Aproximación onírica a Bachelard
Bachelard reeditado:
De La Poética de la Ensoñación
y La Poética del Espacio

Carlos Alberto Villegas Uribe
cvillegas_uribe@hotmail.com
Universidad Javeriana (Colombia)


 

   
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El aljibe agrietado persevera
polvo y azul en este medio día
los niños descendemos, y en su fondo,
encontramos juguetes de hojalata,
un tapiz que se tejo sólo, pájaros.
Esto, que es el pasado, nos otorga
su rumor y misterio, y reiniciamos
largas navegaciones por su cielo...
Venga la muerte así, como ha venido,
la infancia en un juguete, y encontremos
al descender por su sombra a la floresta
un tapiz que se teja eterno, fábulas.
Giovanni Quesseps      

Todos los sentidos se despiertan y armonizan en la ensoñación creadora.
Gaston Bachelard.      

 

Desde la noche del tiempo alguien regresa a mi lecho. Sus palabras susurran verdades que provocan resonancias y repercusiones en mis duermevelas. Inicio un diálogo de sueños y entresueños, que tiene la consistencia febril de las cosas soñadas. Oigo lejana la voz de Bachelard mientras sueño. Un libreto onírico en el que mi voz es su voz y mi sueño su sueño.

¿No perturbaríamos el dogmatismo si le preguntáramos al soñador si esta bien seguro de ser el ser que sueña su sueño? Esa pregunta no perturbaba para nada a Descartes. Para él, pensar, ver, amar, soñar, es siempre una actividad del espíritu. Hombre feliz, estaba seguro de que era él, totalmente él, el que tenía pasiones y sabiduría. Pero un soñador un verdadero soñador que atraviesa por las locuras de la noche, ¿está tan seguro de ser él mismo? Lo dudamos. El sueño de la noche es un sueño sin soñador. Por el contrario, el soñador de ensoñaciones conserva bastante conciencia como para decir: Yo soy el que sueña la ensoñación, el que está feliz de soñarla, el que está feliz del ocio en el que ya no tiene obligación de pensar.

En el sueño sé que sueño y que soy soñado por otro. Pero me aferro a la idea de la vigilia. Y mi razón busca argumentos para anclarse a una inasible realidad. En mi letargo recuerdo que Paul Ricour acuñó para la investigación el concepto de Pertenencia como el reconocimiento de todas aquellas preconcepciones que lastran y condicionan la lectura de la realidad. La pertenencia permite entrar en el universo de las ideas, los seres y los objetos para dialogar con ellos, para descubrir su alma, para nombrarlos adecuadamente, para mostrarlos al otro, sin el miedo a la inadecuada mediación de la palabra. Esta actitud, propia de la vigilia vigilante, obliga un despojo, un desnudamiento, una declaración de los avíos que señalan las coordenadas de este viaje, un reconocimiento de las pertenencias que condicionan la elección de los caminos, la aceptación de los lentes con los que miramos el paisaje, la evidencia de los conceptos para la elección de nuestras rutas.

Tendremos que despertar en nosotros, mediante la lectura de los poetas, gracias, a veces a una única imagen poética, un estado de nueva infancia, de una infancia que va mas lejos que los recuerdos de nuestra infancia, como si el poeta nos hiciera continuar, terminar una infancia que no se realizó totalmente, que sin embargo era nuestra y que, sin duda, en muchos casos, hemos soñado a menudo.

Aquí el culto al pasado no cuenta, el largo esfuerzo de los enlaces y las construcciones del pensamiento, el esfuerzo de meses y años resulta ineficaz. Hay que estar en el presente, en el presente de la imagen, en el minuto de la imagen, si hay una filosofía de la imagen, esta filosofía debe nacer y renacer con el motivo del verso dominante, en la adhesión total a una imagen aislada y precisamente en el éxtasis mismo de la novedad de la imagen.

¿Quién soy? ¿Por qué estoy aquí? ¿Quién avala mi palabra para señalar el inicio de la senda? ¿Qué disciplina ilumina mi lectura en la noche del tiempo cómo frágil llama que parpadea? ¿Quién convoca, cuál es el mapa que le vamos a trazar a nuestros viajes? Preguntas para el lector despierto que intuye el engaño de los falsos profetas.

Soy un soñador de palabras, un soñador de palabras escritas. Creo leer, una palabra me detiene. Dejo la página. Las sílabas de la palabra empiezan a agitarse. Las palabras abandona su sentido como una sobrecarga demasiado pesada que impide soñar. Las palabras toman entonces otros significados como si tuviesen el derecho de ser jóvenes. Y las palabras van, entre las espesuras del vocabulario; buscando nuevas, malas compañías.

Es de nuevos la voz de Bachelard que suena como mi voz y rebota en las paredes de una casa que sus ojos me enseñan a mirar. Yo soy el otro, pero sobre todo soy ustedes. Soy el lector que trata de encontrar el hilo de Ariadna en el laberinto de su propia ensoñación. Me asiste la misma autoridad de sus preguntas, sus mismas ansias de cielo, su propia trascendencia, sus dualidades y sus miedos, sus mismas condiciones de lectores de la vida.

Desde la oscuridad ajena de los sueños, quiero como ustedes desembarcar en las playas de la ensoñación para habitar al hombre y la mujer despiertos, contemplativos, trascendentes, con nombre, libertad y ensoñaciones propias.

Al obligarnos a cumplir un regreso sistemático sobre nosotros mismos y un esfuerzo de claridad en la toma de conciencia, a propósito de la imagen dada por un poeta, el método fenomenológico nos lleva a intentar la comunicación con la conciencia creante.

En las horas de los grandes hallazgos, una imagen poética puede ser el germen de un mundo, el germen de un universo imaginado ante las ensoñaciones. La conciencia imaginante, al menos en apariencia tiene menos responsabilidades que la conciencia racional. La exigencia fenomenológica con respecto a las imágenes poéticas es, por lo demás, simple: consiste en poner el acento sobre su virtud de origen, captar el ser mismo de su originalidad, beneficiándose así de la insigne productividad psíquica de la imaginación.

Desde ese sueño que no tiene limites, ni fronteras materiales, Ustedes y yo arribaremos nuevamente a Gaston Bachelard de la mano de un hombre y una mujer finito y múltiple, que a veces se pierde en los meandros de sus propias búsquedas.

La ensoñación tan diferente del sueño, tantas veces marcado con los duros acentos de lo masculino, es de esencia femenina. La ensoñación cumplida en la tranquilidad del día en la paz del reposo -la ensoñación realmente natural- representa el poder mismo de reposo. Es, en verdad, para todo ser humano, hombre o mujer, uno de los estados femeninos del alma.

Arribaremos a lo material, a lo cotidiano, ese otra realidad tejida de momentos palpables, que parecieran palpables, de la mano de un hombre y una mujer que reconocen para la unicidad de la existencia, la doble condición de Anima y Anímus que nos habita como esencia del ser, como los polos de un juego interminable de actividad creadora y reposo contemplativo.

Como lo afirmaría el propio filósofo francés -que hoy abre para nosotros las puertas y ventanas de su casa de palabras, de manera que escuchemos las voces lejanas que nos hablan desde la profundidad de los tiempos-; nos encontramos aquí y ahora para el diálogo recíproco, para traer al presente la toma de conciencia en un tiempo de extrema tensión....para un crecimiento de la conciencia, para un aumento de la luz, para un refuerzo de la coherencia psíquica... para que la imagen que acaba de serme ofrecida sea mía verdaderamente mía, que se vuelva mía - orgullo del lector- mi obra.

Yo soy ustedes incluso en lo que no somos. No soy el filósofo, mi voz no dará cuenta de escuelas ni momentos del pensamiento. No soy el psicólogo, no daré razones de las sinrazones de la psique humana. No soy el poeta, mi palabra no intentará otros vuelos que la posibilidad de compartirnos, de sensibilizarnos, aún más con un texto que misteriosamente conocemos. No soy el docente ni el maestro, mi ejemplo no señala caminos. Todos ellos soy y ninguno. Todos ellos y ninguno se asoman sin saber a la ventana de mis ojos asombrados.

Queremos profundizar en la psicología del maravillarse. La imagen poética ilumina con tal luz la conciencia que es del todo inútil buscarle antecedentes inconscientes. La alegría de hablar se agrega en poesía al maravillarse. La poesía es uno de los más altos destinos de la palabra.

Soy, como ustedes, un hombre de estas tierras, vengo de los polvorientos caminos en los que el café y la molienda tejieron las ensoñaciones de la infancia y comparto con ustedes las imágenes primeras de los mismos juegos y el mismo rumor de ríos, trinos y montañas.

Soy -todavía no sé decirlo- un proyecto de hombre, un ser inacabado, un explorador de posibilidades expresivas, un deleitante de tiempos y momentos, un decidor de versos, un enamorado del camino con la suficiente irresponsabilidad para avanzarlo.

Fuimos varios durante ese ensayo de nuestra vida, en nuestra vida primitiva. Sólo hemos conocido nuestra unidad por los cuentos de los demás. Siguiendo el hilo de nuestra historia contada por ellos, terminamos, año tras año por parecernos. Reunimos todos nuestros seres en torno a la unidad de nuestro nombre.

Me sé finito, no quiero que nada prolongue mi existencia material. Y creo - al igual que ustedes tienen sus personales y respetables creencias- que somos una cuenta de sal entre los primeros soles del alumbramiento y las últimas lunas del abrazo de la tierra. Creo en los tres ejes que nos rigen: tiempo, espacio y trascendencia. El tiempo ese reservorio de momentos, el espacio la suma geográfica y social que nos potencia o limita y la trascendencia, la prolongación de instantes, en el Aquí y el Ahora, de iluminación o lucidez que nos acerca a las estrellas, a dios o al diablo, en realidad, pobres términos para compendiar la vasta historia de los planetas. Palabras, en fin, que no alcanzan a explicar mis cielos e infiernos cotidianos.

Me hice amigo de Bachelard hace muy poco, una década quizás, su palabra llegó para quedarse. Caminaba entonces con Gladis Molina, una gran amiga en exploraciones creativas que nos llevaron a realizar la primera olimpiada de la innovación y la creatividad SENA. El halito vital de Bachelard dio pábulo a talleres de experiencias compartidas, de jornadas enriquecedoras

Bachelard vino con nosotros muchas veces a los talleres con los pedagogos de Caldas, Risaralda, Quindío y Tolima. Muchas veces me embriagué con él, con sus resonancias laberínticas que abre caminos sucesivos a los mundos paralelos.

A quien quiera soñar hay que decirle que empiece por ser feliz.

Una frase suya bastaba para que el mundo girara en otras órbitas sin una pizca de hierba iluminada.

La infancia no abandona nunca su morada nocturna, a veces un niño viene a velar nuestros sueños.

La ensoñación teje en torno al soñador dulces lazos, que es una argamasa, que, en resumen, en toda la fuerza del término, la ensoñación “poetisa” al soñador.

Una poética de la ensoñación poética implicaría darle a cada lector de poemas una conciencia de poeta.

Los verdaderos bienestares tienen un pasado. Todo un pasado viene a vivir por el sueño, en una nueva casa.

Átomos lingüísticos con pesos específicos de agujeros negros.

En verdad, las palabras sueñan.

El mantel, ese puñado de blancura, bastó para anclar la casa en su centro.

En una imagen poética el alma dice su presencia.

La poesía constituye a la vez al soñador y su mundo.

Se encontrarían mil intermediarios entre la realidad y los símbolos si se dieran a las cosas todos los movimientos que sugieren.

Con él viajamos por los caminos del café y de la caña, tocando clarines, invocando la conciencia de los pedagogos para que llenaran sus bitácoras de ensoñaciones, para que le entregaran a sus alumnos las llaves de otros viajes maravillosos a los universos del conocimiento:

Toda infancia es fabulosa, naturalmente fabulosa. No porque se deje impregnar, como podría creerse fácilmente, por las fábulas siempre ficticias que se le cuentan y que sólo sirven para entretener al antepasado que cuenta. ¡Cuántas abuelas toman a su nieto por un tonto! Pero el niño pícaro atiza la manía de contar, las sempiternas repeticiones de la vieja narradora. La imaginación del niño no vive de esas fábulas fósiles, de esos fósiles de fábulas, sino de sus propias fábulas. El niño encuentra sus propias fábulas, que no le cuenta a nadie, en su propia ensoñación. Entonces la fábula es la vida misma.

El niño se siente hijo del cosmos cuando el mundo de los hombres lo deja en paz.

Hay comunicación entre un poeta de la infancia y su lector mediante la infancia que dura en nosotros.

Esta infancia permanece como una simpatía de apertura a la vida, permitiéndonos comprender y amar a los niños como si fuésemos sus iguales en la primera vida.

La infancia está en los orígenes de los mayores paisajes. Nuestras soledades de infancia nos han dado las inmensidades primitivas.

La belleza primera fue tan fuerte que si la ensoñación nos devuelve a nuestros más queridos recuerdos, el mundo actual resulta totalmente descolorido.

La apertura hacia el mundo de la que se valen los filósofos, no son sino una reapertura del mundo prestigioso de las primeras contemplaciones.

Debo confesar que nunca imaginé su rostro, ni averigüé sus datos biográficos, ni exploré desde la razón la autoridad disciplinar de sus sentencias. Ha sido siempre el amigo de la mesa de noche, el paseante de las tardes de sol, el consejero de los días de ocio, el conversador maravilloso del toque de asombro. Un indocumentado que habita a mi lado y me invita a saltar fronteras sin el peso burocrático de los gendarmes de la razón

Siempre me ha bastado su palabra desnuda para ganar mi confianza, para entrar con certeza en su mundo soñado. Sólo hasta ahora y para esta cita con los lectores he desoído sus consejos: ¿Existe un sólo poema, en toda la obra del poeta que pueda ser explicado por las contorsione literarias del sombrero?

De internet, el universo actual de los saberes instantáneos he bajado la siguiente información, que de alguna forma apoya este encuentro:

“Gaston Bachelard (1884-1962). Filósofo y ensayista francés. Bachelard nació en Bar-sur-Aube en el seno de una modesta familia de vendedores de periódicos y tabaco. Al acabar los estudios secundarios trabajó en la oficina de correos de Remiremont hasta 1906 y más tarde en París entre 1907 y 1913. A pesar de trabajar 60 horas por semana en París, empezó a estudiar y se licenció en matemáticas en 1912. Su deseo de ser ingeniero se vio truncado por el estallido de la I Guerra Mundial y su alistamiento en el ejército. Después de la desmovilización, fue nombrado profesor de física y química en Bar-sur-Aube. La teoría de la relatividad echó por tierra sus ideas sobre la física, por lo que regresó al estudio de la filosofía occidental, obteniendo una segunda licenciatura en letras en 1920. Después consiguió una cátedra tras aprobar una oposición (agrégation en Francia), y obtuvo su doctorado en 1927 (su tesis recibió un premio). En 1930 inició una típica carrera profesoral, dando clases primero en Dijon y luego en La Sorbone de historia y filosofía de las ciencias, donde permaneció hasta 1954. Recibió la Legión de Honor en 1951 y el Gran Premio Nacional de las Letras. Una mente tan versátil no podía contentarse con un enfoque filosófico sencillo. A la vez que filósofo, crítico y epistemólogo, era también un científico, un pensador profundo y un poeta. Sus trabajos reflejan tanto su precisión científica como su sensibilidad poética. En sus libros estos dos aspectos no están entremezclados sino que, más bien, se alternan. En 1934, publicó El nuevo espíritu científico y en 1938 La formación del espíritu científico. La importancia epistemológica de ambos libros es todavía evidente y sigue siendo relevante para discernir los problemas científicos contemporáneos. Su idea principal es que en el futuro el conocimiento se basará en la negación del conocimiento actual. Su obra más importante sobre epistemología es El materialismo racional (1953). Sus análisis sobre lo imaginario están recogidos en libros que tienen que ver con su psicoanálisis de los elementos: Psicoanálisis del fuego (1938), El agua y los sueños (1942), El aire y los sueños (1943) La tierra y la ensoñación de la voluntad (1948). Estas obras muestran una gran influencia de Carl Gustav Jung, sobre todo de sus ideas sobre la energía espiritual y la oposición ánima/persona. Bachelard dedicó los últimos años de su vida a una búsqueda más poética: La poética del espacio (1957) y La poética de la ensoñación (1960). Murió el 16 de octubre de 1962 en París”. [http://www.epdlp.com/bachelard.html]

Información necesaria para acallar las demandas racionales de nuestra mente, pero insuficiente para el acercamiento a objetos mentales que nos ayuden en la toma de conciencia. La imaginación como una piedra en el estanque, el sueño las hondas que se expanden para evidenciarme la virtualidad de las imágenes y sonidos que construyen mi mundo.

Por eso quiero hoy, desde la suave dulzura del delirio contactarlos de nuevo con Bachelard, con el amigo indocumentado que me acompaña de manera cómplice; con el poeta, con su palabra, para que sea el diálogo directo y personal con él, quien les muestre múltiples caminos posibles.

Por los sueños las diversas moradas de los días antiguos evocando los recuerdos de la casa sumamos valores de sueño; no somos nunca verdaderos historiadores, somos siempre un poco poetas y nuestra emoción tal vez sólo traduzca la poesía perdida. En los poemas, tal vez más que en los recuerdos llegamos al fondo poético de la casa.

La casa natal está físicamente inscrita en nosotros. La infancia. Es ciertamente más grande que la realidad. Por ésta infancia permanente conservamos la poesía del pasado. Habitar oníricamente la casa natal, es más que habitarla por el recuerdo, es vivir en la casa desaparecida como la habíamos soñado.

Por lo tanto tiene sentido decir que se “escribe un cuarto”, se “lee un cuarto”, se “lee una casa” los valores de la intimidad son tan absorbentes que el lector no lee ya nuestro cuarto: vuelve a ver el suyo ya marcha a escuchar los recuerdos de un padre, de una abuela, de una madre, de una sirvienta, de “la sirvienta de gran corazón”, en resumen, del ser que domina el rincón de sus recuerdos más preciados.

Aunque centremos nuestras investigaciones en los ensueños de reposo no debemos olvidar que hay un ensueño del hombre que anda un ensueño del camino. Cuando revivo dinámicamente el camino que “escalaba” la colina, estoy seguro de que el camino mismo tenia músculos y contramúsculos. En mi cuarto parisiense, aquel sendero me sirve de ejercicio. Al escribir ésta página me siento liberado del placer de dar un paseo; estoy seguro que he salido de la casa.

Espero que después de este brevísimo encuentro o reencuentro con su palabra primigenia vuelvan a sentarse con él a la mesa del tinto cotidiano para discutir si el objeto del conocimiento existe o no fuera de la conciencia del sujeto, o que en la intimidad del cuarto, en la mesa de noche que reclama el silencio de los televisores, vuelvan con él y con su amigo Husserl, a establecer una prolongada e intemporal tertulia que los lleve a reafirmar que, para la fenomenología, el objeto se descubre y recrea como resultado de la intuición dirigida hacia él.

Largas, larguísimas e indispensables conversaciones con él, con su obra que sin duda los llevarán también al encuentro con su maestro Jung, y a bucear luego en la compleja psicología de las profundidaes, donde el arquetipo, la imagen primordial que habita todas las culturas humanas, se empoza como reservorio simbólico de nuestra historia filogenética.

No lo prometo aquí, pero es posible que se encuentren después con otros viejos y nuevos amigos, que creen al igual que Jung, Husserl y Bachelard, que el criterio de la verdad se halla constituido por las vivencias personales de los sujetos, que no sólo somos constructores de lenguaje sino que además el lenguaje, como expresión de la cultura, nos construye un mundo.

A ese diálogo están invitados ahora. A una experiencia de encuentro directo con las imágenes, esos objetos mentales que el poeta Bachelard ha objetivado en sus libros: Poética de la Ensoñación y Poética del espacio. Invitados a la experiencia de una reapropiación subjetiva de mundo, a partir del encuentro con la palabra evocadora que Bachelard vivenció como una estética particular, que tuvo como correlato las palabras esenciales de sus alter egos poetas, los oficiantes del verbo que abren puertas a otras dimensiones del universo simbólico.

Esta es la invitación. Preparen el espíritu, aquieten los afanes cotidianos y abran de nuevo la puerta a la ensoñación para que redescubran el mundo de los objetos bajo la mirada creadora de su individual y enriquecedora percepción, que está encadenada a un más profundo y esclarecedor legado, la herencia del inconsciente colectivo.

Bríndenle una oportunidad a la ensoñación creadora. Déjense tocar por las palabras y las cosas que construyen y reconstruyen las posibilidades intersubjetivas de nuestro universo.

Algo o alguien ha cortado la voz circular que atraviesa mis neuronas como si apagara un bombillo. Todo vuelve a ser silencio y asciendo como un buzo a la conciencia de existir. Abro los ojos... y sin embargo, despierto en unas ruinas circulares donde oficio como domador de ensoñaciones. Como Borges lo propuso alguna vez he despertado a otro sueño.

 

Carlos Alberto Villegas Uribe. Licenciado en Tecnología Educativa, Magíster en Comunicación Educativa, Escritor y Gestor Cultural. Ha sido asesor del ICFES, la Alcaldía Mayor de Bogotá y el SENA en procesos de comunicación y educación. Docente de pregrado y postgrado en las Universidades del Quindío, Javeriana y Antonio Nariño. Miembro fundador de la Asociación Colombiana de Caricaturistas: El Cartel del Humor y Gerente de Cultura del Departamento del Quindío. Actualmente es profesor de la Facultad de Psicología de la Universidad Javeriana en las cátedras Taller de estructuración de textos y Psicogénesis de la risa.

 

© Carlos Alberto Villegas Uribe 2005
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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