Introducción

La evolución del género musical en el cine a lo largo del siglo XX va ligada de forma muy estrecha a las modas y estilos vigentes en cada momento. Pero, al margen de las corrientes musicales en vigor, lo cierto es que esta forma cinematográfica se distingue por combinar la actuación dramática y la canción, acreditando así sus raíces: la ópera, la opereta francesa y alemana, la comedia musical anglosajona, la zarzuela española e iberoamericana, el ballet cómico y otras formas escénicas en las cuales la música impone su presencia como vehículo conductor de la trama.

Un dia en Nueva York

Los inicios del musical

En 1928, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood concede un premio especial a la compañía Warner Bros por “El cantor de jazz” (1927), película pionera en el cine sonoro y, de hecho, primer musical de la historia, pues incluye canciones de Irving Berlin, Jimmy Monaco y otros. El cine musical es un género primordialmente estadounidense, y su primera época de esplendor tiene lugar durante este periodo de descubrimiento del sonido. Destacan en ese contexto títulos como: “El loco cantor” (1928), de Lloyd Bacon; “La melodía de Broadway” (1929), de Harry Beaumont; “¡Música maestro!” (1929), de Alan Crosland; y “El teatro flotante” (1929), de Harry S. Pollard. Ese modelo de Broadway guía por lo general las formas estéticas que adopta el primer musical cinematográfico, si bien ya en los años veinte hay espacio para la originalidad temática, conceptual y escenógráfica: “El desfile del amor” (1929), de Ernst Lubitsch; “Aleluya” (1929), de King Vidor; y “Aplauso” (1929), de Rouben Mamoulian, que evita el sentimiento fácil y el humor y aprovecha el género para introducir a los espectadores en una situación dramática. En 1929, el Oscar a la mejor película lo recibe “La melodía de Broadway”. Fué un anticipo de lo que habrá de ser el musical en los años treinta: canciones pegadizas, vistosas coreografías y argumentos en los cuales la evasión será el objetivo primordial.

Irving Berlin El cantor de jazz King Vidor

Los años treinta

Las grandes productoras no escatiman gastos a la hora de promover sus grandes espectáculos, tampoco se renuncia a la adaptación de piezas ya probadas en los escenarios. En la historia del musical, 1932 significa el quinto aniversario de la irrupción del sonido en el cine. Tras unos inicios tumultuosos, la calma se va instalando en la industria; la realización de películas cien por cien habladas, cantadas y bailadas va ubicándose en el punto que la lógica impone. De las 78 películas musicales producidas por Hollywood en 1930, pasaremos a 11 en 1931, y a 10 en 1932. Este descenso (temporal) también significa un aumento cualitativo: algunos de estos musicales, más de setenta años después, permanecen en el recuerdo y siguen estando en el presente. Hay que destacar, que en el capítulo de las coreografías, nadie puede compararse con Busby Berkeley para diseñar inacabables juegos de formas llenos de vitalidad. También se promueven desde los estudios las primeras estrellas encasilladas profesionalmente en el campo del musical. De estos años, podemos destacar películas como: Busby Berkeley

  1. "Torero a la fuerza" ("The kid from Spain"), de Leo McCarey;
  2. Ámame esta noche” (“Love me tonight”), de Rouben Mamoulian;
  3. Ondas musicales” (“The big Broadcast”), de Mitchell Leisen;
  4. Una hora más contigo” (“One tour with you”), de George Cukor;
  5. Girl Crazy”, de William A. Seiter;
  6. This is the night”, de Frank Tuttle;
  7. Manhattan Parade”, de Lloyd Bacon;
  8. Crooner”, de Lloyd Bacon;
  9. La rubia del Follies” (“Blondie of the Follies”), de Edmund Goulding;
  10. The Phantom president”, de Norman Taurog.

Atento al mercado de habla hispana, Hollywood reclama la presencia de ciertas estrellas que, como José Mojica o Carlos Gardel son ya ídolos en Iberoamérica. Mientras, en España se estrenan zarzuelas cinematográfica, “La verbena de la Paloma” (1934), de Benito Perojo, y “Morena clara” (1934), de Florián Rey, que prefiguran lo que habrá de ser el musical en español. En lo sucesivo, intérpretes como Imperio Argentina, Antonio Molina, Lola Flores, Paquita Rico y Carmen Sevilla, entre otras, irán desgranando las posibilidades del subgénero, de fuerte nacionalidad andaluza. Podemos afirmar que 1932 es el año en que se estabiliza el género, o se consolida dicha estabilización ya iniciada el año anterior. El número de obras musicales se reduce considerablemente y la calidad media aumenta.

Mitchell LeisenCarmen Sevilla Carlos Gardel

Los años cuarenta

Hitos del musical hispano, como “Jalisco canta en Sevilla” (1948), de Fernando de Fuentes, sirven para consagrar a estrellas de la canción como Jorge Negrete y Carmen Sevilla. Otra latina, la portuguesa Carmen Miranda, imaginativa intérprete de ritmos brasileños, triunfa en Estados Unidos con “Aquella noche en Río” (1941), de Irving Cummings, donde populariza sus imposibles sombreros de frutas y sus bailes a ritmo de samba. La organización de los estudios supone la aparición de unidades dedicadas exclusivamente a la realización de musicales. Una de las más fructíferas será la que dirija Arthur Freed en la Metro Goldwyn Mayer. Entre las producciones de Freed para esa compañía destacan obras de calidad extraordinaria, como “Los chicos de Broadway” (1941), de Busby Berkeley; “Cita en San Luis” (1944) y “El pirata” (1948), de Vincente Minnelli; “El desfile de Pascua” (1948), de Charles Walters; y “Un día en Nueva York” (1949), de Stanley Donen y Gene Kelly. No en vano Freed es considerado el padre del musical moderno. Los espectadores agradecen el exotismo y la exageración. De ahí que triunfen en las taquillas producciones inclasificables como “Escuela de sirenas” (1944), de George Sidney, cuyo mérito más destacado son las evoluciones subacuáticas de la nadadora Esther Williams. Al margen de curiosidades como ésta de la natación sincronizada, lo cierto es que en los años cuarenta ya existe un star-system en el ámbito del musical, con nombres como los de Gene Kelly, Rita Hayworth, Betty Grable y Judy Garland. Pero los planes de producción cambian con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, y empiezan a estrenarse productos que exaltan el patriotismo y el esfuerzo bélico. Así, junto a divertimentos como “Levando anclas” (1944), de George Sidney, con una extraordinaria coreografía de Stanley Donen y Gene Kelly, cabe hallar títulos panfletarios como “This is the Army” (1943), de Michael Curtiz. El marinero bailarín se convierte, por estas fechas, en un estereotipo del género. Tras la contienda, el musical aliviará las posibles amarguras de la postguerra. El ensueño y el humor son las premisas de títulos como “Romance en alta mar” (1948), “Noche y día” (1946) y “Navidades blancas” (1954), las tres dirigidas por Michael Curtiz. Por cierto, que la última de las películas citadas cuenta con dos figuras indispensables en el musical del momento, Danny Kaye y Bing Crosby.

Rita Hayworth Danny Kaye Betty Grable

Los años cincuenta

La unidad que Arthur Freed mantiene en la Metro Goldwyn Mayer no cesa de producir obras maestras del género: “Cantando bajo la lluvia” (1952), de Gene Kelly y Stanley Donen, cuyo reparto encabezan Kelly, Donald O´Connor, Debbie Reynolds y Cyd Charisse; “Un americano en París” (1951), de Vincente Minnelli, con música de George e Ira Gershwin; “Gigi” (1958), de Vincente Minnelli, inspirado en la novela homónima de Colette; “Melodías de Broadway” 1955 (1953), de Vincente Minnelli, con Fred Astaire y Cyd Charisse; y “Brigadoon” (1954), también de Minnelli, con una sensacional pareja protagonista, Gene Kelly y Van Johnson. Por esta época, Fred Astaire y Kelly compiten para lograr el puesto de mejor bailarín de Hollywood. Las atléticas evoluciones de Kelly en “Invitación a la danza” (1956) se contraponen a la elegancia y optimismo de Astaire en “La bella de Moscú” (1957), de forma que entre ambos logran elevar las posibilidades coreográficas hasta cimas impensables de sofisticación y buen gusto. Durante los cincuenta se crea una escuela del musical bastante ortodoxa, en respuesta a los gustos implantados en Broadway. Con ligeras variantes, la estructura narrativa y los convencionalismos se conservan en obras como “Oklahoma” (1955), de Fred Zinnemann, basada en el musical homónimo de Richard Rodgers y Oscar Hammerstein; “Los caballeros las prefieren rubias” (1953), de Howard Hawks, protagonizada por unas despampanantes Marilyn Monroe y Jane Russell; y “Siete novias para siete hermanos” (1954) de Stanley Donen, cuya estrella central, Howard Keel, repetirá éxito en “Bésame, Kate” (1953), de George Sidney, film en tres dimensiones donde interviene un bailarín que, años después, dará mucho que hablar, Bob Fosse. Mayor originalidad demuestran experimentos elegantes como “Alta sociedad” (1956), de Charles Walters, y “El rey y yo” (1956), de Walter Lang. Sin embargo, la verdadera ruptura aún estaba por llegar. Un joven cantante, Elvis Presley, destroza las convenciones más asentadas con “El rock de la cárcel” (1957), de Richard Thorpe. Cuando el rock 'n roll llega al cine, pocos piensan seriamente en su viabilidad. Roger Corman produce películas rockeras, pero, a buen seguro, ni siquiera él mismo sospecha hasta dónde llegará ese ritmo moderno.

Cyd Charisse Fred Astaire Marilyn Monroe

Los años sesenta

Tras la estela de Elvis, nuevas estrellas de la canción aterrizan en el medio cinematográfico. “¡Qué noche la de aquel día!” (1964), de Richard Lester, exalta las cualidades lúdicas de The Beatles. “Un rayo de luz” (1960), de Luis Lucia, presenta a un prodigio infantil de fama mundial, Marisol. “Los paraguas de Cherburgo” (1963), de Jacques Demy, aprovecha la corriente renovadora para poner de moda las canciones del francés Michel Legrand. Y “Orfeo negro” (1959), de Marcel Camus, internacionaliza un estilo musical brasileño, la bossa-nova. Pero el verdadero motor que cambiará de raíz el musical y lo modernizará es una película, “West Side Story” (1961), dirigida por Robert Wise y Jerome Robbins a partir de la obra teatral de Arthur Laurents, Stephen Sondheim y Leonard Bernstein. La belleza de la pieza original es perfectamente realzada con una filmación en exteriores, repleta de vibrantes coreografías y, ante todo, impregnada de un dramatismo nada complaciente, a tono con las inquietudes de la rebeldía juvenil del momento. En el polo opuesto cabe situar a “My fair lady” (1964), de George Cukor, con un guión de Alan Jay Lerner basado en la obra de Lerner y Frederick Loewe, inspirada a su vez en el "Pygmalion" de George Bernard Shaw. Película exquisita donde las halla, “My fair lady” cuenta con la dirección musical de André Previn y el vestuario de Cecil Beaton. La actriz Audrey Hepburn, doblada en las canciones por Marni Nixon, da vida a Eliza Doolitle, la vendedora de flores cuya educación moldea el profesor Henry Higgins, interpretado por Rex Harrison, quien habría de regresar al musical con “El extravagante doctor Dolittle” (1967), de Richard Fleischer. “My fair lady” logra triunfar en las salas de cine, lo que confirma a los productores la vigencia del género. Un nuevo éxito será “Funny girl” (1968), de William Wyler, protagonizada por la singular Barbra Streisand, de nuevo estrella principal en “Hello, Dolly” (1969), dirigida por Gene Kelly. Pero la mayor recaudación llegará con “Sonrisas y lágrimas” (1965), de Robert Wise, un film sentimental y familiar que significa la consagración de Julie Andrews, ya conocida por su carismático papel en “Mary Poppins” (1964), una producción de Walt Disney dirigida por Robert Stevenson. Otros musicales de relevancia durante este periodo son “Camelot” (1967), de Joshua Logan, protagonizado Richard Harris, Vanessa Redgrave y Franco Nero; “La leyenda de la ciudad sin nombre” (1969), de Joshua Logan, cuyo chocante reparto lo encabezan Lee Marvin, Clint Eastwood y Jean Seberg; y “Noches en la ciudad” (1968), de Bob Fosse, película inspirada en la comedia musical homónima de Neil Simon, Cy Coleman y Dorothy Fields, a su vez basada en el film italiano “Las noches de Cabiria” (1957), de Federico Fellini.

Marisol Cecil Beaton Audrey Hepburn

Los años setenta

Bob Fosse es uno de los principales artífices del musical contemporáneo. Películas como “Cabaret” (1972) y “All that jazz: Empieza el espectáculo” (1979) suponen una reflexión sobre el género, definitivamente estilizado y, por ello, en las puertas de su decadencia. Ante la crisis, se ponen en práctica nuevas variantes. Una de las más cultivadas es el documental, al estilo de “Woodstock” (1970), de Michael Wadleigh. También hay ejemplos de una apoteosis del movimiento hippy, mostrada en “Godspell” (1973), de David Greene, y “Hair” (1979), de Milos Forman. Perviven asimismo las adaptaciones de grandes éxitos en los escenarios, como “Jesucristo Superstar” (1973), de Norman Jewison; “El violinista en el tejado” (1971), de Norman Jewison; y “El hombre de La Mancha” (1972), de Arthur Hiller. A ello cabe añadir el experimento y la especulación sobre los estereotipos del género que se da en “El fantasma del Paraíso” (1974), de Brian de Palma; y en “The rocky horror picture show” (1975), de Jim Sharman. Pero, sin duda, lo más relevante a nivel sociológico e industrial es la irrupción de la música de discoteca, destinada a las salas de baile, lugares que se convierten en centro obligado de ocio y consumo. Dos musicales cinematográficos acaparan este fenómeno comercial: “Fiebre del sábado noche” (1977), de John Badham, y “Grease” (1978), de Randal Kleiser.

Cabaret Grase Bob Fosse

Finales del siglo XX

En los años ochenta, un formato televisivo, el vídeo-clip, irrumpe en el panorama de la industria del entretenimiento. Poco a poco, el musical de convenciones clásicas quedará relegado al mundo del dibujo animado, caso de “La sirenita” (1989), de John Musker y Ron Clements, si bien aún se habrá de estrenar alguna película al viejo estilo, como “¿Víctor o Victoria?” (1982), de Blake Edwards, o “Evita” (1997), de Alan Parker. En líneas generales, predominan las producciones de carácter experimental, como “Koyaanisqatsi” (1982), de Godffrey Reggio, y “Corazonada” (1982), de Francis Ford Coppola, cineasta que también ensaya la evocación nostálgica en “Cotton Club” (1984). Las formas del vídeo-clip se dejan notar en conciertos filmados y homenajes a músicos de rock. Es el caso de “Purple rain” (1984), de Albert Magnoli; “Imagine: John Lennon” (1988), de Andrew Solt; y “Stop making sense” (1984), de Jonathan Demme. Biografías de artistas de diversas épocas, como “The Doors” (1990), de Oliver Stone, y "Amadeus" (1984), de Milos Forman; musicales juveniles como “Fama” (1980), de Alan Parker; y adaptaciones operísticas como “Carmen de Bizet” (1983), de Francesco Rosi, sirven un variado panorama de tendencias que, por su escasa coherencia, demuestra la paulatina desintegración del género musical, convertido en un formato inconsistente. Por otra parte, desde mediados de los ochenta, la industria discográfica recurre al cine como medio para poner en práctica su mercadotecnia. No es raro, por tanto, que muchas películas no musicales contengan algún pasaje ilustrado por una canción, cual si se tratara de un vídeo-clip inserto en la narración. Es el caso de “Nueve semanas y media” (1986), de Adrian Lyne. También es frecuente que algunas comedias destaquen las canciones como elemento necesario para su desarrollo, acercándose de ese modo al género musical. Dos buenos ejemplos son “Full Monty” (1997), de Peter Cattaneo, y “Desmadre a la americana” (1978), de John Landis. En cualquier caso, se trata de un síntoma de la mezcla de géneros que caracteriza al cine contemporáneo.

Albert Magnoli Evita Blake Edwards