NÓMADAS - REVISTA CRÍTICA DE CIENCIAS SOCIALES Y JURÍDICAS
11-2005/1 | Universidad Complutense de Madrid | ISSN 1578-6730
Postmodernidad y sobreinterpretación
Lecturas paranoicas y métodos obsesivos de interpretación
Adolfo Vásquez Rocca
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Observaciones hermenéuticas preliminares | Lecturas paranoicas o métodos obsesivos de interpretación | Interpretación y sobre-interpretación | Intencionalidades ocultas e interpretaciones sospechosas. Una relectura de Freud y el psicoanálisis | Notas

 

Observaciones hermenéuticas preliminares

Vivimos un momento no sólo sospechoso sino también generador de otras tantas incertidumbres, como las que recaen sobre los procesos significativos. El escepticismo postmoderno, descree radicalmente ya no –como es obvio– de la verdad, sino de la posibilidad de interpretaciones validas o más bien validadas de acuerdo a un criterio externo o distinto a la ficcionalización de los relatos.

Sólo caben sobré interpretaciones, lecturas intencionadas y maliciosas de los textos. Borges sugería leer La Odisea o La Imitación de Cristo como si la hubiese escrito Céline. Propuesta espléndida, estimulante y muy realizable. Y sobre todo creativa, porque, de hecho, supone la producción de un nuevo texto (así como el Quijote de Pierre Menard es muy distinto del de Cervantes, con el que accidentalmente concuerda palabra por palabra). Además, al escribir este otro texto (o este texto como Alteridad) se llega a criticar al texto original o a descubrirle posibilidades y valores ocultos; por otra parte, ciertas novelas se vuelven más bellas cuando alguien las cuenta, porque se convierten en “otras” novelas.

El texto soporta muy bien este uso, que no entraña pérdida de la capacidad de entretenimiento de la fabula ni del gusto cuando, al final, se descubre al asesino. Pero tomemos después El proceso, de Kafka y leámoslo como si fuese una historia policíaca.

La representación virtual acentúa este clima de interpretaciones sospechosas o de sospechas sobre las interpretaciones mismas, lo que –paradojalmente– de todos modos son formas de sobreinterpretación o interpretación paranoica.

La realidad virtual genera estas lecturas –que más bien pueden llegar a parecerse a emplazamientos militares – en tanto se está como en el cartesianismo, en una actitud táctica, esto es, instalada en la precaución, más preocupada de no errar que de dar con una verdad. El escenario que promueve tales recaudos es el de una cultura constituida por todo tipo de procesos de hibridación ver  así como por una intelectualidad nómade, por múltiples articulaciones discursivas surgidas desde los desplazamientos hipertextuales que ya se han tornado invisibles, precisamente por su cotidianidad. Desde el zapping a la navegación por la red, navegación donde acontece todo tipo de naufragios, siendo responsabilidad de la filosofía –dado el equipamiento del que dispone – conformar un equipo de socorristas. Si no es posible interpretar o, lo que es lo mismo, puede interpretarse al infinito y desde el ángulo que a uno le plazca.

Las sospechas a este respecto son razonables, si se tiene en cuenta que la cultura actúa como una cadena de textos que por una parte se instruyen mutuamente y, por otra, están en desplazamiento constante. Lo anterior no debiera conducirnos a esperar que el intelectual posea un conjunto de competencias enciclopédicas, así como habilidades de avezado navegante de estos mares tormentosos –llenos de afluentes – sino, más bien, una clara conciencia de la insalvable inserción contextual de todo significado, sea éste el de una obra de arte o de una teoría física, y el consiguiente concurso simultaneo de una red de “interpretantes”. Sin embargo, he aquí mi preocupación, no hay que inferir de la infinitud de semiosis que no existan criterios para una lectura correcta, esto es que se haya clausurado la posibilidad de toda hermenéutica. O es que las interpretaciones se consolidan a partir de los códigos preexistentes. Estos criterios, desde luego, se debaten en el terreno ideológico pues, llegado el momento de establecer el sentido que será reconocido o validado, necesitamos apelar forzosamente a la calidad y rigor del detentor de la interpretación más autorizada, así como, posteriormente a la economía y belleza de la explicación.

Profundizando estas observaciones hermenéuticas, fundamentaré el valor cognoscitivo de la ficción a través de la puesta en escena de algunas sobreinterpretaciónes, interpretaciones sospechosas o lecturas paranoicas, que no es algo muy distinto de lo que realizan ciertos historiadores y críticos culturales para aproximarse a sucesos históricos, indagando no sólo en los hechos documentados, sino en el modo en que ciertos personajes se instalan en el inconsciente colectivo de una sociedad, generando todo tipo de interpretaciones paranoicas –más aun si estas imágenes, constituidas en arquetipos al modo de Jung, vehículos iconográficos de un método obsesivo de interpretación.


Lecturas paranoicas o métodos obsersivos de interpretación

En la interpretación paranoica o sobreinterpretación histórica a la luz de la de la psicología profunda se deslizan sutilmente aspectos del ámbito de las indagaciones históricas tradicionales al terreno más especulativo del ficción narrativa o la historia novelada, donde como he señalado, se pueden obtener perspectivas de ángulos antes imposibles, antes del diseño de este nuevo escenario, que no es otra cosa que un campo de proyección de la experiencia, un laboratorio conceptual, un gran simulador. Mañana toda ciencia no será sino ciencia ficción o dicho de otro modo, caeremos lucidademente en la cuenta que todos la pretendida objetividad científica, con la imparcialidad –descompromiso e imparcialidad que se atribuye– no es otra cosa que una gran ficción, develándose así algo que todos –de un modo u otro sabíamos– a saber, que toda explicación es una ficción, una narración, un arreglo del mundo desde nuestros particulares intereses vitales, desde nuestra toma de posición en el mundo; una construcción que siempre ha tenido como eje el deseo, el deseo que esta a la base de toda teoría. De ahí la importancia de la honestidad del artista que sabe que su obra es producto de su inventiva y no encuentra otro punto de arraigo que su sensibilidad, imaginación y voluntad expresiva. Esto que afirmo ha sido ya sugerido por Feyerabend cuando señalaba que las ciencias o las artes, o si se quiere, la lógica y la estética, no son ámbitos separados [o separables], es decir, cada una de ellas no constituye un dominio propio, sino que se entrecruzan en su actividad. De modo que hoy es posible –y necesario– hablar de la creatividad científica y del pensamiento que penetra la obra de arte, esto es, que la examina y es capaz de dar cuanta de su naturaleza expresiva.

 


Interpretación y Sobre-interpretación


El fenómeno de la sobre-interpretación es propiciado por nuestra tendencia natural a pensar en términos de identidad y semejanza. Actuamos así porque cada uno ha introyectado un principio incontrovertible, a saber que, desde cierto punto de vista, cualquier cosa tiene relaciones de analogía, contigüidad y semejanza con todo lo demás. Pero la diferencia entre la interpretación sana y la interpretación paranoica radica en reconocer que esta relación es mínima y no, al revés, deducir de este mínimo lo máximo posible. Para leer el mundo y los textos sospechosamente, es necesario haber elaborado algún tipo de método obsesivo. La sobreestimación de la importancia de los indicios nace con frecuencia de una propensión a considerar como significativos los elementos más inmediatamente aparentes, cuando el hecho mismo de que son aparentes nos permitiría reconocer que son explicables en términos mucho más económicos.


Los textos deben ser leídos – de acuerdo a esta perspectiva – a la luz de otros textos, personas, obsesiones y retazos de información. “Sólo se puede cotejar una frase con otras frases, frases con las que está conectada mediante diversas relaciones inferenciales y laberínticas” (1).


La cultura actuaría entonces como una cadena (red) de textos que instruyen a otros textos. Confirmando la antigua sospecha de los cabalistas, ante la vertiginosa deriva, ante el desplazamiento permanente, ante la sobre-interpretación. En cuanto un texto se convierte en “sagrado” para cierta cultura, se vuelve objeto de un proceso de lectura sospechosa y, por lo tanto, de lo que es sin duda un exceso de interpretación (2).


Así como he señalado, esto también acontece con las interpretaciones de
la Biblia, en lo que constituye  el nuevo index del cristianismo, y también –de modo principal– en la exégesis judía, el antiguo canon, donde se ha practicado con predilección el género del comentario. La exégesis judía da cabida a  glosas de las Sagradas Escrituras, que generan asimismo otros comentarios, en un interminable proceso de despliegue textual. La prolijidad de los comentarios talmúdicos, la persistente presencia del texto central en las glosas marginales, así como su refinamiento filológico, caracterizan un tipo de escritura que ha hecho su aparición en la literatura moderna donde ha adoptado una forma secular, aunque no por ello menos comprometida existencialmente con los problemas de la culpa, el pecado original y la ley.


Aquí me permito otro breve excursus.
En la mayoría de los ejemplos habidos en la literatura moderna y contemporánea, la interpretación supone una hipócrita negativa a dejar que la obra de arte hable desde y por sí misma. Al reducir la obra de arte a su contenido para luego interpretar aquello, falseamos o, si se quiere, domesticamos la obra. La interpretación hace, así,  manejable y maleable el arte.


Este filisteísmo de la interpretación es más frecuente en la literatura que en cualquier otro arte. La obra de Kafka, por ejemplo, ha estado sujeta a secuestros en serie por no menos de tres ejércitos de intérpretes. Quienes leen a Kafka como alegoría social ven en él ejemplos cínicos de las frustraciones y la insensatez de la burocracia moderna, y su expresión definitiva en el estado totalitario. Quienes leen a Kafka como alegoría psicoanalítica ven en él desesperadas revelaciones del temor de Kafka a su padre, sus angustias de castración, su sensación de impotencia, su dependencia de los sueños. Quienes leen a Kafka como alegoría religiosa explican que K. intenta, en El castillo, lograr el acceso al cielo; que Joseph K., en El proceso, es juzgado por la inexorable y misteriosa justicia de Dios.


La
escritura de Kafka es un permanente comentario sobre sí misma, la pregunta contenida en la pregunta, la declaración de la radical insustancialidad del lenguaje. Kafka, es en sí mismo un cruce de lugares, ya que si bien es un claro depositario de la escuela del comentario y la textualidad talmúdica del  laberinto, esta a la base de todas las vanguardias no sólo artísticas sino en sus manifestaciones más diversas, como la filosofía epigramática de Wittgenstein, la física de Heisenberg, las teoría del caos –el teorema de la incompletitud–, o en la plástica desgarrada  del expresionismo de Bacon, o en las autodestructivas acciones de arte –performance de riesgo artístico terminal– de Josep Beuys.


Otra obra que ha atraído a los intérpretes es la de Samuel Beckett. Los delicados dramas de la conciencia encerrada en sí misma de
la Obra de Beckett –reducidos a un minimalismo sin concesiones – inmovilizados físicamente – son leídos como una declaración sobre la alienación del hombre moderno, un testimonio más del nihilismo y las psicopatologías de la modernidad tardía Situados en el ámbito  de esta escritura hipertextual en la que corremos el riesgo de perder al autor subsumido por el texto,  extraviado por el laberinto o escindido en  los constantes y expansivos comentarios. Aquí estamos ante la idea del texto como tejido en perpetuo urdimiento, en una glosa de crecimiento exponencial, que confiere al texto un grado de alejamiento y destierro donde el autor se pierde a sí mismo en esta empresa imperialista donde pronto queda situado en una un lugar sin nombre, en el extravío más allá de la frontera, en un lugar remoto donde deambula como un exiliado que se confunde con la multitud sin rostro.


Intencionalidades ocultas e interpretaciones sospechosas. Una relectura de Freud y el psicoanalisis


La prosecución de intencionalidades ocultas ha movido a todos los escritos y prácticas del psicoanálisis desde Freud hasta hoy; pero sin reparar en los límites que debería tener la técnica de la asociación libre, principio articulador del que depende.


A este respecto Wittgenstein cuestionaba la arbitrariedad y mera convencionalidad que caracterizaba la praxis del psicoanálisis, y las metáforas de las que se valen las corrientes psicológicas y psiquiátricas para validar sus teorías ante la comunidad científica.


En cuanto al procedimiento de las cadenas asociativas, cada unidad en la cadena puede convertirse en el punto de partida de un conjunto ilimitado de relaciones. Por lo que la decisión del analista de interrumpir la progresión de recuerdos y connotaciones que se despliega es, en una palabra, arbitraria.


El problema radica en la creencia de que “la siguiente asociación ya no dicha, o la siguiente serie de imágenes habría podido ser la crucial, la clave para hallazgos más profundos” (3). Esta situación comporta dos problemas: uno que ya esbozado por Wittgenstein cuestiona las metáforas que el psicoanálisis no trata como tales, y que ciertamente son útiles para la comprensión de ciertos fenómenos, pero que no deben ser entendidas dogmáticamente. El otro problema  dice relación con la práctica terapéutica, aquel es el de establecer un límite bien fundamentado a la asociación libre; cuestión que, al parecer, es insoluble. Siempre se puede decir algo más sobre las experiencias de la vida, por lo que la lectura en profundidad se convierte en una posibilidad que obsesiona y extralimita los procesos de interpretación, incurriendo, con ello en un flagrante caso de sobreinterpretación.


Aquí no es difícil notar la similitud de los escritos de Freud con la exégesis rabínica. En la libre asociación el descubrimiento de un significado real que pueda tener alguna patología, es exiliado por la profusión de relaciones que pueda tener con otros significados. La creencia de que siempre se puede ir más a fondo produce una diseminación de la experiencia que puede terminar por fragmentar al sujeto, amparados bajo el supuesto de que es necesario descubrir más y nuevos estratos del inconsciente para así realizar una lectura certera.



El mismo Freud ya había advertido algunos de los excesos que se podían cometer, y se estaban cometiendo en el psicoanálisis. “En su artículo Análisis interminable y terminable intenta enfrentarse a este dilema. Reconoce que el proceso psicoanalítico de asociaciones verbales no tiene fundamento teórico, y que la única respuesta razonable es pragmática y profesional” (4), únicamente una cuestión de praxis. “Es característica de la indiferencia de Freud con respecto a la naturaleza del lenguaje mismo, siendo el lenguaje la materia prima y el instrumento exclusivo de todo psicoanálisis freudiano” (5).


Esto nos ayuda a advertir una cierta disociación que habría entre la teoría psicoanalítica y su práctica terapéutica; y también a concebir al psicoanálisis como una teoría de la cultura y el hombre que reflexiona desde el cuerpo como centro de gravedad de la existencia, donde comparecen todas las determinaciones mentales, emocionales y físicas en una sola unidad.


Ahora bien en su aspecto negativo la praxis del psicoanálisis “se ha convertido en una institución burguesa” (6) como ir a la universidad, asistir a las piezas teatrales de Broadway, ver televisión y concurrir a los grandes centros comerciales a cumplir con los rituales del consumo; consumo en todo orden, desde hamburguesas hasta el último film de moda.  “El tratamiento psicoanalítico no pone en tela de juicio a la sociedad, nos devuelve al mundo algo más capaces de soportarlo y sin esperanzas. De este modo, el psicoanálisis se entiende como antiutópico y antipolítico” (7). En tanto intenta moldear al individuo a la sociedad para entregarlo algo más dócil y sonriente.


Si nos preguntamos, ya profundizando nuestra lectura crítica del psicoanálisis como institución burguesa, el porqué del empeño pertinaz del psicoanalista en convencer  al obseso religioso, al militar histérico o al fóbico padre de familia de que su Dios severo, su general inmortal y su hijo perverso no son sino figuras distorsionadas de papá, si nos preguntamos por las credenciales o omnipotencia del paralelismo familiar, por la pervivencia del poderoso modelo paternal, podemos apuntar un hecho que, sin proporcionar, desde luego, una respuesta, sí puede introducirse como curiosidad ilustrativa: el modo en que ese modelo regía en la sociedad psicoanalítica, el reparto de anillos y consignas entre los terapeutas vieneses a la muerte de Freud. No se puede descartar que una de estas consignas  hubiera sido la de reducir y extender todos los delirios al marco de las significaciones paténtales, y su secuela.


Un trabajo de capital importancia (8) ha sido dedicado al estudio de esa secuela por Deleuze y Guattarti, y es un tema que rebasa por completo los límites de lo que quisiera ser este texto.


Diremos sólo que el psicoanálisis pisa un terreno peligroso, un terreno donde “
la Medicina se convierte en Justicia y la terapia en represión” (9).


Justicia y represión que han sido constantes en el tratamiento de la (enfermedad mental y que tienen un carácter similar en el psicoanálisis científicas) en cuanto a motivaciones; porque no hablamos sólo del tratamiento dado a la enfermedad desde el punto de vista clínico, sino del tratamiento desde el punto de vista de la teoría científica.


La psicosis ocupa respecto del psicoanálisis el mismo lugar del escollo que el problema del Estado en el marxismo. En ambos casos la coletilla es la burocratización, el culto a la personalidad –frase que aplicada a la psicoterapia analítica adquiere un sentido lúcidamente nuevo–, la dogmatización del método y su infección del liberalismo. Es esa ponderada (humanización) de la locura lo que obliga a
la Medicina justiciera a instaurar una terapia represiva (10).


Desde la erradicación territorial hasta la codificación científica, pasando por el confinamiento, el loco ha recorrido un largo camino de fiscalización de la razón contenida en un código penal implícito, esgrimido con una finalidad relevante para los controles de la cultura; y el psicoanálisis ha sido incapaz de rebatir la tradición, no tanto por lo precario de su innovación como por lo desgraciado de su restauración.


Conceptos como posesión demoníaca, enfermedad mental, o esquizofrenia, nos hablan de una sociedad, de una civilización y de una cultura, de sus temores y de sus ambiciones, pero en absoluto dicen nada sobre la persona del enfermo, y mucho menos sobre lo específico de la enfermedad.  

NOTAS

(1) RORTY, Richard, “El Progreso del Pragmatista”, en Interpretación y Sobreinterpretación, Umberto Eco, ED. Cambridge University Press, Madrid, 1997, Cáp.IV.

(2) ECO, Humberto, Interpretación y Sobreinterpretación, ED. Cambridge University Press, Madrid, 1997, p.59.

(3) STEINER, George, Presencias reales,  Editorial Espasa  calpe, Buenos Aires, 1993,  p.63.

(4) Ibid. p. 63

(5) Ibid. p. 63

(6) SONTAG,  Susan, Contra la interpretación , Editorial Alfaguara, Buenos Aires, 1996,  p. 333

(7) SONTAG,  Susan, Contra la interpretación , Editorial Alfaguara, Buenos Aires, 1996,  p. 333

(8) DELEUZE y GUATTARI, La sagrada familia. En PARDO, José Luis, Transversales. Texto sobre textos. Editorial Anagrama, Barcelona España, 1977.

(9) FOUCAULT, Michel, Historia de la locura en la época clásica. Editorial Fondo de Cultura Económica, México, 1967

(10) PARDO, José Luis, Transversales. Texto sobre textos. Editorial Anagrama, Barcelona España, 1977, p. 110.


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