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LA REVASCULARIZACIÓN MIOCÁRDICA PERCUTÁNEA CON LÁSER COMO ALTERNATIVA TERAPÉUTICA EN EL TRATAMIENTO DE LA ANGINA GRAVE

La revascularización miocárdica con láser puede presentar beneficios terapéuticos frente a un tratamiento médico exclusivo en la angina, mejorando la calidad de vida del paciente.


La revascularización transmiocárdica percutánea (PTMR) por láser es un tipo de tratamiento basado en la introducción de un láser de fibra óptica a través de la arteria femoral y llegando al ventrículo izquierdo creando una serie de conductos en la supeficie endocárdica. Se cree que el efecto logrado mediante estos conductos es la revascularización de zonas isquémicas por el favorecimiento de la angiogénesis de dichas zonas; además no se sabe con seguridad si también contribuye a este hecho la denervación cardiaca mediada por el láser, todo ello en conjunto produce una disminución de los síntomas de la angina. Esta revascularización por láser supone una alternativa terapéutica para la angina de pecho refractaria a la cirugía de by-pass o cuando la angioplastia no es posible.

Como antecedente de esta técnica está la TMR o revascularización miocárdica transtorácica, que necesitaba de una incisión quirúrgica en tórax llevada a cabo en un quirófano, mientras que la revascularización miocárdica pecutánea con láser se hace con una incisión inguinal y con anestesia local. De esta forma se reducen las complicaciones postoperatorias y el tiempo de estancia hospitalaria.

El estudio PACIFIC se diseñó para evaluar la eficacia y seguridad de esta técnica.

Se eligieron 221 pacientes con isquemia reversible y encuadrados en un grado III o IV de angina de la Sociedad Canadiense de Cardiología y no respondedores a otros tratamientos. A 110 pacientes se les asignó la PTMR con láser y además tratamiento médico y a 111 pacientes se les asignó tratamiento médico exclusivamente. El tratamiento médico consistió en Beta-bloqueantes, antagonistas de los canales del calcio y nitratos.

Como complicaciones de la PTMR se observaron 3 episodios de bradicardia, 1 taquicardia ventricular, 3 perforaciones miocárdicas, 2 accidentes cerebrovasculares, 1 pseudoaneurisma femoral y 1 trombosis venosa profunda. Aunque el número total de acontecimientos adversos fue menor en el grupo de la PTMR, los acontecimientos cardiacos mayores o las hospitalizaciones no diferían en gran medida entre ambos grupos.

Los resultados del estudio arrojaron una mejora en el tiempo del test de ejercicio durante el primer año de seguimiento para el grupo del PTMR, con un incremento medio de 89 segundos frente a los 12,5 segundos del grupo del tratamiento médico exclusivo; es decir una diferencia media de 76,5 segundos entre ambos grupos. Además el grado de angina disminuyó en uno o dos escalones en 42 de los 92 pacientes del PTMR y sólo en 11 de los 91 pacientes con tratamiento médico aislado.

La puntuación en los Índices de Seattle para la angina ( limitación funcional, estabilidad de la angina, frecuencia de la misma, satisfacción con el tratamiento y percepción de enfermedad) mejoraron mucho más en el grupo del PTMR. Así los pacientes del grupo con PTMR mejoraron el resultado del test de ejercicio, su percepción en la calidad de vida y tuvieron una angina menos grave. Aún así hay que decir que la mejora en el ejercicio y la disminución en los síntomas de la angina son menores que los conseguidos en la revascularización transtorácica, ello puede ser debido a que en la PTMR los canales no son transmurales y en tal caso la denervación cardiaca podría ser mayor.

El estudio PACIFIC confirmó que los cardiólogos intervencionistas pueden aprender fácilmente la técnica de la PTMR y que esta intervención se asocia con una baja frecuencia de complicaciones en el procedimiento.

Aunque hay controversia acerca de los mecanismos de acción de la PTMR y que además no se puede cuantificar el sesgo de los investigadores ni el efecto placebo, parece que el estudio PACIFIC muestra que esta técnica paliativa puede proporcionar beneficios clínicos a cierta población de los pacientes con angina.


FUENTE:

Stephen N. Oesterle et al. The Lancet .Vol 356.November 18, 2000.


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