Mediaciones sociales, Nº 4
Primer semestre 2009
Universidad Complutense de Madrid, España
ISSN electrónico: 1989-0494





La comunicación desde la perspectiva sociopráxica

Communication from Social Praxis Approaches


Manuel Montañés Serrano
Universidad de Valladolid (Campus de Segovia) - España
mms@soc.uva.es





Resumen

En este artículo se cuestiona la concepción clásica que se tiene de la comunicación a la par que se defiende una perspectiva sociopráxica de la misma. En éstas páginas se aportan los fundamentos que la sostienen.

Palabras clave: comunicación, sistemas autopoíeticos, reflexividad y sociopraxis.

Abstract

In this article, classic conceptions about communication are reviewed and a social praxis approach to it is introduced with its supporting grounds.

Keywords: communication, autopoiesis, thoughtfulness, social praxis.


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Siento como propio el sentido que das al sonido de mis voces pronunciadas al ver como el sentido que infiero a la voces que tú pronuncias es el que a nuestras vidas da sentido.

Monty




1. Presentación

En las páginas que siguen se definirá la comunicación sociopráxica, así como los fundamentos que la sustentan.

Participando del giro lingüístico iniciado en los años 60 del anterior siglo, se cuestionará el modelo clásico de la comunicación. Si bien, del mismo modo que el giro lingüístico supuso un salto cualitativo, al pasar de considerar el lenguaje como mero representante de la realidad a constituyente de la misma, ahora se ha de proceder a dar otro salto e indagar sobre qué es lo que hace que se produzca un u otro sentido. Al considerarse la comunicación como producción de sentido y no como intercambio de mensajes, se ha de indagar sobre la actividad productiva, pues al considerar el lenguaje como constituyente del mundo puede llevar a pensar que es el lenguaje el que habla a través nuestro. Como dice Tomás Ibáñez, esta concepción sumada a la “influencia del pensamiento estructuralista y al declive de la filosofía de la conciencia, llevaría a buena parte de los pensadores de la segunda mitad del siglo XX a decretar la muerte del sujeto, reduciéndolo a un simple efecto del lenguaje” (Ibáñez, T., 2006: 37). Recuperar el sujeto implica introducir el concepto de sistema observador reflexivo constructor de realidades socioculturales compatibles con las construidas por otros sistemas.

En este artículo se defiende una concepción constructivista de la realidad de índole práxica. La realidad es construida pero ésta no responde al capricho individual sino que surge de la necesidad en una doble vertiente: las necesidades nos impelen a realizar unas u otras prácticas, las cuales generan unos estímulos a los que inferimos nuestro particular sentido, que estamos obligados a compatibilizar con quienes nos acoplamos perceptivomotormente en las redes socioculturales en las que nos vemos obligados a participar para atender nuestras necesidades.


2. Cuestionando el modelo clásico de la comunicación

Los manuales al uso definen la comunicación como el intercambio de información.

Esta definición tiene su soporte teórico en el modelo lineal o matemático de la comunicación. Según este modelo, la comunicación consiste en que un emisor codifica el mensaje enviado por una fuente de información, convirtiéndolo en una señal que se traslada a través de un canal, la cual, si sortea las interferencias que a su paso se presenten, llegará a un receptor que la descodificará y la convertirá en mensaje. Si la operación ha sido correcta, tanto el destinador como el destinatario contarán con la misma información (Shannon, C. y
Weaver, W., 1981: 21).

Gráfico 1. Modelo clásico o matemático de la comunicación




Jakobson, siguiendo con este modelo, señala los elementos constituyentes de la comunicación. Según el afamado lingüista, seis son los elementos constituyentes de la comunicación: un
emisor (el que emite el mensaje), un receptor (el que recibe el mensaje), un referente (aquello de y sobre lo que el mensaje informa), un código (una convención compartida por emisor y receptor con la que cifrar y descifrar mensajes), un medio de transmisión (por donde circula el mensaje), y un mensaje (la información trasmitida) (Jakobson, R., 1963: 214 y ss.).

Si la comunicación fuese como este modelo sostiene, carecería de importancia tanto las características de los sujetos intervinientes como la situación comunicativa. Desde esta concepción, las palabras utilizadas tendrían su significado independientemente de quienes las emitan o las recepcionen. Sin embargo, es sabido que las características socio-demográficas de los participantes (la edad, el género, el status, etc.), las características físicas, la estructura relacional (simétrica o no), el rol (profesor, médico, camarero, etc.), los aspectos no verbales (oírse, verse, tocarse, olerse, los gestos, la sonrisa, los tonos de voz, etc.), el lugar y el momento en que se produce la comunicación, condicionan los temas, el modo de abordarlos, así como el sentido que inferimos a las palabras.

Las palabras carecen de significado propio, somos los seres humanos los que las dotamos de significado al inferirles sentido. En todo acto comunicativo una cosa es lo que se quiere decir, otra lo que se dice y otra el sentido que se infiere a lo que se dice. No hay, por tanto, mensaje, ni código, ni medio por donde circula el mensaje, ni referente, ni, por no haber, no hay emisor ni receptor, sino sujetos actuantes, o, hablando con más propiedad, sistemas observadores, ya que no hay realidad independiente del sujeto que la objetiva. El objeto es fruto de la actividad objetivadora de sujeto. No es posible, por tanto, deslindarlo del sujeto. Ni tampoco es posible deslindar el sujeto del objeto observado: éste (el sujeto) es lo que es en tanto observa lo que produce. El objeto es lo que arroja fuera de sí el sujeto (ob: fuera; yectum: arrojado), quedando en la acción de arrojar el sujeto sujetado.

¿Cómo es posible que exista comunicación alguna si no están presenten ninguno de los elementos que tradicionalmente han sido considerados constituyentes del acto comunicativo?

Es posible porque aunque no estén presentes estos elementos ello no significa que también esté ausente la energía que todo ser humano es capaz de emitir en forma de sonido u otro tipo de manifestaciones.

A la energía emitida, que todo ser vivo puede emitir, el ser humano le infiere su particular sentido.

Sentido en un doble sentido: como significados y como sentimientos compatibilizados.

Al hablar podemos exponer nuestros sentimientos pero el acto comunicativo en sí mismo genera sentimientos, ya sean o no favorables. El ser humano es el único ser que se comunica por el placer de comunicar. Se ha de saber que el significado etimológico de comunicación es el de “participar en común, poner en relación, comulgar, compartir y comunión”. Es por ello por lo que, entre otras razones, se recurre al acto comunicativo como elemento terapéutico al margen del significado que se puedan inferir a las palabras pronunciadas.


3. La dimensión semántica y pragmática del lenguaje

Cuando procedemos a inferir sentido lo hacemos según el diccionario particular de cada cual y no de acuerdo a un supuesto diccionario socialmente compartido.

Los seres humanos no somos máquinas descifradoras de códigos, somos seres sociocomunicativamente competentes. Aportamos nuestros sentidos a la literalidad de lo que se dice. Si no fuese así, sería imposible la comunicación humana. Supóngase que vamos por la calle y alguien nos pregunta que si tenemos hora. Si fuésemos fieles con la literalidad del enunciado formulado, si portáramos un reloj contestaríamos que sí y seguiríamos andando sin decir la hora que es; es más, siendo estrictamente fieles con la literalidad de la pregunta formulada, contestaríamos que no, que si acaso quien no tiene pero marca o señala las horas es el reloj.

Las máquinas, como los ordenadores, tienen capacidad semántica pero carecen de capacidad pragmática, esto es, carecen de capacidad de inferir sentido, esto es, de dar un significado concreto en una situación concreta.

Los seres humanos con las palabras no sólo decimos cosas -dimensión semántica- sino que también hacemos cosas -dimensión pragmática-. Y al decir no sólo designamos cosas -componente referencial- sino que evocamos otras palabras relacionadas con la palabra pronunciadas -componente estructural-, y al fijarnos en lo dicho nos hacemos una imagen de quien dice lo que dice; dado que al decir quedamos dichos en lo dicho -compromiso sociolingüístico-.

Si en un autobús, tras pisar, sin querer, a una persona, digo “perdón”, estoy formulando un enunciado mediante el cual expongo el deseo de que sean aceptadas mis disculpas. Siendo precisamente al pronunciar este enunciado como se cumple (se ejecuta) la acción de la disculpa mediante la cual uno reclama ser exonerado por el hecho involuntario cometido -al decir hacemos-. Si en vez de utilizar la palabra perdón hubiera utilizado otras expresiones como “lo lamento, le ruego admita mis más sinceras disculpas” o “lo siento coleguita”, el significado referencial no experimentaría ninguna variación, pero, evidentemente, al pertenecer cada frase a distintos dominios semánticos, el sentido que la persona destinataria pueda inferir se encontrará condicionado por las relaciones estructurales que desde su particular patrimonio sociocultural establezca. Distintas expresiones nos introducen en distintas realidades cognitivas. Como se ha dicho, con las palabras no sólo se establecen relaciones de referencia, es decir, se designan cosas, sino que nos permiten establecer relaciones estructurales, esto es, unas palabras nos evocan implícitamente otras, ya sea mediante relaciones de similaridad o de contigüidad, es decir, ya sea a través de metáforas o de metonimias (si digo amor digo deseo, pero también digo dolor y un nombre de hombre o de mujer sin que hayan sido pronunciado), y al mismo tiempo, el uso de una u otra expresión lingüística permite a mi destinatario hacerse una idea de quién es quien pronuncia determinadas frases -en el ejemplo del autobús, quien es la persona que le ha pisado-, pasando a un lugar secundario la información referencial del enunciado.

Toda expresión lingüística además de constatar construye realidades. Todo decir es un hacer. Si bien, es evidente que no todas las expresiones lingüísticas nos permiten apreciar esta doble función con la misma nitidez. Cuando los representantes de Herri Batasuna, para conseguir el acta de diputado en el Parlamento español, se vieron obligados a usar la frase “por imperativo legal prometo acatar la Constitución”, estaban, precisamente, haciendo uso de las palabras para deshacer un hecho que sólo se puede hacer al pronunciar determinadas palabras: jurar o prometer la Constitución. Todo el que pueda hablar puede decir “yo prometo”, pero nadie puede prometer por otro. No se puede prometer por delegación. Es la persona que se encuentra en la tesitura de tener que prometer, y no otra, la que puede hacer la promesa al formular la expresión “yo prometo”. Y es precisamente al pronunciar esa frase como la promesa se materializa, como la promesa queda hecha. Al anteponer el “por imperativo legal”, se hace que todo lo que sigue no haga lo que haría si no se hubiese antepuesto frase alguna. Es decir, de este modo se anula el compromiso, la implicación personal. La perfomatividad (Austin, J.L., 1971) de la totalidad de la expresión consiste, precisamente, en hacer deshaciendo la perfomatividad del “yo prometo”. En este contexto, el enunciado “yo prometo” equivale a lo mismo que cuando se utilizan frases, en las que el que las pronuncia parece que lo único que hace es simplemente constatar una realidad externa al sujeto del enunciado, en la que no hay posibilidad de establecer imbricación alguna entre el que habla y lo dicho. Esto es, que no hay ningún compromiso por el hecho de expresar lo que se expresa, como cuando para indicar el lugar donde uno reside se dice “la casa de enfrente es donde vivo yo”.

Sin embargo, toda expresión hace y no sólo los performativos. En las expresiones ejecutivas se aprecia con claridad la dimensión ilocutiva (el hacer), pero toda expresión no sólo constata (locución) sino que también construye. En la última expresión citada (“la casa de enfrente es donde vivo yo”), el sujeto de la enunciación aparentemente únicamente se remite a describir (constatar) una realidad externa, sin embargo, obviamente, no es lo mismo que se utilice el término casa, vivienda o chalet. Atendiendo a los tres subsistemas de intercambio en los que los seres humanos nos vemos obligados a participar (intercambio de bienes y servicios que produce valor de cambio económico -status-, de hombres y mujeres que produce valor simbólico -placer- e intercambio de palabras que produce valor signo -prestigio-), mientras que en las casas se habita -placer-, las viviendas se venden -valor económico- y de los chalet se presume -valor signo-. Las palabras casa, vivienda y chalet pueden ofrecer similares significados, pero, obviamente, distintos son los sentidos que las distintas expresiones nos permiten inferir. Y, por ende, distinta es la configuración que de los sujetos nos podemos hacer, pues la persona al utilizar una expresión y no otra, es como si dijera: “yo afirmo que eso de ahí en enfrente es -según la palabra empleada- mi hogar, mi inversión, o, el modo de demostrar mi prestigio social”.

Como puede apreciarse, distintas palabra no son distintas formas de nombrar un mismo referente, sino que distintas palabras construyen distintas realidades. El uso de una u otra expresión es, por tanto, una forma de construir una realidad en la que el que define (el sujeto del enunciado) queda definido en la enunciación.

El acto ilocutivo del lenguaje además de ejecutar acciones y construir categorías socioculturales (sustantivación de objetos y sujetos) establece relaciones (no sólo damos cuenta de ellas). Si voy por la calle y me entregan una invitación para tomar un chupito gratis, en ese momento me he convertido para quien se ha comunicado conmigo en un (eventual) cliente. Y él se ha convertido en un (intermediario) vendedor de bebidas alcohólicas.

Junto con la locución y la ilocución, que tienen lugar
en el decir y al decir, se produce la perlocución, que es el efecto generado en -no la respuesta de- la persona que escucha lo pronunciando. Seducir, persuadir, intimidar, convencer, etc. son acciones que se producen por decir lo que se dice.


Gráfico 2. El decir y el hacer del lenguaje




4. Significado y sentido

El acto comunicativo, pues, puede definirse como la acción que se produce cuando alguien dice algo de algo o de alguien a alguien con la intención de orientar su pensamiento y conducta. Pero obviamente, como aquí se considera, que se consiga este propósito no depende tanto de quien emite el discurso como de quien escucha.

Cierto es que se puede lograr que se modifique la conducta de los seres humanos aun en contra de su voluntad, pero este logro no es un acto comunicativo. Este es un acto que logra vencer. Para que sea un acto comunicativo hay que lograr convencer. Se ha de lograr un
conjunto en el que el vencido forme conjunto con el vencedor; o sea, el vencido ha de ser convencido. Para ello se ha de recurrir a la persuasión y a la seducción, esto es, al razonamiento y a los aspectos afectivos que todo acto comunicativo entraña.

Pero las acciones seductoras y los argumentos serán ineficaces si el sentido que infiere el que escucha no es compatible con el sentido de quien emite el discurso, ya que la comunicación, como reiteradamente se viene diciendo, no descansa ni en códigos ni en significados compartidos.

Como
dice Saramago, “al contrario de lo que se cree, sentido y significado nunca han sido lo mismo, el significado se queda aquí, es directo, literal, explícito, cerrado en sí mismo, unívoco, podríamos decir, mientras que el sentido no es capaz de permanecer quieto, hierve de segundos sentidos, terceros y cuartos, de direcciones radiales que se van dividiendo y subdividiendo en ramas y ramajes hasta que se pierden de vista, el sentido de cada palabra se parece a una estrella cuando se pone a proyectar mareas vivas por el espacio, vientos cósmicos, perturbaciones magnéticas, aflicciones” (Saramago, J., 1998: 154-155).

El significado es lo dado [1], lo que ha quedado cristalizado; el sentido es lo inferido, lo que está continuamente transformándose. El significado es la digitalización (reducción discreta) de sentidos particulares que impide que otros sujetos puedan inferir otros sentidos distintos, o, al menos, intenta que no lleguen a cristalizarse. Batalla perdida antes de ser iniciada, pues ya en los principios de los tiempos se preguntaban sobre los principios de los tiempos. No hay una última denotación que cierre el paso a nuevas connotaciones. Otra cuestión es que las clases dominantes (los hombres adultos y propietarios del capital) siempre intentan convertir sus digitalizados sentidos en los significados para todos.

Ninguna producción de sentido parte de un nivel cero. La propia herencia genética ya es un nivel que condicionará y se verá condicionado por otros contextos que anidan en el ser humanos. Junto con la dimensión biológica podemos establecer cuatro contextos: gramatical, psíquico, situacional, y el socioeconómico-histórico-cultural.

El contexto gramatical nos informa de cómo ha de hablarse y escribirse correctamente la lengua compatibilizada. No es necesario conocer el significado de todas y cada una de las palabras, ni el valor morfológico de las mismas, ni aprender todas las frases posibles para emitir un mensajes inteligible, pero si queremos que se nos entienda -esto es, que el sentido que se infiera sea compatible con el que nosotros inferimos- deberemos construir frases que encajen con la semántica, la morfológica y la sintaxis de las personas con las que interactuamos.

Sirva el siguiente chiste a modo de ilustración. Una persona acude a una entrevista de trabajo. Le preguntan si tiene conocimientos de marketing, de publicidad, de informática, si habla inglés o francés. Y a todas las pregunta contesta con un no. El entrevistador, contrariado, le pregunta por qué se ha presentado. A lo que el entrevistado le contesta que se había presentado porque en el anuncio ponía “inútil presentarse sin experiencia”. “No -le replica el entrevistador-, el anuncio ponía: ‘sin experiencia inútil presentarse’”. Como se puede ver, las palabras son las mismas pero el cambio de orden modifica su valor y, por ende, el significado de la frase.

El sentido inferido se encuentra condicionado por las reglas y las normas de la lengua. Las normas son las reglas pragmáticas de la cultura compatibilizada. Son las que, por ejemplo, nos dicen que lo correcto es decir yo quepo y no yo cabo, que de acuerdo con la regla sería como habría que pronunciar la primera persona del singular del presente de indicativo del verbo caber. Huelga decir que en una misma dimensión espacio/temporal hay diversas realidades grupales culturales y, por tanto, diversas reglas y normas.

En el psíquico habitan las pulsiones, los deseos, los sentimientos, las pasiones.

El contexto socioeconómico/histórico cultural hace referencia a las redes de relaciones económicas, de género, de edad, hábitat y convivenciales (étnicas) que los seres contraemos, así como a las creencias, valores, experiencias y expectativas que en cada una de estas redes se compatibilizan.

El contexto situacional hace referencia a un espacio/tiempo relacional (a un aquí y a un ahora) y a cómo son pronunciados los discursos. Como se decía al principio de este texto, a la misma frase escuchada en distintos momentos o/y espacios se la puede inferir distintos sentidos. Y, asimismo, diferentes sentidos se pueden inferir dependiendo del tono de voz, de los gestos y ademanes empleados o de cómo va vestido quien emite el discurso.

Todos estos contextos generan un esquema con el que inferir sentido a lo leído y escuchado. Siendo el esquema el que desecha, anticipa e inventa nuevas realidades cognitivas. Modificándose el esquema en el proceso y por el producto resultante del sentido inferido.

La capacidad de inventar, articulando lo nuevo en lo conocido, es lo que permite el desarrollo intelectual humano. Si careciéramos de la capacidad inventiva únicamente reproduciríamos lo que antes ya alguien ha producido. Si así fuera, sería todo muy aburrido. Es lo que le ocurre a los chistes malos. Para que un chiste provoque la risa es preciso que el final del mismo, siendo coherente con el enunciado, desbarate lo que se haya podido anticipar.

Sirva como ilustración el siguiente chiste. Dos amigos se encuentran en una recepción oficial en la que los anfitriones han abierto el baile. Uno le dice al otro: “a que nos sacas a bailar a la gorda de rojo”. Aceptando el reto se dirige a la mesa e inclinándose pregunta que si quiere bailar. Recibiendo la siguiente respuesta: “No bailo con usted por tres razones: una porque no sé bailar, la segunda porque está usted borracho y la tercera porque soy el obispo”. La chispa se produce al romper la última objeción la anticipación final que pudiera haberse hecho de acuerdo con las dos objeciones anteriores.


5. La compatibilidad

Si el sentido no es algo dado sino que es producido, una duda nos asaltará: ¿hasta qué punto el sentido inferido ha sido correctamente inferido?

Si
hubiera una externa realidad con la que comparar, deberíamos proceder a cotejar el sentido inferido con la realidad real; pero, ¿para qué cotejar si disponemos de la realidad real? Si procedemos a inferir sentido es porque no hay realidad preexistente. Infiriendo sentido es como producimos saberes, y se ha de tener en cuenta que, como dice Jesús Ibáñez, “todo saber es una interpretación. Y no podemos renunciar al saber. La ignorancia perfecta sólo se da en el caos original, en la distribución primordial, en el origen no originado. Todos los caminos llevan a Tánatos” (Ibáñez, J., 1986: 351).

La pregunta que, entonces, se nos planteará es la siguiente:
¿si cada uno infiere su particular sentido cómo es posible que la especie humana haya podido sobrevivir?, pues, dadas las características biológicas del ser humano, nos necesitamos los unos a los otros para vivir. Mal nos iría, a cada uno en particular y a la especie en general, si fuésemos incapaces de lograr que el sentido que uno infiere no encajara en la realidad de otro u otros. En efecto, es posible la supervivencia porque compatibilizamos nuestras realidades.

Si bien, conviene aclarar que compartir
y compatibilizar no es lo mismo. Compartir es participar de una misma realidad. Compatibilizar es hacer que la realidad de uno encaje con la realidad de otro u otros. Como señala von Glasersfeld: “hablar de significados compartidos es un sin sentido puro (...): no he construido el lenguaje como no he construido esta mesa, pero me he adaptado a la mesa no atravesándola. Me he adaptado al lenguaje que existe construyendo mis significados de manera tal que encajen en mayor o menor medida con los significados de los otros. Pero ‘encaje’ no es equivalencia. ‘Compatible’ no quiere decir ‘igual’, simplemente significa que no causa problema” (Glasersfeld, E., 1994: 138).

Ningún ser humano podrá compartir con otro ser realidad alguna, pero sí puede, y debe, conseguir que el sentido inferido sea compatible con el construido por otros seres humano.

No nos encontramos en un vacío existencial, como desde un ingenuo solipsismo pudiera considerarse en el que el ego subjetivo y su conciencia fuesen lo único real, somos, como se ha dicho antes, seres sujetados a un contexto sociohistórico, entre otros, que también habita en nosotros, siendo en la singularidad de cada sujeto la instancia en donde se produce la realidad objetual. En consecuencia, el sentido inferido no es fruto del capricho de cada cual. La realidad construida es subjetiva -hablando con más precisión, objetivada- pero no caprichosa. Toda realidad surge al articular lo nuevo en lo conocido -recurrimos a experiencias pasadas y a proyecciones futuras- y tiene que compatibilizarse con otras realidades construidas. La realidad construida no responde a la introspección caprichosa de cada cual (como desde un constructivismo abstracto pudiera defenderse), ni tampoco a un determinismo historicista en el que la persona queda programada al servicio de una determinada meta, la realidad construida ha de ser compatible con los sentido que infieren quienes con nosotros establecen relaciones de interdependencia.

Bertalanffy distingue entre sistemas cerrados y abiertos. Mientras que los sistemas cerrados se definen como aquellas totalidades en las que no entra ni sale ningún tipo de materia o energía, los segundos se definen por el intercambio con su medio circundante (Bertalanffy, L., 1976). El ser humano, otros seres vivos y las máquinas programadas, son sistemas abiertos en los que salen y entra energía. Los sistemas energéticamente abiertos y organizacionalmente cerrados, como son los seres humanos y otros seres vivos, se autocrean -son autopoiéticos-. Además el ser humano y los mamíferos superiores no son máquinas triviales (Foerster, H., 1991: 147-154), esto es, no es previsible la respuesta que pueden emitir ante la recepción de un estímulo; en cambio los sistemas energéticamente y organizacionalmente abiertos son creados desde fuera -son alopoiéticos- y, por tanto, es previsible su comportamiento, son máquinas trivales. Los sistemas autopoiéticos pueden ser o no reflexivos. El ser humano es el único sistema que tiene capacidad para representarse representándose la realidad que se representa. Los otros sistemas autopoiéticos todo lo más que pueden llegar -como los mamíferos superiores- es a representarse la realidad, esto es, ver realidades pero son incapaces de verse viendo la realidad que ven.

Gráfico 3. Sistemas


El ser humano, en tanto que sistema organizacionalmente e informacionalmente cerrado y energéticamente abierto, al analizar y valorar las perturbaciones (ya sean de origen internos o externo) procede a su clausura organizacional (Pask, G., 1980), propiciándose, de este modo, la autocreación, pero esta autonomía se encuentra condicionada, como así lo entienden Maturana y Varela, por el acoplamiento estructural con otros organismos (Maturana, H y Varela, F., 1990: 64 y ss., 81 y ss.), por lo que la supervivencia nos exige que construyamos realidades compatibles con las de los seres humanos con los que nos acoplamos estructuralmente. Mal no iría si con todos y cada uno de los seres humanos con los que nos vemos obligados a acoplarnos para atender nuestras necesidades no compati-bilizáramos realidad alguna.

Cuando el acoplamiento es con sistemas cerrados, como son las piedras, no hay posibilidad de compatibilidad alguna. Cuando es con sistemas abiertos irreflexivos, como son todos los animales, el ser humano puede vivir sin compatibilizar realidad alguna siempre que no necesite hacer uso de animales domésticos. Cuando el acoplamiento es entre sistemas reflexivos, unos seres humanos pueden prescindir de compatibilizar realidades con otros seres humanos siempre que dispongan de suficientes recursos con los que poder vivir o no tengan nada que ganar ni que perder. Pero si no es así, si quien se acopla quiere sobrevivir ha de procurar que la realidad construida sea compatible con la visión de otras personas con las que se acopla. Si no con todas sí con algunas.

Vivir en un mundo humano requiere compatibilizar realidades con los seres con los que uno se acopla estructuralmente, pero, como se ha dicho, compatibilizar no es compartir ni significa que se experimenten similares realidades.

Situémonos en un tiempo y lugar en donde la esclavitud esté vigente, si el esclavo no compatibiliza realidad alguna con el esclavista cualquier orden dada por este último, por múltiples procedimientos, desde la voz a los latigazos, será ininteligible para él y, por tanto, al no atender ninguna demanda lo más probable es que pierda la vida, ya que ¿para qué quiere un esclavista un esclavo que no obedece orden alguna? A los ojos del esclavista, el esclavo sería percibido un objeto inanimado, tal como si fuese una piedra, y en consecuencia así sería tratado. Si así fuera en poco tiempo moriría, pues del mismo modo que no se alimenta a las piedras tampoco se alimentaría a los esclavos. ¿Pero qué pasaría si ningún esclavo compatibilizara realidad alguna con el esclavista? Al no poder prescindir de todos, el esclavista se vería obligado a esforzarse hasta encontrar una realidad que también fuese compatible, si no con todos, al menos, con el mayor número posible de esclavos, ya que si no lo lograse no podría seguir viviendo gracias al esfuerzo ajeno. El esfuerzo no logrará que el esclavista construya una realidad similar a la de los esclavos, ya que esto no es posible, pues nadie puede construir una realidad igual a la de otro, para ello sería preciso tener el mismo cerebro y haber vivido la misma vida, pero sí puede lograr que la realidad que el esclavo construya para atender las exigencias que demanda el restablecimiento de su equilibrio interno sea compatible con las demandas que exige el restablecimiento de su propio equilibrio interno.

Cuando el acoplamiento es con animales esto se ve de manera más nítida. Imaginemos que un buey está arando un campo siguiendo las órdenes de su dueño. Está claro que el buey no sabe que está arando, únicamente sabe [2] que haciendo lo que hace consigue, además de que no le golpeen, alimento. Esto es, conseguirá restablecer su equilibrio interno. La realidad que el buey construye y observa y la realidad que el ser humano también construye y observa difieren pero son compatibles. La realidad que el buey y el ser humano respectivamente construyen siendo diferente permiten a ambos restablecer sus equilibrios internos, del mismo modo que las realidades construidas por esclavista y esclavo lograban restablecer sus respectivos equilibrios internos a la par que hacen que esclavista y esclavo compatibilicen sus realidades.

La realidad construida será compatible con la realidad construida por otro ser humano si ambos seres ven atendidas las necesidades que reclaman sus respectivos equilibrios internos. Necesidades que son singulares e intransferibles.

Piénsese en un hecho cotidiano como es el de regular la temperatura del agua de la ducha. Si no contamos con un termostato procedemos a abrir alternativamente los grifos del agua fría y caliente hasta lograr la temperatura deseada. Si disponemos de un termostato, automáticamente sale el agua del grifo a la temperatura que previamente hemos seleccionado. Tanto la persona como el termostato han visto alterado su equilibrio interno y han procedido a atender las necesidades que reclama el restablecimiento de su equilibrio. Podría decirse que el termostato y quien se ducha han compatibilizado la misma realidad, pero es obvio que el termostato no ha experimentado el mismo frío o calor que la persona que se está bañando.

Un calentador inteligente, como así son llamados, puede regular automáticamente la temperatura cuando “ve” que nos quemamos o que nos enfriamos. Este calentador inteligente puede proceder así si tiene programado la evaluación de una serie de indicadores como por ejemplo puede ser nuestro ritmo cardiaco o la perdida de sales. Este calentador estará compatibilizando la realidad conmigo, pero obviamente la realidad que experimenta el calentador y la mía difieren sustancialmente.

Una situación similar, salvando las distancias, pueden experimentar dos seres humanos cuando interactúan entre sí. Cuando, pongamos por caso, una madre bañando a su hijo observa cómo, por ejemplo, se enrojece o se eriza la piel del bebe puede concluir que el agua está muy caliente o muy fría y actuar en consecuencia, por ejemplo, aumentando o disminuyendo el caudal del agua fría o caliente, pero, obviamente, no necesariamente estarán madre e hijo compatibilizando sus realidades, puede que lo que para la madre es caliente para el bebé no lo sea en la misma dimensión, o al revés. Pudiéndose dar el caso que la actuación de la madre no satisfaga al bebé. Esto es, puede darse el caso que la actuación que demanda el equilibrio interno de la madre no logre asimismo el equilibrio interno del bebé. Únicamente, como se ha dicho, compatibilizarán sus realidades quienes recíprocamente atiendan las singulares demandas de sus respectivos equilibrios internos.


De tal suerte que dos personas pueden estar compatibilizando sus realidades partiendo de concepciones diferenciadas. Piénsese en una pareja de novios, en donde uno de los componentes ve amor el otro puede ver sexo. Ambos se sentirán satisfechos, aunque vivan en mundos paralelos. Ambos se sentirán satisfechos mientras cada uno satisfaga sus necesidades.

No siendo posible recurrir a ninguna instancia externa para conocer qué es lo que lo uno compatibiliza con otro u otros.
Toda verificación es autorreferente, sólo podemos recurrir a nosotros mismos: a otras experiencias pasadas y a proyecciones futuras. Piénsese en la pareja de novios y supóngase que uno de los componentes de la pareja para despejar la duda sobre si lo que siente la otra parte es amor o sólo sexo decide preguntar a su pareja por los motivos y causas por las que está con él. Obtenga la respuesta que obtenga nunca despejará la duda. Si contesta que está con él por amor, podrá pensar que emite esta respuesta precisamente para seguir obteniendo satisfacción sexual; si contesta que está únicamente por el sexo, siempre podrá pensar que bien merecido se tiene esta respuesta por dudar de su amor.

Al no ser posible la verificación, puede darse la circunstancia de que uno crea que compatibiliza la realidad con otro u otros no siéndolo en absoluto. Imaginemos una persona que esta locamente enamorada. Todo lo que haga la persona a la que profesa su amor será interpretable como señal de correspondencia. Todas las acciones encontrarán acomodo en la lógica de quien está enamorado. Si hay indiferencia, internamente siempre se podrá argumentar que la persona amada no se ha dado cuenta, o que la timidez le lleva a mostrarse distante. Si hay desprecio, mucho mejor, ya que se sentirá, cual masoquista, en el centro de interés de la persona amada.

Entonces, al no ser posible la verificación, ¿puede que nadie compatibilice su realidades con nadie? A esta pregunta se ha de contestar que es posible que muchas de las realidades que creemos compatibilizar no lo sean, pero, como se ha dicho, los seres humanos no podríamos haber sobrevivido si la mayoría de las realidades que cada uno construye no fuesen compatibilizadas con ninguna de las personas con las nos acoplamos perceptivomotormente. Sería imposible la pervivencia de la especie humana si todos los seres humanos padecieran una especie de paranoia esquizoide.

Como se ha dicho más arriba, la vida humana nos obliga a construir realidades que han de ser compatibles con las de otros seres, si bien, nunca llegaremos a saber qué es lo que compatibilizamos. Lo que importa es si el sentido inferido es o no útil para nuestras vidas.

La comunicación lo es en tanto es útil para quienes se comunican. Cuando con quien nos comunicamos no se obtiene utilidad alguna no hay,
stricto sensu, comunicación alguna.


6. La comunicación sociopráxica

Los seres humanos al acoplarse conversacionalmente recepcionan estímulos que son valorados internamente, emitiendo sus correspondientes respuestas, que a su vez se convierten en estímulos que son valorados internamente. La comunicación tiene lugar cuando un sistema emite un estímulo cuya valoración interna por parte de un segundo sistema le impele a éste a producir otro estímulo, que el primero (al valorarlo internamente) lo considera útil de acuerdo con las necesidades demandadas por su equilibrio interno, es decir, es transformado en información.

Así se establece la comunicación entre dos sistemas energéticamente abiertos. Ahora bien, como se ha dicho antes, el ser humano, en tanto que es un sistema abierto, organizacionalmente cerrado, autopoiético y autorreferencial y reflexivo, es el único sistema que se comunica. Los demás sistemas lo más que pueden hacer es comunicar.

Esta capacidad reflexiva permite objetivar la realidad, incluyéndose uno y las relaciones de uno con los demás en esa objetivada realidad. De ahí que se afirme que el ser humano es el único sistema que se comunica, en tanto que es el único sistema que sabe que sabe, los demás a lo más que pueden llegar es a saber.

El ser humano en tanto que ser autopoiético, se trasforma en el acto comunicativo: la valoración interna de los estímulos recepcionados orientará las prácticas a realizar, las cuales se convertirán en estímulos de los seres con los que nos acoplamos perceptivomotormente, los cuales emitirán, a su vez, una respuesta en tanto en cuanto son valorados internamente, que se convertirá en un estímulo, que será internamente valorado de acuerdo con las necesidades demandadas por el equilibrio interno, que... Proceso que modificará al sistema que participa en el proceso. La modificación del sistema permite aprender. Permite recepcionar estímulos cuya valoración queda convertida en información no registrada previamente. Los seres humanos, en tanto que máquinas no triviales, somos seres creativos, de tal suerte que una misma señal genera distintas realidades en quienes la recepcionan. Nuestras necesidades nos estimularán a inferir sentidos no programados anteriormente, así podemos hablar de economía sumergida o de amaneceres encorvados.

Ambas figuras retóricas mencionadas, como todo enunciado, no responden a ninguna realidad externa susceptible de ser observada. Nadie ha podido ver una economía que se sumerja, cual submarino, en agua alguna y no por ello carece de significado la expresión formulada. Como se ha dicho en otro momento, toda palabra guarda una relación metafórica o metonímica con otra u otras palabras, pero con el tiempo se va olvidando ese origen, por eso mientras que el primer enunciado puede ser aceptado como si se describiera una realidad, el segundo, seguramente no tanto. Todo depende de la capacidad que uno tenga para que la realidad que uno construya encaje en la realidad construida por otros.

Y cuando se habla de unos y otros sujetos, se ha de considerar que unos y otros no son realidades cerradas y finalizadas de una vez y para siempre, sino que estamos en permanente construcción, y dependiendo de las redes en las que participemos, construiremos y compatibilizaremos una u otras realidades, de tal suerte que lo que no encaja en una puede que sí lo haga en otra, o lo que no encaja en un momento puede que sí lo haga en otro. Todo depende de las necesidades emergidas al socaire de las interdependencias relacionales que nos veamos obligados a practicar.

Las necesidades nos llevan a realizar unas determinadas prácticas, y la valoración de los estímulos que proporcionan las prácticas nos lleva a inferir unos u otros sentidos, modificándose las propias necesidades y nosotros mismos.

Los seres humanos somos seres que nos transformamos cognitivamente en la acción de transformar. Esto es, somos seres práxicos, dado que la dimensión práxica no ha de quedar reducida a la práctica sino que ha de entenderse en el sentido marxista que nos habla del proceso mediante el cual el sujeto se transforma en la acción de transformar. O en el sentido de enacción, neologismo que Varela acuñó para nombrar “el fenómeno de la interpretación entendida como la actividad circular que eslabona la acción y el conocimiento, al conocedor y a lo conocido, en un círculo indisociable” (Varela, F., 1990: 90).

Los animales también se transforman en la acción de transformar, pero no son seres práxicos, son seres entrópicos que como toda energía y materia se degradan en la transformación. El ser humano no sólo se degrada sino que, como se ha dicho, se transforma cognitivamente en la acción de conocer.

Siendo la comunicación humana parte constituyente de esa dimensión sociopráxica del ser humano: el sentido inferido al estimulo discursivo recepcionado, tanto nos impele a acciones discursivas como de otra índole, alterándose nuestro equilibrio interno y, por ende, nosotros mismos. Infiriéndose un u otro sentido en tanto nos es útil para atender las necesidades que contraemos en nuestras prácticas relacionales.

Al objeto de ilustrar lo dicho, véase el siguiente ejemplo:

Situémonos en un centro educativo en el que protocolariamente cuando el profesor entra en clase los alumnos se ponen en pie. Es el primer día y todos, excepto uno, se levantan. El profesor dirigiéndose al alumno que permanece sentando le dice: “por favor, podría levantarse”. Recibiendo un no por respuesta. Respondiendo, a su vez el profesor con esta frase: “Está bien, lo tendré en cuenta”. Tanto el profesor como el alumno creen que se han comunicado, cuando en realidad no ha habido comunicación alguna.

El profesor, al pronunciar la frase “por favor, podría levantarse”, no estaba preguntando sobre su capacidad para ponerse en pie, sino que le estaba pidiendo que se levantase. En cambio, el alumno lo había entendido en su literalidad y, dado que tiene problemas físicos para ponerse en pie, es por ello por lo que había contestado con un no. Y la frase “lo tendré en cuenta”, el alumno la interpreta como que el profesor al conocer su discapacidad comprende que no se le levante.

Cada uno construye el mensaje desde su particular mundo cognitivo. Si aquí se acabara su interacción cada uno habría creído que se ha comunicado con el otro, pero dado que no ha habido compatibilización alguna, no ha habido intercambio de mensaje alguno -como dice Pablo Navarro, no nos comunicamos porque intercambiamos mensajes sino que intercambiamos mensajes porque nos comunicamos (Navarro, P., 1994: 77)-. Tendrán que experimentar otros acoplamientos perceptivomotores en donde se vuelvan a intercambiar estímulos que al ser valorados internamente les permitirán construir otras realidades que sean compatibles. A la par, esta nueva experiencia enriquecerá tanto al profesor como al alumno -modificará sus respectivos sistemas cognitivos-, orientando nuevos actos comunicativos.


7. A modo de conclusión

La comunicación, al contrario de lo que pudiera pensarse, carece de emisor, receptor, código y, por supuesto, de referente o mensaje. Los seres humanos nos comunicamos porque inferimos sentido a los estímulos energéticos recepcionados. Si bien, estos sentidos no se infieren de manera caprichosa sino que al tener la necesidad de acoplarnos perceptivomotormente con otros seres humanos necesitamos asimismo que el sentido inferido sea compatible con el sentido inferido por otros seres humanos. Dicho de otro modo, las necesidades nos llevan a realizar unas u otras prácticas en determinadas redes relacionales, acoplándonos perceptivomotormente con unos u otros seres humanos, infiriendo unos u otros sentidos a los estímulos que unos u otros emiten, los cuales (los sentidos) han de ser compatibles con los sentidos que otros seres humanos también infieren, transformándose el ser humano y, por ende, las propias necesidades en el acto comunicativo, de tal forma que otros actos comunicativos, articulando lo nuevo en lo conocido, enriquecerán el bagaje cultural -en el sentido antropológico- del ser humano, en particular, y de la especie humana en general. Cuando esto no tiene lugar, simplemente se recepcionan señales como hacen algunos animales. Hay quienes se proponen precisamente eso: intentan que sólo unos pocos sean quienes infieran sentidos y el resto se limite a recepcionar señales. Propósito, afortunadamente, condenado al fracaso, ya que la naturaleza biológica del ser humano nos lleva a inferir sentido a los estímulos recepcionados, transformándonos en la acción de inferir sentido. El ser humano es un sistema autopoiético práxico reflexivo. Es un sistema organizacional e informacionalmente cerrado y energéticamente abierto que tiene consciencia de tener conciencia. Al ser un sistema cerrado tiene que autocrearse y al ser informacionalmente cerrado no puede recibir ni intercambiar información alguna, pero ello no significa que carezca de información, dado que al ser energéticamente abierto produce información al inferir sentido a los estímulos recepcionados, transformado su conciencia en la acción de transformar la energía en sentido. Y en tanto que sistema reflexivo, es el único ser del planeta que sabe que sabe, y, por tanto, el único ser que se comunica. Otros seres vivos lo más que pueden hacer es comunicar.






NOTAS:

[1] La dicotomía significado/sentido establece las siguientes parejas: dado/producido, literalidad/creatividad, unívoco/polisémico, denotativo/connotativo, en los diccionarios/en la vida, circular/espiralado, atemporal/temporal, almacenado/in situ, abstracto/concreto, discreto/continuo, digital/analógico, sin sujeto/sujetado, objetivo/objetivado, semántico/pragmático.

[2] Por economía expositiva se dice que el buey sabe, pero no es así, ya que esta formulación requiere cierta reflexividad. El buey no sabe que sabe, únicamente hace lo que sabe hacer: esto es, hace lo que hace para obtener alimento y evitar ser golpeado.






Bibliografía

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PARA CITAR ESTE TRABAJO EN BIBLIOGRAFÍAS:

MONTAÑÉS SERRANO, Manuel (2009): “La comunicación desde la perspectiva sociopráxica”,
Mediaciones Sociales. Revista de Ciencias Sociales y de la Comunicación, nº 4, primer semestre de 2009, pp. 51-74. ISSN electrónico: 1989-0494. Universidad Complutense de Madrid.

Disponible en: http://www.ucm.es/info/mediars


Recibido: 24 de febrero de 2009.
Aceptado: 11 de abril de 2009.