EL ESTRÉS POSTVACACIONAL

Dr. Antonio Cano Vindel

Presidente de la SEAS


¿QUÉ ES EL ESTRÉS POSTVACACIONAL?

Estrés (o síndrome, o depresión) postvacacional son términos que hacen referencia al proceso de estrés que tenemos que afrontar tras las vacaciones, para readaptarnos de nuevo a las obligaciones laborales (o escolares), al cambio de estilo de vida que supone, etc. Son términos surgidos de manera popular, que se utilizan mucho, debido al amplio eco que suelen tener todos los años, sobre todo a finales de agosto y primeros de septiembre, en los medios de comunicación.

El estrés es un proceso normal de adaptación a las demandas del ambiente. Cuando tenemos que adaptarnos a nuevas demandas experimentamos una serie de cambios o reacciones a nivel corporal o físico, a nivel mental o cognitivo, así como a nivel conductual. Estos cambios se caracterizan por la activación, aceleración de funciones, o puesta en marcha de nuevos recursos, con el fin de tratar de dar respuesta a dichas demandas.

Así, por ejemplo, cuando una persona tiene que atender una tarea de su vida cotidiana con urgencia, su comportamiento se vuelve más apresurado, más activo, más dinámico; pero para que pueda poner en marcha este nuevo ritmo de conducta, se habrán desarrollado y se estarán activando una serie de reacciones a nivel físico y psicológico, de manera que se incrementarán sus respuestas fisiológicas (tasa respiratoria, cardiaca, respuestas electrodermales, temperatura, etc.) y cambiarán sus procesos cognitivos (la atención se centrará más en la tarea urgente, dejando de lado otras, se activarán procesos rápidos de pensamiento o solución de problemas, etc.).

Este conjunto de reacciones son perfectamente normales, pero ¿podríamos mantener este ritmo indefinidamente? Por supuesto que no, pues esas reacciones suponen un desgaste de recursos que van a producir finalmente cansancio, embotamiento, enlentecimiento, aumento de los errores, malestar físico y psicológico, etc. Es necesario reponer nuestra energía, nuestros recursos, con el descanso. Una vez hayamos descansado estaremos en condiciones de volver a responder a las demandas del medio. Y si no estamos preparados, surgirá otra reacción de estrés, volviendo a activarnos, como ya hemos visto.

Aunque el estrés es un proceso normal, si la intensidad de la demanda (estresor) es muy grande y las reacciones de estrés muy intensas, o se mantienen demasiado tiempo, los recursos con que contamos (nuestra energía, salud, motivación, interés, estado de ánimo, etc.) tenderán a gastarse y puede que lleguemos a una situación de agotamiento, en la que no tengamos tiempo para recuperar dichos recursos mediante el descanso, o estemos tan preocupados que no podamos dormir. Si esto sucede, puede que ya estemos sufriendo una serie de síntomas de estrés (dolor de cabeza, insomnio, dolores musculares, problemas de atención, de memoria, etc.), que pueden desaparecer simplemente con más descanso. Pero si no se pone remedio a este estado, los síntomas se irán incrementando en intensidad, irán apareciendo otros nuevos, y finalmente se puede llegar a desarrollar alguna enfermedad física o mental.

Al incorporarnos de nuevo al trabajo, tras las vacaciones, sufrimos una reacción de estrés. En general, este estresor no es muy intenso para la gran mayoría de las personas, que pueden ver con preocupación, o incluso con ilusión, la vuelta a su actividad. El cambio de hábitos suele exigir un esfuerzo para volver a los horarios habituales, o para mantener la atención centrada en las tareas que nos ocupan, durante el tiempo requerido. El volver a enfrentarse con responsabilidades u obligaciones puede suponer un aumento de ansiedad, ante la posibilidad de hacerlo mal, de fallar, de obtener un resultado negativo. En nuestra página Web hay un apartado sobre “La evaluación de nuestro nivel de ansiedad a través de los síntomas (test de ansiedad)”, en el que se puede contestar a un pequeño cuestionario que nos da una indicación sobre si los síntomas de ansiedad que estamos padeciendo son demasiado altos, como sucede cuando estamos muy estresados. Los síntomas más importantes son: preocupación, inseguridad, malestar psicológico, temor a perder el control, palpitaciones, taquicardia, excesiva sudoración, temblor, molestias digestivas, dolor muscular, dolor de cabeza, evitación de situaciones, inquietud motora, etc.

El rendimiento, la motivación o el interés en los primeros días pueden ser un poco más bajos de lo habitual. El cansancio puede surgir más fácilmente. El estado de ánimo puede decaer en algunas personas, especialmente a las que les cueste un poco más volverse a adaptar. Algunos grupos son algo más proclives a tener más ansiedad que otros (no sólo en este periodo postvacacional). Así, las mujeres sufren un estrés laboral percibido mayor que los varones y sobrellevan también más consecuencias, tanto físicas como psicológicas. Pero se supone que también hay cosas agradables en nuestro trabajo (o en el colegio) para la gran mayoría de las personas, como las relaciones sociales con los compañeros, a los que hacía algún tiempo que no veíamos. Si estas relaciones son gratas, el proceso de estrés que estamos experimentando se hará más llevadero.

Sin embargo, para otras personas el estrés postvacacional puede afectarles de manera más seria, debido a la acumulación de otros estresores (por ejemplo, problemas de pareja, dificultades económicas, desempleo, enfermedad, etc.). También puede afectar más a las personas que no les gusta su trabajo (o su colegio, o instituto), por las razones que sean, que pueden ser muy variadas, por ejemplo: acabaron muy agotadas antes de las vacaciones, tienen o van a tener mucho estrés (laboral o académico) de manera inmediata, están sufriendo acoso psicológico por parte de sus compañeros, se sienten quemados con su trabajo (o sus estudios), etc. Así, un estudiante con problemas de tartamudez que teme sufrir las burlas de sus compañeros (que ya ha sufrido en el pasado) puede sufrir mucha ansiedad ante la vuelta al nuevo curso académico. Los profesores de secundaria que están muy estresados (casi la mitad de estos profesionales sufren altos niveles de estrés), porque tienen serios problemas para controlar la conducta de sus alumnos en el aula, o han sufrido amenazas, tendrán una vuelta al nuevo curso mucho más complicada. Las personas que no han descansado porque no pueden tener vacaciones no lo tienen más fácil, ni tampoco las que están en paro, o algunas divorciadas, ni las que consumen tranquilizantes desde hace años. Para estas personas el estrés postvacacional puede suponer un esfuerzo mayor y tener consecuencias más importantes, pudiendo sufrir un incremento superior de sus síntomas de ansiedad, o de depresión, o ambos, que pueden desencadenar en trastornos de ansiedad o del estado de ánimo (depresivos); así mismo, pueden sufrir algún proceso de somatización (dolor, molestias físicas, etc.), que podría llegar a generar enfermedades físicas.

El desempleo es un estresor más importante que el reincorporarse al trabajo tras las vacaciones, constituyendo un factor de riesgo más grave para sufrir problemas de salud. Así, por ejemplo, en España los desempleados tienen una probabilidad mayor de padecer algún trastorno de ansiedad (la probabilidad se multiplica por 2,2), un trastorno depresivo (2,2 más probables), o un trastorno por consumo de sustancias (1,8 veces). El consumo de psicofármacos en pacientes que acuden a un centro de atención primaria es mayor en mujeres, en separados y en desempleados, perfil que como acabamos de ver está asociado con mayores niveles de estrés.

No existe un consenso de especialistas que haya definido el síndrome postvacacional, por lo que las estadísticas que se puedan encontrar en los medios de comunicación muchas veces se limitan a hacer estimaciones personales, en las que se suelen dar cifras tan diferentes como un 6% ó un 57% de trabajadores que sufren este síndrome. Cuando se realiza una encuesta que pregunta directamente que si se ha sufrido el síndrome postvacacional (sin definir qué es) la mayoría de los trabajadores responden que sí (57%, 63% de mujeres y 51% de varones), pero para casi la mitad de los consultados los síntomas desaparecen en tan sólo unos días (www.randstad.es). Tampoco conocemos estadísticas serias que nos indiquen que en esta época aumentan las consultas relacionadas con el estrés postvacacional al médico de atención primaria, al psicólogo,  o al psiquiatra. En un meta-análisis sobre los estudios realizados se encontró que se ha investigado algo, aunque muy poco, acerca del efecto de las vacaciones sobre la salud y el bienestar, encontrándose un tamaño del efecto pequeño (d = +0,43), pero significativo, tanto con vacaciones cortas como largas (más de diez días), que se pierde unas semanas después de volver al trabajo (d = -0,38).

Para sufrir un trastorno adaptativo postvacacional tendrían que cumplirse una serie de criterios, para los que sí existe consenso universal, y por lo tanto se podría estudiar su prevalencia. El primero de ellos, según la DSM-IV, es: “La aparición de síntomas emocionales o comportamentales en respuesta a un estresante identificable tiene lugar dentro de los 3 meses siguientes a la presencia del estresante”. Es decir, que para que alguien sufra este trastorno debe estar experimentando estos síntomas emocionales (malestar, ansiedad, depresión) o comportamentales (deterioro significativo de la actividad social o laboral o académica), como consecuencia de la vuelta a su actividad profesional, tres meses después de reincorporarse a la misma. Además, este trastorno sería previo a un trastorno depresivo o un trastorno de ansiedad.

 

Consejos para superar el estrés postvacacional

Para superar el estrés postvacional, así como para prevenir las consecuencias negativas del estrés en general pueden seguirse una serie de cuidados que vamos a resumir a continuación. Comenzar el trabajo poco a poco y a ser posible por lo más grato. Conviene usar el tiempo de comer como momento de descanso y ruptura con nuestras actividades profesionales. Es bueno aprovechar la comida para hacer vida social y familiar. Dormir lo suficiente, en torno a ocho horas. Dejar el trabajo en la oficina (tanto los papeles, como las preocupaciones). La práctica moderada de algún deporte o ejercicio físico ayuda a relajarnos. La organización del tiempo y de nuestras actividades, estableciendo horarios, es fundamental para poder descansar, no estar preocupados, no sufrir continuos sobresaltos, olvidos importantes, etc. Saber seleccionar actividades cuando no podemos hacer todo. No analizar continuamente los problemas o las alternativas: esto produce ansiedad. El estrés que nos produce un problema o situación depende de las consecuencias que prevemos, pero a veces exageramos las consecuencias negativas (hay que ser realistas y positivos, no hay que magnificar lo negativo). No añadir elementos accesorios al problema. Reforzar las conductas positivas de las personas de nuestro entorno, con aprobación, halagos, sonrisas, pequeños detalles, etc. Corregir las conductas negativas de las personas de nuestro entorno, dándoles la información a tiempo y nuestra desaprobación, pero sin broncas, sin culpas, ni otros castigos. Practicar la relajación con cierta asiduidad en los momentos en los que nos encontramos peor, dedicándonos algún tiempo a nosotros mismos. Leer algún libro bueno de autoayuda para aprender a pensar bien, eliminando algunos pensamientos erróneos, ideas irracionales, etc., que nos estresan. Exponerse poco a poco a las situaciones que tenemos pánico. Aprender a decir no, practicar nuestras mejores habilidades sociales, etc.

 

Los efectos a largo plazo del estrés intenso y prolongado

Son conocidos los efectos del estrés en general cuando es muy intenso y se prolonga demasiado tiempo (se cronifica) sobre la salud física y sobre la salud mental. Lo resumiremos brevemente. Sabemos que si sufrimos reacciones de estrés muy intensas y mantenidas en el tiempo, por las razones que sean, a la larga éstas pueden desencadenar (o estar asociados con) el desarrollo de diferentes desórdenes mentales, como por ejemplo trastornos adaptativos (de tipo ansioso, depresivo, o mixtos), algunos trastornos de ansiedad (especialmente, trastorno de pánico, trastorno de estrés agudo, y trastorno de estrés postraumático), algunos trastornos del estado de ánimo (sobre todo trastorno depresivo mayor), trastornos por consumo de sustancias (abuso, dependencia, y otros trastornos mentales derivados del consumo), así como algunas disfunciones del sueño, sexuales, o los trastornos de la alimentación. Pueden encontrarse descripciones de algunos de estos trastornos en nuestra página Web, por ejemplo en el apartado de Trastornos de Ansiedad.  

Igualmente, el estrés y la ansiedad además de producir trastornos mentales pueden desencadenar también (o estar asociados con) una serie de trastornos físicos, como por ejemplo los llamados trastornos psicofisiológicos, entre los que cabe mencionar: los trastornos cardiovasculares (enfermedad coronaria, hipertensión, infarto, arritmias, etc.), trastornos digestivos (colon irritable, úlcera), trastornos respiratorios (asma), trastornos dermatológicos (psoriasis, acné, eczema), y otros trastornos frecuentes en las consultas de atención primaria  de salud, como algunos en los que está presente el dolor o la tensión (cefaleas tensionales, lumbalgia, artritis, dolor crónico), ciertas disfunciones de la fertilidad, determinadas enfermedades relacionadas con el sistema inmune (cáncer, artritis reumatoide, etc.), y en general en cualquier trastorno crónico que implica una pérdida importante de la calidad de vida (malestar físico, dolor, pruebas invasivas, hospitalización, disfunción) o una amenaza para la supervivencia (resultados de pruebas diagnósticas críticas, cirugía, enfermedad terminal).

 

Los problemas de ansiedad, estrés y depresión en atención primaria

Desafortunadamente, muchas de las personas que padecen estos trastornos, tanto físicos como mentales, no cuentan con la información necesaria para conocer y manejar sus emociones, ni para entender cómo y por qué los estados emocionales negativos (con una experiencia desagradable y alta activación fisiológica) empeoran su dolencia, o a quién deben dirigirse para recibir un tratamiento eficaz que incluya entrenamiento en manejo de sus emociones, etc.; todo lo cuál suele generar altos niveles de ansiedad, frustración, desesperanza e incluso a veces depresión. Con el tiempo, si se carece de dicha información, el estrés y las emociones negativas (ansiedad, miedo, ira y tristeza, especialmente) suelen aumentar la sintomatología e incluso cronificarla.

Una gran parte de las personas que sufren estos desórdenes, tanto físicos como mentales, acudirá a un centro de atención primaria (el 64,2% de los pacientes con trastornos mentales es atendido por un médico de atención primaria), donde el problema será descontextualizado de su sentido emocional y psicológico, por un especialista médico que no tiene suficiente formación psicológica en ansiedad y estrés, o en salud mental. Por lo que los trastornos mentales en atención primaria pasan muchas veces desapercibidos (para el médico y para el paciente) y no reciben el tratamiento adecuado. El médico tratará el problema de manera exclusivamente farmacológica, a pesar de los efectos secundarios no deseados que a veces pueden influir negativamente sobre otros procesos y trastornos del paciente, como el embarazo o serios problemas físicos. En la mayoría de los casos se prescribirán tranquilizantes (tanto para pacientes con trastornos de ansiedad como con trastornos depresivos) que producen adicción  y no resuelven el problema (un 16% en el último año consumió psicofármacos), sin ni siquiera dar información sobre la naturaleza del desorden emocional (un factor esencial en los tratamientos eficaces de estos problemas), por lo que la mayoría de estos trastornos (para los que existen tratamientos eficaces) tenderán a ser persistentes y a cronificarse, lo cual supone una gran carga (días perdidos, por ejemplo) y un gran coste. Al final, en nuestro país, la gran mayoría de los pacientes con trastornos de ansiedad y depresivos no están bien medicados. Además, los trastornos mentales producen más discapacidad que los trastornos físicos crónicos y tienen un efecto de sinergia cuando se combinan con enfermedades físicas crónicas para producir discapacidad.

Esto puede llegar a tener unas consecuencias muy costosas, tanto a nivel individual como social. Así, por ejemplo, la OMS prevé que la depresión será la segunda mayor causa de discapacidad en el año 2020. Además, el trastorno depresivo empeora más la salud incluso que las enfermedades físicas crónicas (diabetes, asma, angina y artritis), tal y como se comprobó en un estudio llevado a cabo con casi 250.000 pacientes de 60 países, en el que se encontró también que entre un 9,3 y un 23% de pacientes con enfermedad física crónica presenta un trastorno depresivo. 

En España, esta enfermedad mental está ya en el cuarto puesto de la lista de trastornos que más gasto generan en atención primaria con un 4,5% del gasto total, ranking en el que la hipertensión esencial está en el primer puesto con un 9,3% y los problemas de ansiedad en el décimo noveno con el 0,8%. Por otro lado, un 19,5% de los pacientes de AP presentan al menos un trastorno de ansiedad, convirtiéndose en hiperfrecuentadores de estas consultas, que ya están de por sí colapsadas, a pesar de que un 41% de estos pacientes no está recibiendo ningún tipo de tratamiento. A su vez, estos pacientes con trastornos de ansiedad presentan un mayor riesgo de padecer trastornos físicos, como cefalea, cardiopatía, problemas músculo-esqueléticos o trastornos digestivos. Por último, los síntomas físicos típicos de procesos emocionales en los que se producen somatizaciones son muy frecuentes en pacientes que acuden a atención primaria, como la fatiga (que se da en el 57% de los casos), el dolor de cabeza (40%), o el dolor de espalda (39%). Estos síntomas son acumulativos (más de la mitad de los pacientes tiene 3 ó más), tienden a cronificarse (2 de cada 3 personas los presentan desde hace más de 6 meses) y su acumulación está relacionada con ansiedad, así como con peor salud.

 

Los tratamientos eficaces

En el Reino Unido se está produciendo un cambio radical en la atención primaria del sistema nacional de salud acerca del tratamiento de los trastornos de ansiedad y los trastornos depresivos de gravedad media o baja. Tras un estudio riguroso de la carga, los costes y la eficacia del tratamiento de estos desórdenes, se ha decidido sustituir el tratamiento farmacológico por el tratamiento psicológico, con técnicas cognitivo-conductuales, que han demostrado ser más eficaces y eficientes a medio y largo plazo.

 

 


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