Espéculo

Reseñas, críticas y novedades


Juan Benet

La inspiración y el estilo

Madrid, Alfaguara, 1999, 269 pp.



Entre los escritores más fervorosamente reivindicado en los últimos años se encuentra la figura de Juan Benet (1927-1993). Narradores no ya tan jóvenes como Julio Llamazares, que en La lluvia amarilla no hacía sino repetir la historia del pueblo donde nació y que quedó sumergido por las aguas de un embalse construido por el mismo Benet, o Javier Marías, unido a Benet por lazos de amistad desde antes de publicar su primera novela, Los dominios del lobo, han puesto de relieve la importancia del conjunto narrativo que supone la obra de este autor que con obras como Volverás a Región o Saúl ante Samuel, no encontró la repercusión deseada en vida y sí que se la ha proporcionado la posteridad, situando su obra como uno de los corpus narrativos básicos de la segunda mitad del siglo XX en España.

Benet ha dado pie a la polémica en los últimos años al ser recogida su obra como un estandarte de lo que debe ser el canon de la novela. Escritores como Justo Navarro o Massoliver Ródenas reivindican su nombre a la hora de establecer el canon de lo que debe ser la novela como un modelo alejado de la narratividad y del hecho de contar historias por contarlas reduciendo la novela a una mera elaboración del estilo donde prima más el código que el mensaje. Otros escritores como los leoneses Luis Mateo Díez, Juan Pedro Aparicio, o José María Merino, o el mismo Luis Landero se sitúan al otro lado primando a los hechos frente a la elaboración de una retórica personal.

Pero la obra de Benet no se quedó aferrada únicamente al género narrativo. Benet practicó también el ensayo, y es en este título, que recoge ahora la editorial Alfaguara, La inspiración y el estilo, en donde el autor de Una meditación expresa sus reflexiones acerca de lo que supone el oficio de escritor y lo que significa bajo su óptica el objeto artístico que es la escritura. El título no va desencaminado respecto al rumbo que va a tomar su autor a lo largo del ensayo: Benet hace, de este modo, una defensa apasionada del estilo como el resorte más férreo al que se puede sujetar un novelista. Partiendo de los clásicos franceses, en especial de Racine, Benet muestra sus fobias y filias literarias, pero sin una insistencia apasionada que le haga caer en la contumacia. Su libro inspira una profunda reflexión sobre lo que constituye tanto la iniciación de la escritura como la madurez de su labor literaria, y las diferencias entre una y otra fase encuentran sus más sencillas razones en la consecución de una voz personal. Así, Benet caracteriza al escritor que deja de ser iniciado como el hombre que " a medida que va conociendo los clásicos su entusiasmo por lo no existente empieza a decaer y va cobrando, en cambio, envergadura un cierto gusto por las cosas que se han dicho; aun cuando prevalece la vocación (y aquel sentimiento de inquietud), la lectura y el conocimiento alteran el concepto de su propia necesidad; el mundo se va haciendo más completo, los huecos no son tan grandes ni tan numerosos como en un principio se había presumido y las fuentes de la inspiración se hacen más menguadas y esporádicas porque aquellas aguas caudalosas que han servido para fertilizar las vegas más fértiles, han sido ya exhaustivamente aprovechadas."

La inspiración y el estilo también son el resultado de las abundantes y fructiferas lecturas que sirven a Benet para rechazar parte de los escritores que considera censurables desde el punto de vista estilístico. Así Voltaire será el más duramente criticado por la ausencia de esta voluntad de estilo, así como la mayoría de los ilustrados. El siglo XIX español no saldrá mejor parado, y será Flaubert el que reinicie este trabajo de búsqueda de una voz personal, ajena a la inspiración, el que se identifique en mayor medida con el autor Juan Benet. Por ello, las reglas o la búsqueda de una novela fundamentada en reglas que determinen el desarrollo de la obra no aseguran la consecución de la obra personal: "Cuando el escritor, en cambio, no acepta ese acto de fascinación y exige de sí mismo que en todos sus juicios se hallen presentes los agentes de control de la razón, no hace sino expulsar de la fiesta a la única persona que en un momento puede animarla...", pues es el estilo lo que diferencia a una gran obra de arte de un resultado secundario. Frente a la narratividad, Benet expone el encuentro con un estilo subjetivo que realce la personalidad del escritor en la obra y ello le conduce a hablar de lo cotidiano y de lo ordinario, de manera que el escritor debería alejarse de las grandes gestas. Es ahí donde Benet encuentra las extraordinarias obras, desde El Quijote de Cervantes hasta Luz de agosto de Faulkner.

En definitiva, Benet nos ofrece un texto interesante en donde se nos alcanza una invitación a la reflexión sobre la tarea del buen escritor. Tras sus sabias palabras se esconden ponderados juicios de lo que es la novela y de lo que a la luz de sus lecturas debe ser. De menor interés resultan las dos conferencias de Carmen Martín Gaite que acompañan el texto de Juan Benet y que no responden a otro fin que cubrir la necesidad editorial.

 

Luis Veres
CEU-San Pablo (Valencia)

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero12/benet.html



Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 1999