NOMADAS.7 | REVISTA CRITICA DE CIENCIAS SOCIALES Y JURIDICAS | ISSN 1578-6730

La construcción social de la diferencia
[Fco. Javier Rubio Arribas y Ramón J. Soria Breña]

Introducción
El valor de la diferencia
La exclusión social
La diferencia actúa como un elemento desintegrador
La diferencia social se convierte en motor
 

INTRODUCCIÓN

Como punto de partida, hay que señalar que la situación de las personas "diferentes" es de exclusión social en muchos casos. Este colectivo de personas no está incluido socialmente, entendiendo por "inclusión": el acceso normalizado a las actividades, funciones y relaciones más definitorias de la vida.

El lugar de destino de los "colectivos diferentes" –como en el caso de las personas con algún tipo de discapacidad-, es la segregación en territorios diferenciados y hasta "apartados". Y la relación de la Sociedad con estos colectivos está pautada por la discriminación, es decir, por un trato diferenciado y con una participación social desventajosa. El problema de ser "un diferente", es resultado dentro de nuestro contexto social de forma doméstica o asistencial y por tanto, habilitando espacios segregados. Que en unas ocasiones las soluciones producen sobreprotección individual y/o social y otras, se crean estrategias de gestión que aseguren al individuo lo mínimo.
 

EL VALOR DE LA DIFERENCIA

Gran parte de nuestra sociedad, todavía entiende la diferencia como desestabilizadora, como "algo opuesto a la norma". Norma sin la cual se deduce que el mundo sería un caos. El enfrentamiento o el ostracismo que se suele hacer al diferente, tiene que ver con un consenso asumido por casi todos los ciudadanos: "que la norma es lo bueno, lo positivo, lo ideal". En este sentido, muchas campañas que pretenden la integración de la diferencia, están teñidas de miedo, recelo o rechazo hacia esas personas diferentes. Campañas que pretenden hacernos tolerantes ante ese otro o esa otra que muestra actitudes, capacidades, culturas diferentes.

La Sociedad se empeña en dividir y sectorializar la diferencia, promoviendo actitudes más respetuosas, más aceptadoras hacia unas diferencias, que hacia otras. No es lo mismo ser diferente por opción, que por nacimiento. No es lo mismo ser diferente en las capacidades, que en la forma de entender el mundo. Las personas con discapacidad -diferentes en cuanto a sus capacidades y/o limitaciones- son más toleradas. Después, de una larga historia de estigmatizaciones (1), hoy por hoy se ha eliminado la culpa que recaía sobre ellas. Se acepta por fin, que su diferencia no depende de ellos mismos. Su diferencia viene definida por su nacimiento, enfermedad, accidente… No es una elección y nuestra sociedad, se siente impelida a dar protección, afecto, pensiones, formación, trabajo especial… Sin embargo, a pesar de esa aceptación de "no culpabilidad" por ser diferentes, la sociedad crea y estimula el desarrollo de un sistema paralelo, para su normalización: escuelas especiales; talleres ocupacionales; centros especiales de empleo, etc. Su integración pasa por sistemas educativos especiales -en algunos casos- el empleo protegido, las pensiones no contributivas, etcétera. Se les ha fabricado un entorno especial -al margen- de estar en el mundo. Se entiende que como son diferentes, necesitan un sistema diferente y unos trabajos diferentes, creados exclusivamente para ellos.
 


LA EXCLUSIÓN SOCIAL

El concepto de exclusión social pertenece a un discurso retórico que define la situación social de la persona excluida tomando como referente una clasificación funcional, o sea, una situación que se nombra desde el campo semántico del control y de la cultura. La diferencia como exclusión social o arbitrariedad inicial, transforma este hecho en un proceso de estigmatización. No es que se produzca un hecho de carencia de recursos que impida a estos individuos negociar su propio lugar dentro del sistema social y se excluye a los diferentes de los espacios sociales y hasta del acceso institucionalizado a los recursos comunes de forma no pautada, limitada y dependiente. Una parte –importante todavía- de nuestra Sociedad tiene los componentes ideológicos que justifican la exclusión social.

Porque el proceso de estigmatización se produce, se incrementa y se sustenta dentro de una formación ideológica (o histórica) que se apoya en la racionalidad y justifica la legítima exclusión de estos colectivos.

Durante la práctica social la discriminación del diferente funciona reduciendo las posibilidades de vida de las personas y la ideología trabaja haciendo que esta discriminación sea aceptada por la mayoría y primordialmente por los propios estigmatizados/diferentes, que deben encontrar su situación social de marginación como natural y asumible.
 

LA DIFERENCIA ACTÚA COMO ELEMENTO DESINTEGRADOR

En nuestra Sociedad Occidental, desarrollada, tecnológica y postmoderna al diferente con frecuencia o se le convierte en invisible -no existe en el imaginario del discurso público (ni en la publicidad, ni en los estereotipos de belleza, bondad, inteligencia)-, o se le tolera (tolerare: sufrir, llevar con paciencia, permitir algo que no se tiene por lícito).

Los diferentes dan lástima, pena, aprensión o miedo -¿acaso la diferencia es contagiosa?-, aunque también hay un discurso cada día más generalizado que afirma con diversos argumentos, que nuestra sociedad si de verdad quiere ser democrática, igualitaria y justa debe integrar a los diferentes. Pero el concepto integración, tiene diferentes definiciones en muchos casos contradictorias: ¿integrar para que no den problemas ni generen conflictos?, ¿para que puedan cubrir con su trabajo los costes económicos de su discapacidad?, ¿para que puedan ser económicamente independientes y autónomos?, ¿para que sean normales o parezcan normales?.

Hay pocos discursos que aborden la discapacidad, desde el respeto al diferente. Desde la idea de que todos somos diferentes y sólo el azar o un arbitrario concepto de normalidad, nos ha situado a un lado o al otro de esa frontera. La tecnología ya permite a una persona con discapacidad, trabajar en muchas ocupaciones y hace posible su plena integración y autonomía social y sin embargo el diferente (différens-entis: diverso, distinto) sigue siendo un extraño, a quién no queremos ver a nuestro lado. Ya no creemos que los enfermos mentales, sean endemoniados. Ni que una deficiencia sea causa de un pecado y sin embargo, seguimos rechazando al diferente, fabricando espacios al margen -centros especializados, talleres ocupacionales, lugares aparte-, ficciones de espacios normalizados para que los diferentes y los normales no se incomoden por el contacto mutuo.

Respetar al diferente (respectus: tener atención, consideración) es relacionarse con él, partiendo de la consideración básica, de que la diferencia tiene un valor intrínseco, de no ser como yo y por lo tanto, no saber lo que yo sé. Tener la certeza de que el otro, siempre tiene algo nuevo y útil que enseñarnos.

Más que intentar integrar, habría que establecer políticas sociales de desintegración de esa barrera, que divide los espacios asimétricos entre lo normal -bueno- y lo diferente -no bueno-. El trabajo en nuestra sociedad, es el principal factor de construcción de la identidad social. Existimos en tanto que trabajadores con valor de uso -productores- y de cambio -consumidores-, pero hay bastante más al margen de esta relación mercantil, la presencia en la calle y la plaza, en el ocio colectivo, en los espacios públicos -medios informativos, de entretenimiento-, en la imaginación y el arte donde también, hay que desintegrar los estereotipos y la engañosa imagen de "la normalidad" para que el diferente, no sea excluido de la vida social. Integrar es hacer de los nuestros, homologar, borrar lo diferente. ¿No sería mejor entender la diferencia como riqueza que como defecto?.

Los servicios y las formas de trabajar con la discapacidad, se enmarcan filosófica y técnicamente en el concepto de "normalización". Concepto contrapuesto al de la diferencia y aceptación de la misma. No se valora la diferencia, como algo enriquecedor y positivo. No se acepta que cada persona, tiene un lugar en el mundo. Que las personas con discapacidad, también tiene el suyo, no sólo como colectivo discriminado, sino también como personas, individuos únicos. No todas las personas con discapacidad, son iguales, ni funcionan de igual manera.

Por ejemplo, el empleo actúa de elemento integrador con el fin de conseguir un nivel de participación social suficiente de tal manera que en un futuro no dependa de los recursos sociales, sino que sea una persona autónoma, social y económicamente aceptada.

El empleo actúa de refuerzo a la trayectoria personal y social, asegurando los pilares de la persona con discapacidad en la consecución de una imagen social normalizada.
 

LA DIFERENCIA SOCIAL SE CONVIERTE EN MOTOR

Aceptar la diferencia es, en primer lugar, abandonar los prejuicios, los estereotipos y las generalizaciones sobre los diferentes. En segundo lugar, aceptar y respetar a cada persona con sus limitaciones y capacidades, con sus vicios y virtudes, con su cultura, su forma de ser y ver el mundo. Aceptar la diferencia es, aceptar que hay gente de la que te gusta su manera de ser y otra que no te gusta, porque no puedes compartir nada con ella.

Aceptar a estas personas es, entenderlas y comprenderlas como personas diferentes, como individualidades que puedes querer o aborrecer, que te importan o de las que pasas pero en las que ves, además de su limitación -evidente o no-, sus valores, sus inquietudes, sus motivaciones, su forma de ser. Aceptarlas como un factor más, como un elemento que junto con muchos otros, determinan su personalidad. No hay que integrar a los diferentes, mediante sistemas paralelos. Hay que permitirles vivir en el mundo -el nuestro y el suyo-, y que se coloquen donde quieran estar. Hay que dotarles de la capacidad necesaria, para que puedan tener las mismas oportunidades, que el resto de las personas para vivir como ellos quieran vivir.

En relación al empleo, de ningún modo estas particularidades tienen porque generar una mayor o menor eficacia en el trabajo ni quiere decir que todas las personas con discapacidad sean usuarias de recursos sociales especiales.

Sin embargo, tampoco es eficaz tratarlos a todos por igual y aplicar básicamente políticas activas de empleo que presupongan siempre déficit formativo básico, dificultades de comunicación y accesibilidad, baja autoestima, escasa motivación y percepción de la realidad centrada en su problema personal (estereotipo socio-laboral).

Es decir, el objetivo (el respeto al diferente –con discapacidad o no-) está por encima de la norma. Los gestores de los procesos de selección deben conocer no sólo la forma y el espíritu de las normas sino también la filosofía de la exclusión para que ésta sea tratada como un elemento más de la persona y no pongamos a la persona al servicio de la exclusión y de las normas elaboradas para ellos. No debemos poner a los demás –los diferentes- como excusa.

Apoyar y potenciar las diferencias (sensibilizarse socialmente), es igual a: Conocer + Informarse. Debemos hacer que la diferencia se convierta en una mera anécdota. La consecuencia natural en su evolución social y personal es la incorporación y el respeto social. Nada hace pensar que su participación estará subjetivamente coartada, aunque sí lo estará en la medida que su entorno trabe su proceso natural.


NOTA
(1) Hace pocos siglos los diferentes eran rechazados como hijos del mal y del pecado, del diablo y de la culpa; así los perturbados mentales eran endemoniados y los discapacitados un castigo de dios por los pecados de los padres, unos y otros inspiraban temor y misericordia si antes no acababan como ciegos, mendigos y pícaros del Lazarillo de Tormes o en el peor de los casos en las hogueras purificadoras.

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