La gastronomía como elemento narrativo:
Olores y sabores en las novelas
de inspiración portuguesa de Antonio Tabucchi

 

Barbara Fraticelli
Universidad Complutense de Madrid


 

1.Gastronomía y literatura.

Algunas de las obras de Antonio Tabucchi (Vecchiano, 1943), uno de los escritores y ensayistas de más renombre entre la crítica y el público italianos y extranjeros, son una declaración de amor sin fin a Portugal y a su cultura, analizada en todas sus facetas.

En sus novelas, cuyo argumento se inspira en la civilización portuguesa, como es el caso de “Requiem” (1991), “Sostiene Pereira” (1994), y la más reciente “La testa perduta di Damasceno Monteiro” (1997), Tabucchi utiliza abundantemente el recurso narrativo de las referencias a la rica gastronomía lusa: en ellas envuelve a su lector en un mar (y la elección de esta palabra no es casual, tratándose de Portugal) de olores y sabores que, lejos de ser un simple elemento descriptivo, condicionan incluso la misma interpretación del texto.

Se trata de un acercamiento a Portugal a través de la comida y la bebida, hecho que constituye, sin duda, un enfoque peculiar sobre la realidad lusa.

Tabucchi se recrea en los detalles gastronómicos, y él mismo nos explica la razón en “Sostiene Pereira”, cuando en un diálogo entre Pereira y el joven Monteiro Rossi pone en boca de su personaje central:

... se vuole diventare un buon critico deve raffinare i suoi gusti, deve coltivarsi, deve imparare a conoscere i vini, i cibi, il mondo. E poi aggiunse: e la letteratura. (p.44)1

Las estrechas relaciones entre gastronomía y literatura se manifiestan sobre todo en varios momentos fundamentales de estas tres novelas.

En “Requiem”, en las últimas páginas del texto, Tabucchi realiza una fusión de los dos mundos (el gastronómico y el literario) a través de una carta de un café que ofrece sólo platos que evocan reminiscencias literarias, además de ser el lugar escogido para encontrarse con el más grande poeta portugués del siglo XX, Fernando Pessoa.

En “Sostiene Pereira”, el protagonista tiene cierto afán por llevar al joven Monteiro Rossi a un restaurante en el Rossio que debería ser frecuentado por escritores, mientras que su desilusión es grande cuando descubre que los otros clientes sólo son unas viejecitas y unos personajes que podrían ser cualquier cosa menos artistas; y, finalmente, en la misma novela, Pereira encuentra al novelista Aquilino Ribeiro y al diseñador vanguardista Bernardo Marques en el British Bar del Cais de Sodré, y afirma que le hubiera gustado sentarse a su mesa, comer con ellos y, al mismo tiempo, pedir su opinión sobre el escritor italiano D’Annunzio.

En “La testa perduta di Damasceno Monteiro”, en el capítulo 12, el protagonista Firmino y el abogado llamado popularmente Loton entablan una animada conversación sobre la literatura, que según éste último tiene que ver con muchas más cosas de lo que normalmente se piensa, todo esto durante una más que abundante comida en un restaurante un tanto extraño; y en el capítulo 17 encontramos una singular referencia a Pessoa, en cuanto descubrimos que hay, en la playa cerca de Oporto, un chiringuito que lleva un letrero con escrito su nombre: “Camaleonte Pessoa”, dada la constante presencia entre sus mesas de un camaleón que, como el grande poeta, tiene mil caras y se mimetiza a la perfección en los más diversos ambientes.

Todo ello nos induce a pensar que lo anteriormente relatado no es fruto simplemente de una coincidencia, sino que responde a la exigencia de crear lazos y relaciones entre distintos aspectos, aparentemente tan dispares, de una misma cultura, que en este caso es la portuguesa.

Es sabido que una de las mejores, y más placenteras, maneras de acercarse a otro país es conociendo de cerca su cocina y sus costumbres alimenticias, pero Tabucchi va más allá: en su obra realiza, de manera original, una fusión entre lo que es la gastronomía portuguesa, representada por una multiplicidad de platos y bebidas, y cada uno de los momentos cruciales de la trama que desarrolla.

Muchos de sus personajes tienen como elemento distintivo un plato o una bebida, bien a nivel de simple anécdota, bien como verdadera obsesión (es éste el caso de Pereira y de sus limonadas).

A continuación, intentaremos proporcionar una lista exhaustiva de los platos y las recetas que figuran en las novelas anteriormente mencionadas.

 

2. De sopas, “sarrabulhos” y demás manjares.

La primera (cronológicamente) de las novelas que estamos analizando, “Requiem”2, está plagada de encuentros y desencuentros que tienen lugar en restaurantes, cafés de moda y locales en una Lisboa atormentada por el calor de un domingo de julio.

El carrusel culinario empieza con una escena en la que el protagonista encuentra al guardián del cementerio donde acaba de llegar, quien está comiendo en un cuenco de aluminio una feijoada. La feijoada no es un plato propiamente veraniego, al estar compuesta por judías, carnes, salchichas y verduras variadas, pero el pobre guardián subraya el hecho de que su mujer no sabe hacer nada más:

Feijoada, commentò il Guardiano del Cimitero come se non mi avesse sentito, feijoada tutti i giorni, mia moglie sa fare solo feijoada. (p.31).

La referencia más amplia de toda la novela es un plato que es el verdadero protagonista del tercer capítulo: el sarrabulho à moda do Douro. Antes de probarlo el protagonista tiene miedo de que sea un plato venenoso, hecho con carne de cerdo, y que podría “dejarle en el sitio” (p.38). En cuanto, junto con su amigo (¿soñado?) Tadeus, llegan al restaurante del Señor Casimiro y el narrador ve con sus ojos este famoso sarrabulho, tan alabado por su amigo, la primera sensación es de repulsa:

A prima vista aveva un aspetto repellente. Nel mezzo c’erano le patate, nel loro unto giallastro, e intorno lo spezzatino di maiale e la trippa. Il tutto era immerso in una salsa bruno scuro che doveva essere vino o sangue cotto, non ne avevo l’idea. (p.42).

Sin embargo, a pesar de su temor por acabar intoxicado, lo prueba y...:

era una delizia, un sapore di una raffinatezza estrema (p.42).

Sólo dos páginas más adelante tenemos, contada con gran precisión, la receta de este “piatto magnifico”: debería prepararse con harina de maíz, pero, a falta de ella, se puede sustituir con patatas, luego se añaden lomo de cerdo con su grasa, tocino, hígado de cerdo, callos, una buena taza de sangre cocida, una cabeza de ajo, un vaso de vino blanco, una cebolla, aceite, sal, pimienta y comino.

No hay que olvidar que la cocina lusa se caracteriza por un uso generoso de especias, adquirido durante los siglos pasados gracias a los comercios de Portugal con Oriente y, más tarde, con el Nuevo Mundo.

La esposa del Señor Casimiro, cocinera, alma de ese restaurante y conocida de Tadeus, les explica con todo lujo de detalles cómo realizar la “alquimia” entre los varios ingredientes (y nótese que la receta ocupa más de una página y media); después de una cocción lenta, “pian pianino” (p.44) de la carne aromatizada, añadiéndole todos los olores y los ingredientes antes mencionados, tenemos finalmente una “raffinata lezione di cultura materiale” (p.45).

Todo el capítulo es una guía gastronómica y, como tal, no podía faltar un postre portugués muy típico, los papos de anjo, en forma de barquitos y a base de yemas, azúcar y gelatina de frutas (y a veces con una gota de esencia de almendra), como explica el mismo Señor Casimiro (p.47).

La conclusión de este festín es, y no podía ser de otra forma, que “l’anima si cura curando la pancia” (p.48), demostrando, una vez más, que el autor establece unas conexiones sutiles entre lo material y lo inmaterial, entre cuerpo y alma, dos partes de una dualidad que no tienen por qué ser irreconciliables.

En el capítulo siguiente, volvemos a encontrarnos con unas referencias a la gastronomía, pero esta vez se trata de unos platos típicamente alentejanos, las migas, la açorda (sopa a base de pan) y la sargalheta (sopa de invierno a base de tocino, salchichas, huevos, patatas y cebollas), todas cosas que en la cosmopolita Lisboa ya no se encuentran (p.57) porque han sido sustituidas por platos más exóticos llegados de Brasil.

En general, casi todos los personajes hacen, antes o después, alguna referencia a alguna especialidad lusa. Así sabemos de la existencia del arroz de tamboril (p.88), a base de pescado, tomate, ajo y hojas de cilantro, de la açorda de mariscos y la sopa alentejana (p.92), a base de pan con ajo, huevos y hojas de cilantro, del ensopado de borreguinho à moda de Borba, un guiso de pan, carne y vísceras de cordero, y de la poejada (p.99), otra sopa que tiene las dos variantes con queso fresco o con huevos, según la zona en la que se prepare, además de unas hojas de hierbabuena, y es curioso que la mayoría sean recetas de la región del Alentejo. El mismo narrador confiesa adorar la cocina alentejana, especialmente la caza y las aves, y recuerda una ocasión en que comió pavo relleno en la ciudad de Elvas, el mejor pavo de toda su vida (p.99).

En todas sus obras, Tabucchi aboga por una cocina más bien popular y tradicional, frente a las tendencias más refinadas de la Nouvelle Cuisine, que trata con cierta desconfianza y a la que asocia personajes, cuando menos, curiosos y extraños.

Es éste el caso del camarero del sofisticado café del barrio de Alcântara, que por la descripción parece ser el Alcântara Café, la Mariazinha, criatura estrambótica que con sus intervenciones irrita al convidado misterioso (pero no para el lector) del protagonista, que acaba por desear marcharse del local.

Aquí el camarero propone una carta complicadísima, en la que los platos, en vez de tener sus nombres originales, hacen referencia cada uno a una corriente o a una obra de la literatura portuguesa, como por ejemplo la sopa Amor de perdiçao, la ensalada Fernao Mendes Pinto o el lenguado interseccionista y las enguias da Gafeira à moda do “Delfim”. Lo que reconforta, en cierto sentido, al misterioso poeta (Fernando Pessoa) es que, al final, los platos resultan ser los tradicionales de la cocina portuguesa y el narrador y él acaban comiendo dos normales sopas de cilantro (p.125).

En “Sostiene Pereira”, cronológicamente posterior a “Requiem”, casi todos los encuentros importantes del protagonista son acompañados por unos platos o unas bebidas que comparte con sus interlocutores; sin embargo, Tabucchi se recrea mucho menos en los detalles exquisitamente gastronómicos, con respecto a la novela anterior.

Sabemos que la portera de su casa suele preparar diariamente a Pereira un filete o un bocadillo de tortilla de queso. En el capítulo seis nos encontramos con el primer menú serio de esta historia: Pereira y Monteiro Rossi, en un elegante restaurante del Rossio lisboeta, piden pescado a la plancha, gazpacho y arroz con marisco, terminando la comida con sorbete de limón y café (p.44), mientras que, en el capítulo nueve, comiendo con su antiguo compañero de carrera de Coimbra, se hace referencia a una trucha con almendras y un filete a la Strogonoff con encima un huevo escalfado. Otro diálogo fundamental en la economía de la novela, entre Pereira y la refugiada alemana Ingeborg Delgado, tiene lugar en el vagón restaurante de un tren, pero esta vez no se alude a las consumiciones de los dos.

Más adelante, a partir del capítulo catorce, Pereira empieza su viaje hacia la clínica talasoterápica del doctor Cardoso y desde ahora ya sólo casi consume pescado, como es el caso de los caracolillos de mar que come en el British Bar del Cais de Sodré, o del pescado a la plancha, hervido o alla mugnaia con zanahorias que tiene que comer en el restaurante de la clínica, bajo la atenta mirada del doctor (p.107,120 y 130). A todo esto se añaden las ensaladas de pescado que tienen que sustituir, por estricta orden del médico, las omelettes que solía tomar en el Café Orquídea de Lisboa.

A la evolución del personaje sigue de cerca la evolución de sus hábitos alimenticios: mientras va tomando conciencia de la necesidad de una intervención más decidida en el trance que están viviendo Monteiro Rossi y su novia Marta, se ve en la necesidad de cocinar él mismo algo para comer, sin recurrir a los restaurantes como de costumbre. Entonces prepara una omelette a las finas hierbas con huevos, mostaza, orégano y mejorana (p.175), o un plato italiano a base de pasta, con una salsa de jamón, huevos, queso, orégano y mejorana (p.188). Se ocupa también de hacer personalmente la compra: cuatro latas de sardinas, una docena de huevos, tomates, un melón, pan, ocho croquetas de bacalao y jamón ahumado (p.183).

Pero el plato que acompaña al personaje principal durante todo el relato es la omelette alle erbe aromatiche, el único plato que preparan en el Café Orquídea: se trata de algo de lo que Pereira no puede prescindir, y al que recurre en todos los momentos de dificultad por los que atraviesa. Es el único vicio que se le atribuye, junto con las limonadas, también omnipresentes en toda la narración.

La tercera y última novela de la que nos ocupamos es “La cabeza perdida de Damasceno Monteiro”3, en la que la acción principal se sitúa en la ciudad de Oporto.

Aquí los elementos gastronómicos revisten menor importancia con respecto a las dos novelas anteriores, pero sigue habiendo cierta insistencia en algunos detalles, como es el caso de la caracterización de la ciudad por la costumbre de comer callos a la moda de Oporto (que el protagonista Firmino aborrece); es notorio que a los habitantes de Oporto se les llama tripeiros en Portugal, precisamente gracias a este plato, mientras que a los lisboetas se les conoce como alfacinhas (de alface - lechuga). Las referencias a este plato son continuas a lo largo de todo el texto, pero en ningún momento se le demuestra especial devoción, al menos por parte de Firmino, ya que el abogado se decanta a favor de él en un restaurante (p. 119).

La segunda referencia a una receta típicamente lusa se encuentra en la página 31, donde Firmino recuerda con horror las cenas navideñas de su infancia en compañía de su familia, en las que se comía una sopa llamada caldo verde (“minestra di cavolo verde” en el texto ), que provocaba en Firmino arcadas y ganas de vomitar. Esta sopa resulta en realidad muy rica, y se prepara con un tipo de col verde que se cultiva sólo en Portugal, más unas patatas y un poco de cebolla.

Siguiendo la evolución de la trama, nos encontramos con el protagonista que consume una ensalada de gambas (p.35), rojões a la moda del Minho, es decir trocitos de filete de cerdo pasados en la sartén y acompañados por patatas (p.59), naselli fritti, mientras a su lado un italiano intenta explicar a una camarera cómo se prepara una receta piamontesa a base de anchoas y pimientos (p.74), pulpo en ensalada, con aceite, limón y perejil (p.83), arroz de judías rojas con spinarelli fritti y rollo de bacalao al horno (p.119), albóndigas en salsa de tomate (p.146), huevos en sartén, uova strapazzate en el texto, acompañados por pan tostado con mantequilla y jamón de la región de Trás-os-Montes (p.217), y los únicos platos que se nombran pero que Firmino no puede comer por falta de dinero suficiente son un cuenco de langosta fría y pez espada ahumado, servidos en el local llamado “Puccini’s Butterfly” (p.157).

 

3. Vinos, cócteles y limonadas...

Dejemos a un lado, de momento, toda la riqueza de platos y recetas tradicionales y dediquémonos ahora a saborear los vinos y los cócteles que a continuación se describen...

“Requiem” se abre con el narrador totalmente vencido por el calor asfixiante que se respira en Lisboa en un domingo de julio y que, antes de realizar las visitas por las que ha dejado su retiro en una finca del Alentejo, busca un sitio donde poder comprar una botella de champagne fresco (que a lo largo de la narración se irá calentando conforme vayan pasando las horas). Lo encuentra por fin en “A Brasileira”, donde el encargado le aconseja la compra de un Laurent-Perrier, frente a un Veuve Cliquot, que parece “un pochettino acido” (p.25). Más adelante, aprendemos de boca del Señor Casimiro que el sarrabulho casa a la perfección con un vino del Bajo Alentejo llamado Reguengos con el que, medio en broma, Tadeus y el narrador intentan emborrachar a la Señora Casimira. La parte inicial del quinto capítulo está por completo dedicada a las disquisiciones del Barman del Museu de Arte Antiga, auténtico artista, según él, de los cócteles alcohólicos, que se queja con el protagonista por el inexistente interés de los portugueses por sus creaciones. Al nombrar toda una serie de bebidas de complicada realización, el Barman admite su debilidad por los extranjeros, como ingleses y franceses, porque en sus años de estancia en París como emigrante se ha dado cuenta de la rica cultura en materia de licores y cócteles que hay fuera de Portugal; llega incluso a intentar convencer al narrador para que, en vez de un insulso Sumol de piña, se incline por una bebida más interesante. Por primera vez, Tabucchi inserta en el capítulo una receta de cóctel, el “Janelas Verdes” (del nombre popular que recibe el museo), que consiste en:

tre quarti di vodka, un quarto di succo di limone e un cucchiaino di sciroppo di menta piperita, si mette il tutto nello shaker con tre cubetti di ghiaccio...” (p.71);

la hierbabuena sirve para darle el color verde indispensable para que se pueda llamar de las Janelas Verdes.

La bebida típicamente portuguesa más famosa en el mundo es el vino de Porto. Se trata de vino tinto, producido en la ribera del Duero (Douro), al que se mezcla brandy y que tiene un elevado contenido de azúcar. En la Casa do Alentejo, el protagonista es invitado, como premio por una apuesta, a una copa de un Porto del 52, y Tabucchi dedica al ritual de la apertura de la botella, tan celosamente custodiada hasta entonces, una página entera (p.102):

Era un Porto magnifico, appena asprigno e con un aroma intenso.

... y con un Porto tan magnífico merece la pena volver a llenar la copa varias veces.

Fernando Pessoa en persona (o, al menos, eso se intuye del texto), antes de pedir la cena en el café de Alcântara, quiere ver la carta de los vinos, y al final se decanta por un Colares Chita, un vino blanco producido en la zona noroeste de Lisboa y de baja gradación. Nos hace saber también que en 1923 el mismo vino ganó una medalla de oro en Rio de Janeiro, cuando Pessoa vivía en el barrio lisboeta de Campo de Ourique.

En “Sostiene Pereira” la situación de calor agobiante en la ciudad hace necesarias continuas referencias a las bebidas consumidas por los varios personajes, en especial por Pereira. Él tiene una verdadera obsesión por las limonadas, a ser posible compuestas por medio vaso de azúcar y medio de limonada, y se habla de ello a lo largo de toda la narración, hasta el final. En muy raras ocasiones, el viejo periodista prefiere tomar algo diferente, como es el caso del restaurante del Rossio, donde bebe vino blanco, o de un encuentro con Marta, en el que decide inclinarse por un Porto seco. Las estrictas órdenes del doctor Cardoso, sin embargo, le obligan a desterrar casi por completo las limonadas, a favor de agua mineral con gas.

Monteiro Rossi, en las contadas ocasiones en que le vemos en un local público, siempre toma una cerveza, una bebida típicamente fresca y joven, mientras que su compañera Marta prefiere normalmente un buen vino o un Porto.

La primera alusión al vinho verde, delicioso producto de las zonas al norte de Oporto, vino joven de aguja, la encontramos en el famoso almuerzo de Firmino y el abogado en “La testa perduta...”: se trata de un “Alvarinho” no comercializado, que sirve muy bien de aperitivo, antes de tan copiosa comida (callos y bacalao).

Otra bebida que tiene su peculiar función en la trama es el champagne. Cuando Firmino necesita ir al local llamado el “Puccini’s Butterfly” para investigar sobre las actividades poco lícitas del Grillo Verde, lo único que se le ocurre pedir, dada también la escasez de disponibilidad económica, es una copa de champagne; pero lo que bebe le parece tremendo, y, gracias a otro cliente del sitio, entiende que esto le pasa por no haber pedido una botella entera y cerrada (p.158). Justo antes del proceso que debería demostrar la culpabilidad del Grillo Verde en relación al asesinato del joven Damasceno Monteiro, Firmino se quiere despedir del abogado que le ha ayudado en las investigaciones con una buena botella de champagne, y propone brindar por el éxito del proceso.

Para terminar esta sección dedicada a los placeres del paladar, es conveniente hacer una pequeña referencia a una costumbre que Tabucchi reivindica con pasión desde sus páginas: el puro. Según las palabras de varias de sus criaturas literarias, es un complemento indispensable para hacer completo el placer que constituye una buena comida. De hecho, el amuerzo a base de sarrabulho de “Requiem” termina con un buen puro (p.46); uno de los poquísimos placeres que todavía se puede permitir Pereira, después del régimen impuesto por el doctor, es un buen puro (p.114); y el abogado Fernando de Mello Sequeira, llamado Loton, en todas las escenas donde aparece tiene entre los dedos un puro español (a falta de los Habana, que recuerda con nostalgia), tanto encendido como apagado, como en el caso del proceso final.

 

4. Implicaciones psicológicas y su significado.

Una posible pista para analizar la relación que el autor insinúa entre la comida y la psicología de algunos de sus personajes nos la ofrece el mismo Tabucchi.

En la secuencia de la clínica talasoterápica (en “Sostiene Pereira”) el doctor Cardoso afirma que es licenciado en medicina y doblemente especializado en nutrición y psicología, porque hay muchas conexiones “fra il nostro corpo e la nostra psiche” (p.120). De hecho, hay platos y bebidas que, a lo largo de la narración, son un claro reflejo de la evolución psicológica de algunos personajes, como por ejemplo en “Sostiene Pereira”.

El protagonista es un periodista viejo y cansado que necesita una múltiple dosis diaria de limonadas (con muchísimo azúcar) y de omelettes a las finas hierbas y no tiene una especial afición a las comidas sanas. Es curioso ver cómo, en un personaje tan poco dibujado, algunos de los trazos fundamentales se refieren precisamente a sus preferencias en el campo de la comida y de las bebidas “refrigerantes”. También los cambios a nivel psicológico se reflejan a través de sus costumbres en la mesa; el doctor Cardoso no propicia sólo una toma de conciencia por parte de Pereira sobre su papel en la sociedad portuguesa, cada vez más intolerante en esos años, sino que favorece, paralelamente, sus cambios de actitud frente a las omelettes y las limonadas.

El mismo doctor Cardoso insta a Pereira a librarse de sus recuerdos, que le mantienen atado a un pasado y a unas personas (su esposa) que ya no existen, y a través de unas conversaciones reveladoras le sugiere que no se limite, como de costumbre, a acatar las órdenes del director de su periódico filo-salazarista, sino que sea el testimonio vivo de los horrores que están pasando a su alrededor.

Empieza así un proceso en el que el periodista, conforme va tomando conciencia de su nueva actitud frente a la vida y a las personas que tiene a su lado (llega a dejar de hablar con el retrato de su esposa), va dejando paulatinamente de comer omelettes y de beber limonadas, sustituyéndolas por unas más sanas y ligeras ensaladas de pescado con agua mineral.

Durante los primeros encuentros con la joven y revolucionaria Marta, Pereira no hace más que beber limonadas, y sobre todo hay que notar que son casi un “refugio” para los momentos más inquietantes en los que la chica expone sus ideales y sus intenciones de lucha política en contra del régimen de Salazar; hacia el final del libro, sin embargo, cuando ya algunos de esos ideales han cuajado en el alma y en la conciencia cívica del periodista, en el último encuentro con Marta sabe resistir a la tentación de recurrir a su bebida favorita y se inclina por un Porto seco, vino que, desde luego, carece del poder de endulzar los recuerdos y la visión del presente.

Por lo que se refiere a otros personajes, y siguiendo en la misma línea interpretativa, es curioso constatar cómo a un personaje tan sumamente antipático como la portera del edificio donde Pereira tiene su despacho, se le asocia un nauseabundo olor a fritura, que invade todo el edificio y que repugna al periodista tanto como la actitud pseudo-policial de la mujer (p.135 y 148).

Lo que en “Sostiene Pereira” sirve de complemento para la caracterización de algunos personajes, en “Requiem” y en “La testa perduta...” nos parece más un elemento para enriquecer los conocimientos del lector sobre Portugal y estimularlo casi a que emprenda una aventura gastronómica por tierras lusas.

Una buena manera de llevar a cabo esta aventura es seguir los pasos de los protagonistas de las tres novelas. Los itinerarios culinarios son auténticos recorridos por las ciudades de Lisboa y Oporto, sobre todo la primera.

De la mano del narrador de “Requiem” descubrimos así, en el céntrico barrio del Chiado, el café “A Brasileira”, rico en reminiscencias pessoanas y donde todavía se puede ver una estatua del gran poeta, sentado en una de las mesas de la terraza. Llegamos luego al restaurante del Señor Casimiro, donde empieza un interesante itinerario por los sabores de la dura tierra del Alentejo, para seguir después hasta la Casa do Alentejo, y terminar en un café en el barrio periférico de Alcântara, presumiblemente el Alcântara Café, a juzgar por el ambiente sofisticado y postmoderno que ahí reina en la novela.

Leyendo “Sostiene Pereira”, nos movemos básicamente por las zonas centrales de Lisboa. Acompañamos a Pereira en sus frecuentes incursiones hasta el Café Orquídea, en la zona del barrio del Rato, luego le vemos almorzar con el joven Monteiro Rossi en un restaurante supuestamente literario en pleno Rossio lisboeta, para luego hacer una breve, pero intensa, parada en el British Bar del Cais do Sodré, esta vez frecuentado de verdad por conocidos artistas del mundo de las letras.

La solidez de la construcción narrativa de “La testa perduta...” deja en segundo plano detalles de este tipo, por lo menos respecto a la profusión de elementos que se observa en las otras novelas. Pero sigue habiendo una constante en el texto: el lector que quiera adentrarse en los secretos culinarios de Oporto, encontrará en este libro mucho material y muchas referencias, aunque sólo insinuadas, sobre comidas y lugares realmente interesantes.

Para acabar estas breves reflexiones, cabe observar que, a pesar de lo que se pueda creer, no todas las citas gastronómicas son elementos positivos: existe un caso en que Tabucchi se sirve de un producto comestible para dibujar una escena de horror en “Sostiene Pereira”.

Se sabe que Portugal, en el año 1938, estaba viviendo una situación realmente difícil, a causa de la llegada al poder de Salazar, quien instauró una dictadura filo-germánica. Los momentos en que Pereira empieza a sentir inquietud por la creciente represión que sufren las capas más desfavorecidas de la sociedad coinciden con dos momentos clave de la narración. Sabe que, el día anterior, en el Alentejo (una vez más...) han matado a un vendedor de melones, y la imagen que el autor utiliza es la del hombre muerto, encima de su carro, manchando con su sangre derramada los melones que transportaba (p.13 y 20).

Asimismo, y también como símbolo del cada vez mayor acercamiento a la ideología nazi, otro episodio al que asiste impotente es el de las pintadas racistas en la carnicería judía, alusivos a ciudadanos inermes y conocidos del barrio de toda la vida.

Sin embargo, se trata tan sólo de dos episodios aislados en la economía de la novela, en donde las referencias a elementos comestibles no tiene mayor trascendencia que la de contribuir a surtir el efecto deseado en el lector, es decir inspirar horror y reprobación.

Antonio Tabucchi es, sin duda alguna, un escritor que ha contribuido como pocos a la familiarización de lectores de todo el mundo con el universo cultural portugués, con sus ciudades, con sus grandes escritores, con su historia y, como hemos intentado demostrar, con su larga y variada tradición gastronómica. Y si este país, después de largos siglos de indiferencia casi total por parte del resto de Europa, vuelve a ser el foco de atención que merece ser, podemos afirmar que Tabucchi ha contribuido con su granito de arena, como gran amante y experto que es de Portugal.

 

Bibliografía:

—Tabucchi, Antonio, “Requiem”, Milano, Feltrinelli, 1992 (1ª edición en portugués: 1991).

———“Sostiene Pereira”, Milano, Feltrinelli, 1994.

———“La testa perduta di Damasceno Monteiro”, Milano, Feltrinelli, 1997.

—Bello, António Maria de Oliveira (“Olleboma”), “Culinária portuguesa”, preâmbulo de José Quitério, Lisboa, Assírio & Alvim, 1994.

 

Notas:

[1] Tabucchi, Antonio “Sostiene Pereira. Una testimonianza”, Milano, Feltrinelli Editore, Universale Economica, maggio 1996. Todas las citas harán referencia a esta edición.

[2] Tabucchi, Antonio “Requiem. Una allucinazione”, Milano, Feltrinelli Editore, Universale Economica, giugno 1994. Traducción del portugués de Sergio Vecchio (texto redactado en portugués por el propio Tabucchi). A partir de ahora todas las citas harán referencia a esta edición.

[3] Tabucchi, Antonio “La testa perduta di Damasceno Monteiro”, Milano, Feltrinelli Editore, marzo 1997. Todas las citas harán referencia a esta edición.

 

© Barbara Fraticelli 2002
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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