Washington Irving y Fernán Caballero:
influencias y coincidencias literarias

Blasina Cantizano Márquez
Universidad de Almería


 

   
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Es propósito de estas páginas dar a conocer las coincidencias existentes entre la producción literaria de Cecilia Böhl de Faber (1796-1877), conocida literariamente como Fernán Caballero, y Washington Irving (1783-1859) así como las influencias que se establecen entre ambos a raíz de su encuentro personal en Sevilla, origen de una prolífica amistad no sólo personal, sino también literaria.

Antes de dedicarse a la literatura, Cecilia ya disfrutaba del círculo artístico y cultural del Cádiz de sus padres, el alemán Nicholas Böhl de Faber y la española Francisca Larrea, dos importantes intelectuales cuya labor en la introducción del Romanticismo en España es indiscutible. Aunque educada en Europa, Cecilia participaba en las tertulias organizadas en su hogar andaluz, donde se nutría de la conversación de intelectuales y literatos; en este tiempo, la producción literaria de esta mujer se limitaba a relatos que componía y leía a sus familiares y amigos. Sus segundas nupcias con el Marqués de Arco Hermoso (1822), supuso el cenit de Cecilia tanto como mujer como escritora, esta boda no sólo le supuso la entrada en la alta sociedad sevillana, sino también la toma de contacto con el campesino, el pueblo y las tradiciones más ancestrales de Andalucía. Durante este tiempo recopiló información, tomó notas, e hizo descripciones de todo aquello que la rodeaba y que podía servirle como material para sus obras, sin embargo, y pese a la cantidad y calidad de lo acumulado, su despertar definitivo para el público no tendría lugar hasta algunos años más tarde, concretamente hasta sus primeras publicaciones ya en la década de los treinta.

Este gusto por el folklore y la tradición la llevan a recoger y componer un número importante de cuentos y relatos cortos extraídos de historias populares siguiendo la más pura tradición romántica, de hecho, “lo que el Romanticismo viene a resucitar es la forma de narración breve y lo que a ella aporta es su dignificación literaria. El cuento popular, el cuento de viejas, es recogido, revalorizado por los románticos atentos a la vez a las leyendas y tradiciones del pasado, y a los aspectos pintorescos que la sociedad de su tiempo ofrecía a su consecución (Baquero:16). Es curioso observar cómo, pese al ambiente romántico y liberal que se respiraba en la España de entonces, toda su obra “se puede leer como una defensa extrema de las posiciones literarias más conservadoras: aún más por ser mujer, lo único que se concedía a sí misma era contar y relatar, negándose a reconocer que en la propia imaginación pudiese nacer materia novelable. Apeló siempre a la tradición oral o a la realidad histórica, malogrando sus escritos con explicaciones y justificaciones, digresiones, citas y datos históricos, para defenderse de la infausta acusación de que sus obras fuesen fruto de la imaginación, actividad altamente peligrosa y nefasta” (Guillo: 204).

El peso del conservadurismo y la división de los sexos se hace patente en la persona de Cecilia, precisamente ella, “la mujer que había hecho de la casa del ignorante y perezoso Marqués de Arco Hermoso un centro de vida cultural al que visitaban los más grandes hombres de letras de la época, la amiga de Washington Irving; la que se opuso a dejarse seducir por Federico Cuthbert; la que, habiendo sido arruinada por su tercer marido consiguió empleo para éste, reconstruyó su vida y se convirtió en una celebridad internacional; sabía muy bien las posibilidades contenidas en el género femenino” (Herrero: 184), es por ello que, al igual que otras muchas mujeres educadas en la tradicional separación de las esferas masculina y femenina, “el proyecto de construir un sujeto femenino de la literatura dentro de las fronteras prescritas para el ángel doméstico, fue, sin embargo, inevitablemente contradictorio, como lo demuestra el caso de Cecilia Böhl, conocida por el público como Fernán Caballero” (Kirkpatrick: 227), pseudónimo masculino bajo el que se esconde a la hora de publicar sus relatos y con el que será conocida en el mundo literario.

Durante su viaje por Europa, el escritor americano Washington Irving recibe una invitación de Alexander Everet, embajador norteamericano en Madrid, con objeto de traducir una obra sobre los viajes de Cristóbal Colon que estaba a punto de publicarse. Con esta intención llega Irving a España en 1826, sin embargo, es tal la cantidad de información que encuentra y tanto le fascina el país, que permanece por un periodo de casi cuatro años. Durante este tiempo, Irving tiene ocasión de visitar distintas ciudades, conociendo personalidades relevantes de la cultura española y tomando contacto con las costumbres más tradicionales de su población. Es precisamente en uno de estos viajes, concretamente durante las navidades de 1828, cuando Irving conoce a Cecilia Böhl en la representación de la ópera Crociato, para luego visitarla en su finca sevillana, sus impresiones de este primer encuentro quedan expuestas en una carta, fechada en febrero de 1829, que el propio Irving envía a Nicholas Böhl de Faber, con el que ya mantenía cierta relación:

I was extremely struck with her strong resemblance to you, not merely in her countenance, but in the strength and vivacity of her feelings, in her mode of expressing herself and in the apparent turn of her mind… the Marchioness, I understand, has the goodness to write out some little anecdotes she told me of the Spanish peasantry, their opinions and mode of life. She related them with wonderful spirit and discrimination, and in fact her conversation made such an impression on me that I noted down as much of the substance and point of it as I could recollect. I do not know when I have been more delighted with the conversation of anyone, it was so full of original matter, the result of feeling as well as observing (Letters: 362)

Como se aprecia en el texto anterior, ambos parecen congeniar de inmediato puesto que tanto el estilo como la temática de su producción literaria son similares. Sin duda, ambos sienten predilección por el folklore, las leyendas y tradiciones que subyacen en la cultura popular. A Irving le vemos recopilar este tipo de relatos durante su viaje por Europa, se interesó antes por la cultura germánica y ahora por la española, sobre todo por el componente islámico que la caracteriza y distingue de otros países del viejo continente. Como ejemplo, contamos con el siguiente testimonio de Irving a su amigo Antoine Bolviller en una carta fechada en Granada el 15 de marzo de 1828:

I received from my poor devil guide many most curious particulars of the superstitions which circulate among the poor people inhabiting the Alhambra respecting its old mouldering towers. I have noted down these amusing little anecdotes, and he has promised to furnish me with others. They generally relate to the Moors and the treasures they have buried in the Alhambra, and the apparitions of their troubled spirits about the towers and the ruins where their gold lies hidden (Letters: 284)

Cecilia comparte con Irving el interés por el testimonio directo de la población, de hecho, para Fernán Caballero, “el cuento propiamente dicho no era tanto el de elaboración personal y criatura literaria, como el oral, popular, recogido de la tradición, según hicieron los hermanos Grimm en Alemania o ella misma en sus Cuentos y poesías populares andaluzas (1859)” (Baquero:17). Aunque solía escribir en francés o alemán, idiomas en los que fue educada, para luego traducir al español, esta autora “tuvo el buen gusto de no adulterar excesivamente el tono, ritmo y lenguaje de esos relatos oídos a los campesinos andaluces y por ella recogidos y transcritos” (Baquero: 17), manteniendo la fidelidad al original tanto en el contenido como en la expresión de los hechos.

Otra característica que comparten ambos escritores es el gusto por las descripciones detalladas, minuciosas hasta el límite. Este aspecto queda claramente demostrado en el caso de las descripciones del aspecto físico de algunos de los personajes que pueblan las obras de uno y otra. En el caso de Irving, y como buen observador extranjero, las prendas de vestir son en sí mismas merecedoras de toda su atención, según le confiesa a su amigo Charles R. Leslie durante sus primeros días en Madrid (marzo de 1826): “There is such decided natural character however in the Spanish dresses even at the present day, that a painter cannot illustrate Spanish stories without attending to the costumes of his figures” (Letters: 196). Este comentario se ve demostrado en la siguiente descripción del vestido tradicional del majo andaluz en su relato sobre el viaje a Granada:

She was well matched by a brother, nearly about her own age; they were perfect models of the Andalusian Majo and Maja. He was tall, vigorous, and well-formed, with a clear olive complexion, a dark beaming eye, and curling chestnut whiskers that met under his chin. He was gallantly dressed in a short green velvet jacket, fitted to his shape, profusely decorated with silver buttons, with a white handkerchief round his neck, gathered through a ring, on the boson of a neatly plaited shirt; a sash round the waist to match; bottinas, or spatterdashes, of the finest russet leather, elegantly worked, and open at the calf to show his stocking; and russet shoes, setting off a well-shaped foot. (Tales: 36)

Las descripciones físicas de Fernán Caballero son igualmente detalladas y minuciosas, como se aprecia en el párrafo inicial de su cuento “Tribulaciones de un remendero”:

Habíase un zapatero remendón que en punto a feo no había quién le ganase ni en punto a mal genio había quien le igualase. Sentado ante su mesilla, en su casa-puerta, calado el gorro de algodón que había sido azul y blanco, suyos colores, subiendo el blanco, bajando el celeste, se había fundido en un tinte incalificable, o sea tinte unión sospechosa, puesto su delantal de cuero y sus espejuelos de cuerno, era el dicho remendón el negro blanco de todos los traviesos chiquillos del barrio. (Genio: 182)

En el fragmento anterior se aprecia como Fernán Caballero opta por un encabezamiento de lo más tradicional, es el “habíase” de los cuentos populares de transmisión oral que aún hoy en día continúa utilizándose. Washington Irving es también partidario de este tipo de fórmulas, como asegura Elizabeth Robins en la introducción a esta edición de Tales of the Alhambra, “despite a tendency to diffuseness, despite a fancy for the ornate, when there is a story to be told, he can be as simple and straighforward as the child´s “Once upon a time” (Tales: xiii), como también se aprecia en el caso de su relato “El Estudiante de Salamanca”: “Once upon a time, in the ancient city of Grenada, there sojourned a young man of the name of Antonio de Castros” (Bracebridge Hall: 100)

Es más, en estos casos, el autor norteamericano suele contar con un párrafo que sirve de introducción al cuento y donde explica bien el origen bien las fuentes de la que parte el relato por el recogido. Como ejemplo, contamos con dos fragmentos bien diferentes, uno titulado “The Crusade of the Grand Master of Alcántara” sitúa su fuente de procedencia en un libro, el otro, anterior al relato del “Estudiante de Salamanca” nos sitúa ante la lectura de un cuento por su propio autor:

In the course of a morning´s research among the old chronicles in the Library of the University, I came upon a little episode in the history of Granada, so strongly characteristic of the bigot zeal which sometimes inflamed the Christian enterprises against this splendid but devoted city, that I was tempted to draw it forth from the parchment-bound volume in which it lay entombed, and submit it to the reader. (Tales: 401)

The one I am going to read, is a tale which he said he wrote in Spain during the time he lay ill of a wound received in Salamanca… the captain began his story; a copy of which I have procured for the benefit of the reader. (Bracebridge Hall: 99)

Dejando a un lado cuestiones como el estilo o el contenido, es curiosos observar que otra coincidencia entre ambos es la existencia de un pseudónimo literario bajo el que se ocultan. El caso de Cecilia es, en cierto modo, comprensible, el hecho de ser mujer y literata la colocaba en una posición comprometida dentro de la sociedad patriarcal a la que pertenecía, “incapaz de rechazar su vocación de escritora y a pesar del miedo al rechazo social, se decidió por la fragmentación: para negar el haber sido transgredido por las fronteras de su sexo, se dividió en dos” (Kirpatrick: 229-230). El uso de este sobrenombre masculino implica algo más que una simple máscara literaria, ya que “su pseudónimo demuestra que además de inventar una identidad sexual ficticia, trataba de definirse también desde el punto de vista de la clase social y de la nacionalidad. Fernán Caballero ocultaba su propio nombre, femenino y alemán, como un nombre nostálgico, aristocrático y español, así como masculino” (Kirkpatrick: 231).

Al contrario que Fernán Caballero, para Irving el uso de pseudónimos literarios no es cuestión de necesidad, sino más bien puro placer, de hecho, la mayor parte de sus obras, curiosamente las de reconocido prestigio, están firmadas por con el nombre propio del autor. Ya en sus primeras colaboraciones literarias para The Morning Chronicle, el periódico de su hermano, el joven Irving se esconde bajo el pseudónimo de Jonathan Oldstyle con objeto de criticar y satirizar ciertos aspectos de la sociedad neoyorquina sin el peligro de verse afectado por reacciones contrarias a las opiniones vertidas en esta publicación. Posteriormente, con el uso de nombres como Knickerbocker o Geoffrey Crayon pretende dotar a sus relatos bien de originalidad bien de ciertas dotes de misterio, como asegura Villoria, “la reputación de que Irving gozó durante toda su vida descansaba en las dos voces que manejaba con maestría: la de Diedrich Knickerbocker, el nativo de las laderas del Hudson, de áspero vigor y un tanto mal educado, y la de Geoffrey Crayon, con un registro elegante y pulido” (Villoria: 43).

Es especialmente curiosa la puesta en escena que Irving prepara para introducir en sociedad al más conocido de sus narradores, Knickerbocker, un personaje pintoresco a la vez que misterioso que, a través de una impresionante campaña publicitaria, adquiere vida propia. Los hechos transcurren de la siguiente manera: “El 26 de octubre de 1809 apareció en el Evening Post una noticia dando cuenta de la desaparición de un caballero bajo, anciano, vestido con un abrigo negro y raído, sombrero de tres picos, y que respondía al nombre de Knickerbocker. Tenía su vivienda habitual en el Hotel Columbia. En el anuncio se pedía a los lectores su colaboración e información sobre el paradero de este personaje. Noticia que iba apareciendo semana tras semana con los resultados de la búsqueda...Tan diestramente fue manejada la información que se cuenta que uno de los oficiales del ayuntamiento estaba dispuesto a ofrecer una recompensa por el hallazgo del perdido Diedrich” (Villoria: 21). Una vez hecha la presentación oficial de este curioso personaje, aparece publicado A History of New York from the Beginning of the World to the End of the Dutch Dynasty by Diedrich Knickerbocker (1809), todo un éxito ante la expectación que su supuesto narrador había despertado entre el público lector. La efectividad del uso no ya de un pseudónimo literario sino más bien de todo un personaje se ve acrecentada con la intervenciones del autor sobre la historia y peculiaridades del narrador, tal es el caso del siguiente fragmento extraído del comienzo de “Rip Van Winkle”:

The following Tale was found among the papers of the late Diedrich Knickerbocker, an old gentleman of New York, who was very curious in the Dutch history of the province, and the manners of the descendants from its primitive settlers… The old gentleman died shortly after the publication of his work, and now, that he is dead and gone, it cannot do much harm to his memory, to say, that his time might have been better employed in weightier labours. (Norton, I: 897-898)

También podemos señalar como coincidentes los comienzos editoriales de estos autores, ya que ambos comenzaron su andadura literaria con colaboraciones en revistas o publicaciones periódicas que incluían cuentos y relatos no muy extensos. En el caso español, “parece, pues, claro que la existencia de una gran cantidad de publicaciones periódicas, aunque no fueran específicamente literarias favoreció el cultivo del cuento, género que llegó a desplazar al folletín romántico en los diarios” (Baquero: 4). Entre los existentes, uno de lo más conocidos fue El Semanario Pintoresco, en el que Fernán Caballero publicó títulos como “La suegra del diablo” en 1849, “Los caballeros del pez” en 1850 o “Doña Fortuna y Don Dinero” en 1851. Curiosamente, su primera publicación de este tipo fue ”La madre o el combate de Trafalgar” en 1835, enviada por su madre a El Artista sin el conocimiento de la autora. Como antes mencionamos, la carrera literaria de Washington Irving comienza con pequeñas colaboraciones de corte satírico y humorístico sobre la sociedad de su época en The Morning Chronicle, posteriormente, y también junto con su hermano, publica varios ejemplares de Salmagundi or The Whim-Whams and Opinions of Lancelot Langstaff and Others, en los que mantiene su actitud crítica ante la sociedad que le rodea, ofreciendo “sketches” o retratos de su entorno que mucho hacen recordar a los “cuadros de costumbres” de Fernán Caballero, a quien todavía no conocía. Simultáneamente a su actividad diplomática, de literato e historiador, Irving siempre tuvo tiempo para pequeñas colaboraciones en publicaciones como The Nickerbocker Magazine o The Analectic Magazine, revista que él mismo dirigió anteriormente con el nombre de Select Reviews.

A parte de coincidir en varios aspectos, las personalidades de estos autores parecen influir de manera directa en la producción literaria de ambos. A raíz de aquel primer encuentro en Sevilla, son muchas las conversaciones que Fernán Caballero e Irving mantienen sobre lo que escriben y la forma en la que lo hacen, en estas conversaciones se produce algún intercambio, comentarios críticos, consejos, etc. Conocemos que “la joven marquesa de Arco-Hermoso enseñó a Irving, entre otros esbozos, una descripción que aparecería más tarde en La Noche de Navidad” (Cantos:189). También que “Cecilia Böhl de Faber, a quien Irving conoció y trató en Sevilla y más tarde en casa de su padre donde mantuvieron largas conversaciones, fue otra de las personas que posiblemente auspiciaran los contenidos de The Alhambra. Para algunos críticos, la influencia de Cecilia está presente en el tono de los relatos, en ese poetizar la realidad sin alterarla. Algo que Irving mantuvo en todos y cada uno de los bocetos y leyendas de The Alhambra, en los que resulta harto difícil distinguir lo imaginario de lo real” (Villoria: 220). Como aquí se asegura, la influencia directa de la española sobre el norteamericano se aprecia de manera clara en Tales of the Alhambra, una colección de cuentos de marcado sabor español aunque con reminiscencias árabes; tomando como ejemplo el primer capítulo de este libro, al igual que hace Fernán Caballero en sus relatos, observamos una amplia colección de tipos y estereotipos de la población española de la época que curiosamente mantienen su apelativo castellano en la versión original en inglés: the arriero, the bandolero, the contrabandista. También se recogen costumbres tan españolas como la siesta, el brasero o la vida en las posadas, expresiones populares como Bendito sea tal pan! o Perdone usted por Dios hermano!, y descripciones de prendas como las botas, la alforjas, el trabuco, la mantilla, las basquiñas o las alforjas.

Donde se aprecia una mayor influencia de Cecilia en los relatos de Irving es en el caso de un relato sobre una tragedia de tintes románticos acaecida en Dos Hermanas en fechas cercanas a 1820. El origen de la historia se sitúa cuando los marqueses, paseando por su finca sevillana, tropiezan con una cruz de palo roja clavada en un olivo, al interesarse Cecilia por su historia, el capataz de la finca, Francisco Sánchez, le relata los hechos: Perico, un campesino del pueblo, se ve obligado a huir de la justicia tras haber matado a Ventura, otro campesino que supuestamente ha ensuciado su honor. Tras sufrir un fuerte remordimiento por este asesinato, Perico abandona el pueblo y se une a la cuadrilla del peligroso bandolero Diego Corrientes. Con este grupo, Perico vive y actúa al margen de la ley hasta ser prendido y ajusticiado. Como no podía ser de otro modo, antes de morir se arrepiente de las atrocidades cometidas, demostrando así su calidad humana y su sincera fe cristiana. Una vez conocida la historia de Perico, Cecilia investiga su veracidad in situ en una exhaustiva labor de campo, habla con personas del pueblo que conocieron al campesino, contrasta opiniones y descripciones, consiguiendo por ello imágenes muy exactas, casi dibujos del natural. El resultado final es “La Familia de Alvareda”, cuento del que parecen existir cinco versiones distintas. Sobre este particular conocemos que “sobre todo le impresionó el conocimiento de la novela que Fernán Caballero le describió. Hasta tal punto que tomó diecisiete páginas de notas sobre su argumento, cuya copia pude conseguir de los archivos de la Universidad de Yale, donde se conserva bajo el título “La villa de las Dos Hermanas” (Sánchez: 109). Este mismo crítico vuelve a mencionar esta villa sevillana con relación a una leyenda de la que pocos han oído hablar, y que tampoco aparece entre los escritos de Fernán Caballero:

“entre los apuntes catalogados de Washington Irving, aparece una leyenda que no he visto incorporada a ninguna de las obras de Fernán Caballero. Se trata de un cuento moral que tiene indudable atractivo y que nos recuerda mucho al Bécquer de las “Leyendas”: La gente, en la iglesia de Dos Hermanas, durante algún tiempo estuvieron alarmadas por el tañido de la campana de la iglesia a misa de media noche: nadie sabía que tocara la campana. Sin embargo, todas las noches sonaba. Se colocaron guardas en la puerta de la iglesia, pero siempre igual. Un soldado estaba una vez en casa del cura -un fanfarrón- juró que iría a misa a media noche. El cura lo amonestó. El insistió. Entró y vigiló -vio al sacristán salir y tocar la campana- el cura oficiaba y decía la misa. El soldado se arrodilló y presenció la ceremonia. Cuando terminó, el cura dijo: “paz sea con vosotros”, y desapareció. Desde entonces nunca más ha vuelto a sonar la campana a media noche” (en Sánchez:109).

Aunque la influencia de Cecilia sobre Irving es muy evidente en casos tan concretos como el anterior, no podemos concluir con que fue sólo la autora española la que inspiró o influyó en la producción literaria del americano, sino más bien que esta especial relación entre dos autores de sexo, origen y educación distintas, a ambos les enriqueció y sirvió de contraste y estímulo, tanto en el ámbito personal como en sus respectivas carreras literarias.

 

BIBLIOGRAFÍA

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Aderman, M. et als. (ed.). 1979. The Complete Works of Washington Irving. Letters. 4 vols. Boston: Twayne Publishers. Vol II .1823-1838

Baquero Goyanes, M. 1992. El cuento español. Del Romanticismo al Realismo. Madrid: CSIC.

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Cantos, M. 1996. “Los relatos de Fernán Caballero entre costumbrismo y realismo” Siglo XIX 2: 187-200

Guillo, R. 1996. “La confusión reinante. Definiciones y estructuras de la prosa breve de Fernán Caballero” Siglo XIX 2: 201-212

Herrero, J. 1996. “La morada del padre. Pasión y límite en La Gaviota. Siglo XIX 2: 175-185

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Kirkpatrick, S. 1991. Las Románticas. Escritoras y subjetividad en España 1835-1850. Madrid: Cátedra.

Norton, W. W. (ed.) 1994 (4th ed.) The Norton Anthology of American Literature. New York: W. W. Norton and Company. 2 Vols.

Sánchez, P. 1999. “Fernán Caballero y Dos Hermanas”. Minervae Baeticae. Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras. Vol. 27: 97- 118

Villoria, J. 1998. Washington Irving en España. Cien años de traducciones. León: Servicio de Publicaciones de la Universidad de León.

 

© Blasina Cantizano Márquez 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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