Editorial


Prestamos interesados
o cómo acabar con la Cultura

Dicen que se dedican a la Cultura. No tengo muy claro a qué se refieren. Debe haber algún problema semántico por algún lado, porque cuando dicen "Cultura", ellos piensan en una cosa y yo en otra. Quizá ellos tengan razón, porque se dedican profesionalmente a eso. Al menos es lo que dicen. Y tendrán razón. Dicen que muchos se formaron en la Escuela de Chicago, aunque no especifican si en la Friedman o en la de Capone.

La pretensión de cobrar un euro por cada libro que se saque en préstamo de una biblioteca pública los acerca más a la segunda opción que a la primera. Aunque, bien mirado, puede que hayan ido a las dos, a juzgar por los resultados. Total, ya que estaban allí.

Lo más intrigante es que siguen insistiendo en que defienden el mundo de la Cultura, como si hubiera varios mundos. Han retorcido tanto los conceptos de Derechos de autor y de Propiedad intelectual que ya apenas se reconocen. Para ellos, la Cultura no es algo que se comparte, sino algo que se alquila y se vende.

De lo que no parecen ser conscientes es de que están matando la gallina. No tenían bastante con implantar la presunción de culpabilidad en fotocopias, CD, cintas de vídeo, etc.; no, no era suficiente. No tenían bastante con intentar prolongar el paso al dominio público de la obras. Ahora arremeten contra una institución milenaria y clave en el desarrollo cultural: las bibliotecas. Ya no son centros de cultura, no. Son nidos de delincuentes que cometen el imperdonable delito de leer los libros que no pueden comprar porque se han disparado los precios (sí, aquellos precios que no iban a subir con la llegada del IVA ni con la entrada del euro). Sí, la gente está muy mal acostumbrada y pretende aprender por encima de sus posibilidades culturales. ¿Creía Ud. que cuando compraba un libro era algo suyo? ¡Qué poco Derecho sabe Ud., amigo mío!

Cobrar un euro por cada libro prestado significa que o lo paga el lector (lo más probable) o lo paga la biblioteca. En el primer caso es limitar las posibilidades de formación; en el segundo, limitar las de adquisición. A lo mejor estos amantes profesionales de la Cultura se ablandan y se limitan a cobrar un canon o una licencia global renovable. Quién sabe. En cualquier caso, el resultado será convertir una respetable institución social en una entidad recaudatoria, una realquiladora de libros, en un nido de delincuentes potenciales o en un foco de desobediencia cultural. Ninguna perspectiva es buena. Todo esto se hará, por supuesto, en nombre de la romántica figura del autor, pobre estafado por masas depredadoras ávidas de lectura gratuita. En fin, parásitos culturales.

Lo peor de todo es que esto se hace bajo el amparo legal de normas aprobadas por esa nueva entidad supranacional llamada Europa, de la que se asegura que es injusto calificarla como "de los mercaderes".

Joaquín Mª Aguirre
Editor


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