LEETHI

 Literaturas españolas y europeas:  del texto al hipertexto
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CANON E HISTORIOGRAFÍA:

LAS MUJERES POETAS DEL 27

Dolores Romero López

(Universidad Complutense de Madrid)


dromero@filol.ucm.es


Permítaseme que me inspire al comienzo de esta investigación en unas palabras que Jorge Luis Borges escribe en "La Biblioteca de Babel":


Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto (94).


Esa biblioteca global e infinita, ilimitada y periódica, que describe Borges en su narración, es el abrumador objeto de estudio de la literatura. Pero esa biblioteca, precisamente por ser una creación humana, está sujeta a ciertos principios vertebradores que abarcan tanto la disposición de los libros en los anaqueles como la combinación de los signos elementales que reflejan la variedad idiomática y cultural del conocimiento humano. En este sentido para que la biblioteca funcione necesita de un sistema de reglas que permita el desarrollo del conocimiento, o como prefiere Iury Lotman, desde la Semiótica de la cultura, el desarrollo de la vida comunitaria.

Pues bien, el florecimiento actual de estudios sobre la formación del canon literario (Luis González del Valle: 1993; José Mª Pozuelo Yvancos 1995) invita a plantear una reflexión sobre el desarrollo actual de la historiografía literaria española, para lo cual yo he seleccionado como objeto de estudio el denominado por la crítica grupo poético del 27. Es de todos sabido, que el primero en aplicar el concepto de generación poética a los del 27 fue el propio Dámaso Alonso, en un artículo de 1948 titulado “Una generación poética (1920-1936)”, donde seguía fielmente los patrones dictados por Petersen, que ya habían sido aplicados por otros críticos a la generación de 1898. Los nombres en los que entonces piensa son Jorge Guillén, Pedro Salinas, Gerardo Diego, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda y, como incorporados más tardíamente, están Manuel Altolaguirre y Emilio Prados. Guillermo de Torre en su libro La aventura de nuestra edad, publicado en 1962, intenta ampliar la nómina a otros poetas como José Moreno Villa, Ramón de Basterra, Alonso Quesada, Mauricio Bacarisse, Juan José Domenchina, Antonio Espina, Juan Chabás y otros poetas ultraístas y creacionistas donde estaría él mismo Guillermo de Torre, Pedro Garfias, Humberto Rivas Panedas, Juan Larrea, José de Ciria, Eugenio Montes, Adriano del Valle, Isaac del Vando-Villar y César Comet. Es Juan Manuel Rozas, quien en su libro El 27 como generación (1978), consagra definitivamente un término que ya había admitido críticas de parte de Ricardo Gullón (1953), Luis Cernuda (1957), Andrew Dibicki (1968) que preferirán aquel de Generación de 1925.


Ya he publicado en otro sitio (Romero López: 1998), siguiendo el camino iniciado por Richard Cardwell, que el concepto de generación literaria aplicado casi exclusivamente a la historiografía hispana procede de principios teóricos que se fundan en la Alemania prefascista. Junto al bien conocido Die Literarischen Generationen [Las generaciones literarias] publicado en Berlín en 1930 por J. Petersen hay que recordar, al menos, los artículos de E. Wechssler «Die Generation ais Jugendgemeinschaft» [La generación como comunidad juvenil] (Wechssler 1927, 66-102) y «Das Problem der Generation in der Geistesgeschichte» [El problema de la generación en la historia del espíritu] (Wechssler 1929, 209-210) y aquél de R. Alewyn «Das Problem der Generation in der Geschichte» [El problema del concepto de generación en la historia] (Alewyn 1929, 519-527). Me preguntaba yo entonces, y me sigo preguntando ahora, si no es éste un método determinista con base literaria, histórica y científica, encaminado a demostrar la predestinación de las personas por causas de nacimiento. Es decir, ¿hasta qué punto no se convierte la metodología de las generaciones en un modo de limpiar la literatura y la historia de aquellos cuyas obras no favorecían una radical ideología? ¿No son el nacimiento, elementos formativos, relaciones personales, vivencias generacionales, caudillaje, anquilosamiento de la generación anterior y lenguaje generacional un cúmulo de preguntas propias de quienes desean separar etnias, religiones, ideologías o sexos? Lo cierto es que generación es un concepto sociológico más que histórico o estético que encontró el terreno abonado en la España de los años 40 en adelante. ¿Dónde están las voces de la poesía escrita por mujeres? Las busco, no por ser mujeres, sino en cuanto poetas olvidadas por una historiografía literaria lastrada por intereses ideológicos hoy caducos, pero que siguen siendo rentables en cátedras y en editoriales.


Me he detenido en hacer un repaso a otra línea historiográfica, no generacional, pero sí vinculada a la creación estética que ha tenido en cuenta, en cierta medida solamente y no sabría decir si por mera cortesía o por convencimiento, la presencia de la poesía escrita por mujeres en la historiografía literaria. Voy a remitirme al clásico libro de Angel Valbuena Prat La poesía española contemporánea (1930) quien nombra a Josefina de la Torre, a Ernestina de Champourcin y Concha Méndez Cuesta. Posteriormente en su Historia de la literatura española dedica un apartado final a estas tres poetisas. Federico de Onís en su Antología de la poesía española e hispanoamericana (1882-1932) (1934) dedica un apartado a “Poesía femenina” incluyendo allí a las poetisas iberoamericanas del postmodernismo (1905-1914), pero no incluye a ninguna española en el capítulo sobre el ultramodernismo (1914-1932). En cambio, Gerardo Diego en 1934 en su Poesía española. Antología (Contemporáneos) incluye a Ernestina de Champourcin y Josefina de la Torre. Vicente Gaos en su Antología del grupo poético de 1927 (1965) incluye en la lista a Concha Méndez y a Rosa Chacel. J. J. Domenchina en Antología de la poesía española contemporánea (1900-1936) (1941) nombra a dos mujeres: Ernestina de Champourcin y Concha Méndez, situadas entre sus compañeros. Maria Antonia Vidal en Cien años de poesía femenina e hispanoamericana 1840-1940 (1943) incluye a Concha Méndez Cuesta, Ernestina de Champourcin, Josefina de la Torre, Rosa Chacel, Margarita de Pedroso, Pilar de Valderrama, Elena Cruz-López y la propia antóloga. En 1946 César González Ruano en su Antología de poetas españoles contemporáneos en lengua castellana incluye once mujeres y se repiten: Champourcin, Méndez, de la Torre, Chacel, Valderrama y Elisabeth Mulder, Carmen Conde, Cristina de Arteaga, María Teresa Roca de Tagores, Ana María de Cagigal y Ana María Martínez Sagi. Curiosamente, Carmen Conde en su Poesía femenina española viviente (1954) no incluye ni a Concha Méndez, ni a Rosa Chacel. Lo mismo ocurre con la antología de María Romano Calongeli Voci femminili della lirica spagnola del ‘900 (1964), donde se incluyen Concha Méndez y Carmen Conde pero no están ni Chacel, ni Champourcin, ni de la Torre. Juan Manuel Rozas en sus diferentes libros (1966, 1974, 1978) menciona a las mujeres poetas sólo en la cronología y se da cuenta de que tanto Chacel, como Méndez y Champourcin están, por nacimiento dentro de esa franja generacional que va de 1891 a 1905, pero termina obviándolas en su reflexión. Francisco Javier Díez de Revenga en Panorama crítico de la generación del 27 (1987) habla de “Otros poetas del 27” menciona a los hombres y finalmente una coda femenina donde alude a Ernestina de Champourcin, la mujer de Domenchina, autora de El silencio (sic) (1926), Presencia a oscuras (1984), la única mujer representativa de los del 27, que figuró –argumenta él- con Josefina de la Torre, ya en la Antología de Gerardo Diego.


Pero es el siempre lúcido José-Carlos Mainer en 1990 quien en una conferencia homenaje a María Teresa León se da cuenta de la injusta situación que sufren los nombres femeninos en la nómina del llamado grupo de 1927. Él menciona un grupo de mujeres poetas antologadas en la revista zaragozana Noroeste en 1935. En ella, junto a Carmen Conde, Ernestina de Champourcín, aparecen Dolores Arana, Mercedes Ballesteros, María Cegarra Salcedo, Elena Fortún, Juana de Ibarbouru, María Luisa Muñoz de Buendía, Margarita de Pedroso, Rosario Suárez Castiello, Ruth Velázquez, María Teresa Roca de Tagores, Norah Borges –hermana del escritor argentino y esposa de Guillermo de Torre- Menchu Gal, Misia Masdéu, Marisa Pinazo, Ángeles Santos, Rosario de Velasco y Ruth Velásquez. En dicha conferencia intenta Mainer justificar una generación femenina del 27 y articula el panorama en tres apartados: “Primeras armas líricas (1923-1927)”, “La plenitud (1927-1932)” y “Libros poéticos de 1936”. El juicio crítico de Mainer abrió la puerta a otras investigaciones posteriores, como las de Juan Ignacio Ferreras quien en 1997 habla de la discriminación sexual que padece la literatura española o la apuesta de Emilio Miró en 1999 que ya se atreve a ofrecernos una Antología de poetisas del 27 donde sólo aparecen las que él considera principales, a saber, Concha Méndez, Rosa Chacel, Ernestina de Champourcin, Josefina de la Torre y Carmen Conde .

Lo que se deduce de esta revisión bibliográfica es que la crítica se ha ido esforzando en hacer visibles para la historiografía literaria a estas mujeres poetas que han quedado aletargadas porque, como justifica José-Carlos “la derecha más berroqueña vio con mucha aprensión el fenómeno de la emancipación femenina y, en su marco, la dedicación de la mujer a la escritura” (1990:15). Reforcemos los criterios de visibilidad de estas creadoras exponiendo de forma impresionista datos sobre su biografía, para pasar después a considerar el porqué es impertinente seguir hablando de generación literaria para, al final, apostar por un nuevo paradigma historiográfico.


Mujeres intelectuales que comienzan su carrera artística en los años 20.


No puedo detenerme en dar demasiados datos biográficos, sólo éstas breves líneas de presentación que recogen la imagen que ha dado la crítica sobre estas escritoras. La primera que quiero considerar es Rosa Chacel, nacida en Valladolid en 1898. En 1908 se traslada a Madrid donde se matricula en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando para estudiar escultura. En abril de 1921 se casa con el pintor Timoteo Pérez Rubio. Y en 1922 se trasladan a vivir a Italia donde él trabajará en la Escuela de Arte de Roma. En 1930 da a luz a su hijo Carlos. Con la llegada de la Guerra Civil se trasladan a París hasta que en marzo 1939 se muda, la familia, a Sudamérica a vivir entre Río de Janeiro y Buenos Aires. Hasta la muerte de su marido en 1977 continua alternando su residencia entre Río de Janeiro y Madrid, pero finalmente se traslada a Madrid. Su primer libro de poesía está publicado en 1936 y se titula A la orilla de un pozo. En la dedicatorias de los treinta sonetos encontramos nombres de su generación: Concha Albornoz, María Teresa León, María Zambrano, Margarita de Pedroso, Rafael Alberti, Pablo Neruda, Arturo Serrano, Luis Cernuda y al pintor Gregorio Prieto y el también pintor y ya su marido Timoteo Pérez Rubio. El libro de poemas de estos treinta sonetos nace de una charla con Rafael Alberti. Su pasión por la forma clásica en el verso chocó con las renovadoras corrientes artísticas y literarias de los años veinte y treinta.


Concha Méndez Cuesta nace en Madrid en 1898 y muere en Ciudad de México en 1986. Poeta desde su adolescencia, con 19 años conoció a Luis Buñuel en sus vacaciones de San Sebastián, allí se harán novios, a través de él, conocerá a Lorca y Alberti. Viaja por varios países europeos y sudamericanos. En 1931 conoce a Manuel Altolaguirre con quien se casa y de quien tendrá una hija, Paloma. Junto con su marido contribuye a la difusión de la obra del grupo del 27, editando colecciones de poesías y revistas como Poesía, Héroe, 1616, y Caballo verde para la poesía. Se exilian tras la Guerra Civil a París, La Habana y México donde se separan. Regresa a Madrid en 1966. Sigue residiendo en México hasta su fallecimiento en 1986. Publicó Inquietudes en 1926 y después Surtidor 1928. Su primer asesor poético, según dice en sus memorias, es Rafael Alberti que había ganado ya el Premio Nacional de Literatura. Lee a Bécquer y a Góngora a quien conoció en 1927, cuando los poetas contemporáneos organizaron su homenaje. Se deja sentir en su poesía la influencia de Lorca y de Alberti. En sus obras se ven temas recurrentes: el viaje, exotismo nórdico, deporte, avión, automóvil, ámbito urbano, jazz, cine, rascacielos escaparates, temas y motivos marinos. Viaja a Argentina y allí publica en 1929 Canciones de mar y de tierra. Conoce a Manuel Altolaguirre porque se lo presenta García Lorca y se casan en 1932 y ese mismo año publica Vida a vida fruto de ese encuentro amoroso. Después Niño y sombras (1936) dedicado al sentimiento de la maternidad frustrada, dado que tuvo un hijo que murió al nacer. En el exilio cubano publicará Lluvias enlazadas, y después en México Villancicos de Navidad. Tras su separación de Altolaguirre en 1944 publicó Sombras y sueños, un libro de desgarro amoroso.


Elisabeth Mulder Pierluisi nació en Barcelona en 1904. Su madre era sudamericana y su padre era holandés, pero vive durante su infancia en Puerto Rico hasta que por problemas de salud se trasladan a Barcelona. Gracias a su cuidada educación y numerosos viajes por Europa, aprende seis idiomas. En 1921 se casa con Ezequiel Dauner. Su primer libro de poesía es Embrujamiento (1927), después vendrán La canción cristalina (1928), Sinfonía en rojo (1929), La hora emocionada (1931), Paisajes y meditaciones (1933). Su poesía destaca por su neorromanticismo y su lirismo modernista. No se exilió. Muy al contrario participó notablemente en la vida cultural barcelonesa y tradujo de otros idiomas, incluyendo obras de Keats y Shelley. Murió el 28 de noviembre 1987 en Barcelona.

Ernestina de Champourcin nació en Vitoria en 1905 aunque desde muy niña residió en Madrid. Recibió una esmerada educación en la que destacaron los idiomas. Años después cuando estalla la guerra y se exilia a México con su marido, el también poeta Juan José Domenchina. Esa excelente formación le servirá para conseguir un lugar destacado como traductora. Ernestina descubrió su vocación poética cuando era muy joven, pero, como muchos otros creadores, no estaba satisfecha con los poemas que escribía así que los destruyó. Su primer libro En silencio es de 1926, partir de ahí los libros comienzan a sucederse uno tras otro Ahora (1928) La voz en el viento (1931), Cántico inútil (1936). Dice que le salían los versos solos, con influencias simbolistas, románticas y modernistas. Sus libros son de una aguda sensibilidad y un delicado desbordamiento amoroso donde se mezclan emociones con sensaciones. Fue decisivo en su formación literaria el descubrimiento de Juan Ramón Jiménez, primero de Platero y yo, y después en 1922 la Segunda antología poética.

Josefina de la Torre, hermana de Guillermo de la Torre, nace en Las Palmas de Gran Canaria en 1907. En 1927 publica su libro Versos y estampas y en 1930 Poemas de la isla publicado y en 1947 Marzo incompleto. Los temas que trata son la playa, la arena, los juegos infantiles. Sus versos son de pincelada luminosa, cromática y amorosa.


Por último, dentro de las poetas cabe destacar a Carmen Conde Abellán que nació en Cartagena en 1907 aunque su infancia transcurre entre esa ciudad y Melilla, donde vive de 1914 a 1920, y Madrid donde se establece definitivamente en 1939. Estudia magisterio en la Escuela Normal de Murcia y más tarde Filosofía y Letras en la Universidad de Valencia. Publica su primera obra, Brocal, en 1929. En 1931 se casa con el poeta Antonio Oliver Belmás. Juntos fundan y dirigen la Universidad Popular de Cartagena y el Archivo Semanario de Rubén Darío en la Universidad de Madrid. Trabaja como profesora de literatura española en el Instituto de Estudios Europeos y en la Cátedra Mediterráneo de la Universidad de Valencia. Es una escritora de éxito después de la Guerra Civil española, hasta llegar a pertenecer, desde 1978 a la Real Academia Española de la lengua. Fallece el 8 de enero de 1996 en Madrid.


A estas mujeres poetas habría que añadirles la dramaturga y narradora Teresa León (Logroño 1903-Madrid 1988)

, compañera sentimental de Rafael Alberti que estudió en la Institución Libre de Enseñanza y se licenció en Filosofía y Letras en 1920. Tras la derrota republicana Teresa y Rafael se exilian a Francia, Argentina e Italia. También habría que considerar la creación de la pintora Maruja Mallo (Lugo 1902-Madrid 1995) presentada al público por el mismísimo José Ortega y Gasset en su Revista de Occidente, que viajó a París donde entró en contacto con el grupo de surrealistas, André Breton y Picasso. La guerra le mandó exilio, se estableció en Argentina y dio conferencias allí, en Chile y Bolivia. Llegó a exhibir sus cuadros en latinoamérica y en Nueva York. Vuelve a España en 1965 y el 1982 el Ministerio de Cultura le concede la medalla de oro a las artes plásticas. Habría que considerar a la también pintora Norah Borges, hermana del escritor argentino, vinculada a la vanguardia española por las ilustraciones que decoran sus principales revistas y casada con el poeta ultraísta español Guillermo de Torre. También habría que tener en cuenta a la filósofo María Zambrano (Vélez-Málaga en 1904- Madrid 19),discípula de Ortega y Gasset, García Morente y Zubiri y que llegó a ser profesora auxiliar de matafísica en la Universidad Central. En el 32 sustituyó a Xavier Zubiri y comenzó a colaborar en la Revista de Occidente, luego en Cruz y Raya y en la revista Hora de España, desde su primer número, aparecido en 1936. En aquellos años que precedieron su exilio, conoció y entabló amistad con Bergamín, con Luis Cernuda, Jorge Guillén, Rafael Dieste, Emilio Prados y también a Miguel Hernández. Se casa en septiembre del 36 con Alfonso Rodríguez Aldave, recién nombrado secretario de Embajada de España en Santiago de Chile, con quien emprende un primer viaje a La Habana, de donde vuelven al año siguiente, él para incorporarse a filas, ella para colaborar con la República. Tendrá que exiliarse a París, México, La Habana En 1981 se le otorga el Premio Príncipe de Asturias. Desde Ginebra, donde se había instalado en 1980, regresaría por fin a Madrid en el 1984, después de cuarenta y cinco años de exilio. En 1988 le fue concedido el premio Cervantes de Literatura. Falleció en la capital española el 6 de febrero de 1991.


Las características comunes a todas ellas son:


1.- Pertenecen a la clase media, a la burguesía y alta burguesía.

2.- Proceden de ámbitos urbanos Las Palmas (de la Torre), Valladolid (Chacel) Madrid (Méndez y Champourcin), Barcelona (Muller).

3.- Todas tienen estudios incluso universitarios. Todas conocían el francés, pues se consideraba el rasgo distintivo de la educación femenina.

4.- Todas contrajeron matrimonio con artista: Concha Méndez con Manuel Altolaguirre, Ernestina de Champourcin con Juan José Domenchina y Carmen Conde con Antonio Oliver, Rosa Chacel se casó con el pintor Timoteo Pérez Rubio y Josefina de la Torre con el actor Ramón Corroto.

5.- En la guerra Méndez y Champourcin se establecieron en México y Cuba, Chacel en Argentina y Brasil. Carmen Conde, vinculada intelectualmente a la republica se quedó primero silenciada y después bajo seudónimo Florentina del mar, salió a la luz. Josefina de la Torre, próxima a los vencedores, trabajó mucho en el teatro y en el cine y también tuvo una presencia intelectual activa Mulder que permaneció vinculada en Barcelona.

6.- Casi todas ellas recibieron un reconocimiento intelectual cuando España volvió a ser un país democrático.


Mujer: historiografía, nación y canon

Ustedes pueden pensar que lo que pretendo es hablar de una generación de mujeres del 27. Nada más lejos de mi intención. Lo que pretendo es volver a incidir en que las mujeres han quedado relegadas a ese segundo o tercer plano no por criterios históricos o artísticos sino por ser mujeres, por escribir una poesía íntima y muy personal en una búsqueda constante en el interior de su alma y, por último, porque sufren exilio, y éste –no lo olvidemos- ha sido otra causa de exclusión de la historiografía literaria.

Creo que lo que ha ocurrido historiográficamente con este grupo de creadoras mujeres es paralelo a lo que Richard A. Cardwell explicó para la disociación entre modernistas y noventaiochistas. El profesor Cardwell aplica el discurso de la historia de Michael Foucault para contextuar unas obras cuya estructura lingüística, estrategias estéticas y organización demuestran la manipulación que realiza la dictadura de la historia literaria inmediata. Y concluye:


Thus we can view the debate of modernismo frente a noventa y ocho in a new perspective. We are forced to reject the versions of a totalizing history in favour of an analysis of the flow of discursive formations and the discourses which arise out of them. Only rarely is the central discourse concerned with aesthetic problems, colonised, adulterated and distorted as it is by the presence, the pressure and the power of other discourses (1993, 43).

La cultura dominante mantiene su status estableciendo diferencias u oposiciones y mediante el ritual de la división se llega a la exclusión, condenando un polo del enfrentamiento binario al silencio y al confinamiento social. Al excluir lo 'anormal', la cultura reinante se apropia de la verdad, la racionalidad, la salud mental, los valores sociales y la conducta correcta. Los críticos de postguerra legitimaron los principios del poder al separar lo femenino (vinculado a lo introvertido, lo débil, lo cotidiano, lo intimista, lo manipulable, ...) de los auténticos creadores de la gesta del 27 (defensores de la tradición, hombres con cargos en universidades y hacedores de la vida cultural) y marcando positivamente a estos últimos, como valedores de los principios en los que se basaba la primera etapa de la democracia fueron ubicando a aquellas con relación a los primeros. Pero no debe olvidarse que la mayor parte de los del 27 se fueron al exilio y militaron en el antifranquismo; como tampoco debe olvidarse que las cátedras de literatura estuvieron nutridas por gente afecta al régimen. El contenido conservador convenía a la crítica oficial y oficialista, pero las oposiciones ideológicas de estas gentes no convenía a los intereses de la misma. Durante la democracia, precisamente el primer libro de Juan Manuel Rozas está publicado en 1978, sí hubo más interés por esta oposición al régimen franquista, pero sobraba con la agrupación de unos cuantos nombres importantes. Así pues, aunque es cierto que la oposición del 27 es menos ideologizable que la del 98, no es menos cierto que siguieron canonizando a los poetas hombres, dejando a un lado de la oposición no sólo la poesía escrita por mujeres, sino la producción poética de estos escritores en el exilio, que con mucha dificultad entra en los programas académicos de colegios y universidades. Son los críticos que han contribuido a la “visualización” de lo femenino en la historia quienes han hecho valedor el principio de la integración de términos, atreviéndose a defender la necesidad de posturas integradoras. Así lo hace Eduardo Mateo Gambarte en su libro Concepto de generación literaria (1996) que reivindica un espacio, no sólo para las mujeres poetas, sino también para las dramaturgas y las narradoras y aboga por escribir una historia literaria teniendo como base las reflexiones sobre la modernidad que hace Octavio Paz en Los hijos del limo (1974) y la obra de José Carlos Mainer La edad de plata (1987).


Efectivamente, el pensamiento deconstructivista se caracteriza por someter a cuestionamiento las oposiciones binarias a las que están sometidos ciertos planteamientos constructivos. Según Jonathan Culler:

To deconstruct an opposition is to undo and displace it, to situate it differently schematically, this involves distinguishable moves: (A) One demonstrates that the opposition is a metaphysical and ideological imposition. (B) One simultaneously maintains the opposition by employing it in one's argument -the characterization of speech and writing or of literature and philosophy are not error to be repudiated but essential resources for argument and reinstating it with a reversal that gives it a different status and impact (1983, 150).


Como ocurriría con el enfrentamiento entre modernismo y 98, este otro entre poetas hombre y mujeres del 27 debe ser recolocado en un prisma conciliador y dialogante que permita entrar en el doble juego de estar dentro y fuera de las categorías. La 'unidad orgánica' de las obras de arte es la consecuencia de un encuadre totalizador (De Man 1971, 31). ¿Por qué no acogerse a la heterogeneidad, a la descripción de textos como injertos o construcciones intertextuales, al interés de provocar la aparición de líneas de razonamiento de significación incompatible? Los conceptos de unidad orgánica no son fácilmente desterrables. Siempre se tiende a la mirada crítica del conjunto para construir algo autónomo y comprensible. La coherente unidad frecuentemente se atavía con la fisura problemática. Lo que se deconstruye, según este análisis, no es el propio texto sino el texto tal y como se ha leído. Esta reflexión, aplicada al enfrentamiento entre escritura de hombre y mjeres, puede constituir una lícita hipótesis encaminada a demostrar que la literatura comparada, sostenedora del nuevo paradigma que une la teoría crítica con la historia, ha de servir más que para acumular conocimiento para apuntar y tratar de resolver ciertos asuntos que se plantean en el seno de la literatura española, manifestando una vez más su relevancia científica. Deconstruir una oposición no consiste en destruirla convirtiéndola en un monismo sino que nos permite acercarnos a la creación de los años 20 y 30 desde una perspectiva más amplia y confiada en la que no habría que rechazar o excluir a algunos artistas, ni a aquellas obras que no convengan para ofrecer una explicación coherente de los hechos


Por otra parte, también habría que entender que desde el ámbito del lector actual se afianza el principio diseñado por Hans-Georg Gadamer en su libro Truth and Method: "No es posible un objetivismo histórico, comprender el pasado es un proceso de acomodación que implica acercamiento hacia nuestro presente de lo que se busca más allá del tiempo" (cit. por Jauss 1982, 29). El crítico no deja de imponer sus propios prejuicios a su objeto de estudio y estos prejuicios, aun sabiendo que obstaculizan el conocimiento, no se pueden apartar; por tanto, existe la necesidad de, al menos, ser consciente de dichas influencias. El horizonte histórico se ha visto solapado por las progresivas lecturas que de él han realizado los especialistas desde sus propios horizontes. En cuanto lectores del siglo XXI, cualquier respuesta que se dé a la historia literaria del siglo anterior vendrá determinada por la negación de la reviviscencia y por la afirmación de nuestros testimonios. Por tanto, la vida literaria de aquel período se podría narrar como la sucesión de lecturas que de ella se han realizado. Las interpretaciones son inagotables y se basan en la actualización de los textos, de forma que se haga válido para hoy un significado del pasado. Es decir, hay que abrir el sistema textual de los años 20 a un nuevo repertorio de textos no canonizados y demostrar las intrarrelaciones culturales, lingüísticas, económicas, políticas, ideológicas, etc. en una misma identidad y sus interrelaciones con otras identidades (sexuales, nacionales, raciales) de forma que se fomente el diálogo.

En el caso que nos ocupa, en el que intentamos reivindicar un espacio historiográfico, y no sólo de reconocimiento y visibilidad para la identidad femenina, lo primero que hay que replantear, no es sólo la textualidad, sino la identidad nacional, pues no olvidemos, que hasta ahora, toda literatura, no ha sido más que un constructo ideológico y cultural que sirve para la perpetuación de ciertos valores nacionales. Desde el orden simbólico se ha interpretado la nación como un sujeto femenino, la madre patria, implicando a la mujer como portadora biológica de la especie, una muestra más de la dominación de su función reproductiva por parte de la autoridad patriarcal, como se puede ver en la famosa pintura de Delacroix “La libertad guiando al pueblo”. Pero la literatura, reino de la expresión polifónica por excelencia, deja entrever ironías y ambigüedades en torno a la construcción de la identidad femenina por parte del discurso patriarcal, y a su utilización como núcleo de la familia y, de esta forma, de la nación. Es decir habría que partir de un nuevo concepto de nación y de un nuevo concepto de historiografía que tuviera más que ver con la histeri@grafía.



La imagen de la nación como sujeto femenino pensado por poderes masculinos exigía de la mujer una conducta particular, atendiendo principalmente a lo sexual. La mujer escritora consigue así traer a la conciencia del lector la realidad de la mujer en la familia, rescatando lo trivial y lo cotidiano, que sirven de telón de fondo para una aventura por lo psíquico, en la cual se revelan los sentimientos íntimos, a diferencia de la literatura de acción empleada por los escritores. La autoridad patriarcal, combinada con una sutil fuerza de persuasión, continuó expresando la forma ideológica del poder mediante la relación entre los sexos, adulando a la mujer y convirtiéndola en una diosa. La construcción de la mujer/nación, con sus cualidades espirituales elevadas a la categoría de símbolo, permitió la continuación del control del imaginario colectivo sujeto al orden jerárquico patriarcal. La mujer, pospone las satisfacciones, parece aceptar la autoridad, la ley del padre, del hacedor de textos, de historia, de naciones, dejándose sublimar como objeto de lo literario, símbolo de la nación. Sin embargo, su voz sometida no se apaga. Con su inclusión del plano “semiótico” en la disposición del lenguaje para el juego y lo diverso Kristeva inscribe a la mujer en una nueva lectura de la historia. En “Women’s Time”, Kristeva ha señalado que en la perspectiva simbólica occidental, marcada por el dominio del padre y de lo masculino, la mujer ha sido siempre considerada como lugar o espacio generativo. El lenguaje semiótico ofrecería, no un lenguaje de la producción, sino un lenguaje del proceso, por el cual significante y sujeto dejarían de ser formas constantes para convertirse en actividades infinitamente diferentes (en el doble sentido de Derrida de “ser distinto de” y de “desplazarse” sin llegar a una visión unitaria). Este lenguaje semiótico o poético se consolida en la narrativa femenina durante el siglo XX con la aparición de un lenguaje irónico, oblicuo y contestatario que muestra la capacidad subversiva femenina.

Hoy en día las lecturas semióticas de la historiografía son cada día más frecuentes y tratan de sacar a la luz nuevos enfoques literarios más acordes con los nuevos retos de integración social. Son éstas, lecturas de denuncia, lecturas abiertas a lo diverso, lecturas histéricas, expresivas de frustraciones y deseos reprimidos que rompen con el caduco historicismo y proponen una relectura del pasado que sirva para entender la heterogeneidad del presente. Lecturas como las de José Lambert (1991), con su apertura de los polisistemas hacia mapas literarios multilingüísticos y multiculturales; de Linda Hutcheon (2002), con su translectura de los modelos historiográficos nacionales hacia modelos poscoloniales que conllevan una nueva epistemología nacional basada en la fragmentación del discurso y en el diálogo entre lo diverso; las de Joseph Jurt (1997) Bernard McGuirk (1998) Udo Schöning (2000) quienes, ante la imposibilidad de encontrar una coincidencia de identidad entre etnia, pueblo, nación, Estado, cultura, lengua y literatura, parten del principio de internacionalidad asentado en personas, medios, instituciones y mediadores para reivindicar la interculturalidad de la literatura. Otros dos libros que me han ayudado en mis reflexiones son los de Timothy Bahtí Allegories of History. Literary Historiography after Hegel y Lionel Gossman Between History and Literature que se hacen, una vez más conscientes, del proceso de narratividad y de ficción que acapara la historiografía literaria.


Así lo entiende también, ya para terminar, Douwe Fokkema en unas palabras que hago mías. Nótese que Fokkema (Romero López 1998ª: 248), al hablar del canon, no lo alude de forma abstracta sino que lo personaliza.


Mi canon preferido, - dice él - estará guiado por la posibilidad de cambiar de código (lo contrario de la política de identidad) y pone el acento en valores contradictorios, en las diferencias entre tradiciones, en la crítica de las ideologías dominantes, y en la diversidad de modelos de conducta moral y de vida privada. Incluirá textos literarios complejos de todas las principales culturas del mundo, no sólo textos contemporáneos sino también antiguos, en la creencia de que es más gratificante intentar entender textos difíciles que suponer que se entienden otros más sencillos. Sin embargo, mis métodos de descontextualización y, con seguridad, mi atribución de significación presentista (recontextualización) serán diferentes de los de colegas míos, y, por tanto, mi canon preferido será diferente del suyo. - Y termina diciendo Fokkema - En consecuencia, es inútil dar una relación de los textos que prefiero, puesto que cualquier lista final adoptada por un departamento de literatura comparada será siempre el resultado de un acuerdo, dictado por las diversas convicciones, por la cultura concreta en la que estemos viviendo, y por las conveniencias del momento (como la disponibilidad de los libros).


Considero que estas palabras también harían feliz a Jorge Luis Borges cuya vasta biblioteca, ese tesoro intacto, resultaría inútil si no pudieramos desvelar sus secretos leyendo aquellos libros que nos ayuden a comprender mejor nuestra identidad.



Referencias bibliográficas


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