Madrid siglos XIX y XX

En esta web se encuentran los trabajos realizados por los alumnos de la asignatura Historia de Madrid en la edad contemporánea.

Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid, curso 1998-1999,

impartida por Luis Enrique Otero Carvajal, profesor titular de Historia Contemporánea de la UCM.

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EL MADRID DE 1900, ESPACIOS POPULARES DE CULTURA Y OCIO

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Realizada por:

 

José Antonio Carrascosa Varillas

 

Indice

 

INTRODUCCIÓN.

TERTULIAS DE LOS CAFÉS: LITERATURA Y POLÍTICA.

EL TEATRO EN MADRID. ZARZUELAS Y CUPLÉS.

OTROS ESPACIOS PÚBLICOS. LOS TOROS.

BIBLIOGRAFÍA.

INTRODUCCIÓN

En el cambio finisecular, del siglo XIX al XX, en Madrid se fraguó una cultura popular urbana, a través de unas décadas renovadoras en los que España trató de incorporarse al devenir europeo. Fueron años dinámicos, en los que tanto la cultura literaria como la popular, con sus espacios y tiempos para el encuentro y el ocio, crecieron al compás de las transformaciones políticas. El último cuarto del siglo XIX suscitó más comentarios políticos que los anteriores. Un ejemplo lo hallamos entre 1871 y 1875; en cuatro años juró como rey Amadeo I, se proclamó la Primera República, el general Pavía protagonizó un golpe de Estado al irrumpir en las Cortes y fue nombrado rey Alfonso XII.

Tras un período de largas luchas sociales, la naciente industria, el urbanismo y las artes, iban a conocer una época de desarrollo. Los adelantos tecnológicos (se utilizó por primera vez la luz eléctrica y el teléfono) coincidieron con una "revolución" de los transportes.

Décadas en las que se promovieron la creación de teatros; se activó la vida de los focos culturales, como el Ateneo; se acogieron nuevos proyectos de renovación educativa, fomentados desde la Institución Libre de Enseñanza (ILE), especialmente con la creación de la Escuela Superior del Ateneo (1895-1907) o con la Universidad Popular de Madrid (1904); creció la prensa, particularmente la literaria; la cultura se vio favorecida con las primeras ediciones de libros a precios populares. En suma, Madrid se convirtió en meta para tantos jóvenes creadores, que frecuentaban las tertulias de los cafés como medio para darse a conocer y desarrollar las nuevas inquietudes.

Sin embargo, Madrid fue una ciudad que también concedió lugar de honor a las noticias de toros y cupletistas. Toros, teatro, política y sucesos fueron los temas de discusión. Lo mismo se hablaba del género chico, entonces en auge, que se comentaban en voz alta los artículos aparecidos en alguna de las 360 publicaciones existentes en ese momento.

Los temas debatidos en las tabernas y en las diferentes sociedades, en los corrillos formados en paseos y jardines, eran diversos y cargados de la actualidad que vivía la ciudad. Ejemplos de ellos fueron: el enamoramiento del maharajá de Kapurtala por la Bella Dorita, actriz de variedades; la muerte en 1873 del elefante Pizarro, famoso residente del zoológico del Retiro; o las páginas de los sucesos, con atentados, asesinatos o crímenes.

Mientras tanto, en Madrid se inauguraron edificios como el Banco de España, la Bolsa, el Palacio de Bibliotecas y Museo, la Escuela de Minas o la Real Academia de la Lengua. Edificios que si no solventaron los problemas del Ensanche, sí mejoraron substancialmente el centro de la ciudad.

LAS TERTULIAS DE LOS CAFÉS: LITERATURA Y POLÍTICA.

Un hecho característico en el contexto cultural del cambio de siglo, y ya presente desde el XVII, fue la concentración en un barrio de la ciudad de la mayor parte de los espacios que tenían que ver con el mundo literario y político. Nos referimos al triángulo limitado por las calles de Atocha, Jesús de Medinaceli, la Carrera de San Jerónimo y la plaza de Jacinto Benavente, que recibe indistintamente los nombres de barrio de los literatos, de las Musas o del Parnaso.

Hasta los años cuarenta del siglo XX continuó la tradición en la zona con diversas manifestaciones, especialmente las renovadas tertulias y los cafés literarios, concentrados principalmente en torno a la plaza de Santa Ana, por su proximidad al teatro Español. Estos encuentros informales entre gentes de letras en los que se hablaba sobre arte, literatura y política, estuvieron vinculados normalmente a acontecimientos históricos y artísticos. El cambio de siglo fue la época dorada de la tertulia. Viene de mucho antes, desde que en el siglo XVIII, don Nicolás Fernández de Moratín fundó la de la Fonda de San Sebastián. Y se prolongó hasta que, en vísperas de la guerra civil, Ramón Gómez de la Serna decidió cerrar la Sagrada Cripta de Pombo, sin que esto significara que no hayan existido tertulias después.

Preludio de estas tertulias madrileñas en el siglo XVIII fue la fonda de San Sebastián (ubicada en el solar que hoy ocupa el palacio de Tepa), donde se concentraron las figuras más representativas del clasicismo bajo la inspiración de Nicolás Fernández de Moratín, Jovellanos, Cadalso, Meléndez Valdés, Iriarte o P. de Ayala, entre otros. También fueron contertulios esporádicos autores como Larra, Zorrilla o Espronceda.

El liberalismo, consustancial a la idea del libre debate, extendió las sociedades de hablar desde los salones nobiliarios al conjunto del espacio urbano. El debate político y la producción cultural salieron a la calle y encontraron especial ubicación en las tertulias de los cafés. La tertulia fue una manifestación autóctona de la cultura urbana, y en este caso, madrileña. Sirvieron muchas veces como pretexto de conspiración política, como fragua de ideas, como estímulo de proyectos de renovación estética, como centros donde se conformaron nuevos movimientos literarios.

El aumento de habitantes no varió el carácter de los madrileños que en las tertulias no preguntaban el origen del que estaba al lado, aunque sí se preocuparan por saber si éste era liberal o conservador o era seguidor de Lagartijo o de Frascuelo, toreros que con Mazzantini, el Gallo y Ángel Pastor, entre otros, eran los triunfadores de la fiesta nacional. Lo mismo se hablaba del género chico que de la frialdad con que la aristocracia madrileña había recibido a Amadeo de Saboya; lo mismo se conspiraba por la vuelta de los Borbones que se comentaban en voz alta los artículos periodísticos o las útimas novelas aparecidas.

Los cafés fueron numerosos: nombres como Pombo, Lorencini, Levante, Prado, Fontana de Oro, Molinero, La Nueva Montaña, Gato Negro, París, Alhambra, Fornos, Suizo, Comercial, Lyon, y un largo etcétera formaron parte de la vida social y cultural madrileña. En un kilómetro a la redonda de la Puerta del Sol, podrían encontrarse un total de 65 cafés.

Había cafés para todos los gustos. Así, al café de San Sebastián, de la calle Atocha, acudían a reunirse sobre todo médicos, Ramón y Cajal entre ellos. El Universal, en Alcalá, fue frecuentado por progresistas y republicanos. El café Iberia, en la Carrera de San Jerónimo, fue visitado también por los amigos progresistas de Madoz, Fernández de los Ríos y Sagasta. Los extranjeros solían reunirse en el café de la Alegría, en la calle de Atocha. De todos esos cafés hoy quedan el Comercial, el Central, el Lyon y el Gijón, como testigos de un pasado reciente.

En el siglo XIX, destacaron los famosos cafés Lorencini, San Sebastián, La Cruz de Malta y la Fontana de Oro (café que dio nombre a una novela de Pérez Galdós, y que aún existe en la calle de la Victoria), resultando ser verdaderos focos políticos, con gran influencia en la opinión de los gobiernos. También cabe señalar la importancia del café Levante en la Puerta del Sol, decorado por el pintor Alenza, cliente habitual junto con Goya, como los posteriores contertulios Rubén Darío, Bolívar, Arniches y el torero Vicente Pastor.

Un ejemplo conocido de contertulio fue Benito Pérez Galdós, madrileño por adopción, que frecuentó los cafés y sus tertulias literarias, que asistió puntualmente al Ateneo, que recorrió incesantemente la ciudad y se interesó por los problemas políticos y sociales del momento. En una línea liberal, se definió a sí mismo como progresista y anticlerical.

El cambio de siglo fue época de auge de las tertulias. De hecho, las llamadas generación del 98, del 14 y del 27 fueron generaciones de contertulios. Desde Valle-Inclán, pasando por Baroja, Azorín, Unamuno, o el despreciado pero Premio Nobel, Echegaray (por los propios literatos de su generación), llegando a Juan Ramón Jiménez, García Lorca o a los hermanos Machado (nombrarlos a todos resultaría interminable), visitaron el Gato Negro, el Suizo, la Maisón Doré, el Castilla, el Colonial, el de la Iberia, el de la Montaña, o en el Levante, entre otros.

La generación del 98 frecuentó estas tertulias. No se concebía escribir nada, ni siquiera hacer política, sin acudir a la tertulia. De un intelectual que criticaba la costumbre de tertuliar se pudo decir, en época algo más reciente, que "le falta café". Se daba por sentado el principio de que el hombre debía hacer en la vida tres elecciones: "Estado, profesión y café".

Tal era la fidelidad de los contertulios del 98 a estos encuentros que Ramón Gómez de la Serna contaba de su tocayo Ramón Valle-Inclán, respecto a su salud lo siguiente: "Pues ya ve usted. Del sanatorio al café y del café al sanatorio".

EL TEATRO EN MADRID. ZARZUELAS Y CUPLÉS.

El gran polo de atracción del ocio de los madrileños fueron los teatros. De hecho, desde finales del siglo XIX aparecieron nuevas salas principalmente en el centro de la ciudad, uniéndose a otros tan importantes como el Teatro Español (antes llamado Príncipe), el Novedades, o el circo Price, escenarios de obras de Galdós, Casona, García Lorca y Buero Vallejo, entre otros.

Aparecieron el Reina Victoria (en la Carrera de San Jerónimo), el de la Princesa (hoy María Guerrero), Felipe (frecuentado en los meses de verano), Madrid, Eldorado (cerca de la Bolsa), Maravillas (en la calle Fuencarral) o el Lara (conocido como "la bombonera"). Compitieron también, entre otros, con el Martín, el Eslava o el Apolo.

Destacó también el teatro de la Comedia (en 1875, después de desaparecido el teatro de la Cruz), sito en la calle del Príncipe, con obras de Galdós, Dicenta, Benavente y los hermanos Álvarez Quintero. En la actualidad, actúa en él la Compañía Nacional de Teatro Clásico.

Los nuevos teatros y salones fomentaron una inusitada competencia, que promovió la búsqueda de nuevas o diferentes fórmulas teatrales. Se respetó no obstante el género clásico, que tuvo en las actrices María Guerrero y Margarita Xirgu (en los teatros Princesa y Español respectivamente) a sus más altas representantes. Además de la zarzuela, cultivaron el repertorio lírico los teatros Circo y Romea, pero los salones de Eslava, Capellanes, Martín y Variedades comenzaron a explotar las piezas de un acto.

El género lírico, ahora en rivalidad con las nuevas expresiones musicales, se mantenía con dificultad en algunos momentos. Sólo el éxito de algunas obras permitió subsistir a teatros como la Zarzuela, frente al "teatro por horas" y el género bufo del Variedades o las óperas en el Real. Fueron obras como El barberillo de Lavapiés (1874) de Barbieri y Larra; La Marsellesa (1876) de Ramos Carrión y el maestro Fernández Caballero; El diablo Cojuelo (1878) de Barbieri y Carrión; El lucero del alba (1879) de Pina Domínguez y Caballero; y un largo etcétera. La vida de la zarzuela era la muerte de la ópera: la elección entre una y otra no constituía una disyuntiva para el pueblo madrileño, tan apasionado por el teatro, frente a una selecta minoría que prefería la ópera cantada en italiano y con el marchamo de Milán o de París.

Surgieron nuevas zarzuelas pero cada vez más dirigidas hacia el género chico: El Santo de la Isidra, Las bodas de Luis Alonso, El puñao de rosas, La reina mora, La alegría de la Huerta, Cádiz y La Gran Vía (las dos últimas de Chueca y Valverde, en 1886), entre otras. Los nombres de Bretón, Chapí, Torregrosa, Serrano, Chueca o Valverde, entre los músicos, y Ramos Carrión o Arniches, entre los letristas, estaban en boca de todos los aficionados.

Gigante.jpg (39286 bytes)El teatro y la gran zarzuela resultaban demasiado costosos para los sectores populares. Los empresarios buscaron nuevas soluciones para captar al gran público. De esta forma, nació el género chico (la zarzuela chica y el cuplé) o teatro de funciones "por horas", con un gran éxito entre el público madrileño, a pesar de las críticas. Resultó definitivo el hacer más ligeras y breves las obras teatrales, su fusión con la música y la posibilidad de representarlas en varias funciones consecutivas.

El "teatro por horas" tuvo su cuna en el Variedades, con la reposición de todas las zarzuelas de éxito: El grumete, Una vieja, El estreno de un artista, Los dos ciegos, El loco de la guardilla, En las astas del toro, etc. El público madrileño se volcó en el género chico, cultivado en el Eslava y Variedades, pero sobre todo en la nueva y reconvertida "catedral" de este género, el teatro Apolo. A Cádiz de Chueca y Valverde, le sucedieron obras como El año pasado por agua, de los mismos autores; La bruja, de Carrión y Chapí; Juan Matías, el barbero de Chapí y Nieto; Lobos marinos, de Carrión, Aza y Chapí; Chateau Margaux, de Caballero, que obtuvo otros grandes éxitos en el género chico; Los borrachos, de los hermanos Álvarez Quintero; La Tempranica, de Jiménez y los Quintero; La viejecita(1897) y Gigantes y cabezudos (1898) de Caballero y Echegaray.

En 1894 se estrenó La verbena de la Paloma, con letra de Ricardo de la Vega, sainete lírico que en sus orígenes compuso Chapí, aunque terminó Bretón tras problemas con los empresarios del Teatro Apolo por parte del primero. La verbena de la Paloma conquistó al público desde su primera escena. Todas sus melodías fueron rápidamente tarareadas y canturreadas:

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"Por ser la Virgen de la Paloma,

un mantón de la China na,

China na, te voy a regalar".

"-¿Dónde vas con mantón de Manila?

¿Dónde vas con vestido chiné?

-A lucirme y a ver la verbena,

y a meterme en la cama después."

"Una morena y una rubia,

hijas del pueblo de Madrid,

me dan el opio con tal gracia

que no las puedo resistir".

Teatroza.jpg (32863 bytes)La década final del siglo XIX registró los éxitos más brillantes de Chapí: La Czarina, con libro de Estremera y estrenada en el Apolo; El tambor de Granaderos, con Sánchez Pastor y en Eslava; en el Apolo también estrenaría cinco sainetes, con López Silva y Fernández Shaw, Las bravías, La Revoltosa, La chavala, Los buenos mozos y El alma del pueblo (ya en 1905); Curro Vargas, con libro de Dicenta y Paso, en el Teatro Circo de Price, considerada por muchos como su obra maestra.

En 1897 se estrenó La Revoltosa en el Apolo. Nunca el lenguaje del arroyo madrileño alcanzó tan alta expresión de gracia y belleza, fusión de verdad y poesía; nunca fue tan castizo, dando a la pieza la condición ejemplar de modelo. Mari-Pepa es una de las grandes creaciones del género: carácter representativo de la mujer bonita y coqueta, es la chula de los madriles que tiene puestos sus ojos en los vecinos que la asedian, solteros y casados, pero su corazón sólo en Felipe. Pintura de ambiente y de tipos la de esta casa de vecindad, sus inquilinos convierten el patio común en un salón de fiestas y lugar de intrigas.

 

"La de los claveles dobles,

la del manojo de rosas,

la de la falda de céfiro

y el pañuelo de crespón;

la que iría a la verbena

cogidita de mi brazo...

eres tú, porque te quiero,

chula de mi corazón".

"-¡Ay... Felipe de mi alma!

¡Si contigo solamente

yo soñaba!

-¡Mari-Pepa de mi vida!

¡Si tan sólo en ti pensaba

noche y día!".

El final del siglo XIX registró otros éxitos del género chico: La marcha de Cádiz (1895), de Lucio y García Álvarez, con Quinito Valverde, en Eslava; El santo de la Isidra (1898), y La fiesta de San Antón, de Arniches y Torregrosa, en Apolo; La buena sombra (1898), de los Álvarez Quintero y Brull, en la Zarzuela.

Con el nuevo siglo, comenzaron nuevas oportunidades para los autores, ahora libres de los empresarios y unidos a través de la Sociedad de Autores. Adquirieron un especial protagonismo Quinito Valverde y Carlos Arniches, con la creación de un género cómico, mixto de zarzuela y sainete, cuya producción en serie ofreció títulos que gozaron de inmensa popularidad: Los granujas, Las estrellas, El terrible Pérez, Sangre moza, etc.

Sin embargo, se continuaron viendo algunos grandes éxitos en Madrid. Ejemplo de ello fue La Corte del Faraón, estrenada en Eslava en 1910. El libro pertenecía a Perrín y Palacios y la música a Vicente Lleó, resultando una de las obras más completas del género chico.

Por último, cabe destacar la obra aún fecunda de Ruperto Chapí ya en el siglo XX. Estrenó en la primera década obras tan destacadas como El puñao de rosas (1902), con Arniches y Asensio Mas, que constituye una joya del género; ¿Quo vadis?, con Sinedio Delgado; El maldito dinero con Arniches y Fernández Shaw; o La patria chica con los hermanos Álvarez Quintero.

"Son las mujeres de Babilonia

las más ardientes que el amor crea..."

"Ay vá... Ay vá...

Ay Babilonia que marea.

Ay vá... Ay vá...

Ay vámonos pronto a Judea.

Ay vá... Ay vá...

Ay vámonos allá".

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La expansión del género chico alcanzó su plenitud en la década de 1890 a 1900, para entrar irremisiblemente en crisis a partir de los principios del siglo XX. Paulatinamente fue ganando terreno la competencia, con formas igualmente masivas y urbanas: las varietés, el cabaré y el cinematógrafo. La decadencia de la zarzuela se acentuaba en Madrid a medida que se imponían las operetas de Franz Lehar y Leo Fall, introducidas por Cadenas y Lleó. Cadenas construyó en plena Carrera de San Jerónimo el palacio de la opereta y la revista: el nuevo teatro de la Reina Victoria.

Cadenas y Asensio Más formaron un plantel de hermosas mujeres y buenas artistas que, al principio, encabezaron Julia Fons, Carmen Crehuet (La Bella Riseta) y Consuelo Torres. Más tarde llegaron Consuelo Hidalgo (la duquesa del Bal Tabarín), Rafaela Haro y Paula Pinillos, entre otras. Desde el vaudeville francés, hasta la revista espectacular con desnudos, al estilo París, el Reina Victoria se convirtió en el lugar de cita del Madrid galante y nocturno.

De la misma manera, se difundió el llamado género bufo o ínfimo, de origen francés, con chistes pícaros, actrices ligeras de ropa (entre las que destacaron La Fornarina, Raquel Meller, La Goya, Julia Fons, La Yankee, Sagrario Álvarez, Luz Chavita, La Criolla, La Cachavera o La Chelito) y canciones que pronto fueron tarareadas por todos. El gobernador civil llegó, incluso, a ordenar el cierre de los locales dedicados a las varietés, aunque los empresarios siempre buscaron nuevas fórmulas y lugares.

Fue tal el éxito que este género pudo trasladarse al teatro circo Price o al salón de Actualidades, y dejar para el Variedades (hasta su incendio), menos amplio, al género chico. A la vez se abandonaban los pequeños salones como el Japonés u otros nuevos se frecuentaban, como el Music Hall, el salón Rouge o el salón Bleu. Furor extraordinario causaron los picantes cuplés de El cangrejo y La pulga.

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"Hay una pulga maligna

que ya me está molestando,

porque me pica y se esconde,

y no la puedo echar mano.

Salta que salta, va por mi traje,

haciendo burla de mi furor,

su impertinencia, me da coraje,

y como logre cazarla viva,

¡Para esta infame

no hay salvación!"

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El género ínfimo presentó así la masa de sus cimientos con letrillas de aire picante y tonadas sin altas pretensiones estéticas, para elevar como por milagro muy pronto a la categoría de mitos eróticos a las artistas y cupletistas que las interpretaban. En el Madrid finisecular, decir cupletista era optar por un sinónimo impúdico de "diablo con faldas", a través de una excitante utilización del erotismo de las mayas negras y el corsé. En muchos casos, las adelantadas del cuplé eran tiples frustradas, sumidas en el empeño de lograr que las tablas les sirvieran de escaparate para un público menos selecto, y mayoritariamente masculino.

La inspiración de Quinito Valverde desbordó la zarzuela, el sainete y la revista, irrumpiendo en el género ínfimo, que le debió su florecimiento. Compuso danzas y canciones como La Corrida, para Antonia Mercé (La Argentina) y Clavelitos, para La Fornarina

Mientras, el cuplé de la mano de Raquel Meller y La Goya (Aurora Mañanos), entre otras cupletistas, llenaba los teatros. La violetera, El relicario, Y ven y ven, fueron algunos de los nuevos éxitos. Mientras, Candelaria Medina, Amalia Molina y Pastora Imperio difundieron el arte de la canción andaluza entre el público madrileño.

Años más tarde, destacó Celia Gámez, actriz y popular estrella de la revista, que conseguió grandes éxitos con Las Leandras. Gracias a su chispa y a su elegancia sobre el escenario, sus números musicales como Pichi o Los nardos la convirtieron en la artista favorita del público.

LAS CORRIDAS TAURINAS Y OTROS ESPACIOS PÚBLICOS.

Otro gran foco de atracción, ocio y debate, fue el acontecimiento taurino: los toros. Siempre fueron los madrileños grandes aficionados a los toros: muy cerca estaban los campos de Colmenar Viejo y Aranjuez, con los temibles toros del Jarama y las famosas ganaderías de El Escorial. El último tercio del siglo XIX, Lagartijo, Frascuelo, Mazzantini, el Gallo y Angel Pastor, entre otros, fueron los triunfadores de la fiesta nacional y el anuncio de la edad de oro taurina madrileña. Atrás quedó el recuerdo de los espadas Manuel Parra y Pepe-Hillo, muertos en la recién cerrada plaza de la Puerta de Alcalá.

Desde 1880 se produjo una resurrección de la afición taurina en un Madrid libre ya de la preocupación por la guerra civil. Surgió un nuevo tipo de espectadores; los pollos, que acudían a la plaza con atildados ternos de color claro, el sombrero cordobés y, al hombro el estuche de los gemelos. El público se retraía cuando no existían figuras atractivas en el escalafón o la empresa no conseguía contratarlas: por ejemplo, con motivo de las ausencias del figura Guerrita en 1895 y 1897. En esos momentos, el público madrileño se volvía hacia otros espectáculos como la pelota vasca, con el atractivo complementario de las apuestas.

Si en cualquier otro espectáculo no taurino solía hallarse sólo representado algún sector social, en los toros estaba representada toda la sociedad: las clases sociales más elevadas y las más populares, así como los grandes pensadores y el pueblo analfabeto.

La asistencia de público madrileño fue numerosa especialmente con motivo de los festejos extraordinarios. Se celebraron corridas excepcionales con motivo de las bodas reales: la de Alfonso XII con María Mercedes de Orleans (1878) y con María Cristina (1879), la de Alfonso XIII con Victoria Eugenia de Battemberg (1906). Asistieron la mayoría de los príncipes herederos de las dinastías europeos y las embajadas venidas a Madrid para el acontecimiento.

También hubo espectáculos taurinos extraordinarios a beneficio de los damnificados por las inundaciones de Murcia (1884), las víctimas del crucero Reina Regente (1895), para la restauración de los frescos de Goya en la ermita de San Antonio de la Florida (1924) y con motivo del incendio del teatro Novedades (1928).

Hoy podemos establecer y recordar las principales "etapas taurinas" que comprende este período:

punto05.JPG (3724 bytes) La competencia entre Lagartijo y Frascuelo, iniciada ya en 1867, que se prolonga hasta 1890.

punto05.JPG (3724 bytes) En la última década del siglo XIX, el paso arrollador por la fiesta de Guerrita.

punto05.JPG (3724 bytes) En la primera década del presente siglo, la competencia de Bombita y Machaquito, Vicente Pastor y Rafael el Gallo.

punto05.JPG (3724 bytes) La edad de oro de la tauromaquia, con Joselito y Belmonte.

punto05.JPG (3724 bytes) Al morir Joselito, la plaza era escenario de la edad de plata del toreo, comenzando entre 1920 y 1925 con Sánchez Mejías, Marcial Lalanda, Granero, Villalta, Chicuelo...

punto05.JPG (3724 bytes) Entre 1925 y 1930 destacaron entre otros, el Niño de la Palma, Gitanillo de Triana, Armillita, Manolo Bienvenida...

punto05.JPG (3724 bytes) Desde 1930, Domingo Ortega, Pepe Bienvenida, Alfredo Corrochano, Victoriano de la Serna, El Estudiante...

Esta selección (mínima) de nombres es tan impresionante que basta para entender lo que supuso la plaza recién inaugurada de Felipe II, más conocida como de la Fuente del Berro. La nueva plaza, con capacidad para 13.000 espectadores, fue el principal escenario taurino hasta la inauguración de la Plaza de las Ventas, en 1931. Allí destacaron los mencionados protagonistas. Intervino don José de Salamanca en la permuta de los terrenos que ocuparía la nueva plaza (hoy llamada por algunos aficionados de cierta edad como "la plaza vieja"). Sus autores fueron los arquitectos Emilio Rodríguez Ayuso y Lorenzo Álvarez Capra. Otras plazas fueron las de Vista Alegre (llamada la Chata, para 8.000 espectadores); la de Tetuán de las Victorias; o la del Puente de Vallecas.

La afición taurina se fortaleció cuando surgía una rivalidad entre toreros y aficiones, como la de Machaquito y Vicente Pastor en 1910, y por supuesto, por la rivalidad de Joselito y Belmonte. Tal fue la repercusión del mundo de los toros, que todo el país lloró la muerte de toreros como Joselito (José Gómez Ortega) en 1920 en la plaza de Talavera de la Reina, sólo parangonable a la muerte de Manolete en 1947.

La rivalidad entre Joselito y Belmonte marcó un hito en el toreo, siendo intensamente seguido y debatido por el público madrileño. Esta afición siempre tuvo fama de entendida y exigente, pero en general se solía acusar al público madrileño de caprichoso, de aupar a los toreros y, una vez convertidos en figuras, complacerse en derribarlos de su pedestal. No obstante el público madrileño también fue definido como severo, exigente, voluble, propenso a la reacción airada, pero también generoso para apreciar la entrega del diestro.

Además de toreros, actuaron también algunas toreras: la Fragosa, las Noyas, la Reverte. Quizás las que más destacaron fueron dos toreras catalanas, Lolita Pretel y Angelita Pagés, que debutaron en la plaza madrileña en 1895. Un caso único fue el de Martina García, que actuó en Madrid, en una novillada con mojiganga en 1880 cuando contaba ya 66 años.

A lo largo de estas décadas comparecieron en el ruedo madrileño las ganaderías que hoy se consideran históricas: en 1888 los Palhas crearon graves dificultades nada menos que a Largatijo y Frascuelo. En 1903 se lidió por primera vez los toros que Parladé había comprado a Ibarra; en 1907, los del Marqués de Guadalest; en 1909 se lidió toros de Carriquiri, denunciados frecuentemente por "pasados de edad y, por tanto, avisados y a la defensiva". En 1912 debutaron como ganaderos en Madrid el duque de Tovar, Bohórquez y Juan Contreras; al año siguiente, Graciliano, Argimiro y Antonio Pérez Tabernero, así como el ganadero poeta Fernando Villalón; en 1917, Manuel Rincón; en 1919, una brava corrido del marqués de Albaserrada hizo fracasar a Gaona; en 1928, el conde de la Corte, Manuel Arranz y Samuel Flores, cuyo primer toro mereció la vuelta al ruedo.

La consagración de Marcial Lalanda, en 1929, se produjo a la vez que el triunfo de los ganaderos salmantinos: de las treinta corridas que se celebraron en Madrid, sólo ocho fueron de Andalucía... Se impuso, sin duda, un nuevo tipo de toro, que sustituyó al toro de ganaderías tan ilustres como las de Veragua y Miura.

Todavía en 1931, en esta plaza, debutaron Pinto Barreiro, Cobaleda y Juan Pedro Domecq y al año siguiente, Atanasio Fernández. En el último año de la plaza, 1934, se produjo la escisión entre la Unión de Criadores de Toros de Lidia y la nueva Asociación de Ganaderos

Además de las corridas "ortodoxas", en las plazas se desarrollaron también otros espectáculos. En las décadas de los años 80 y 90 del siglo XIX, perduraron todavía las mojigangas, junto a los toros embolados: por ejemplo, El doctor y el enfermo, Los siete niños de Écija, Los hombres de paja, El sultán y las odaliscas, Contrabandistas y ladrones...

El espectáculo taurino arrastraba todavía algunos apéndices circenses: como complemento de varias novilladas, actuó en 1903 míster W. H. Barber, Diávolo, que realizaba un looping con su bicicleta. Incluso en una corrida benéfica de 1907 se intentó reproducir un torneo medieval, actuando varios oficiales del Ejército, ataviados de guardarropía, junto a los actores que representaban trompeteros, heraldos, timbaleros, etc.

También se celebraron varias peleas de toros con otros animales. En 1897, el toro Regatero se enfrentó a un tigre real de Bengala, César. A pesar de la pregonada ferocidad del tigre, el toro le pegó una paliza y lo dejó por muerto en su jaula. Lo más curioso es que el público reaccionó entonces con entusiasmo, con vivas a España, y la banda tocó la marcha de Cádiz. Al año siguiente se intentó enfrentar al toro Sombrerito con el elefante Nerón. El duelo se abortó porque el elefante, acobardado, rehuyó la pelea.

Más transcendencia taurina tuvo el debut, poco antes de concluir el siglo, de don Tancredo López, "el rey del valor", que recibía cómicamente al toro subido en un pedestal a modo de estatua. Suscitó numerosos imitadores: El Cojo Bonifa, Manuel Álvarez, El Arrongatito, El Fideísta, y las mujeres Olga Miñón, la francesa Mercedes Barta y la propia esposa del artista, María Alcaraz, Doña Tancreda, que sufrió en Madrid una grave cornada. Don Tancredo obtuvo un éxito extraordinario, y pronto se reflejó en los cuplés.

 

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"Don Tancredo, Don Tancredo

en su vida tuvo miedo.

¡Don Tancredo es un barbián!

¡Hay que ver a Don Tancredo

subido en su pedestal!"

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Este hecho da una vez más la medida de la importancia de la fiesta taurina en Madrid. Los toros atrajeron rivalidades y debates entre los espectadores y aficionados, e incluso, la sensibilidad de los literatos y poetas, desde ángulos muy variados: el toro, el ambiente, la fiesta de los sentidos, la soledad del diestro, la plaza, la muerte, lo trágico y lo lúdico... Obras como Las águilas, de López Pinillos; Sangre y arena, de Blasco Ibáñez, tantas veces llevada al cine; Currito de la Cruz, de Pérez Luguín; La mujer, el torero y el toro, de Alberto Insúa; Oro, seda, sangre y sol, de Hoyos y Vinent; y un largo etcétera.

Una y otra vez, los ensayistas tomaron partido respecto a las polémicas taurinas, siendo éstas muy vivas entre los pensadores del 98. Teniendo en cuenta la honda huella del krausismo, no resultó extraño que varios de ellos fueran contrarios a los toros. Sin embargo, salieron a la calle más de setenta publicaciones especializadas, mayoritariamente revistas, especialmente entre 1868 y 1898: La Fiesta Española, El Tábano, El tío Pepe, El Toreo, etc. En El Liberal, El Imparcial y El Heraldo de Madrid escribieron sobre el género prestigiosas firmas de la clase de José de la Loma ("Don Modesto"), Mariano de Cavia ("Sobaquillo") y Ángel Caamaño ("El Barquero").

En la plaza vieja alcanzaron su consagración muchos lidiadores. A través de ella, se puede hacer la historia de la tauromaquia madrileña en una de sus etapas más clásicas. Allí se vivieron grandes éxitos y fenomenales escándalos, cuando el público, indignado por los toros (sobre todo) se lanzaba al ruedo, durante la lidia, y se producía un verdadero y peligroso conflicto de orden público.

Ya en 1924 se creyó que ésa sería la última temporada de la plaza, pues la nueva, la de Las Ventas del Espíritu Santo, estaba casi a punto. Sin embargo, no se inauguró hasta el 17 de junio de 1931, con una corrida a beneficio de los obreros parados, que organizó el alcalde don Pedro Rico. Pero hubo de esperar al año 1934 para la inauguración oficial.

Fuera de los cafés, los teatros y los toros, los madrileños tuvieron una amplia variedad de posibilidades para elegir. Además, se sumaban las verbenas de San Antonio, San Juan, el Carmen, Santiago, San Cayetano, San Lorenzo y la Paloma, lugares de socialización y ocio. También se hizo costumbre el acercarse los domingos y festivos al Rastro, situado entre las calles Toledo y Embajadores, que se consolidó desde el siglo XIX como mercado de "lo usado".

En 1861 había 123 sociedades dramáticas, 139 sociedades de música, 145 de baile y 575 sociedades casinos. La mayor parte de los madrileños adultos estaba inscrita en una o varias de estas sociedades. Los salones del Prado y de Recoletos y sus alrededores se convertieron en verano en lugares donde celebrar bailes para los socios.

Surgieron así centros como el jardín del circo Price, el Eliseo Madrileño y los Campos Elíseos. Los Campos Elíseos fueron inaugurados en 1864, entre las actuales calles de Goya y Jorge Juan. Ofrecían un lugar de esparcimiento y ocio: caballitos, montaña rusa, bailes de piñata con premios, conciertos o bailes de máscaras, entre otras atracciones.

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