Experiencia afectiva desde el texto:
Ficción, Suspenso y Misterio
en la recepción vista como acontecimiento

Edgar Giovanni Rodríguez Cuberos
e-rodriguez@javeriana.edu.co
Pontificia Universidad Javeriana
Bogotá


 

   
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“…el lector dibuja hasta el final en su conciencia la imagen artística, y se deja llevar por su propio peso hacia la fidelidad de la verdad, nace en él el sentimiento de que lo expuesto está auténticamente vivo…”
Tolstoi.

 

Resumen
Se propone la manifestación de tres elementos básicos -no unívocos- (Ficción, Suspenso y Misterio) como procesos inherentes a la lectura, que en su relación interdependiente concretan el establecimiento de un lazo afectivo real (acontecimiento) entre cualquier texto y un lector. Además, se explora una categorización preliminar para diferenciar la aparición de dichos elementos durante el acto de lectura; para que a través de ello, se haga legitima su dinámica como condición necesaria para que la recepción se acerque a la condición de sentido, es decir, favoreciendo la idea de promover progresos cognitivos y emocionales continuos y permanentes en el sujeto (él lee y se lee) con una intencionalidad práctica. En este sentido la pregunta de trabajo que se intenta resolver, tiene que ver con las condiciones bajo las cuáles una persona puede dar testimonio de una dinámica de relación entre algunas experiencias emocionales ligadas al acto de leer y su propia condición de desarrollo intelectual.

 

Introducción.

La complejidad de la relación autor/texto/lector, supone para la crítica literaria y la filosofía del lenguaje reflexiones de diverso orden, enfoques y perspectivas, que en ánimo de acercarse a la verdad del fenómeno interpretativo implícito en dicha relación, pueden en algún momento, perder de vista la cuestión fundamental que ancla cualquier tipo de indagación en éste ámbito y es precisamente el análisis de las consecuencias que para ésta condición de interdependencia se genera en cada sujeto.

Preguntas válidas a nivel teórico y formal como ¿es el autor independiente de la interpretación?, ¿es el texto por sí sólo autosuficiente? O ¿Es el lector sujeto válido de interpretación? Deben en un momento potenciarse con inquietudes como ¿Cuál es la naturaleza del producto derivado del acto de leer? ¿Cuáles son las condiciones mínimas (competencias) en el lector para que se acepte una interpretación válida frente a las posiciones de verdad que manejan los textos? ¿Es posible edificar un modelo de apropiación que de cuenta de una posible comprensión? ¿De que manera incide la afectación del sujeto en el logro de la comprensión? ¿Cuál es el papel de le emocionalidad en el acto lector?. Este nivel en las preguntas establece intrincados horizontes de investigación que por sí mismos no se proclaman exclusivos o hegemónicos, sino que en su desarrollo amplían las sendas para apropiarse de nuevos elementos de crítica y también de hermenéutica a la hora de enfrentarse con un texto, independientemente de los intereses y la motivación que ampara dicha acción. En este orden de ideas, es pertinente y necesario acercarse a explorar algunas de las condiciones en que la experiencia afectiva se presenta, así como las variables que pueden constituirla y los efectos que pueden desencadenar en el lector este tipo de sensación y cercanía con los texto, de cara a una intencionalidad por lograr la comprensión en su sentido estricto y que se vea reflejada finalmente en la acción.

En este punto es necesario advertir, que gran parte de esta consideración se fundamenta conceptualmente en algunos de los postulados enunciados en los trabajos ya clásicos de algunos miembros de la escuela de Constanza; que hacen referencia precisamente a la posibilidad de verse “expuesto” a diversas sensaciones que necesariamente implican un encuentro muy particular entre la obra y aquel que la explora. Vale la pena aclarar además, que el término “afectivo”, se utiliza en este escrito aprovechando su doble significación: no sólo como la posibilidad de afectar al lector, sino en principio, de la experimentación de una línea emocional con el texto, del establecimiento de un vínculo concreto. Con lo cuál, parte del supuesto que se defiende aquí, implica un paso necesario (más no obligatorio) para decodificar el significado e instancia de la relación afectiva con el texto y consecuentemente la afectación derivada de ello. Me permitiré por lo tanto jugar con este doble sentido.

 

I. ¿Puede hablarse de una experiencia Afectiva en el acto lector?

Para poder hablar de una experiencia afectiva derivada y vinculada al acto lector, se requiere ante todo alejar dicha consideración de una “pura emocionalidad” o de un “sensualismo”; ya que, al parecer este tipo de experiencias pueden en principio calificarse de poca objetividad. El giro entonces consiste en asignarle desde un comienzo un nuevo valor a estas experiencias, para que así puedan constituirse como marcos de sentido posibles y no se perciban como tendencias psicologistas que amparen sin quererlo relativismos o legitimaciones de solipsismos interpretativos. Por el contrario, lo que se entiende aquí como experiencia afectiva puede explicarse por la misma complejidad de los elementos relacionados con las diferentes sensaciones y movimientos cognitivos1 que se derivan del acto de leer. Por supuesto, este escenario de complejidad es fundamentalmente subjetivo y por lo tanto es difícil establecer categorizaciones exactas y universales de los constitutivos del mencionado efecto. Sin embargo, sí es posible identificar algunas generalidades que son evidentes sí y sólo sí, se reúnen las condiciones necesarias para atender a dicho calificativo complejo del fenómeno como tal. En otras palabras, las definiciones unívocas son en apariencia para éste caso parcialidades de una realidad mucho más extensa, un campo de realidad superior que escapa a cualquier determinación.

Por lo tanto, la pregunta que interpela por las condiciones que permiten hablar de una experiencia afectiva en la lectura, podrá alumbrase desde diferentes ámbitos, que seguramente quedaran aún por resolverse o por completarse necesariamente. No obstante enuncio algunos puntos de referencia, que serán claves para comprender el sentido de esta propuesta y de cómo lo que trata de resolverse no corresponde a una definición sino a la indagación de un topos de investigación, frente al cual podrán articularse reflexiones ulteriores.

a) Lo afectivo pasa por lo afectivo.

Seguramente el anhelo de cualquier autor reposa en el deseo que su obra genere algún tipo de “movimiento”, una afectación, un efecto, en el receptor; de suerte que le permita a este último lanzar un juicio argumentado acerca del contenido mismo de la obra y construir el tipo de diálogo que da cuenta precisamente de la triada autor/texto/lector. Esto significa básicamente que en la recepción se pueden presentar por lo menos dos sensaciones fundamentales (siempre y cuando exista la mediación de la comprensión): o se está de acuerdo, ó, en desacuerdo frente a la obra. En ambos casos, el autor puede darse por bien servido, porque las dos posiciones son reflejo de una afectación (efecto). Sin embargo, para que sean perceptibles y concientes en el receptor se supone primero una condición afectiva (emoción) derivada del acto de leer. Esta condición afectiva debe ser en esencia consistente con los dos espacios de recepción, es decir, se evidencia un afecto positivo o un afecto negativo en el lector derivado de su acercamiento a la obra y frente a la misma. Por tal razón, la primera condición para hablar de un vínculo afectivo es entender que éste vínculo es el promotor de la mayoría de los juicios que suponen la comprensión y que a su vez genera una relación interdependiente:

Comprensión - afecto por el texto (Positivo o negativo) - Efecto práctico (Toma de posición) - Comprensión. La afectación (efecto) pasa por lo afectivo.

b) Lo afectivo no representa un universal.

La segunda consideración estaría implícitamente dada por la naturaleza relativa y subjetiva de la relación expuesta en el punto anterior. Si bien es cierto es un lugar posible, este lugar no se experimenta de los mismos modos, en los mismos espacios y en los mismos tiempos. La comprensión, como se verá más adelante estará determinada por estas tres dimensiones, en donde el sujeto histórico que lee tendrá un valor relevante. Por tal razón, el aspecto afectivo, estará siempre matizado, tendrá una carga y estará proclive a relativizarse. Pero sin lugar a dudas, acontece y se manifiesta.

 

II. ¿Qué es lo que acontece?

Un acontecimiento, define para nuestra dimensión histórica como sujetos una marca, un signo indeleble que nos pone a disposición de la memoria y de nuestra duración. Nos advierte que hemos cambiado pero manteniendo aún una fuerte identidad (Un cambio que no arrebata nuestra esencia). Entendido así, el acontecimiento establece un lugar de paso, un ritual en el cuál somos capaces en un momento dado, de hablar de nuestra propia experiencia dentro de una conciencia histórica. El hablar, el discurrir, se evidencia como la forma de sublimar la interioridad, es el catalizador a veces rebelde a la razón que nos postula humanos (de ahí que imaginemos poéticamente). En esta perspectiva, los textos transfieren sus significados, sus mensajes, a un ente que está en capacidad de asirse de las herramientas necesarias de las cuáles pueda proveerse y que le satisfaga su necesidad básica de crecimiento moral y espiritual. Por esta razón, los textos hablan de sujetos, en sujetos que buscan hablar de sus textos y elaborar otros que completen la cadena, es decir, la posibilidad real y concreta de construcción de conocimiento.

Esta misma idea la expresa Iser cuando afirma,

“un acontecimiento se determina en cuanto tal por su apertura, lo que obliga al lector a un proceso continuo de formación de consistencias, puesto que sólo de esta manera es comprensible lo ajeno y accesibles las situaciones. Esta formación de consistencias discurre como un proceso en el que tienen lugar ininterrumpidas decisiones selectivas, que, por su parte, constituyen las posibilidades, hasta entonces cerradas, de tal modo que funcionan como obstáculos para la consistencia conseguida en cada caso. Y aquí surge la implicación del lector en las configuraciones producidas por el mismo. Esta implicación significa que tenemos que actualizar el texto, con lo que las orientaciones que actúen durante la lectura se van trasladando al pasado. La lectura nos muestra la estructura misma de la experiencia, pues con ella se produce la suspensión de valorizaciones e intuiciones hasta entonces dominantes como condición de experiencia del mundo inquietante de los textos. En tal caso algo acontece en nosotros”.2

Por esta misma razón, es posible afirmar que aprendemos únicamente cuando somos sujetos y promotores de acontecimientos (En tanto sugieren relaciones de sentido entre nuestros recuerdos). De aquí se observa que ésta exclusiva condición de lo humano obedece obligatoriamente a las regulaciones que nos procura nuestra función emocional, el acontecimiento se fija por que existe una emoción, un vínculo de afecto que define mi relación consigo mismo y por defecto, con los demás.

 

III. “Sí mismo” lector: Momento de la Ficción, el Suspenso y el Misterio.

La idea de anunciar un “si mismo” lector en reemplazo de la categoría clásica de un “yo” lector, tiene como propósito fundamental el poder establecer y justificar la dinámica de los tres momentos enunciados desde el título (Ficción, suspenso y Misterio) en relación con la idea de acontecimiento expuesta anteriormente. En este caso, la categoría “yo” resultaría para nuestro propósito inadecuada, ya que es necesario permitir el juego especulativo necesario que nos mantenga en un transito permanente por los tres estados enunciados; el “yo” puede por su carácter clásico de definición, vincularse exclusivamente a alguno de ellos. De forma contraria, el “sí mismo” perteneciente al andamiaje teórico de la propuesta hermenéutica de Ricoeur, ofrece lugares de encuentro bastante seductores y propicios para ésta disertación. Comenzaré entonces por hacer un poco más explicita dicha relación.

El núcleo de la condición “sí mismo” esta definida en gran parte por la llamada capacidad de atestación, es decir, en la capacidad expresada en la confianza y la creencia con la que el sujeto se autoafirma: yo soy (doy cuenta de mis acciones). En términos de la lectura, esto se convierte en la decisión que se hace legítima cuando se es capaz de acercarse a un texto de una forma responsable y derivado de ello, de estar en capacidad de argumentar desde la acción lectora (se dice algo sobre el texto; se narra algo sobre el texto; se hace algo desde el texto).

Esta decisión demarca para el sujeto el paso reiterativo de la potencia al acto, es decir, condiciona y posibilita un efecto, una multiplicidad de consecuencias. Así, el “sí mismo” lector decide arriesgarse y se debate entonces entre el movimiento que le sugieren los textos e incluso también el reposo al que lo pueden llevar.

De esta forma, la lógica del acontecimiento debe ubicarse como una experiencia significativa, que no sólo es factible de reproducirse, sino que además ofrece los elementos necesarios para que su génesis sea independiente de la intensión conciente del sujeto. En otras palabras, el acontecimiento ya no es un fin en sí mismo, sino que hace parte vital del movimiento cognitivo. Si se asume esto último como un fenómeno plausible, entonces podrá afirmarse que en ésta dinámica, el sujeto lector establece verdaderamente el vínculo afectivo con el texto. A la par de esta afirmación, la contradicción más lógica sería la que sugiere una relatividad para la experiencia del acontecimiento, partiendo del hecho de la existencia de diversidad de lenguajes, discursos, textos y contextos. Frente a esto habría que decir que, si bien es cierto, hay diferentes tipos de textos, no hay diferentes tipos de reactividades básicas en las personas, lo que cambia y varia de forma constante son las competencias interpretativas de las cuáles dispone cada una de ellas, lo que no significa tampoco, que por el hecho de estar éstas competencias ubicadas en diferentes niveles, no pueda darse el acontecimiento y la vivencia de la dinámica de los tres momentos en la lectura propuestos aquí (ficción, suspenso y misterio) porque la mayoría de emociones podrían en un momento dado y obedeciendo a la hipótesis que aquí se plantea agruparse en alguna de las tres categorías. A continuación se explicitan de forma parcial las evidencias de cada uno de ellas, como momentos que pueden vivirse como acontecimientos.

 

Momento de ficción:

El momento de ficción se encuentra al inicio y final de la triada dinámica que se presenta. Al inicio, el movimiento de ficción implica y reafirma el carácter histórico del texto y plasma la evidencia de una función contextual donde uno existe (el texto está “ya dado” cuando nosotros llegamos a él), lo que deriva en el discernimiento que nos interroga por la capacidad inicial para aproximarnos a la lectura. Al final de la dinámica, el momento de ficción como tal, permite que el movimiento cognitivo se despliegue, la creatividad comienza entonces su larga trayectoria y se comienza a transformar la conciencia de la historicidad misma del sujeto (h), en el espacio (s) y el tiempo trascendente (t), esto supone la garantía de que el texto se recree y proponga nuevos horizontes de sentido y de proyección gnoseológica.

Momento de Suspenso:

La aproximación inicial a cualquier texto, implica un momento de suspenso (dejar entre paréntesis) que genera tensión, se abre la expectativa acerca de si éste puede ser provechoso o por lo contrario ser motivo de frustración. Es ante todo una situación de deseo permanente que puede volverse una constante mientras se vive la experiencia del encuentro entre el texto y el sujeto lector. Esta experiencia se evidencia en dos dimensiones, el tiempo y el espacio, cada texto demarca al lector tiempos y espacios específicos y no al contrario pues se requiere de condiciones externas propicias que no están determinadas a priori por el lector, es el texto el que establece en su desarrollo, sus tiempos y sus espacios, es la magia del texto la que establece las mejores condiciones para su despliegue.

Momento de Misterio:

Correlacionado con lo anterior, el momento del misterio se hace evidente cuando el texto nos provoca, inquieta y seduce. Es aquí donde el tiempo y el espacio se transforman y se configuran para el lector, para su historicidad. El misterio abre la puerta para que inquietamente atisbemos aquello que aún no se nos revela por completo, pero que sabemos que esta allí. El misterio subsiste así mismo y al texto, convoca a otros textos, se manifiesta incluso como realidad que nos invita continuamente a explorar mucho más allá.

La ilusión, elemento clave para la cohesión entre los acontecimientos del acto lector.

Partimos entonces de suponer que los tres elementos (ficción, suspenso y misterio) son interdependientes y se evidencian de formas particulares, no obstante surgiría la pregunta por la “esencia” que permite sus líneas de interacción, dependencia y movimiento. Para responder a esto, se propone que es la ilusión la que hace posible esta relación tríptica. El efecto de ilusionarse sobre los textos es inherente a cualquier proceso de lectura y mantiene en nuestro caso el paso de un momento a otro sin la necesidad de una mediación o interés particular al respecto, Iser afirma:

La necesidad de la ilusión en el proceso de formación consistente de lectura no es discutible ni siquiera cuando el texto parece oponer tal resistencia a la ilusión que nuestra atención se ve movida a buscar sus causas. (…) De este modo, el sentido del texto no reside no en las esperas ni en las sorpresas y decepciones, ni menos en las frustraciones que nos acompañan en el curso del proceso de configuración. Estas últimas incorporan más bien las reacciones provocadas por el descalabro, perturbación e interferencia de las configuraciones que vamos formando al leer. Esto quiere decir que al leer reaccionamos frente a lo que nosotros mismos producimos y es ese modo de reacción lo que hace que podamos vivir el texto como un acontecimiento real. No lo concebimos como un objeto dado, no lo comprendemos como una estructura determinada por predicados. Se hace presente a nuestro espíritu por nuestras reacciones frente a él. El sentido del texto tiene el carácter de un suceso, y, por lo tanto de un correlato de nuestra conciencia. Por ello captamos su sentido como una realidad.3

El efecto ilusorio por lo tanto, se transforma en esta perspectiva en la capacidad de referirnos en el texto mismo y de mantener el paso entre un momento vivido como acontecimiento y otro.

Ejemplo:

Para ofrecerle mayor consistencia a la idea general y de cómo podrían operar estos elementos, citaré tres fragmentos de diferentes autores y de temas diferentes (1.Literario, 2. Científico de divulgación y 3. Filosófico) y con la ayuda de la Figura 1 describiré muy arbitrariamente la situación del movimiento (a la vez que la Figura misma se explica viceversa). Hay que recordar la lógica dinámica de los tres momentos y su nivel de cohesión otorgado por la ilusión, de forma tal, que la lectura de los tres fragmentos en sí misma permita hacer más explicita dicha relación.

Es fundamental aclarar aquí, la obviedad de la sustracción abusiva de los textos de su contexto, pero que para el caso no afectan la intencionalidad demostrativa.

1)

…Los poetas al ver mis nobles actitudes
Que semejan la copia de airosos movimientos,
Consumirán sus días en austeros estudios,
Pues para fascinar tan dóciles amantes
Tengo, puros espejos que todo lo hermosean,
Mis ojos, ¡grandes ojos de eternas claridades!
4

2)

…Parece probable que el Sol empezó como una bola de gas en lenta rotación, del tamaño aproximado del sistema solar, varios miles de veces su tamaño actual. Al contraerse, empezó progresivamente a girar más deprisa, una vez más por analogía con el patinador sobre hielo. Durante el proceso, la rotación se volvió tan rápida que las regiones ecuatoriales de la superficie del protosol se desgajaron y se expulsó un disco de materia, igual que las chispas se desprenden de una rueda de fuegos de artificio.5

3)

…El deslinde de la analítica existenciaria respecto de la antropología, la psicología y la biología, se refiere exclusivamente a la cuestión ontológica fundamental. “Epistemológicamente” es una operación insuficiente de toda necesidad, aunque sólo fuese porque la estructura científica de las mencionadas disciplinas - no la “seriedad científica” de los que trabajan por hacerlas progresar- está hoy de cabo a cabo en tela de juicio y ha menester de nuevos impulsos que tienen que surgir de los problemas ontológicos”.6

Es evidente que la lectura de los tres apartados ubica al lector en situaciones y contextos diferentes, es posible que el hecho de la comprensión se degenere por la sustracción realizada, pero desprevenidamente son útiles para nuestro propósito.

Observamos por ejemplo, como un texto científico y filosófico gozan de expresiones particulares y específicas, que en su uso, pueden definir a una persona como experta en la decodificación e interpretación de estos lenguajes. Lo poético por el contrario requerirá de otro tipo de habilidades y la “experticia” estará dada en parte por el nivel de afectación que se genere en el sujeto frente a la pura emocionalidad. Sin embargo, para los tres casos es evidente como las tres etapas pueden ser experimentadas (incluso en ordenes aleatorios y cíclicos) y generar en el lector lo que estamos caracterizando como un acontecimiento en la medida que éste se apropia de cada experiencia.

No obstante, los movimientos interpretativos de quien vive el acontecimiento tenderán a ser algo muy parecido a una espiral que se desplaza a su vez en un movimiento sincrónico del mismo tipo (Figura 2); donde la fuente primera será el lenguaje básico y los giros sobre su propio eje, los dialectos en los cuáles el sujeto es competente. Desde esta situación gráfica de las dimensiones del movimiento cognitivo en el acto lector, podemos comprender que el crecimiento de la espiral estará condicionado por la experiencia afectiva que los textos procuran al lector (experiencia y atestación de acontecimientos en cadena), es decir, el diámetro del giro será directamente proporcional a la experiencia de acontecimientos: entre mayor sea el nivel de comprensión del texto se adquirirán a su vez mayores competencias. La experiencia afectiva estará delimitada entonces por la constante vivencia de la ficción, el suspenso y el misterio. Suponiendo de antemano que no se hace referencia a los géneros, sino a la sensación que vive quien lee, estos tres niveles de experiencia (descritos de forma elemental arriba) serán comunes para cualquier tipo de texto en momentos diferenciables pero que de todas maneras se hacen manifiestos.

De forma consecuente, un lector en cualquier nivel de la espiral podrá experimentar misterio, suspenso y ficción, lo que cambia en cada nivel de la espiral será la duración y proporción de estas emociones, en donde por ejemplo, un “lector competente” de un texto específico, posiblemente tendrá mayor duración en la vivencia de la ficción y menos en la de suspenso y menos aún en la de misterio. Sin embargo, es riesgoso establecer dicha proporción ya que la duración también estará determinada por una condición subjetiva.

Figura 2. Dimensiones del Movimiento cognitivo en el acto lector. s: Representa el Espacio; h: Representa la historicidad del sujeto lector y, t: Representa el tiempo Universal. Cada Bucle (B.C.I) representa la aparición de los acontecimientos de Ficción, Suspenso y Misterio en el acto lector.

La lógica misma de esta manifestación de los acontecimientos del acto lector, buscan fundamentar en últimas, la condición afectiva como eje vital de las competencias interpretativas y de los mecanismos que como decodificadores de textos, nos permiten aprender y no un sistema cerrado que pliegue al mínimo la emoción misma inherente a la lectura. Frente a los tres textos, la importancia no se centró en la claridad derivada de sus enunciados o en las reglas gramaticales o literarias, sino simplemente en la conciencia del paso por los tres momentos y de su potencia como elementos desencadenadores de movimientos cognitivos (a los cuáles incluso es sometido el lector de éste artículo siguiendo la misma hipótesis expuesta).

 

IV. A manera de conclusión.

Se puede aceptar (por lo menos desde la argumentación de este escrito) que El lector pasa efectivamente en la interpretación, como la recepción de lo textos pasa por los tres estados propuestos, de los cuáles no sólo surgen efectos muy específicos sino toda una gama de emociones que hacen más estrecho o laxo el vínculo afectivo con las obras y derivado de este ciclo relacional muchos más productos y consecuencias afortunadas para el proceso mental de conocimiento y memoria. El carácter especial de estas ideas radica en el la necesidad de explicitar el proceso de interiorización que puede promover nuevas formas de estudiar el efecto de los textos, es decir de realizar un análisis riguroso que metodológicamente centre su atención no solamente en las categorías lingüísticas, las jerarquizaciones simbólicas, las competencias lectoras etc. Sino en la condición de ampliar la perspectiva de un sistema que tenga como centro la experiencia vital/mística que se presenta cuando se lee.

Quedará por determinar a la luz de las presentes consideraciones y desde una arista por ahora descriptiva, el papel de los vacíos en el texto, las indeterminaciones, la concreción, el estilo literario, las ideologías implícitas, etc. Que por su complejidad resultan un reto bastante ambicioso pero también demasiado atractivas como para dejarlas de lado. La invitación en este sentido queda abierta.

Notas:

[1] Defino “Movimiento cognitivo” como el fenómeno dinámico que lanza a cualquier sujeto a explorar nuevos espacios de posibilidad intelectual y espiritual en ánimo de fortalecer su propia condición humana y trascendente.

[2] Iser, Wolfgang. El proceso de lectura. En: Estética de la recepción. Rainer Warning (ed). Ed. La balsa de Medusa. Madrid 1989. pág. 161.

[3] Ibid. Pág.157.

[4] Baudelaire, C. XVII. La belleza Spleen e ideal. Las flores del mal Editorial Porrúa. México. 1989. Pág.19.

[5] Davies, P. El universo desbocado. .Salvat editores. Barcelona. 1985. Pág. 55.

[6] Heidegger, M. El ser y el tiempo. Fondo de Cultura Económica. 1993. Pág. 57.

 

© 2005
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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