Espéculo

Reseñas, críticas y novedades


David Le Breton

Antropología del dolor

     


 

   

1. Presentación

Esta obra es continuación de la serie iniciada con Antropologie du corps et modernité (1990) en que el autor estableció las perspectivas y útiles necesarios para abordar una interpretación global del pensamiento contemporáneo a la luz de la antropología. El cuerpo humano, opina Breton, es un objeto de análisis privilegiado y la lectura antropológica un instrumento iluminador de las diversas áreas del trabajo humano. Des visages (1992), sobre los significados del rostro, o La Char à vif (1993), acerca de los usos médicos del cuerpo humano, han representado sucesivos acercamientos a la interpretación antropológica que culmina en Antropologie de la douleur (1995), donde se enfrenta el problema de la relación defectuosa del ser humano con su cuerpo, esto es, el dolor. Breton, profesor de Sociología y Antropología en la universidad de Estrasburgo enfoca este tema desde la metodología de Simmel y Mauss, orientación que le permite cifrar en el cuerpo humano toda una encrucijada de significaciones en las que es posible aprehender la construcción social y cultural de una realidad irrefutable como es el dolor.

El libro de Breton se estructura en seis capítulos que recorren la constatación objetiva de la experiencia de dolor junto a su inequívoca vivencia personal por cada ser humano. Se añade asimismo la gran pregunta acerca de su sentido, único camino de superación del dolor en la opinión de Breton quien, a modo de alternativa, enumera las respuestas de las grandes religiones a este fenómeno, ya que el dolor se padece subjetivamente en mayor o menor intensidad, con un grado u otro de resistencia, según el significado que las diversas sociedades hayan dotado en su conjunto a esta experiencia. A la exposición de estas tesis dedica el autor otros dos capítulos, concluyendo finalmente con el análisis de los usos sociales del dolor, esto es, de la pragmática positiva de este tipo de conocimiento, si es que esta puede existir. La obra de Breton trasluce la atenta lectura de la carta Salvifici Doloris de Juan Pablo II (11-II-1984), autor al que cita en algunas ocasiones y con el que comparte muchos puntos de vista.

2. Dolor y sufrimiento

Uno de los planteamientos iniciales de la carta Salvifici Doloris (SD) es la discriminación entre sufrimiento físico y moral, respectivamente el dolor del cuerpo o del alma, distinción que Breton repone en terminología médica en los conceptos de "pain" y "suffering". Siendo el dolor una experiencia común, solidaria, tema universal que acompaña al hombre a lo largo y ancho de la geografía (SD,2) junto con la muerte, pues el sufrimiento es siempre humano aunque también conozcan el dolor los animales; tal vez, porque el dolor "manifiesta a su manera la profundidad propia del hombre y de algún modo la supera. Solamente el hombre cuando sufre sabe que sufre, y se pregunta la razón de este dolor del mismo modo que se plantea el significado del mal: "Ambas preguntas son difíciles cuando las hace el hombre al hombre, los hombres a los hombres como también cuando el hombre las hace a Dios" (SD,9). Aún más, podría decirse que esta pregunta sólo puede dirigirse a Dios, concluye Juan Pablo II: "El hombre puede dirigir tal pregunta a Dios con toda la conmoción de su corazón y con la mente llena de asombro y de inquietud; Dios espera la pregunta y la escucha" (SD, 10). De manera que el sufrimiento parece pertenecer a la trascendencia del hombre; es uno de esos puntos en los que el hombre está en cierto sentido destinado a superarse a sí mismo, y de manera misteriosa es llamado a hacerlo" (SD,2).

Simultáneamente, se trata también un hecho situacional, aislable en un sujeto que lo padece pero modalizado por la "materia social, cultural, relacional" que impregna ese sufrimiento. Siempre se manifiesta de manera violenta, de improviso, como una invasión e interrupción de la vida cotidiana, y, muy frecuentemente, destroza nuestras relaciones familiares y sociales por el sentimiento de la incapacidad y la indignidad frente a los otros.

Así pues, el dolor es "un hecho personal, encerrado en el concreto e irrepetible interior del hombre" y el sufrimiento, una experiencia incomunicable. Por esto, André Le Breton censura el organicismo dualista de nuestra tradición occidental que reduce el dolor a una mera sensación relativa a la maquinaria del cuerpo. Nada más falso, añade Le Breton, que la ponderación objetiva de esta experiencia, como demuestran los experimentos de medición de los umbrales de dolor. Para comprobar la intensidad del dolor de otro sería necesario convertirse en ese otro. No pertenece sólo a la terapéutica. Afirma Juan Pablo II: "El sufrimiento humano es mucho más vasto, mucho más variado y pluridimensional. El hombre sufre de modos diversos, no siempre considerados por la medicina, ni siquiera en sus más avanzadas ramificaciones. El sufrimiento es algo todavía más amplio que la enfermedad, más complejo y a la vez más profundamente enraizado en la humanidad misma. Una cierta idea de este problema nos viene de la distinción entre sufrimiento físico y sufrimiento moral" el sufrimiento respectivo, del cuerpo o del alma". El hombre que sufre aparece envuelto en un misterio intangible que debe provocar el respeto de los demás. Su padecimiento siempre será incomunicable.

"Sufrir es sentir la precariedad de la propia condición personal, en estado puro, sin poder movilizar otras defensas que las técnicas o las morales" explica Bretón. Y la Salvifici Doloris precisa aún más: ¿cuándo se sufre? Cada vez que la persona experimenta el mal de cualquier género que sea.

Como es lógico, esta respuesta mueve a la subsiguiente pregunta por la naturaleza del mal. El mal sería así una ausencia, falta o distorsión del bien."El hombre sufre a causa de un bien del que él no participa, del cual es en cierto modo excluido o del que él mismo se ha privado. Sufre en particular cuando debería tener parte -en circunstancias normales- en ese bien y no lo tiene"(SD, 7) Y podría añadirse, parece innegable que la intensidad del dolor varía en razón al sentido que pueda encontrarse a esta experiencia. Los que sufren son y experimentan lo mismo: la necesidad de conceder un sentido a esa situación, la necesidad del apoyo y comprensión de los que aún se mantienen sanos y felices. Encontrar el sentido del dolor es la cuestión urgente de todo aquel que sufre. ¿Para qué el dolor? y ¿por qué yo? ¿por qué soy yo el que sufre? Esta pregunta (SD, 7) no sólo acompaña al sufrimiento sino que constituye, en ocasiones, el núcleo de este sufrimiento.

3. ¿Para qué puede servir el dolor?

No existe en nuestro organismo ningún sentido especializado en la detección del dolor dado sufrimos en todo nuestro cuerpo, en nuestra psique, en nuestra sensibilidad. Así pues, el dolor no es una función orgánica sino la consecuencia de la lesión de una función, aclara Le Breton. Queda ahora por examinar si este fenómeno cumple alguna misión de utilidad en la subsistencia corporal, indagación que desemboca de nuevo en la frustración. En algunos casos el dolor avisa del peligro o riesgo, o en otros de la enfermedad, pero no siempre ni de modo inmediato. Incluso en algunos enfermos (personas insensibles) es silenciado por un desajuste entre lesión y sufrimiento, o padecen el dolor sin una causa patológica (hipocondríacos). Entonces ¿para qué puede servir el dolor desde el punto de vista orgánico? ¿por qué existe entonces? Le Breton ofrece algunas propuestas.

En primer lugar, para algunas personas el sufrimiento supone un camino de "acceso al ser", un modo de "instalarse físicamente en el mundo". Es el caso de los enfermos de hipocondría que configuran una identidad provisional al vivir su cuerpo como mundo primario, o de los "histéricos" para quien el dolor físico es trasunto del dolor moral por el que esperaban haber logrado el amor y la compasión. La afectación del dolor al núcleo íntimo de la persona, su violencia, su irracionalidad parecen exigir la comprensión y el afecto de los "otros", los que aparentemente no sufren.

Pero sucede que el sufrimiento amenaza nuestra identidad, y puede llegar a transformarnos en perfectos desconocidos para los demás, especialmente en los casos de sufrimiento crónico. Quien sufre no puede incorporarse con espontaneidad a los placeres y alegrías de los demás; suele reconcentrarse en sí, prestando una atención exclusiva al propio cuerpo cuya omnipresencia aniquila cualquier otro interés más allá de los síntomas: dolor agudo, ansiedad, extrañeza a las costumbres habituales, temor al diagnóstico, etc. "El hombre sufriente ya no es el mismo, pero se le suele considerar a la luz de sus comportamientos pasados. Se le reprocha ese cambio sin considerar circunstancias atenuantes" (190) Incluso se llega a poner en duda la intensidad de su sufrimiento o su buena voluntad para cooperar al restablecimiento, situación que hace aún más intolerable el padecimiento del doliente. "La solidaridad inicial se transforma en desconfianza, y a veces en rechazo" (191) Las opciones del doliente, aclara Le Breton, varían entre la ocultación del mal, el aislamiento, o el chantaje afectivo con la mercancía del dolor. En este sentido convendría recordar la frase de René Lariche: "Sólo hay un dolor fácil de soportar, y es el dolor de los demás".

Por esto, algunas personas generan la profusión de sufrimiento con el que pueden llegar a erguirse como subjetividad ante los otros. Sin él les sería imposible existir, afirma Breton: "para colmar una deuda infinita de la infancia o de otra época, o mantener su lugar en el seno de un sistema relacional donde el dolor es la moneda de cambio" (232). De este modo, "pagando el precio de la pena, la privación, la aprehensión", se "satisface en parte la defensa de sí mismo, evita exponerse a una situación que le sería aún más amarga". Son estos los casos en que la enfermedad (real o imaginaria) es rentabilizada como sucedáneo de la compasión y la necesidad de la socialización: "De manera implícita, en la palabra sufriente se expresa una demanda de amor, una llamada a estrechar los vínculos afectivos" (176).

Aún más, "numerosas observaciones demuestran que la solicitud de la eutanasia nace de la renuncia vital de un enfermo cuyos últimos días carecen de significado, privado del reconocimiento de los otros, enfrentado a la indiferencia y la reprobación del personal sanitario, sin que su dolor sea tenido en cuenta lo bastante. Nada otorga valor a una existencia que el enfermo considera residual y hasta indigna. La compañía sin embargo, arrancando al individuo de la soledad, desactiva el deseo de morir y restablece el valor de la existencia" La muerte es una experiencia dura pero humana que consuma el curso vital y vincula de modo más estrecho a cuantos se ven afectados por ella. Así pues, la muerte ha de ser vivida con el mismo valor que el resto de la vida. Porque "sólo el rostro de un allegado permite habitar con gusto las últimas horas de la vida manteniendo el valor del mundo" (pág. 40). En el alivio del miedo que experimentan los enfermos participan de manera decisiva tanto los profesionales de la sanidad como los familiares de los enfermos. "El acompañamiento, la escucha, la capacidad de contener la ansiedad, la acogida por los terapeutas o la familia de la palabra sufriente, ejercen un efecto de apaciguamiento del dolor. En tal contexto, a veces, para aliviar al enfermo bastan dosis mínimas de antálgicos. por el contrario, el abandono, la soledad, atizan el fuego de un dolor que traduce un intenso sufrimiento, un grito dirigido a los allegados o a los terapeutas, última señal de una voluntad de existir" (94).

Por esto mismo, tal vez sólo la fórmula religiosa sea capaz de otorgar un significado al dolor, especialmente si entendemos religión como vinculación, dependencia, confianza en alguien que responde de nosotros. Desde esta perspectiva puede ser comprensible que la ofrenda del dolor, en muchos casos, alcance el significado de una ofrenda de amor, de búsqueda de la socialidad, de anhelo de pertenencia a una comunidad, como en los ritos de iniciación de algunos grupos por los que los jóvenes son incorporados hasta la dignidad y honor de sus mayores. Es decir, el dolor puede significar la decisión de una voluntad, de ofrecer lo más valioso de sí, bien para integrarse en la comunidad de los que han experimentado lo mismo, bien para ofrendar por amor algo verdaderamente costoso. Tanto en uno u otro caso son fruto de la libre aceptación de la persona.

Pero si el dolor puede obedecer a la libre ofrenda del amor, también puede utilizarse como instrumento de dominación del otro por la tortura, el suplicio y la humillación, muchas veces más horribles que la amenaza de muerte. El dolor ha sido administrado como castigo, memoria de la sanción en los proyectos educativos del pasado. En cualquiera de estos casos se manifiesta como poder, capacidad e imperio, ya que "El dominio sobre el cuerpo es el dominio sobre el hombre, su condición, sus valores más queridos" (247). Esta es la explicación tal vez de los castigos ejemplares ejecutados por la justicia penal del pasado (y del presente).

Sin embargo, aún ante el sufrimiento impuesto, que no puede evitarse, cabe transformar esta experiencia en un mecanismo constructivo. Recuerda Breton:"El dolor es una punción de lo sacro, porque arranca al hombre de sí mismo y lo enfrenta a sus límites, pero se trata de una forma caprichosa, que hiere con inaudita crueldad. Sin embargo, si permanece bajo el control moral o si es superado, ensancha la mirada del hombre, le recuerda el precio de la existencia, el sabor del instante que pasa. Todo depende del significado que el hombre le confiera. Si suprime el gusto de vivir cuando golpea, opera el efecto contrario en cuanto se aleja. Es una llamada al fervor de existir, un memento mori que devuelve al ser humano a lo esencial".

4. ¿Hacer frente al dolor?

Por lo que acabamos de decir, parece evidente que uno de lo modos de paliar el dolor, de aliviarlo es atribuirle un sentido, al vencer el miedo que nos inspira. Para ello, es imprescindible poder nombrarlo. La práxis médica demuestra que no hay nada que atemorice más a los enfermos como el sufrimiento que proviene de causas desconocidas. De ahí que el diagnóstico, en especial para los enfermos crónicos, facilite la asunción del dolor.

En segundo lugar, darle un significado. Comprender el sentido del dolor es comprender también el sentido de la vida. Pero este significado depende en cada caso de la existencia individual que lo padece y de los arquetipos de la cultura. Es innegable que el dolor participa hasta cierto punto de una construcción social. Breton se detiene en ejemplos elocuentes acerca de la exteriorización del dolor que se espera según las diferentes sociedades. "Aunque el umbral de sensibilidad es semejante para el conjunto de las sociedades humanas, el umbral dolorífero en el cual reacciona el individuo, y la actitud que éste adopta a partir de entonces están esencialmente vinculados con la trama social y cultural. Frente al dolor, entran en juego tanto la concepción del mundo del individuo como sus valores religiosos o laicos y su itinerario personal" (137). De manera que "La relación íntima con el dolor no pone frente a frente una cultura y su lesión, sino que sumerge en una situación dolorosa particular a un hombre cuya historia es única incluso si el conocimiento de su origen de clase, su identidad cultural y confesión religiosa dan informaciones precisas acerca del estilo de lo ue experimenta y sus reacciones". Por eso, considera un error la indiferencia de ciertos profesionales de la medicina hacia las circunstancias peculiares -orígenes sociales y culturales, etc.- del enfermo. Probablemente no pueda compararse la reacción de un mutilado de guerra ante la pérdida de uno de sus órganos, con de un obrero que ha sufrido un accidente laboral. Para el primero, perder un miembro es recibir el honor y salvar la vida. Para el segundo, significa la ruina, la violencia, el abandono.

El significado del dolor depende también de la visión y el significado que cada persona tenga de su cuerpo. Pero ¿cómo ve el individuo la imagen de su cuerpo? La representación que cada persona se hace de su cuerpo depende simultáneamente de su historia personal y de la representación que el cuerpo haya alcanzado en un contexto social y cultural según ha mostrado. Además "Un mismo individuo no tiene una relación constante con su dolor. Las circunstancias la hacen variar como se ha visto: se distrae enfrascándose en una actividad absorbente, o lo olvida al ser súbitamente reclamado para una tarea imprevista o por preocupaciones que reclaman toda su atención. El dolor se acentúa si no se piensa más que en él, si el individuo se deja disolver en su tormento. El significado que se otorga al hecho doloroso, el estado de ánimo que reina en tal o cual momento, son las matrices que dan forma al sentimiento del dolor" (183)

En este sentido, Breton pide a los facultativos que traten a los pacientes desde un patrón teórico de lo que debería suceder. "No hay una objetividad del dolor, sino una subjetividad que concierne a la entera existencia del ser humano, sobre todo a su relación con el inconsciente tal como se ha constituido en el transcurso e la historia personal,las raíces sociales y culturales; una subjetividad también vinculada con la naturaleza de las relaciones entre el dolorido y quienes lo rodean" (94-95) Por esta razón, lamenta que sea el significado médico el que se haya impuesto en nuestra sociedad occidental lo que le mueve a solicitar una medicina en colaboración, que tome en cuenta la participación del enfermo en el diagnóstico de la enfermedad, "hacer del dolor un simple dato biológico es insuficiente en la medida en que su humanización es la condición necesaria para que se presente a la consciencia, y porque entre una realidad espacio temporal y otra, los hombres no sufren del mismo modo ni en el mismo momento" (138)

El control personal, mediante el recuerdo de los momentos propicios, el distanciamiento, el raciocinio, una especie de orientación estoica de la voluntad es el principal remedio que la antropología puede ofrecer a la experiencia del dolor. "El estoico permanece inalterable ante las situaciones dolorosas puesto que entre su persona y las inclemencias del mundo erige la omnipotencia de su decisión. Perder el control del acontecimiento es perderse a uno mismo, ya que el acontecimiento es un pretexto para la voluntad personal... Nada concierne tanto al ser humano como su disposición interior, de la cual es único amo señor" (96). "El dolor es sacralidad salvaje ¿Por qué sacralidad? Porque forzando al individuo a la prueba de la trascendencia, lo proyecta fuera de sí mismo, le revela recursos en su interior cuya propia existencia ignoraba. Y salvaje, porque lo hace quebrando su identidad. No le deja elección, es la prueba de fuego donde el riesgo de quemadura es grande. Es propio del hombre que el sufrimiento sea para él una desgracia donde se pierde por entero, donde desaparece su dignidad, o, por el contrario, que sea una oportunidad en que se revele en él otra dimensión: la del hombre sufriente, o que ha sufrido, pero que observa el mundo con claridad" (274). Esta actitud tiene que ver con la idea de una transformación del dolor en experiencia iniciática, tal como lo describe en su diario la escritora Katherine Mansfield. Convertir el dolor en un desafío de la dignidad humana cuya victoria consiste en su aceptación.

Hay que someterse. No resistas, ¡acógelo! Haz de tu dolor una parte de tu vida. Todo aquello que aceptamos verdaderamente de la existencia sufre una transformación. De ese modo, el sufrimiento tiene que convertirse en amor. Ahí está el misterio. Debo pasar del amor personal a uno mayor... ¡Ahora soy semejante a un hombre a quien han arrancado el corazón,pero soporta! En el mundo espiritual como en el mundo físico, el dolor no dura eternamente... Si el sufrimiento no es reparadora medicina, quiero volverlo tal(Le journal, p. 316-317)

La Salvifici Doloris aporta una visión similar: "En el sufrimiento está como contenida una particular llamada a la virtud que el hombre debe ejercitar por su parte. Ésta es la virtud de la perseverancia al soportar lo que molesta y hace daño. Haciendo esto, el hombre hace brotar la esperanza, que mantiene en él la convicción de que el sufrimiento no prevalecerá sobre él, no lo privará de su propia dignidad unida a la conciencia del sentido de la vida. Y así, este sentido se manifiesta junto con la acción del amor de Dios, que es el don supremo del Espíritu Santo. A medida que participa de este amor; el hombre se encuentra hasta el fondo en el sufrimiento: reencuentra el alma que le parecía haber perdido a causa del sufrimiento (SD, 23). De manera que el sufrimiento tiene cierta capacidad creativa. Puede regenerar el bien de aquel que padece, del mismo modo que el sufrimiento de Cristo ha creado el bien de la redención, esto es, de la liberación definitiva del mal: no ya sólo la muerte física sino la muerte eterna: "en el misterio de la Iglesia como cuerpo suyo, Cristo en cierto sentido ha abierto el propio sufrimiento redentor a todo sufrimiento del hombre. En la medida que el hombre se convierte en partícipe de los sufrimientos de Cristo -en cualquier lugar del mundo y en cualquier tiempo de la historia- en esa misma medida, a su manera completa aquel sufrimiento, mediante el cual Cristo ha obrado la redención del mundo" (SD, 24).

Según esto, el dolor no es un fin en sí mismo. Pero cabe hacer algo con el dolor, que de una manera u otra se manifiesta en nuestra vida. Del descubrimiento de este carácter creador del bien, salvífico del mal en el propio ser y en los demás, deriva la capacidad no ya de no dejarse destrozar por él sino de aceptarlo con alegría.

Finalmente, Le Breton realiza un interesante análisis acerca de lo que el dolor pueda significar en nuestra sociedad contemporánea, en absoluto familiarizada con la idea de que la vida pueda aparejar dolor. Los avances en la investigación biomédica han erradicado el dolor y molestias de muchas enfermedades, pero también han dado lugar a la cronicidad de muchos otros sufrimientos que, antiguamente, no hubieran tenido oportunidad de manifestarse. Baste pensar la facilidad con que nos sometemos a la cirugía, y la relativa facilidad con que paliamos sus molestias gracias a los antálgicos. Sin embargo, hace menos de cien años muchos dolores cotidianos resultaban irremediables, y las intervenciones quirúrgicas sólo se afrontaban en casos de vida o muerte. Es decir, "el dolor estaba integrado en la economía de la vida". El umbral de tolerancia del dolor era relativamente alto dado que se aceptaba como algo inexorable que afectaba o podía afectar a cualquiera en cualquier momento. Todavía en medios populares o menos favorecidos, por ejemplo, la legitimidad de la queja llega cuando el dolor hace imposible el trabajo. Sucede esto porque para estos grupos humanos el sentido de la vida no lo justifica el bienestar sino la ocupación en la tarea profesional, la esencia misma del existir personal y familiar (167).

Por el contrario, la vida que se lleva al abrigo de toda adversidad contribuye a volver penoso el más ínfimo tropiezo, a falta de una cultura del dolor permanentemente reanimada por la relación con el mundo circundante (162) En nuestro días el dolor es un sinsentido absoluto, aún más inexplicable que el de la muerte. Así se traduce la irrupción de lo "peor que la muerte" en una sociedad que ya no integra el sufrimiento ni la muerte como hipótesis de la condición humana" (206). Parece razonable liberarse de las obligaciones impuestas por el dolor, aunque ello cueste la pérdida de la independencia", es decir, de la autonomía y dignidad (I. Illich, Némesis médicale, Paris, Le Seuil, 1975, p. 150) Menos sentido se encuentra aún al padecimiento del dolor que podría ser evitado.

Así pues, concluye Le Breton, despojar al dolor de todo significado supone dejar al ser humano sin recursos, hacerlo vulnerable. Aunque parezca al hombre el acontecimiento más extraño, el más opuesto a su conciencia, aquel que junto a la muerte le parece el más irreductible, el dolor no es sino el signo de su humanidad. Abolir la facultad de sufrir sería abolir su condición humana. La fantasía de una supresión radical del dolor gracias a los progresos de la medicina es una imaginación de muerte, un sueño de omnipotencia que desemboca en la indiferencia de la vida (perder el dolor es también perder el placer y el gusto de la vida y precipitarse en el hastío).

Pilar Vega Rodríguez
Universidad Complutense

 

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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2000