5. Emociones y Sentimientos

 

5.1. Casos de Estudio

Phineas P. Gage, verano de 1848, Nueva Inglaterra

Phineas Gage tenía 25 años y era el capataz de una cuadrilla que trabajaba para el ferrocarril. Su trabajo era tender una nueva línea férrea. Gage era considerado un hombre eficiente y capaz. Una mañana debían perforar una gran roca que impedía el tendido de la vía. Gage supervisaba el trabajo. En aquellos años, dinamitar una roca exigía un largo proceso. Primero, perforar un agujero en la roca, después rellenarlo hasta la mitad con pólvora, posteriormente se inserta una mecha y se rellena la pólvora con arena. Finalmente la arena ha de atacarse o apisonarse golpeando cuidadosamente con una barra de hierro. Una vez realizado este proceso se enciende la mecha y la pólvora explotará en el interior de la roca. Si no se pusiera arena la explosión tendría lugar hacia fuera, lo que sería peligroso y además no lograría el objetivo deseado de dinamitar la roca.

Reconstrucción por ordenador de la trayectoria de la barra que atravesó el craneo de Phineas Gage

Una tarde Phineas estaba empeñado en preparar una explosión en la roca. Había ya colocado la pólvora y la mecha cuando alguien lo llama por detrás, se distrae y cuando vuelve a su tarea, olvida poner la arena y ataca la pólvora con la barra de hierro directamente. Se produce una explosión y la barra de hierro le atraviesa la cara -como queda reflejado en la figura-.

Gage sale disparado de espaldas, se convulsiona por unos momentos, pero él mismo se levanta y solicita ayuda. Es conducido al médico, y mientras el médico le examina, Phineas comenta a la gente cómo sucedió el accidente. Efectivamente, según ha quedado documentado en los anales médicos, Phineas no sólo sobrevivió al accidente sino que no se vio afectada su capacidad motora o verbal, se expresaba correctamente, y articulaba lógicamente el pensamiento. Naturalmente había perdido visión en su ojo izquierdo, pero con el derecho veía perfectamente. Sin embargo, algo había cambiado en Gage.

John Harlow, el médico que describe su caso en 1868, relata así las alteraciones producidas en Phineas:

"...era irregular, irreverente, cayendo a veces en las mayores blasfemias, lo que anteriormente no era su costumbre, no manifestando la menor deferencia para sus compañeros, impaciente por las restricciones o los consejos cuando entran en conflicto con sus deseos, a veces obstinado de manera pertinaz, pero caprichoso y vacilante, imaginando muchos planes de actuación futura, que son abandonados antes de ser preparados...Un niño por su capacidad intelectual y sus manifestaciones, tiene las pasiones animales de un hombre fuerte".

Antes del accidente Gage era un hombre comedido, con una mente bien equilibrada, muy capaz de llevar a cabo sus planes, organizado y bien considerado por la comunidad.

Después, se podría decir que echo a perder su vida. Y no por incapacidad física o intelectual, sino por su nuevo carácter. Fue despedido de todos aquellos trabajos en los que se empleó, trabajó en un circo exhibiendo su accidente y su herida, intentó nuevas aventuras todas fracasadas y terminó viviendo con su madre, dándose a la bebida y en malas compañías. Morirá a los treinta y ocho posiblemente de un ataque epiléptico.

¿A qué viene esta historia?

Para nuestros propósitos, lo que sacamos en claro es que parece que existen sistemas en el cerebro dedicados al razonamiento social y personal. Resulta sorprendente que una lesión cerebral pueda modificar las convenciones morales y sociales, la capacidad de planear el futuro y de sobrevivir en un medio social complejo, y, sin embargo, mantener intacto el razonamiento abstracto, el habla o el intelecto básico.

Antonio Damasio se ha interesado modernamente en el caso de Gage y lo ha comparado con pacientes suyos que parecen sufrir lesiones similares a la de Phineas. Por ejemplo un paciente que Damasio denomina Elliot y al que considera un Phineas moderno, a raíz de un tumor cerebral que le afectó a la región ventromediana del lóbulo frontal, experimentó una transformación de su carácter parecido al que experimentara Gage. Aunque no era tan irreverente ni con tan malos modos como Phineas, igualmente perdió la capacidad de sacar su vida personal y social adelante. Se volvió irresponsable en el trabajo, inconstante, incapaz de darse cuenta de lo importante, incapaz de llevar a cabo con éxito sus planes e iniciativas.

Su vida sentimental también fue de fracaso en fracaso, de matrimonio a divorcio. Sin embargo, su intelecto básico, su razonamiento lógico y lingüístico, su memoria y su capacidad de aprendizaje estaban intactos.

Otro rasgo sumamente importante que había sido alterado era su capacidad para sentir o tener emociones. Era capaz de contar su historia con tal distancia y desafectación que parecía que contaba la historia de otro. Sus emociones eran frías y planas aun cuando se enfrentaba a, y sabía que ciertas circunstancias o experiencias debería hacerle sentir profundamente.

En conclusión, parece que existen fuertes evidencias que prueban la relación del lóbulo frontal, principalmente en su región ventromediana, con, por una parte, el razonamiento social y personal, la toma de decisiones en contextos reales y en general el valerse por uno mismo en medios sociales complejos, pero por otra, con el sentir emociones y sentimientos.

A partir de esto, la pregunta resulta inmediata: ¿En qué medida intervienen las emociones y los sentimientos en la toma de decisiones y en la racionalidad? ¿Por qué cosas tan tradicionalmente enfrentadas como la razón y la pasión, parecen residir en los mismos sistemas cerebrales? ¿Qué necesitamos para tomar una decisión en la vida real?

De estas preguntas nos ocuparemos en este tema. Intentaremos comprender que son las emociones y los sentimientos, como se articulan con el pensamiento inteligente y si intervienen o no en la toma de decisiones y en la racionalidad en general.

 

5.2. Mente y Cuerpo; Razón y Pasión. Un apunte histórico

 

La fuerte división que permanece vigente en la cultura occidental entre lo que podemos denominar cuerpo y alma o mente, entre razón o pasión, entre el cerebro y el corazón, no ha existido siempre. Tiene un origen histórico, unos pensadores que la teorizan y la fundamentan y unos portavoces que la difunden en las sociedades occidentales. Este origen se puede rastrear a partir de la entrada del cristianismo en el pensamiento griego, pasando por todo el renacimiento, pero se consolida definitivamente en el Barroco y en especial con la filosofía de Descartes, que no solamente divide el mundo en dos sustancias, la mental y la extensa, sino que también introduce al individuo como centro y punto de partida de toda reflexión.

El mundo griego no se planteó nunca un problema mente-cuerpo. Para ellos, a lo sumo el alma o el intelecto entraba en escena a la hora del conocimiento que fundamentalmente consistía en aprehender lo común de las cosas. Para Platón el mundo verdadero era el mundo de las Ideas, al que pertenecía el Alma. El mundo físico era un mundo de apariencias, pero no era el mundo verdadero. Aristóteles, en cambio, pensó el mundo como la colección de sustancias, que eran compuestos indisolubles de materia y forma. El hombre era una sustancia que se componía de cuerpo y alma, pero ni el alma podía existir sin el cuerpo, ni al contrario. Aristóteles dispuso las sensaciones del lado del cuerpo y concibió la vida en una escala de complejidad creciente cuyo escalón más alto lo ocupaba el alma racional que tenía la capacidad del conocimiento. El conocimiento lo entendía Aristóteles como una actualización en el intelecto de las formas, que era lo inteligible de la naturaleza.

Fue Descartes quien, manteniendo el sustancialismo aristotélico, rompió esta unidad. Y lo hizo en el momento en que quiso dudar de todo aquello que tuviera el mínimo motivo de duda. Ya el conocimiento no era una actualización de formas, o un aprehender lo común de las cosas. Desde antes de Descartes lo que conocíamos no eran las cosas, los objetos externos que componen el mundo, sino que el objeto de nuestro conocimiento eran ideas, representaciones mentales de las cosas que ocurrían en nuestra alma. Para Platón conocer era conocer la verdadera realidad, ascender al mundo de las ideas donde residían las esencias del mundo sensible; para Aristóteles, actualizar en nuestro intelecto lo común de todas las cosas de un mismo tipo. Sin embargo, la modernidad transformó esa idea de conocimiento. El conocimiento era un proceso de representación, nos representábamos mentalmente el mundo, nuestra mente se convirtió en una especie de espejo que reflejaba la realidad exterior. Ese era nuestro único acceso a la realidad, su aparecer ante nosotros. De esta manera, aquel quien se planteara si nuestra mente era un espejo terso o liso o si por el contrario era uno que distorsionaba la imagen que reflejaba, podía con facilidad poner en cuestión nuestra capacidad de conocer directamente la realidad. Eso fue lo que quiso verificar Descartes. Intentó fundar el conocimiento desde sólidos cimientos, quiso eliminar la posibilidad de dudar de nuestra capacidad para conocer la realidad. Pero ello significó dividir el mundo en dos sustancias incomunicables, por un lado, el yo como sustancia pensante, como mente, de la que no puedo dudar, pues la propia duda pondría en evidencia mi existencia como mente. De ahí su famosa expresión "cogito, ergo sum; pienso, luego existo". Pero ahora queda la difícil tarea de probar la existencia de mi cuerpo, de otras mentes, del mundo externo. Es indubitable e incorregible lo que aparece a mi conciencia, pero necesita prueba que aquello que aparece a la mente sea una representación fiel de la realidad. De algún modo la historia de la Filosofía desde Descartes intenta dar respuesta a la posibilidad de esa duda, de esa sospecha.

La consecuencia de toda la investigación cartesiana fue, en primer lugar, presentar el individuo, el sujeto principalmente como mente, como razón y dejar como algo separado el cuerpo y las pasiones, que lo eran del cuerpo. El cuerpo se rige por las leyes mecánicas de la nueva ciencia, era un puro mecanismo. El alma es libre y puede (y debe) gobernar el mecanismo al igual que un piloto en la nave -como ya dijera Platón-.

La tradición cartesiana que ha concebido el conocer como conocer ideas, que ha separado la mente del cuerpo y que ha primado unos cánones de racionalidad lógica-deductiva o científico-experimental conforma nuestra manera de enfrentarnos al conocimiento de la realidad. Ya hemos visto como este punto de vista plantea más problemas que respuestas y también que no facilita una comprensión global del ser humano y su mundo. Los casos de estudio que veíamos en el punto anterior ponen de manifiesto "el Error de Descartes"

Este es el error de Descartes: La separación abismal entre el cuerpo y la mente, entre el material del que está hecho el cuerpo, medible, dimensionable, operado mecánicamente, infinitamente divisible, por un lado, y la esencia de la mente, que no se puede medir, no tiene dimensiones, es asimétrica, no divisible; la sugerencia de que el razonamiento, y el juicio moral, y el sufrimiento que proviene del dolor físico o de la conmoción emocional pueden existir separados del cuerpo. Más específicamente: que las operaciones más refinadas de la mente están separadas de la estructura y funcionamiento de un organismo biológico".

Antonio Damasio. El error de Descartes, Cr´tica, Barcelona,1996

¿Cabe entonces suponer que existe una continuidad biológica, y en consecuencia psicológica, entre tener emociones, sentir y tomar decisiones, planificar el futuro, razonar, en fin? Es de esto de lo que nos vamos a ocupar a continuación, pero antes quizá debemos clarificar los conceptos de emoción y sentimiento.

 

5.3. Emociones

 

¿Qué es una emoción? De nuevo nos encontramos con un concepto esquivo, difícil de definir. Todos tenemos alguna idea de qué es una emoción, alguna vez las hemos sentido, pero..., si se nos pregunta, nos cuenta dar una respuesta. Pidamos otra vez ayuda a los expertos. Veamos que opinaba W. James sobre lo que era una emoción.

"Si experimentamos alguna emoción fuerte y después intentamos abstraer de nuestra consciencia de ella todos los sentimientos de sus síntomas corporales, encontraremos que atrás no hemos dejado nada, ningún "material mental" del que pueda constituirse la emoción, y que todo lo que queda es un estado frío y neutro de percepción intelectual.

Para mí es imposible pensar qué tipo de emoción de miedo quedaría si no estuvieran presentes la sensación de latidos acelerados o de respiración entrecortada, ni la sensación de labios temblorosos o de piernas debilitadas, ni de carne de gallina o de retortijones de tripas. ¿Puede alguien imaginarse el estado de ira sin sentir que el pecho estalla, la cara se ruboriza, los orificios nasales se dilatan, los dientes se aprietan, sin notar el impulso hacia la acción vigorosa? ¿Puede sentirse rabia en cambio con los músculos relajados, la respiración calmada y una cara plácida?"

William James. Principios de Psicología. F.C.E., México

¿Es esto así, al analizar una emoción no encontramos ningún elemento mental, no hay nada más que los síntomas físicos, no quedan imágenes o razonamientos que podamos asociar a estos síntomas? Pensemos en la sensación de celos, por ejemplo. ¿No es algo más complejo que lo que nos describe James? Sospecho que necesitamos establecer algún tipo de división porque efectivamente para ciertas emociones parece que no hay nada más que los síntomas físicos y que su aparición nos parece inmediata, pero para otras sensaciones requerimos imágenes mentales que las susciten, razonamientos complejos que las produzcan, secuencias imaginadas que las elaboren. Luego...

 

5.3.1. Emociones Primarias

 

Es hora ya de unir diversos elementos que hemos visto con anterioridad y que nos permitirá, por una parte, comprenderlos mejor y, por otra, saltar al concepto de emoción. Si lo que sugieren los casos de Phineas Gage o de Elliot es que circuitos innatos interfieren en circuitos modernos dedicados a la representación de nuestras experiencias adquiridas, entonces podemos ahora comprender los sistemas de valores de los que nos hablaba Edelman y que dirigían nuestras categorizaciones perceptivas hacia nuestra adaptación evolutiva. Toda nuestra conducta, hasta que la cultura nos sobrepase, debe ser evaluada y conformada por un conjunto de preferencias del organismo que considera que la supervivencia del organismo es de la mayor importancia. Estos sistemas de valor que eran estructuras fenotípicas no son más que impulsos e instintos. Ya hemos definido a pie de página el concepto de instinto, ahora podemos complementar aquella definición. Así:

Instintos: Son mecanismos reguladores que suponen comportamientos patentes y que determinan al organismo a actuar o no de una determinada manera. Por ejemplo:

Cuando nuestro nivel de azúcar en sangre baja, unas neuronas del hipotálamo detectan el cambio; la activación de la pauta fija de comportamiento correspondiente hace que el cerebro altere el estado corporal de modo que pueda solucionarse este déficit, entonces sentimos hambre y normalmente iniciamos acciones para terminar con el hambre.

Estos mecanismos reguladores aseguran la supervivencia al impulsar un estado corporal que tiene una lectura muy clara (hambre, sed, náusea) o una emoción reconocible (miedo, ira) o también alguna combinación de estado corporal y emoción.

Igualmente estos mecanismos son también importantes para que el organismo pueda clasificar cosas o acontecimientos como "buenos" o "malos" en función de su incidencia en la supervivencia. Bajo la influencia de estos mecanismos el repertorio de cosas categorizadas como buenas o malas crece rápidamente.

¿Algo que nos produzca miedo puede ser "bueno"?

Las emociones primarias son manifestaciones corporales (y mentales) que nos sirven como criterios, valores, también prejuicios, para afrontar los acontecimientos que nos suceden y para responder de una manera que nos sea beneficiosa. Visto de este modo no parece ya tan extraño decir que las emociones y sentimientos son puentes entre procesos racionales y los elementos de la regulación biológica.

Continuemos con el miedo.

Parece que de forma innata existen ciertos estímulos que provocan miedo. Estos estímulos son más bien elementos presentes en algunos objetos del mundo. Más concretamente:

    • Gran tamaño

    • Gran envergadura

    • Determinadas sensaciones corporales (dolor cardiaco)

    • Cierto tipo de movimiento (reptiles)

    • Determinados sonidos (gruñidos)

La presencia de uno o alguno de estos estímulos desencadena respuestas de huida, ira, esconderse rápidamente, etc.

Este tipo de emoción respondería a la descripción que nos hacía W. James de las emociones. Sin embargo en el hombre, la complejidad de su sistema cerebral le permite muy pronto sentir la emoción y conectar esa sensación con el objeto que la provocó. Naturalmente esto tiene nuevas ventajas adaptativas, porque si conocemos el objeto que nos produce miedo podemos:

    • Predecir la posibilidad de su presencia en un ambiente determinado.

    • Generalizar nuestro conocimiento y mostrar prudencia ante objetos semejantes. No obstante estas ventajas pueden terminar siendo inconvenientes, algo que resulta habitual con todo nuestro ámbito emocional. Podemos generar fobias que no favorecen en absoluto nuestra adaptación al medio.

    • Investigar el objeto, descubrir lo vulnerable y explotar ese conocimiento.

En general, nuestra conciencia primaria de lo que sentimos nos ofrece flexibilidad de respuesta basada en la historia particular de nuestras interacciones con el ambiente.

Es en este tipo de proceso asociativo, frecuentemente metonímico, en donde podemos empezar a hablar de emociones secundarias.

Para comprenderlo mejor recurramos a un experimento mental que emplea Damasio en el Error de Descartes.

 

5.3.2. Emociones Secundarias

 

Imaginemos que una mañana alguien se acerca a nosotros y nos informa de la muerte de una persona querida o, para poner un ejemplo menos dramático, de que nos ha tocado la lotería y que somos ricos. ¿Qué pasa en nosotros?

(1) El proceso se inicia creando imágenes mentales organizadas en un proceso de pensamiento en el cual imaginamos qué vamos a hacer con tanto dinero o recordamos aspectos relacionados con la persona en cuestión, reflexionamos sobre la situación actual, las consecuencias que conlleva para nosotros, etc. En suma, evaluamos cognitivamente la nueva situación. Estas imágenes mentales se construyen a partir de representaciones disposicionales tal y como vimos en el tema de la Percepción

(2) No conscientemente, redes de la corteza prefrontal (morado en el gráfico), que contienen de manera disposicional información vivida por el sujeto de casos semejantes, evalúa emocionalmente la situación. Estas representaciones disposicionales son adquiridas y surgen de encuentros primarios con el mundo, requieren pues de emociones primarias.

(3) También de manera no consciente, automática e involuntaria esta respuesta prefrontal se señala a la amigdala (azul oscuro) que informa al sistema límbico que es el responsable de la producción de emociones (azul claro). Igualmente la respuesta prefrontal y de la amigdala informa al hipotálamo (verde) que inicia la producción de hormonas (triángulo rojo) que activan respuestas motoras ante el estímulo, lo que produce por ejemplo, determinadas configuraciones del rostro y expresiones faciales. También incidirán en los sistemas endocrino y de producción de péptidos, cuyas acciones químicas retroalimentaran el estado del cuerpo y del cerebro.

 

 

Toda esta compleja actividad, de una sincronización sorprendente, prepara, desde un estado emocional, al organismo para afrontar la nueva situación. No obstante advirtamos que tienen un origen consciente, adquirido y fruto de categorizaciones de emociones primarias.

Las emociones secundarias son combinaciones de un proceso evaluador mental con respuestas disposicionales a dicho proceso, dirigido hacia el cuerpo principalmente, lo que manifiesta la emoción, pero también hacia el cerebro que provoca nuevos cambios mentales. Como vemos tienen lugar una vez que hemos comenzado a experimentar sentimientos y a formar conexiones sistemáticas entre categorías de objetos y situaciones, por un lado, y emociones primarias por otro. Es decir, una vez que nuestra experiencia en el mundo nos ha llevado a categorizar situaciones del ambiente incluyendo las emociones que nos producen.

 

 

5.4. Sentimientos

 

Hemos distinguido entre emociones y sentimientos, frecuentemente esta distinción es difusa y los diversos autores que se han ocupado del tema no han establecido una suficiente clarificación. En principio, parece que toda emoción se siente, si estamos conscientes, pero lo que cabría preguntarnos es si todo sentimiento proviene de una emoción. ¿ Por qué, a veces, nos sentimos tristes, eufóricos o melancólicos sin encontrar una causa clara de este sentimiento actual? Nuestras emociones parecen tener causas claras, ocurren en momentos determinados y como hemos visto resultan o bien de la presencia de ciertos estímulos que provocan en el organismo una respuesta emocional, o bien de evaluaciones cognitivas de situaciones concretas. Sin embargo, el sentirse enamorado o deprimido puede prolongarse durante tiempo sin ya una presencia inmediata del estímulo o sin necesidad de construir imágenes mentales que nos estimulen. Ante esta circunstancia hemos decidido diferenciar entre emociones y sentimientos, pero también nos obligará, como en el caso de las emociones, a distinguir varios tipos de sentimientos.

Lo más sencillo es tener en cuenta en primer lugar el sentimiento de las emociones. Cuando algo nos emociona, el cerebro está siendo inmediatamente informado a través de las terminaciones nerviosas y de la corriente química que circula por la sangre de lo que está ocurriendo en el cuerpo. De este modo empezamos a darnos cuenta, a ser conscientes, de lo que pasa y de su evolución. Durante este proceso de verificación es más que probable que nuestro curso de pensamiento siga ocurriendo continuamente, lo que parece que produce una extraña disociación. Pensemos, por ejemplo, como ante un examen que tenemos que hacer, nuestros nervios, es decir, una disposición emocional, interfieren en la tarea más racional de recordar ideas, disponerlas lógicamente, redactarlas, etc. Preferiríamos a menudo que ese sentir el cuerpo no interfiriera en nuestra mente, pero lo singular es que también, ese sentir el cuerpo es mental.

En cualquier caso, esa verificación continua de lo que ocurre en el cuerpo mientras nuestro curso de pensamiento sigue produciéndose, es lo que denominamos sentimiento. Visto así, el sentimiento es el resultado de la yuxtaposición de la imagen mental que provocó la emoción y consecuentemente los cambios corporales que sentimos con la experimentación de tales cambios. Más sencillo, un sentimiento es la yuxtaposición de una imagen del cuerpo junto con otra imagen de una cara, una melodía, un sabor, en general aquello que provocó la emoción.

Decimos yuxtaposición porque ambas imágenes no se mezclan, no se fusionan, sólo se combinan. De ahí que a veces podemos sentirnos tristes aún cuando tengamos ante nosotros imágenes alegres, músicas que nos gustan o personas queridas. Que esto pueda ocurrir significa que la maquinaria neural que procesa emociones es bastante autónoma, además de existir numerosos procesos inconscientes que sí tienen manifestaciones concretas y conscientes.

Además lo que suele ocurrir es que ante un sentimiento de un estado corporal concreto, alegría o tristeza, se traen superpuestamente pensamientos que acentúan el estado, modificando así el estilo y la eficiencia del proceso de pensamiento. Dicho de otro modo, cuando estamos tristes sólo se nos ocurren pensamientos tristes. De ahí la dificultad de escapar de una depresión o de tratar con un enamorado o con alguien que haya ingerido alguna droga.

Esto es una descripción hipotética de los constituyentes de los sentimientos, pero, para mayor complejidad, a la hora de sentir un sentimiento debemos incluir otros elementos y factores. Al sentir un sentimiento hacemos correlaciones entre la representación actual del cuerpo y las representaciones neurales que constituyen el yo. Porque nuestro cerebro posee igualmente una representación del yo en la que no vamos a entrar en este momento, pero que resulta fundamental en la creación de la conciencia. Bastará tener presente aquí ese proceso de modificación del estilo y eficiencia del proceso de pensamiento que produce la percepción del estado corporal junto con la subjetividad de la percepción del objeto. Esto explicaría, por ejemplo, porque unos se ponen más nerviosos que otros a la hora de afrontar un examen.

 

5.4.1. Variedades de Sentimientos

 

Tal y como ha quedado explicado anteriormente deberíamos distinguir varios tipos de sentimientos. Los que han resultado más fáciles de detectar son aquellos que provienen de emociones. Si distinguíamos entre emociones primarias y secundarias, también deberíamos agrupar sentimientos básicos y secundarios, siendo éstos resultado de un proceso de modulación por la experiencia. El siguiente gráfico muestra lo que parecen ser sentimientos universales básicos, junto con sus variaciones sutiles. Desde luego una clasificación exhaustiva encontraría muchas más variedades de sentimientos, pero eso, junto con una descripción de cada uno de ellos, resulta un buen ejercicio que os proponemos.

Finalmente, nos queda por averiguar si podemos encontrar algún sentimiento que no surja directamente de una emoción y, si es así, qué papel podría tener en nuestra inteligencia.

 

Clasificación básica de los sentimientos secundarios

 

5.4.2. El Sentimiento de Fondo

 

Damasio nos habla de un sentimiento que no es resultado de una emoción, le denomina sentimiento de fondo y se comprende muy bien cuando se nos hace una de las siguientes preguntas:

¿Cómo te sientes? ¿Qué tal? ¿Cómo estás?

Estas preguntas, más allá de la cortesía, nos interrogan sobre cuál es nuestra propia percepción de nosotros mismos. ¿Hay algo detrás de esa autopercepción?

Hay un sentido corporal continuo que predomina entre emociones, es una especie de paisaje del cuerpo, que resulta fundamental en nuestra representación del yo. En el tema siguiente veremos la importancia de la memoria para el mantenimiento y creación de una identidad propia, pero este sentimiento continuo entre emociones es también de suma importancia para crearnos una representación del yo.

El ambiente, el medio externo, nosotros mismos son elementos que cambian notablemente a lo largo del tiempo. En consecuencia, las imágenes que podemos construir relativas a dicho medio son fragmentarias y condicionadas por circunstancias externas. Si no dispusiéramos de este sentimiento de fondo que unifica las variaciones percibidas de nuestro cuerpo y del exterior resultaría difícil determinar que todo ese flujo variado y cambiante de imágenes pertenece a una misma persona. Nuestra identidad es este fondo de uniformidad viva, pero ilusoria, contra la que podemos darnos cuenta de la multitud de cosas que cambian alrededor de nosotros.

Cualquier organismo debe estar atento a las emergencias que el mundo le plantea, pero la urgencia de cualquier incidencia no rompe la percepción continua de nuestro cuerpo, puede debilitarse para dedicar más atención a la incidencia que nos requiere, pero no desaparece. Imaginemos que esa verificación continua de nuestro estado corporal desapareciera, que ante la pregunta ¿cómo estás? No pudiéramos dar respuesta alguna.

Enfermos que sufren anosognosia prototípica y completa, es decir, que pierden su sentimiento de fondo, terminan no dándose cuenta de su estado corporal general. No se dan cuenta que sufren si contraen alguna enfermedad, no perciben si están paralizados, pero tampoco les preocupa su futuro. No tienen ninguna capacidad emocional, sus sentimientos son planos, posiblemente porque no disponen de un fondo sobre el que se destaquen otros sentimientos. Estos pacientes pueden estar alegres cuando no procede o tristes de manera monótona. En general, no poseen ya una representación integral del yo porque cualquier actualización de las representaciones es imposible, su yo y la imagen de lo que les rodea es siempre obsoleta, no puede renovarse.

 

5.5. Emociones, Sentimientos y Razón

 

Empezamos a comprender ahora qué relación tiene nuestra maquinaria neural básica, la que dispone de circuitos de evaluación innatos y de impulsos e instintos, con nuestros órganos cerebrales modernos que se encargan de representar la experiencia adquirida. En nuestra ontogénesis necesitamos una guía eficaz que nos evite experiencias que puedan ponernos en peligro. Emociones y sentimientos sirven a menudo como alarmas de estas experiencias y como invitaciones de aquellas otras más convenientes. Sin duda nuestra evolución cultural y nuestro potente desarrollo de la conciencia, que se desarrolla recursivamente, parece poder liberarse de estos circuitos antiguos, sin embargo, nuestro sistema emocional sigue funcionando casi inconscientemente e interfiriendo o favoreciendo nuestro pensamiento racional y nuestra toma de decisiones.

Lo que le pasa a Gage o a Elliot es que sus circuitos prefrontales dañados no pueden evaluar su estado corporal, su sistema emocional ni les alerta de los peligros ni les invita a caminos convenientes. Disponen únicamente de su razonamiento lógico para tomar decisiones. Pero el razonamiento lógico está soportado por la atención y por la memoria funcional (working memory). Ya hemos visto que la atención es un mecanismo sumamente limitado y veremos que a la memoria funcional le ocurre lo mismo. Con lo que la explosión combinatoria que se suele producir al evaluar alternativas de acción no puede podarse de ninguna manera. Nada nos predispone contra las alternativas de acción erróneas, con lo que nuestra posibilidad de caer en ellas, mediante el cálculo de coste/beneficio de la racionalidad lógica, aumenta ante el mínimo descuido.

Sistematicemos un poco más estas ideas.

Decidir implica esquemáticamente que quien decide tiene información sobre:

(1) La situación que requiere una decisión

(2) Las diferentes opciones de acción

(3) Las consecuencias que se derivan de cada curso de acción que se puede adoptar, al menos, en algún nivel de profundidad.

Admitimos también que el decisor posee alguna estrategia lógica para producir inferencias válidas .

Ahora bien, si la atención y la memoria funcional son los recursos que se encargan de guiar nuestra búsqueda de la opción de acción más adecuada, que evaluamos mediante un análisis de coste/beneficio, y si éstas son limitadas, la explosión combinatoria que se puede producir puede o bien bloquearnos y no decidir o bien conducirnos a una elección decidida por métodos no racionales. Pensemos que tenemos que realizar un movimiento en un juego de ajedrez. Cuando pensamos qué pieza mover, evaluamos todas las consecuencias que se derivan de este movimiento, pero nos damos cuenta que la profundidad de nuestra evaluación es muy limitada, al cabo de seguir el movimiento en tres o cuatro consecuencias nos hemos perdido. Por eso los ordenadores que juegan al ajedrez usando solo esta herramienta de toma de decisión suelen perder, porque ni siquiera disponen de los recursos computacionales suficientes (actualmente sí se dan casos de que ordenadores derrotan a grandes maestros, pero ello se debe, primero, a la cada vez mayor potencia computacional de los ordenadores, pero también a la programación de heurísticas que agilizan el proceso de evaluación de consecuencias de las jugadas).

¿Cómo intervienen los sentimientos en este punto? Normalmente, los sentimientos se disparan cuando consideramos, aunque sea fugazmente, resultados negativos de una acción. ¡No nos gusta!. Es la alarma que nos indica que esa opción no nos conviene, inmediatamente y casi de modo inconsciente desechamos esa posibilidad. Con lo que reducimos drásticamente el número de opciones a considerar racionalmente.

Los sentimientos aumentan probablemente la precisión y la eficacia de nuestro razonamiento, mientras que, como hemos visto en los casos estudiados, su ausencia las reduce.

Es plausible pensar que de aquí radican conceptos que aunque están muy arraigados en el sentido común y en las teorías populares, sólo recientemente están mereciendo la atención de los científicos. Conceptos como la intuición, las corazonadas e incluso la distinción entre experto y no experto, posiblemente encuentren una base sólida si tenemos en cuenta lo que ya está siendo denominado inteligencia emocional.

Las intuiciones o las corazonadas pueden ser el resultado consciente de la presencia inconsciente de actividad emocional en el proceso de toma de decisiones. Pero su fuerza es tal que nos evita una consideración racional adicional. Por supuesto los errores en estos casos son frecuentes. La razón debe buscarse en lo anteriormente expuesto sobre cómo sentimos las emociones.

En el caso de los expertos, se sabe que su proceso de toma de decisión ante el problema del que se es experto se reduce notablemente por el uso de heurísticas. Las heurísticas son sugerencias no conscientes adquiridas de la experiencia que permiten agilizar la representación del problema o detectar soluciones al mismo. En estos casos, los sentimientos pueden estar actuando sobre la atención y la memoria funcional, amplificando las imágenes y valorándolas positivamente cuando estos mecanismos las seleccionan. Esto es algo semejante a subrayar con un marcador fosforescente una palabra de un texto, inmediatamente recoge nuestra atención y facilita su memorización.

Terminamos proponiendo un comentario de texto sobre el uso de la imaginación, la intuición y los sentimientos en el pensamiento y el descubrimiento científico.

 Una lectura de interés

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