).

La función de la sociología universitaria a partir de finales de los sesenta ha dejado e ser la de formar a una inteligentsia «de firme espíritu cristiano y español» para formar técnicos en economía y ciencia política en el seno de una sociedad industrial que camina hacia una educación universitaria masificada. Los representantes máximos de esta sociología son los catedráticos que viven para la Academia y que, salvo excepciones, han gozado de un poder desmedido y han hecho gala de un «academicismo insoportable». Son ellos quienes han elegido a los elegidos y quienes, en función de criterios casi siempre arbitrarios, han condenado sin pestañear a aquellos que consideraron intrusos en sus reinos o, que a su juicio, podían desestabilizar «la armonía» reinante en la comunidad académica, comunidad organizada como una «familia» en la que padres e hijos estaban obligados a convivir en la casa común. Los de la «casa» eran elegidos por los catedráticos de entre sus alumnos aventajados o sumisos, o eran cooptados en función de recomendaciones y transaciones en las que a partir de intereses privados se ventilaban puestos públicos. En todo caso el neófito era siempre un elegido lo que lo situaba en una situación de dependencia y de permanente deuda hasta que no alcanzase cotas de poder similares a las de su protector (...).

A la sociología académica no fueron los profesores contratados, los PNNs, definidos en negativo en relación a los numerarios. Como ya hemos señalado, vivieron una situación de vasallaje: dependencia del catedrático para la presentación de la tesis doctoral, para la renovación y mejora de los contratos, en fin, para obtener éxito en las oposiciones. Esa relación de subordinación se veía además agravada por horarios recargados, aulas masificadas, así como por la necesidad de reciclarse y adquirir una mayor formación en situación de autodidaxia. A medida que este colectivo fue tomando conciencia de su «proletarización» se radicalizó contra el sistema, pero respetó en parte, salvo excepciones, el mandarinato. Por lo general criticaron la estructura sin atacar de raíz el funcionamiento cotidiano de la institución. El marxismo, que hacía de la universidad una superestructura, permitía la crítica del sistema sin distribuir las relaciones arcaicas de dominio. Un marxismo de salón y un materialismo vulgar sirvieron de cobertura a la perpetuación de una lógica institucional a la que se debía en parte que la universidad española se pareciese más a un cotolengo que a un espacio de producción y de transmisión de saberes.

El funcionalismo de Parsons constituyó la ideología proclamada de los catedráticos académicos. La concepción parsoniana del sujeto como un ser vacío que a través de procesos socializadores interioriza pautas de comportamiento y roles sociales confería una gran importancia a las instancias de integración social (...).

La alianza de un elemental funcionalismo parrsoniano y un no menos elemental marxismo contribuyeron a que la naciente Facultad de Ciencias Políticas y Sociológicas se enquistase en una estrecha banda monocroma entre las banalidades sobre los roles y los status y la aventura dialéctica. Alfonso Ortí ha expresado muy bien como el triunfo de la sociología académica se hizo en detrimento de una sociología viva y crítica (10).


Sociología oficialista

La sociología oficialista es la sociología producida desde la Administración del Estado, es decir, desde Ministerios, Direcciones Generales, Institutos o centros de investigación integrados en los organigramas del gobierno. El objeto del poder desde el punto de vista de control es un búsqueda utópica de transparencia. En este contexto nace la ingeniería social. El reformador inglés J. Bentham afirma que estas constantemente bajo la mirada de un inspector implicaba la pérdida de la capacidad para hacer el mal y casi la posibilidad de desearlo (...).

Siguiendo el modelo norteamericano se creó en Londres en 1936 el Instituto Británico de la Opinión Pública, adoptado en Francia dos años más tarde. En España Manuel Fraga, desde su Ministerio de Información y Turismo modernizó en 1963 el Instituto de la Opinión Pública (IOP) (...).

De los resultados de sus encuestas daba cuenta periódicamente la Revista Española de Opinión Pública. A partir de entonces este centro funcionó como una fuente de información y banco de datos. Tras la muerte de Franco, en la época de la transición y bajo un gobierno de la UCD pasó a denominarse Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS).

La sociología burocrática nace, pues, en España con carácter eminentemente empírico y centrada en las encuestas de opinión, construidas a partir del modelo de los estudios de mercado destinados a averiguar las costumbres, las preferencias y los juicios en materia de consumo de potenciales clientes. La entrada de la sociología en instituciones de información del Estado con el fin de obtener datos, clasificarlos, almacenarlos e interpretarlos se produce en un momento en el que la información se convierte en una instancia fundamental en manos del poder. Los mecanismos de control de masas pasan así de un uso predominante de la policía y de la violencia física a la violencia simbólica.' Los controles duros son sustituidos en gran medida por las técnicas de persuasión-manipulación.

La incorporación de las nuevas técnicas, el nacimiento de esta nueva ingeniería de Estado son percibidos en la época como un proceso de flexibilización de los códigos sociológicos. Ya no se trata de una sociología autónoma e independiente que se autoprocura sus propios objetos de estudio y sus propios criterios de validación, sino de una sociología al servicio del poder político cuyo criterio de validez no es otro que la eficacia política que se deriva de su instrumental ización. A pesar del elementalismo de los sondeos de opinión esa ampliación del radio de acción de la sociología aplicada con la incorporación de nuevos y poderosos públicos, es presentada como un enriquecimiento de los saberes sociológicos.

A partir de los años setenta los sociólogos profesionales -muchos de ellos precedentes del grupo de Serrano- hicieron valer su cualificación profesional en oposiciones y concursos que les permitieron ir accediendo a las cátedras, mientras que la vía de promoción de los sociólogos académicos pasaba por un desplazamiento desde la universidad hacia puestos burocráticos, es decir, el poder académico se convertía virtualmente en el peldaño para el poder político. Catedráticos como González Seara o Díez Nicolás ocuparon diferentes responsabilidades políticas que a veces compatibilizaron con el ejercicio de la docencia. Sin embargo son dos formas distintas de entender la profesión y de ejercerla.

El hecho de que los sociólogos académicos dejen la universidad para desempeñar cargos políticos de libre designación ha tenido importantes efectos precisamente en el momento de reinstitucionalización de la sociología (...).

A las familias académicas se añaden, pues, ahora las camarillas de sociólogos burocráticos, con la particularidad que estos están más cerca de las fuentes de financiación que sus homólogos académicos. La cohabitación de esas redes primarias y secundarias es una de las causas más decisivas que han cortacircuitado la existencia de un trabajo serio y riguroso en la sociología española.

Entre los polos extremos del Estado y la sociedad, en donde se enraizaron respectivamente la sociología oficialista y la crítica, los trabajos de los sociólogos giraron especialmente en torno a la economía y la empresa, las élites, el consumo de masas y las clases sociales. Predominaba un clima de optimismo propiciado por el desarrollismo y las expectativas de cambio.

 
4. CONSOLIDACION (1976-1981)

(...) La transición coincidió con la crisis del petróleo, una crisis económica de carácter internacional que iba acompañada en el ámbito de la teoría sociológica por una cierta incapacidad para pensar los cambios sociales a partir de los paradigmas hasta entonces dominantes (...).

Uno de los fenómenos importantes característico de la nueva cultura democrática fue la recuperación de la memoria histórica a la que contribuyeron los «encuentros de Pau», los trabajos de realizados en la órbita de Tuñón de Lara, así como la publicación de una serie de revistas de divulgación histórica entre las que destacan Tiempo de Historia (1974) -publicada por los redactores del semanario Triunfo-, Historia Internacional (1975), Historia 16 (1976), Estudios de Historia Social (1977), e Historia Libertaria (1978). La editorial Cuadernos para el Diálogo venía publicando, desde principios de los años setenta, ensayos sobre sociólogos y pensadores españoles liberales y progresistas, krausistas y socialistas -proyecto en el que participaron profesores ligados a la cátedra de Ruiz Giménez- que, entre otras funciones, cumplieron la de recuperar más allá del franquismo unas raíces democráticas para la nueva etapa histórica que entonces se abría. Este mismo grupo creó, como ya hemos señalado, en 1972 la Revista Sistema en la que colaboraron asiduamente sociólogos e intelectuales situados en la órbita del socialismo democrático. En el mismo año nacía, escrita en catalán y en español, y abierta a las distintas teorías sociológicas europeas y norteamericanas, la mencionada Revista Papers, primera revista profesional y crítica de sociología. Es sintomático este hecho puesto que los catalanes no contaban con tanto arraigo institucional como los madrileños. En Barcelona nació El viejo Topo (1976), revista mensual que aglutinó a una gran parte de los intelectuales críticos del país y que desempeñó una importante labor de introducción de nuevas ideas, nuevos paradigmas y reflexiones antinormativas que eran objeto de debate en los países de nuestro entorno. En una perspectiva antiautoritaria, ecologista y antimilitarista se editó también en Barcelona la revista de comunicación libertarias Bicicleta (1977) muy crítica con el marxismo. Estas revistas de kiosco, ágiles, de artículos breves e incisivos, jugaron un papel de divulgación y de acercamiento a un amplio público de problemas intelectuales que comenzaban en Europa a entrar en una fase de declive.

Las revistas marxistas dominaron no obstante por estos años el panorama intelectual. Entre ellas Zona abierta (1974) y En teoría (1979) que contaban con miembros comunes en los consejos de redacción que se integraron en las filas del PSOE cuando este partido se presentaba ya como la alternativa de poder a la UCD. Manuel Sacristán y su equipo defendieron una síntesis entre el marxismo, el ecologismo y el pacifismo en Mientras tanto (1979), revista nacida de la ruptura del grupo Materiales. Otras publicaciones situadas en la órbita del marxismo fueron El Cárabo (1976), Teoría y práctica, Argumentos (1977) y Negaciones (1976) (...).

En una línea también crítica de filosofía y sociología de las prácticas científicas cabe mencionar los Cuadernos Teorema, publicación animada por Manuel Garrido -en un principio desde Valencia y más tarde desde Madrid-, y El Basilisco (1978) dirigida por Gustavo Bueno desde Oviedo.

Así, pues, en el lapso de tiempo que va desde la muerte de Franco hasta el golpe de Estado fallido de 1981 se produjo en España una eclosión de publicaciones que incidieron en la prensa diaria en la que destacó especialmente el diario El País con sus tribunas y suplementos culturales. Nacía, pues, al margen de la Academia y del Estado, en el interior del mercado de la comunicación, un nuevo tipo de sociólogo que podemos denominar el sociólogo mediático, interesado en intervenir en la vida social al hilo de los acontecimientos que se estaban produciendo.

El 3 de diciembre de 1976 el PSOE celebraba su primer Congreso en España desde los tiempos de la Segunda República. Casi todos los partidos políticos habían sido legalizados el 10 de junio de 1976, con excepción de los comunistas que tuvieron que esperar hasta el 10 de abril de 1977, es decir, apenas dos meses antes de que se celebrasen las primeras elecciones democráticas que se saldaron con la victoria de la UCD. En octubre de 1977 los Pactos de la Moncloa daban un amplio respiro al Gobierno Suárez y se consolidaba la línea de la reforma pactada (...).

En junio salía de la Facultad de Ciencias Políticas y sociológicas la primera promoción de licenciados en sociología. En enero de 1978, el CIS publicaba el primer número de la Revista Española de Investigaciones Sociológicas (REIS) que contaba con un amplio consejo de redacción compuesto casi exclusivamente por catedráticos. Esta Revista se iba a convertir en el medio oficial de expresión de los profesionales de la especialidad. Frente a esta sociología «oficialista» predominaron sin embargo, en estos años, como ya hemos señalado, los trabajos críticos, es decir, una sociología que ponía en cuestión la correspondencia entre el poder académico y el capital cultural sociológico. La expresión de ese heterogéneo movimiento fue la Federación de Asociaciones de Sociología del Estado Español (FASEE), movimiento abierto y de carácter más bien asambleario que surgió en 1979 por iniciativa de un grupo de sociólogos críticos, algunos de ellos aún en el exilio y que celebró el primer -y festivo- Congreso en Zaragoza en 1981, en donde las cabezas visibles del poder académico brillaron por su ausencia.

La transición democrática puso de manifiesto una vez más de forma patente la crisis de la Universidad. La UCD y sus sucesivos gobiernos llegaron a redactar hasta cuatro proyectos de ley diferentes destinados a reformar el mundo universitario, sin que ninguno de ellos llegase a fraguar. Eran los tiempos en los que los representantes del PSOE, sirviéndose en ocasiones de discursos demagógicos, agudizaban su política de «acoso y derribo». Un decreto del 5 de agosto de 1979 abría a las universidades la posibilidad de nombrar catedráticos a personalidades relevantes de la ciencia y de la cultura que se habían visto obligadas a abandonar el país o marginadas por las autoridades franquistas. El objetivo del decreto era revitalizar una universidad agónica, pero la respuesta a esta propuesta la dio el Consejo de Rectores que, en junio de 1980, rechazó el nombramiento de cinco catedráticos extraordinarios entre los que figuraban Manuel Castells y José Vidal Beneyto. Luis González Seara, Ministro de Educación con la UCD, afirmó entonces que en la universidad no había medios ni un ambiente propicio para la educación científica seria y que tampoco existía investigación.

Durante estos años se publicaron una serie de libros importantes de sociología crítica, se tradujeron producciones relevantes del extranjero, a la vez que se produjo una gran eclosión cultural y artística; en fin, se celebraron congresos que contribuyeron a agrupar a sociólogos dispersos y solitarios en áreas específicas de trabajo (11). Se carecía, sin embargo, de condiciones institucionales estables para la investigación. La crisis universitaria, agravada por la pervivencia de un sistema cada vez más obsoleto, en el que se mantenía la situación de servidumbre de los PNNs, hacían de la universidad un espacio en el que no cabía una enseñanza democrática.

En mayo de 1979 se inauguró el XXVIII Congreso del PSOE en el que Felipe González presentó la dimisión como Secretario General al salir derrotada su propuesta de suprimir el marxismo en tanto que ideología definitoria del partido. El 30 de septiembre de ese mismo año fue no obstante reelegido en un Congreso extraordinario con el 85 % de los votos de los delegados. Por su parte, el PCE vivía en su interior las escisiones de los leninistas y los renovadores a la vez que desmantelaban las agrupaciones profesionales como forma de organización interna, sustituyéndolas por agrupaciones territoriales. Los ayuntamientos democráticos absorbían a una gran parte del movimiento vecinal. Los anarquistas por su parte divididos y enfrentados en diferentes tendencias, propiciadas por las infiltraciones policiales, perdieron en gran medida la posibilidad de aglutinar un movimiento social fuerte. La gran proliferación de grupos y escisiones de grupos -republicanos, miembros del interior y del exilio-, así como los protagonistas no facilitaron en los primeros años de la transición que se vertebrasen en el seno de la sociedad civil intereses estables de grupos y clases. Esto explica en parte que los ciudadanos hayan sido más espectadores que resistentes ante el fallido golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, y que, conscientes de una desintegración del poder político, hayan prestado un apoyo mayoritario al programa de cambio del partido Socialista que obtuvo en octubre de 1982 el 47,26 % de los votos. El Referéndum sobre la OTAN, en el que una parte importante de las cabezas visibles de la sociología se decantó a favor de la integración, terminó de dividir a los partidarios de la ruptura democrática.

Desde el nacimiento de la sociología en el siglo XIX existe una extraña imbricación entre sociología y socialismo. El acceso del Partido Socialista al poder del Estado con más de diez millones de electores parecía crear las condiciones favorables para un cambio cualitativo de la vida pública y consecuentemente de la reflexión sociológica. Pero como veremos a continuación esas expectativas no se han cumplido.

Durante los años sesenta y principios de los setenta la constelación dominante fue la sociología profesional; durante la transición el predominio pasó a la sociología crítica; pero ambas se vieron desbancadas por la sociología oficialista y la sociología académica a partir del acceso de los socialistas al gobierno (...).

Los años ochenta estuvieron marcados por el reaganismo, el capitalismo especulativo, el auge del llamado pensamiento débil y, en fin, el derrumbamiento de los regímenes autoritarios de los países del < socialismo real». La España socialista no fue ajena a la tendencia a la dualización de las sociedades postindustriales, sometidas a las tensiones generadas por sectores hipercompetitivos, multinacionales, yuppies y tiburones de las finanzas de un lado, y bolsas de pobreza, economía sumergida, trabajo precario, marginación y desarraigo del otro (...).

Los socialistas adoptaron una política neoliberal que promocionó el «sálvese el que pueda» en un país poco articulado socialmente. Correlativamente llevaron a cabo una patrimonialización del Estado de tal magnitud que los medios culturales estatales, los fondos de financiación de las investigaciones, institutos de investigación y centros políticos de decisión se vieron copados por militantes o adictos al PSOE. Entre los cargos públicos socialistas figuraron conocidos sociólogos algunos de ellos adscritos con anterioridad a la sociología crítica y otros muchos representantes del más rabioso marxismo ortodoxo en su época de PNNs.

La conversión de los socialistas al credo liberal potenció el libre juego del mercado. Los sondeos electorales adquirieron así nuevo protagonismo, al igual que los estudios de opinión. Una prueba de la eficacia de estos estudios la dieron los propios socialistas en 1982 al anticipar con un ligero margen de error el resultado de las elecciones. El tipo de pregunta planteada en el Referéndum sobre la «Alianza Atlántica» también fue objeto de un estudio del CIS que sugirió la formulación más favorable para los designios del gobierno (12). Nacieron así consultoras, es decir, empresas independientes, en ocasiones dirigidas por conocidos catedráticos de sociología, que prestaron sus servicios muchas veces a instituciones estatales o paraestatales (por ejemplo a TV), y que trabajaron también para demandas empresariales específicas. La diferencia entre estas consultoras y los viejos equipos formados por sociólogos profesionales es notable: ahora se trata de responder exclusivamente a demandas específicas en función de intereses puramente mercantiles, mientras que los viejos profesionales, por lo general, nunca perdieron de vista la perspectiva social y aceptaban trabajos remunerados guiados predominantemente por intereses intelectuales, por problemas sociológicos, en suma, su actividad no se agotaba en la práctica comercial. El origen de ambos modelos es el Bureau of' Applied Social Research fundado por Lazarsfeld en 1944 (...).

Las innovaciones que se produjeron en el terreno de la sociología durante los años de la transición y del gobierno socialista se podrían expresar ampliando el esquema anteriormente propuesto.


sociología como medio
(concepción extensiva)
sociología como fin
(concepción restrictiva)
Mercado
sociología mediática
sociología empresarial

El resurgimiento de estas dos nuevas constelaciones se hace en parte en detrimento de la sociología crítica -que se ve mermada por el paso de algunos de sus miembros a la sociología oficialista y a la sociología mediática-, aunque también se produce algún desplazamiento de los críticos al campo gravitacional académico- y de la sociología profesional que tiende a escindirse en sociología académica y sociología empresarial -aunque también algunos de sus representantes se incorporan a la sociología oficialista-. Esta diversificación de las zonas de influencia de la sociología y de sus públicos ha permitido una mayor diseminación de la misma en el tejido social, una mayor movilidad de los sociólogos y también ha generado cambios en las constelaciones sociológicas ligadas al Estado, es decir, en la sociología académica y oficialista. Veamos de forma muy rápida algunos de estos cambios.

Por una parte, la sociología oficialista se vio potenciada en dos direcciones: el reclutamiento de altos cargos y el reclutamiento de jóvenes sociólogos que se incorporaron a equipos multiprofesionales. El Partido Socialista no sólo monopolizó los puestos y la información proporcionados por el CIS -un organismo público financiado con fondos públicos- sino que potenció revistas, servicios de publicaciones en los Ministerios y creó fondos de investigación sociológica de los que se beneficiaron predominantemente sociólogos adictos al partido del gobierno (... j.

Entre los numerosos centros estatales que han financiado investigaciones sociológicas se pueden citar el Instituto de la Juventud, Instituto de la Mujer, CIDE, Ministerio de Asuntos Sociales, Ministerio de Agricultura, Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, Ministerio de Sanidad, Instituto de Estudios Económicos, Centro de Estudios Constitucionales, Consejo Superior de Deportes, Instituto Nacional de Higiene y Seguridad Social en el Trabajo, Instituto de Estudios Turísticos, sin mencionar organismos dependientes de Gobiernos Autónomos e Investigaciones financiadas por RENFE, Iberia, el Metro, y otras empresas estatales y paraestatales.

El PSOE cuenta con revistas en las que publican los sociólogos dirigidas por personas de confianza del partido y subvencionadas en muchos casos con dinero público: Sistema, Zona Abierta, En teoría, Leviatán, Letra Internacional, El socialismo del futuro..., pero el ejercicio del poder permite controlar otras muchas: REIS, De la juventud, Revista de Educación, Alfoz, Debats, Agricultura y Sociedad, Revista de Estudios Políticos, Arbor, Revista Internacional de Sociología, Revista del Instituto de Estudios Económicos, Telos, Estudios Turísticos, Papeles de Economía y otras muchas en donde colaboran asidua y predominantemente los sociólogos oficialistas. Si a todo ello añadimos el poder discrecional de distribuir los fondos de investigación se explica que esta constelación sociológica, nacida hace cien años a partir de la Comisión de Reformas Sociales y del Instituto de Reformas Sociales, haya alcanzado ahora su época de apogeo a la sombra de la apología del mercado, el desafío de las nuevas tecnologías y los retos del siglo XXI.

La constelación burocrática posee por tanto, un poder gravitacional de tal magnitud que amenaza con desestabilizar las órbitas elípticas del resto de las constelaciones convirtiéndose en un insaciable agujero negro (...).

Una de las innovaciones que se produjeron en el panorama laboral de los sociólogos en estos años fue la incorporación de jóvenes licenciados a equipos multiprofesionales que trabajan en los ayuntamientos, en las comunidades autónomas y en instituciones del Estado central desempeñando funciones al servicio predominantemente de las políticas sociales. Encontramos así a sociólogos trabajando en cárceles, en programas de integración de marginados, como educadores de calle, en equipos de integración escolar de los niños y jóvenes «con problemas», en equipos de salud etc. (...).

En lo que se refiere al ámbito académico éste se ha visto potenciado en los últimos años con la creación de nuevas Secciones de sociología en la Universidad Autónoma de Barcelona (1986), la UNED (1987), Granada (1988), Bilbao (1988); se prevé además la próxima apertura de nuevas Facultades en La Coruña, Valladolid y Pamplona. Esta expansión territorial, y el consiguiente desarrollo de la denominada sociología periférica, podría en los próximos años servir de contrapunto a la sociología oficialista aunque para ello habrá de superar la rémora que representa la LRU, así como los clientelismos y caciquismos locales.

La estructura universitaria es un factor básico que incide en la naturaleza de las producciones sociológicas. La LRU, elaborada por el equipo del catedrático de sociología José María Maravall, se publicó en el BOE el 25 de agosto de 1983 -en verano, siguiendo la tradición-. Al siguiente año se convocaron las controvertidas pruebas de idoneidad que convirtieron en funcionarios a más de 4.000 profesores contratados. Fue cuando las universidades elaboraron los nuevos estatutos y se crearon los nuevos departamentos y se definieron con escasa precisión las áreas de conocimiento. Como la universidad funcionaba hasta entonces por Facultades y la LRU otorgaba el peso de la docencia a los departamentos se produjeron en las grandes universidades fricciones y luchas por el monopolio de las áreas. Surgieron así multitud de conflictos avivados por la vieja tradición casuística arraigada en los cuerpos profesorales españoles. El año siguiente estuvo marcado por la elaboración de los nuevos planes de estudios encomendados por el Consejo de Universidades -presidido por el también sociólogo Lamo de Espinosa- a un grupo de expertos. Las propuestas no podían ser ajenas a los intereses académicos de quienes las elaboraron, intereses que se multiplicaron cuando fueron sometidas a revisión por parte de las Facultades. Aún queda pendiente la gran batalla por las asignaturas troncales, obligatorias y optativas.

En la actualidad predomina en la universidad una sensación de provisionalidad y de agotamiento y se produce constantemente la superposición de caciquismos al viejo modo y del intervencionismo ministerial a través del Consejo de Universidades. Transcurridos siete años tras la aprobación de la LRU el resultado es caótico con la peculiaridad de que pervive la masificación, la explotación de los PNNs ha sido transferida a los «falsos» asociados y continúa brillando por su ausencia la investigación. «La LRU, afirmaba un viejo colaborador de Maravall es lo peor que le ha sucedido a la universidad española después de la Guerra Civil». En la misma línea se manifestaba Jesús Ibáñez para quien esta Ley « en vez de cambiar la universidad se ha limitado a revolverla. Se ha dicho que la universidad no se organiza en conjuntos maestro/discípulos sino en conjuntos padrino/pandilla. Al olor del cebo la apacible charca de ranas se ha convertido en un estanque de pirañas. Los catedráticos compiten por departamentos, los titulares compiten por cátedras, los no numerarios compiten por un puesto fijo. El error de Maravall ha sido intentar hacer una universidad autónoma antes de hacerla democrática, antes de eliminar a los padrinos y disolver a las pandillas» (13).

El laberinto universitario, y las escasas expectativas de cambio, propiciaron el auge de las fundaciones, lugar de refugio, financiación e incremento del prestigio profesional de catedráticos ambiciosos (...).

Frente a las ritualizadas instituciones universitarias las fundaciones presentan la ventaja de ser ágiles a la vez que funcionan con absoluta opacidad ya que los funcionarios que las gobiernan no tienen ninguna obligación de justificar sus decisiones. Y del mismo modo que en USA existe un fuerte intercambio entre las fundaciones y el gobierno federal, en nuestro país se da también un extraño maridaje entre la cúpula socialista y estas recientes cúpulas de la «alta cultura». El propio PSOE cuenta con fundaciones propias como la Fundación Sistema, la Fundación Pablo Iglesias, la Fundación Europa, en la que están integrados sociólogos que son en realidad consejeros de príncipes. Otras fundaciones e institutos son estatales pero también gobernadas por socialistas: la Institución Valencia de Estudies e Investigació, dirigida por el sociólogo Josep Picó y editora de la Revista Debats, Fundesco, fundación de estudios de la comunicación, que edita la Revista Telos, el Instituto Universitario de Sociología de Nuevas Tecnologías dirigido por Manuel Castells, actualmente en la órbita del partido gobernante, integrado en la Universidad Autónoma de Madrid, el Instituto Balmes, dirigido por Salvador Giner, otro sociólogo crítico actualmente cooptado por el PSOE. Entre las fundaciones más o menos privadas, en donde una vez más encontramos a sociólogos próximos al gobierno socialista, cabe citar la Fundación Friedrich Ebert, la Fundación Fondo para la Investigación Económica y Social (FIES) dependiente de la Confederación española de las Cajas de Ahorros, la Fundación Ortega que organiza cursos de postgrado, seminarios y edita la Revista de Occidente, así como la Fundación Juan March en donde Pérez Díaz dirige el Centro de Estudios Avanzados en Ciencias Sociales que concede becas para realizar cursos postgrado (14). Si a todas esta Instituciones, que mueven importantes recursos, añadimos la Universidad Internacional Menéndez Pelayo cuyo rector es el exministro E. Lluch, las universidades de nueva creación -como la Carlos III de Madrid cuyo rector es Gregorio Peces-Barba-, espacios culturales de TV -como por ejemplo, el dirigido por E. Sotillos, exportavoz del gobierno-, así como las cadenas de radio estatales en donde se mueven como por su casa algunos sociólogos adictos al poder, se podría afirmar que los límites entre la nueva sociología académica y la sociología oficialista o burocrática se hacen cada vez más borrosos (15).


(*)Fragmento de una comunicación para el XII Congreso Mundial de Sociología, Madrid, 1990, AIS/ISA.

(1) Javier CONDE, en un artículo publicado en la Revista de Estudios Políticos (1951), titulado «Sociología de la sociología», establecía tres condiciones necesarias para el desarrollo de esta ciencia: 1) la constitución de la sociedad enfrentada dialécticamente con el Estado; 2) la experiencia de la revolución burguesa; 3) la aceptación de la mentalidad de la ciencia positiva. Cf. Amando DE MIGUEL: Sociología o subversión, Plaza & Janés, Barcelona.

(2) Alfonso ORTI relaciona a quienes se formaron en América con las nuevas clases medias, y a los que lo hicieron en Alemania con las viejas clases medias resentidas. Posiblemente esta división tan tajante resulte un tanto mecánica.

(3) Proporcionan el cuadro de profesores, tanto de CEISA como de la Escuela Crítica, A. DE MIGUEL: Sociología o subversión, op. c., y Elías DIAZ: Sociología y Filosofía del Derecho, Taurus, 1971, aunque no coinciden totalmente los nombres.

(4) Cf. C. MOYA: Sociólogos y sociología, Siglo XXI. Madrid, 1970, p. 143. Esta tesis había sido defendida por el propio Moya siete años antes en un valiente artículo titulado «Sociología y libertad». Revista de Estudios Políticos, 128, marzo-abril 1963, pp. 163-171, en donde escribía: « La abstención de juicios de valor en la investigación sociológica, la falta de un enfrentamiento crítico con la realidad social, han conducido a una nueva forma de ideología, típica de las clases medias dominantes». En ese mismo número, Mª Angeles DURAN reseñaba La imaginación sociológica, libro de cabecera, junto con La élite del poder de los críticos.

(5) Cf. Inforrne FOESSA, 1975, que retoma textualmente resoluciones de la 1 Asamblea Nacional de Profesores No Numerarios de Universidad celebrada en Granada entre el 11 y el 13 de mayo de 1972. entre los objetivos de los PNNs estaba «el pensamiento crítico, independiente y creador»« así como «esforzarse por hacer comprensibles las perspectivas de libertad, desarrollo y progreso del propio país y de la humanidad». Véase 1. ALBIOL, L. M. CAMPS y otros: Los PNN y el contrato laboral, Fernando Torres, Valencia, 1076.

(6) En el catálogo de la Editorial Siglo XXI de 1987, el libro de Marta HARNECKER: Los conceptos elementales del rnaterialisnto histórico, había alcanzado ya 52 ediciones.

(7) La obra de los frankfurtianos comenzó a ser publicada en la Editorial Taurus por el P. Jesús AGUIRRE, actual Duque de Alba, a mediados de los años sesenta. La disputa Popper-Adorno fue publicada por la Editorial Grijalbo en 1972.

(8) Manuel LIZCANO fue ayudante de la cátedra de Arboleya y uno de los primeros sociólogos de formación francesa. Se propuso en este Instituto elaborar una sociología original e inspirada en la tradición humanista, libertaria y comunitaria de los pueblos ibéricos y latinoamericanos.

(9) Cf. Amando DE MIGUEL: Diagnóstico de la Universidad, Guadarrama, Madrid, 1973, p. 16.

(10) Según Ortí, la represión gubernativa a principios de los setenta permitió «una cierta expansión burocrática y controlada desde arriba de las enseñanzas superiores de Sociología» en detrimento de «una enseñanza de la Sociología auto-organizada desde la base, y relativamente libre y crítica». A. Gouldner ha analizado en su libro sobre la crisis de la Sociología las condiciones que hicieron posible en USA la alianza entre el funcionalismo y el marxismo académico.

(11) He aquí títulos: C. LERENA: Escuela, ideología y clases sociales en España, 1976; M.a Angeles DURAN: Dominación, sexo y cambio social, 1977; J. F. MARSAL: La crisis de la Sociología norteamericana, 1977; C. MOYA: De la ciudad y su razón, 1977; A. MONCADA, Educación y empleo, 1977; J. E. RODRIGUEZ IBAÑEZ: Teoría crítica y Sociología, 1978; S. GINER, y M. PEREZ YRUELA: La sociedad corporativa, 1979; J. M. NAREDO, M. GAVIRIA, y L. SERRA: Extremadura saqueada, 1979; J. IBAÑEZ: Más allá de la Sociología, 1979; A. MONCADA: La adolescencia forzosa, 1979; J. DE MIGUEL: El mito de la Inmaculada Concepción, 1979, etcétera. Los congresos se iniciaron en abril de 1981 con el Simposio Internacional de Sociología de la Educación, organizados por el ICE de la Universidad Autónoma de Madrid, que reunió a más de treinta ponentes españoles, ingleses, franceses e italianos. Cinco meses más tarde se celebraba en Zaragoza el I Congreso de Sociología bajo el lema «Nuestra Sociología hoy».

(12) Julián SANTAMARIA, entonces director del CIS, fue premiado por el gobierno, por los servicios prestados en este referéndum, con la Embajada de Washington.

(13) Sobre el profesorado y la Universidad, cf. A. ALMARCHA: Autoridad y privilegio en la Universidad española: estudio sociológico del profesorado universitario, CIS, Madrid, 1982, así como S. VILAR: La Universidad entre el fraude y la irracionalidad, Plaza & Janés, Barcelona, 1987, autor también de La década sorprendente, (Planeta, Barcelona, 1986), en donde proporciona muchos datos sobre la transición, y entre ellos algunos de carácter sensacionalista.

(14) También el CIS concede becas para jóvenes sociólogos. Una muestra de la transparencia que allí reina es la última convocatoria de becas que se hizo pública el 21 de diciembre y se daba un plazo de quince días para la presentación de instancias.

(15) Max WEBER, en El político y el científico, se refiere explícitamente al sistema de turnos de la Restauración -Cánovas y Sagasta- que iba acompañado del reparto de cargos para los seguidores de cada partido, así como a las «revoluciones» de las antiguas colonias españolas en las que de lo que se trataba en realidad era de «los pesebres estatales». A los inoperantes funcionarios del franquismo se añaden ahora los incompetentes seguidores del partido gobernante en detrimento de un funcionariado especializado.


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