La construcción de los personajes
en Carlota Fainberg de Antonio Muñoz Molina

Sandra Navarro Gil
Doctora en Filología Hispánica


 

   
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Primeras consideraciones

Hábilmente definió el investigador Garrido Domínguez el estudio del personaje como "la cenicienta de la narratología" (Garrido Domínguez, 1993:67). Aunque considerado tradicionalmente como un elemento subordinado a la trama, estudios recientes acentúan la relación de implicación entre personajes y acción, pues no hay posibilidad de acción sin agentes que la lleven a cabo ni puede darse una narración en la que no ocurre nada. Así, desde el formalismo se apuesta por determinar al personaje en cuanto a su función en el relato. Como apunta Bobes Naves:

El funcionalismo señala como elemento fundamental del relato las acciones y la situaciones en sus valores funcionales (funciones), y sólo por relación a ellas se dibujan los actantes, es decir, los sujetos involucrados en las acciones. Los personajes son los actantes revestidos de unos caracteres físicos, psíquicos y sociales que los individualizan. (Bobes Naves, 1993:144-145)

La narratología considera a los actores los elementos de la fábula que causan y sufren los acontecimientos funcionales, y actantes a la clase de actores que comparten una cualidad característica. En este sentido, es proverbial el esquema actancial propuesto por Greimas de Sujeto y Objeto, Destinador y Destinatario, Ayudante y Oponente, aunque existen otros tipos de modelos actanciales que a veces se ajustan mejor a un relato en particular. Mieke Bal señala a este respecto que las relaciones psicológicas, ideológicas o físicas que los actores mantienen entre sí pueden facilitar la inclusión de los actores en grupos de actantes. Por su parte, el personaje tiene un carácter mucho más individualista y ha sido definido como un actor provisto de características humanas distintivas. Según Bal: "Un personaje se parece a un ser humano mientras que un actor no tiene por qué" (Bal, 1990: 87)

En este punto comienzan las discrepancias entre los investigadores sobre la noción de personaje. Mientras la crítica tradicional lo entendía como expresión de la condición del ser humano, los últimos estudios se decantan por definirle básicamente por sus actos, al considerarle primordialmente un agente de la acción, según las enseñanzas del pionero Aristóteles.1

En el discurso narrativo el personaje se construye con datos que van apareciendo en forma discontinua y que proceden de tres fuentes. En primer lugar, están los informes del narrador sobre el personaje. En segundo lugar, el personaje se va llenando de contenido por lo que hace y por lo que dice. Por último, hay que tener en cuenta lo que otros personajes dicen de él y la forma en la que se relacionan con él. De hecho, la identidad del personaje se realiza de forma gradual y sólo puede darse por terminada al final de la narración.

Partiendo de estas nociones básicas, centrémonos ya en la construcción de los personajes en Carlota Fainberg, la novela seleccionada de Antonio Muñoz Molina. No es éste, por cierto, el trabajo del autor que más atención ha acaparado por parte de la crítica. En una extensa nota previa a la novela, el escritor afirma que el embrión de esta obra se halla en un relato escrito en el diario El País en el verano de 1994, el cual se pedía argumentalmente relacionado con la más conocida obra de Stevenson, La isla del tesoro. Sin embargo, los elementos de aquella ficción no alcanzaron su forma definitiva en el relato y siguieron alimentándose en algún lugar de la imaginación del autor hasta que se desplegaron en este trabajo. Muñoz Molina termina su nota inicial declarándose satisfecho de su novela:

La razón principal para escribir un libro es la misma que para leerlo: que a uno le guste mucho estar haciendo lo que hace. Lector inveterado de novelas cortas, yo he disfrutado tanto inventando y escribiendo esta Carlota Fainberg que me ha dado algo de pena que se acabara tan pronto. (Muñoz Molina, 1999:13)

A pesar de las alentadoras palabras de Muñoz Molina, la lectura de la novela deja un sabor agridulce al lector. Y tal vez sea precisamente su extensión lo que más perjudica a este relato ya que en poco más de ciento cincuenta páginas se mezclan un buen número de elementos narrativos -propios de la novela fantástica, de memorias y de aprendizaje- y se cuentan, al menos, tres historias que podrían haberse desarrollado más ampliamente.

El argumento de la novela es el siguiente: Claudio, profesor asociado del Humbert College de Pensilvania a punto de ser nombrado profesor titular, relata su encuentro con Marcelo M. Abengoa en el aeropuerto de Pittsburg mientras los dos esperan la confirmación de sus vuelos, retrasados a causa de una fuerte nevada. El hecho de que Claudio viaje a Buenos Aires para participar en un congreso sobre Borges sirve de excusa para que Marcelo Abengoa, extrovertido y confiado hombre de negocios, le cuente su fantástica aventura con una mujer (Carlota Fainberg) en un decadente hotel de la capital argentina ocurrida cuatro años antes. Claudio narrará a continuación su estancia en Buenos Aires y su visita al hotel Town Hall donde tuvo lugar la hazaña amorosa de su circunstancial amigo Abengoa. Allí descubrirá algo sorprendente: Carlota lleva muerta más de veinte años. Sin embargo, Claudio también será testigo de la presencia de su fantasma en el comedor del hotel. Este viaje y el conocimiento de Abengoa provocan un cambio en el comportamiento del retraído Claudio quien, tras ver denegado su nombramiento a la vuelta de Buenos Aires, planea un encuentro con Abengoa en Madrid.

En torno a los dos protagonistas del relato aparecen otros personajes y ambientes relacionados con Claudio y Marcelo. De un lado, la vida académica del primero, las desoladoras intrigas universitarias y la inestabilidad y los apuros de su profesión. Los dos personajes mejor perfilados son Morini y Ann Gadea Simpson. Morini, el jefe de su departamento, no le concederá el ascenso y faltará a su promesa tras hacerle esperar en vano un buen tiempo. Ann Gadea Simpson Mariátegui, cabecilla del “New Lesbian Criticism”, se encargará de arruinar su comunicación en Buenos Aires y conseguir después su puesto como titular en el Humbert College. En el polo opuesto se encuentra Mario Said, un antiguo compañero vencido por la mezquindad del hostil ambiente universitario.

De la mano de Marcelo somos testigos de una manera bien distinta de entender la vida. Se trata de un ejecutivo desenvuelto y exitoso sin ningún tipo de problemas económicos o profesionales, si exceptuamos su irrefrenable pasión por las mujeres que no son su esposa Mari Luz.

Por último, parte del relato se centra en los habitantes del hotel Town Hall. El fantasma de Carlota Fainberg, la bella esposa del dueño del hotel, el ascensorista y la vieja criada española ocupan el otrora lujoso y ahora caduco hotel bonaerense. En él, la peripecia de Marcelo se verá resuelta por Claudio, quien al final descubre que el mayor trofeo del historial de conquistas de Abengoa era una aparición venida del otro mundo.

 

El personaje narrador

Claudio es el narrador y el protagonista del relato. Como ya señaló Óscar Tacca, en las narraciones en primera persona cobra especial importancia el ángulo del enfoque. En Carlota Fainberg encontramos un único narrador2 aunque el papel que desarrolla en la acción es bien distinto en las dos partes en las que puede dividirse la narración. En la primera, Claudio narra el encuentro con Marcelo en el aeropuerto de Pittsburg. En esta parte de la historia, Marcelo es el verdadero protagonista de la acción, centrada en su experiencia en el Town Hall y en otros rasgos de su personalidad y de su vida. Claudio en esta parte de la narración, la más extensa -hasta el capítulo IX de un total de XI- y divertida, ocupa un segundo plano y su papel en la acción es el de receptor y, en muchos sentidos, antagonista de Marcelo. En palabras de Tacca en las novelas en las que el narrador es un personaje secundario:

Hay un sutil encanto que nace en muchas obras de esa humilde y recogida exposición de alguien a quien le ha tocado una participación menor en la historia, y que pareciera obtener del lector un suplemento de simpatía y de credibilidad frente a lo narrado (Tacca, 1985: 145).

En nuestra novela la actitud pasiva de Claudio en la primera parte contrasta con la de la segunda en la que es protagonista de los hechos narrados y en la que podemos observar, como veremos, ciertos cambios en su comportamiento. Durante la estancia de Claudio en Buenos Aires ya puede comprobarse la influencia que sobre él ha ejercido Marcelo Abengoa, personaje al que se le recuerda como un modelo que debe seguirse. No es el momento aún de profundizar en la caracterización de los personajes sino el de recalcar el hecho de que Claudio es la voz que cuenta, con la dosis de subjetividad que conlleva que sea uno de los protagonistas de la narración. Como afirma Garrido Domínguez, el personaje-narrador "asume, sin renunciar a su peculiar estatuto, las funciones propias del narrador en general: la comunicativa, la de control, la narrativa o representativa..." (Garrido Domíngüez: 102).

Así, no sólo Claudio nos ofrece la información sobre Marcelo (o lo que es igual, conocemos a Marcelo a través de él, como a los demás personajes secundarios) sino que él también se presenta a sí mismo y nos da siempre su versión sobre lo ocurrido. Aquí también debe tenerse en cuenta el papel creativo de la memoria. A la subjetividad propia del narrador homodiegético hay que añadir la distancia temporal que separa los hechos del momento de la narración, ahora tamizados por la acción de la memoria.

Como receptores de la narración estamos obligados, sin embargo, a atender a las palabras de Claudio sobre unos hechos ocurridos en el lejano aeropuerto de Pittsburg y en el hotel de Buenos Aires. También desde su subjetividad conoceremos, insisto, a Marcelo Abengoa, personaje que sólo en el recuerdo se gana la confianza del receloso narrador, pues en el transcurso de su encuentro con Marcelo el profesor mantiene una posición de defensa que queda patente en muchos momentos de la narración. Veamos algunos ejemplos:

No me miraba ahora, tenía los ojos fijos en los torbellinos silenciosos de la nieve, y quizás en ese gesto había una parte de ligera impostura, de representación (p.16).

Y me dijo, creo que con cierta sorna... (p.111)

Por su parte, la mezcla de admiración y repulsa que le van creando el discurso y la fuerte personalidad de Abengoa es especialmente relevante en la narración de Marcelo sobre las agotadoras sesiones amorosas con Carlota Fainberg:

...cuando el gran cuerpo de ella recibía los golpes enconados y rítmicos de su embestida masculina, de su hombría española y adúltera de cuarentón en celo perpetuo. (p.85).

Será preciso volver a estos asuntos en el siguiente apartado, debido a la omnipresencia de la figura del narrador en toda obra de ficción. Pero es ya hora de analizar a los actores, actantes y personajes del universo de Carlota Fainberg.

 

Actores, actantes y personajes

En Carlota Fainberg encontramos un escaso número de personajes que contribuyen al desarrollo de la acción. Además de los dos personajes principales, Claudio y Marcelo, de los cuales el primero es el narrador del relato, como ya se ha dicho, aparecen otros ocho personajes: Mari Luz, la esposa de Marcelo Abengoa; Morini, el jefe de Claudio; Mario Said, antiguo colega de Claudio; Carlota Fainberg, la misteriosa mujer de la que se enamora Marcelo en Argentina; la vieja criada del Town Hall; el ascensorista y camarero del hotel y Ann Gadea Simpson Mariátegui, la "usurpadora" de la plaza titular de Claudio.

En primer lugar hay que destacar que Claudio y Marcelo son dos personajes opuestos. El autor de la novela así lo reconocía en una entrevista poco después de publicarse la obra:

Al principio Claudio es muy soberbio, pero acaba dando lástima, va haciendo al lector consciente de su fracaso con fogonazos de su vida interior. En cambio, Marcelo, que parece un patán sexista, va descubriendo su valor a lo largo de la novela. Eso es la literatura, la tensión entre la apariencia y lo que la gente y las cosas son, con impresiones sucesivas. Es muy estimulante crear un personaje por oposición a otro. (Azancot, 1999:20)

Claudio es un personaje tímido y solitario, dedicado a una vida académica que tarda en recompensar los esfuerzos e invita a la pasividad. Marcelo es un hombre de negocios vital y optimista que representa justo lo contrario de lo que Claudio es en la vida, la autoridad que siempre le amedrantó, la energía que tanto necesita.

En la fábula, estos dos actores se contraponen por sus relaciones ideológicas, pues representan dos mundos opuestos: mientras Claudio lleva una existencia contemplativa, Marcelo pertenece al mundo de la acción. La pasividad frente a la actividad; la cultura frente al dinero; lo reflexivo frente a lo práctico.

De este modo, en la novela cada uno de los dos personajes es portavoz de las estructuras mentales de un determinado grupo social: el mundo académico y el mundo de los negocios. Sin embargo, en el transcurso de la fábula se produce una paulatina transformación de Claudio o, dicho de otro modo, este actor cambia de papel. Si en la primera parte había asumido el papel de paciente u objeto de las influencias del agente, Marcelo, en la segunda parte de la acción tomará el papel de agente (visita al Hotel, resolución del misterio sobre Carlota Fainberg), aunque en la distancia siga influenciado por los consejos y la figura de Marcelo Abengoa.

En la historia, Claudio y Marcelo son personajes redondos. Así, son personajes complejos capaces de sorprender al lector y en cuyo diseño se emplean abundantes rasgos. Se trata además de un relato en el que los personajes son el propio tema y donde los acontecimientos narrados -encuentro en el aeropuerto, la aparición de Carlota Fainberg- parecen servir a la propia configuración de los protagonistas. Nos hallamos, pues, ante dos personajes dinámicos y ciertamente independientes de la trama. No hay que olvidar ahora que la historia está monopolizada por Claudio, que informa sobre sí mismo y sobre los demás personajes, y cuya actitud ante los otros, en especial hacia Marcelo, influye directamente en nuestra recepción del relato.

Para ilustrar la aludida oposición entre Claudio y Marcelo a la que me estoy refiriendo, puede ayudarnos la breve lista que sigue. Mientras Marcelo se define por atributos positivos, Claudio personifica la carencia de los mismos:

Extroversión:

MARCELO: A mí lo que más me gusta es ver mundo y conocer gente nueva. (p.34)

CLAUDIO: en los viajes soy del todo incapaz de relacionarme con los otros. (p.18)

Resistencia física:

MARCELO: tenía una constitución inmune a la fatiga, un frame of mind tan robusto que ni los compromisos incesantes ni el jet-lag de los viajes transalánticos lo aturdían. (p.35)

CLAUDIO: A mí cualquier viaje me deja desguazado. (p.35)

Me dolían los pies, había pasado mala noche, porque los viajes y los hoteles me trastornan fácilmente el sueño. (p.146)

Carácter:

MARCELO: Pertenecía a ese tipo de personas enérgicas y prácticas que a mí me han amedrantado a lo largo de toda mi vida[...] Me bastaban unos segundos para reconocer ese modelo siempre idéntico de hombre hábil, decidido y veloz. (p.36)

CLAUDIO: Soy muy manso con cualquiera que muestra una autoridad rotunda hacia mí...(p.150)

Soy de esos hombres pusilánimes que viven amedrantados por el personal subalterno. (p.151)

Estabilidad profesional:

MARCELO: En todo esto, su estrategical advisory consistía en una tarea a medias de espionaje y de análisis financiero, de exploración aventurera y contabilidad. Era él quien viajaba por las capitales del mundo buscando hoteles que se ajustaran a los intereses de Worldwide Resorts...(p.33)

CLAUDIO: ...donde yo he venido labrándome en los últimos años una posición decorosa, aunque todavía insegura, como associate professor. (p.20)

Experiencias amorosas:

MARCELO: Carlota Fainberg le había amedrantado, como las mujeres ya adultas que le gustaban tanto cuando aún era un muchacho. (p.85)

Le habían gustado tantas mujeres, todas las mujeres, pero ahora, aunque las siguiera mirando y deseando, en realidad ninguna llegaba a gustarle, ni de lejos, tanto como ella, de modo que aquel adulterio había tenido la ventaja para su matrimonio de haberle vuelto mucho más casto, y desde luego más fiel. (p.86)

CLAUDIO: en la época de la contracultura yo estaba interno en un horrible colegio salesiano, donde sólo tuve acceso a la muy modesta revolución sexual del onanismo contaminado de culpa, de miedo de no sólo a ir al infierno, sino también a quedarme paralítico o raquítico. (p.111)

Es la apreciación de las cualidades de Marcelo la que cambia la imagen que Claudio tiene de su antagonista. Al hilo de su relato, cuyo desarrollo seguía "como las ratas y los niños seguían el sonido de la flauta del proverbial Piep Piper o el flautista de Hamelín", la antipatía inicial que le produce este hombre franco y seguro de sí mismo se va tornando en inconfesable admiración. Ante la fuerza de las intervenciones directas de Abengoa, quien resulta ser un improvisado y brillante narrador oral, el discurso de Claudio, repleto de anglicismos innecesarios e ahíto de términos lingüísticos y literarios, resulta aún más afectado y ridículo: otra vez la teoría de Claudio se rinde ante la soberbia puesta en práctica de Marcelo Abengoa.

De este modo, Claudio se ve arrastrado por las dotes personales de Marcelo. Así, si en un principio considera para sí a Marcelo “una persona vulgar” (p.17), pasa a manifestar su agrado por la personalidad de Abengoa:

Su ignorancia de las tremendas gender wars me pareció, contra mi voluntad, tan envidiable como su desenvoltura de narrador inocente... (p.49);

Por su parte, hay que resaltar que esta parte del relato está centrada en la figura de Marcelo Abengoa. Además de la transcripción de sus propias palabras de boca de Claudio, también se nos va describiendo su aspecto exterior, información, por cierto, que no recibiremos del narrador sobre sí mismo. En el retrato de Marcelo se resalta su modo de vestir y se profundiza en la impresión que el narrador tiene sobre él, especialmente en sus hábitos de hombre que disfruta de la buena vida:

No era alto, sino más bien stocky, y su cuello parecía más corto debido a un jersey de lana con dos botones en el hombro derecho y una hechura que le subrayaba la curva de una barriga notoria pero también fornida, la barriga de un hombre a la vez activo y familiar, tentado por el fitness pero también por la paella, y más aficionado a las cañas de cerveza y a los berberechos que a los complejos vitamínicos o al providencial Prozac. Lucía, en la claridad neutra y lívida del aeropuerto, un bronceado de pura salud casi rural, sin la menor sospecha de artificio. (p.35)

Abengoa estaría, calculé, en sus late forties, y su corpulencia ágil, su estatura chata, su pelo peinado con raya, contrastaban con la apariencia de las personas que iban y venían por el aeropuerto tan llamativamente como la lana de su jersey, el paño y el corte europeo de su abrigo y el cuero de sus zapatos. (p.45)

Los tres últimos capítulos de la narración -XI, X y XI- narran la experiencia de Claudio en Buenos Aires y la vuelta a Pensilvania. Es en esta parte de la historia donde asistimos a la transformación del personaje. Hasta este momento Claudio se había mostrado contrario a todo lo español y fuertemente influenciado por los hábitos americanos, incluso por el idioma inglés. En su viaje a Buenos Aires y tras el conocimento de Marcelo, vuelve a él cierto apego por su cultura y sus raíces, incluida la pérdida de su chirriante spanglish. Así, al llegar a Buenos Aires comienza a sentir su repentina metamorfosis: parece que tras el letargo de su existencia en Pensilvania -especialmente marcada por la fuerte nevada del día de su vuelo - recupera su carácter latino nada menos que en la capital bonaerense. El clima agradable, el placer de la comida y la amistad son algunas de las experiencias conquistadas por Marcelo al alejarse de las agresiones que padece en su vida cotidiana. En varios momentos de su narración menciona a Abengoa y se sorprende de su nueva actitud hacia la vida:

Paseando ociosamente por Buenos Aires le di la razón al ya borroso Abengoa, a quien había tenido tan cerca durante unas pocas horas de mi vida y a quien seguramente no volvería a ver más: su ojo clínico, como él mismo habría dicho, resultó muy acertado. Me gustaba ver a esas mujeres bellas y enérgicas taconeando por las calles... (p.132)

Sentí placenteramente cómo me iba deslizando hacia el sueño [...] en un estado de beatitud física que me hizo acordarme de la cara colorada y la barriga prieta de mi fugaz amigo Abengoa (p.136)

El fracaso en la lectura de su comunicación, propiciado por la temible Ann Gadea Simpson, y la negación del ascenso a profesor titular acrecientan el sentimiento de repulsa hacia su "vida americana", a la vez que la experiencia en el Town Hall y el recuerdo de Abengoa le llevan a acariciar la idea de un viaje a Madrid y un próximo encuentro con Marcelo Abengoa, su amigo en la distancia. En Buenos Aires Claudio sufre un fuerte acceso de gripe que le obliga a retrasar su viaje un par de días. Parece que este nuevo contratiempo es otro síntoma de la transformación del profesor, una especie de reacción somática a los profundos cambios vitales que se avecinan.

Pero si bien la historia se centra en Claudio y Marcelo, también otros personajes son necesarios para la construcción del relato. De entre los personajes secundarios hay que citar en primer lugar a Carlota Fainberg. Estamos ante un caso claro de personaje plano y estereotipado de mujer fatal, de diosa del sexo.

Marcelo, hombre ducho en el arte de la seducción, caerá rendido ante Carlota, auténtico paradigma de la sensualidad de la mujer latina. Para la presentación de Carlota contamos con el testimonio de Marcelo referido ahora por Claudio. La descripción física de Carlota es cuidadosa en detalles:

Lucía una gran melena rubia, un traje de chaqueta oscuro, ancho en los hombros y muy ceñido a las caderas, unos tacones que la hacían parecer más alta, "aunque sin la menor necesidad", unos ojos rasgados, verdes, felinos (el adjetivo es suyo), espléndidamente maquillados, que se fijaron enseguida en él al mismo tiempo que su boca grande y carnal le sonreía sin censura ninguna, la típica sonrisa de la mujer porteña... (p.60)

tenía una voz porteña un poco ronca, pero espléndida, tan envolvente [...] como el perfume de madreselva, que tan cerca de ella cobraba una intensidad de tentación (p.74)

En lo referido a su carácter, se trata de una mujer decidida y una amante insaciable:

...de vez en cuando lo rendía el sueño, con gran irritación de su amante infatigable, que le reñía afectando mohínes repentinos de mujer desatendida, o lo sacudía hincándole entre el pelo sus uñas largas y rojas, o empleaba para despertarlo de nuevo las artes más sutiles y vampíricas de la estimulación, poniéndolo enseguida a punto...(p.103)

De nuevo por oposición, en el relato encontramos el prototipo de mujer entregada o esposa perfecta, la compañera que llega a convertirse en el descanso del guerrero y a la que fácilmente se le contenta con un abrigo de visón o un viaje organizado a un país exótico. Al contrario que Carlota Fainberg, Mariluz Soto Padilla es una mujer prudente, cariñosa, romántica y poco agraciada, a la que su marido ve más baja y rellenita tras sus noches con la rubia Carlota:

...cuando la vi aparecer entre los pasajeros la encontré más llenita y más baja de lo que yo recordaba, y aunque no quería compararla con Carlota Fainberg tampoco podía evitarlo, claro. (p.115)

Mira si soy canalla, que me fijé en lo cortas que tiene las piernas (p.121).

Ni siquiera la actitud cariñosa de su esposa en la cama del hotel logra que Marcelo pueda concentrarse en ella y olvidar la fantasmal presencia de Carlota en el hotel, que arruina definitivamente la desabrida aventura marital de Marcelo y Mariluz. Después nos enteraremos de que Carlota es, efectivamente, un fantasma, algo que podía sospecharse tras haber relatado Marcelo que en las dos noches que pasan juntos ella repite atuendo y dice las mismas frases.

Y otra vez por oposición encontramos a tres personajes relacionados con Claudio: Morini, Ann Gadea Simpson y Mario Said. El primero es el jefe del departamento de la universidad de Claudio, un hombre "de inveterada destreza administrativa" que da falsas expectativas a Claudio sobre su ascenso. La falsedad de Morini se corresponde con la artificiosidad de su aspecto exterior, apuntado con notables dosis de humor en un momento del relato:

no como Morini, dicho sea de paso, que se aplica en la cara un tanning torrefacto no indigno de Julio Iglesias, o de un magnate panameño del narcotráfico, y que tiene el pelo tan sospechosamente negro y abundante que unas veces da la impresión de que se lo tiñe y otras de que lleva peluquín, incluso de que se tiñe el peluquín. (p.35)

Morini representa la parte más lamentable de la comunidad universitaria, las intrigas y los trapicheos que suelen acompañar a determinados colectivos. En el mismo bando se halla Ann Gadea Simpson, la participante en el congreso de Buenos Aires que ataca a Claudio por el palpante machismo de los estudios literarios a lo largo de la historia. Ann Gadea, la "Terminator del New Lesbian Criticism" se confabulará con Morini para quedarse con la plaza de Claudio en la universidad. Ambos representan a la nueva hornada de profesionales que intentan huir del clasicismo de los estudios y convertir la investigación en un foro más de debates sobre el sexo y la modernidad necesaria. En la fábula, ambos actores pertenecen a una misma categoría actancial, la de oponentes en la trayectoria profesional de Claudio, el agente de la segunda parte del relato

En el lado opuesto está Mario Said, amigo y antiguo colega de Claudio, quien ha visto fracasar su carrera académica a causa de la misma mano negra que al final arruina a Claudio: Morini. Mario Said -casi "sad", triste" quien tiene "los ojos grandes y muy negros, muy brillantes, casi húmedos" (p.127)- advierte a Claudio sobre las astucias de Morini durante su encuentro en Buenos Aires. Como ocurrió con Abengoa, el otro actor adyuvante de Claudio, la influencia de su colega argentino le sirve al profesor para reconciliarse consigo mismo y con el mundo y empezar a meditar sobre la vida gris y solitaria que protagoniza en Pensilvania. También como Abengoa, Mario le sugiere el regreso a España al despedirse de él. Ambas influencias positivas y la decepción por los acontecimientos en la universidad le harán a Claudio replantearse su permanencia en Estados Unidos.

Por último, cabe mencionar a dos personajes menores que tienen cierto peso en la acción: el ascensorista y la criada del Town Hall de Buenos Aires. Ambos personajes, degradados e irreales como el propio hotel, son testigos del misterio de Carlota Fainberg, pero mientras el ascensorista y camarero mira al exterior -aún puede salvarse del presente y acariciar el futuro- la vieja criada española, que fue ama de llaves de la dueña del hotel, encarna el silencio y el pasado, si bien termina por confesar el gran secreto: el marido despechado de Carlota trucó el mecanismo del ascensor para propiciar la muerte de su esposa. Por eso su fantasma pulula por el hotel a punto de derruirse a la llegada de Claudio3, exactamente igual a como ocurrió cuatro años antes, cuando Marcelo Abengoa, el hombre más práctico y asentado en la tierra, mantuvo relaciones sexuales con un fantasma.

 

Conclusiones

Carlota Fainberg es una novela de apariencias y apariciones. De hecho, la mujer que roba el sentido a Marcelo Abengoa y cuyo nombre da título a la narración es un fantasma que deambula por el hotel Town Hall, el escenario de su muerte. Y no sólo Carlota aparenta ser lo que no es -una mujer de carne y hueso cuando ya es un fantasma- , Morini parece un benefactor cuando termina arruinando la carrera de Claudio, Abengoa parecía un patán sexista antes de descubrirse como un hombre sensible y luchador, Claudio aparenta ser un perfecto americano antes de redescubrir su arraigado carácter latino: los personajes, como las personas, pueden parecer justo lo contrario de lo que en realidad son. En el desarrollo del relato los personajes van destapando su verdadera personalidad al entrar en contacto por oposición unos con otros. En especial será Claudio, el protagonista y narrador, quien rechace su condición de hijo adoptivo americano y salga del claustro vital en el que se ha visto inmerso durante años. Claudio no logrará su ascenso pero recuperará la ilusión por la vida. Y también sentirá por fin el apoyo de la amistad sin tapujos ni intereses. Gracias a Marcelo Abengoa y a Mario Said, Claudio encontrará las fuerzas para reestructurar su vida y reencontrarse consigo mismo. Y no hay que olvidar que ha sido el propio personaje el que ha narrado su historia: Claudio reconoce en su relato que el encuentro con Abengoa en el aeropuerto y su estancia en Buenos Aires son los casuales hechos que dan un giro a su forma de ver la vida y propician la búsqueda de sus señas de identidad. Es esta una novela de personajes en la que la trama está al servicio de los mismos. Así, los personajes son el propio tema del conjunto de la narración cuyo núcleo se halla en la transformación de Claudio debido a las fuerzas positivas de Marcelo Abengoa y de Mario Said, por un lado, y a las fuerzas negativas de Morini y Ann Gadea Simpson, por el otro. Detrás de la fachada americanizada de Claudio aún latía su corazón español: nada es lo que parece ser, una vez más, en la literatura y en la vida.

 

Notas:

[1] "...puede que no pocos de los problemas asociados al personaje se originen frecuentemente en el olvido de que éste constituye una realidad sometida a códigos artísticos (corriente, grupo, escuela). El realismo o verosimilitud del personaje es pura ilusión, y, por tanto, carece de sentido buscar en la vida real las claves de su personalidad y comportamiento". Garrido Domínguez, 1993:103

[2] "El principal inconveniente de Carlota Fainberg reside precisamente en la elección de ese narrador. Cierto que las mejores novelas cortas suelen cimentarse en el punto de vista, pero eso no es óbice para que algunas de ellas, como es el caso, pida a gritos una mira omnisciente, o al menos una voz conductora menos mediatizada por sus propias obsesiones", Miquel Dalmau, 2000: 57.

"Defrauda también el punto de vista, es decir, el foco desde donde se está contando la historia, porque su proyección es confusa y cambia a cada momento, de modo que puede percibirse que un personaje suplanta e interpreta la narración del otro o que la acción se narra al mismo tiempo desde un personaje y desde el otro a través de él", Santos Alonso, 2000:19.

[3] Para Miquel Dalmau, "la posterior visita al escenario de amor del otro y la ambigua solución del enigma en una probable clave sobrenatural en la línea de Vértigo aspiran demasiado tarde a imprimir en el texto un elemento fantástico", art. cit., p.57.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

ALONSO, Santos: “Carlota Fainberg, By by magic”, Reseña, enero de 2000, nº312.

AZANCOT, Nuria: “Entrevista con Antonio Muñoz Molina”, El Cultural, 21-27 de noviembre de 1999.

BAL, Mieke: Teoría de la narrativa (una introducción a la narratología), Madrid: Cátedra, 1990.

BOBES NAVES, Mª del Carmen: La novela, Madrid, Síntesis, 1993.

DALMAU, Miquel: “Lecciones de novela corta”, Revista de libros, enero de 2000, nº37.

GARRIDO DOMÍNGUEZ, Antonio: El texto narrativo, Madrid: Síntesis, 1993.

MUÑOZ MOLINA, Antonio: Carlota Fainberg, Madrid: Alfaguara, 1999.

TACCA, Óscar: Las voces de la novela, Madrid: Gredos, 1985.

 

© Sandra Navarro Gil 2005
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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