La Circularidad Identitaria de la Huacha en
Madres y Huachos. Alegorías del mestizaje chileno
de Sonia Montecino

Carolina A. Navarrete González1
canavarr@puc.cl
Pontificia Universidad Católica de Chile


 

   
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Sólo es necesario observar que es imposible entregar la imagen de lo que no somos: el perfil de uno se construye en un complicado ejercicio en que juegan no sólo la mirada que uno tiene sobre el mismo sino también la mirada que el otro tiene sobre uno.
            Ana Pizarro. “Todos los Chile: Chile”

 

Si para lograr un conocimiento del ‘otro’, hay que hacer un ‘viaje’( principalmente a través de los hábitos mentales) y realizar la experiencia de un descubrimiento, de una conversión hacia el otro, entonces el presente análisis se enmarcará como el develamiento, a través de un viaje tropológico- argumentativo2 y temático3 de la obra Madres y huachos, de Sonia Montecino, de aquellos espacios que median entre la huacha y una serie de figuras que actúan como alegorías del mestizaje, creando un cierto tipo de imaginario que opera en la cultura latinoamericana4 en general y, en especial, en la cultura chilena.

Opino, a la luz del texto, que la identidad de la huacha obedecería a un modelo circular predeterminado culturalmente, es decir, participaría de un modelo de identidad reiterado por una característica común: el abandono, el ser arrojada o tirada al mundo. En primera instancia, la huacha, participaría de una ilegitimidad originaría, entiéndase ésta como el desprecio que suscita su figura ante el padre al momento de nacer, repitiéndose el mismo rechazo, posteriormente, cuando la figura masculina, tras acometerla sexualmente, la abandone con su progenie.

Sin embargo, este destino marcado por el bastardaje encontraría en el marianismo su punto de fuga. En otras palabras, postulo al marianismo como la posible solución del drama mestizo de la huacha, en cuanto virgen y madre se entrecrucen en el imaginario americano. En este sentido y por asociación metafórica, la virgen se entendería como la figura de la mujer latinoamericana (huacha y madre) capaz de limpiar y de salvar tanto el dolor como la vergüenza del sometimiento acarreado por el bastardaje.

Ahora bien, para comenzar con el análisis se procederá, desde el enfoque tropológico / argumentativo ofrecido por Hayden White5, con la caracterización de las figuras alegóricas encontradas en el texto, las cuales servirán para delimitar, posteriormente, los posibles espacios relacionales que median entre la huacha y aquellas representaciones.

Explicitar antes, que el propósito del libro se encontraría ligado por el tema general de la identidad6 chilena resulta importante puesto que, desde el enfoque de la huacha la problemática identitaria se vuelve preponderante. Basta recordar la cita introductoria del libro, tomada de Octavio Paz: “En el patio un pájaro pía/ como el centavo de su alcancía. / Un poco de aire su plumaje/ se desvanece en un viraje/ Tal vez no hay pájaro ni soy/ ese del patio en donde estoy”.

Esta duda insertada en los versos de Paz remite junto a una crítica de la percepción de la realidad, a un cuestionamiento de la identidad y con ello a un propósito de develamiento. En este sentido, el develamiento identitario de la huacha7 estará dado, según lo entiendo, por los intersticios culturales producidos entre ella y las figuras alegóricas que la rodean, es decir, por la alegoría de la madre, por la del padre y por la del marianismo, ésta como solución del drama mestizo. A continuación se procederá con el análisis alegórico de cada uno de estas figuras para intentar, luego, la configuración interpretativa del retrato identitario de la huacha.

La mujer, según Montecino, se identifica con el rol materno, de manera que su interacción con todos los hombres de una forma maternal reviste a su figura de una gran importancia en la constitución de la sociedad chilena: “ La asunción de lo femenino como Madre ha otorgado a esta imagen una fuerza asombrosa que se debate tanto en lo positivo como en lo negativo, y que muchas veces adquiere ribetes fantásticos” (60) En este punto resulta conveniente resaltar el carácter dual y contradictorio de la mujer, desde el punto de vista masculino. Por un lado la madre asume el rol de soporte de sus hijos, pero por otro lado, constituye la figura de la traición, cuando se rinde ante el enemigo provocando que sus huachos sean abandonados. Así, la mujer sería la salvación y la condena respectivamente. La figura más cercana, entonces, se convierte en la figura que simbólicamente traiciona.

Cabe destacar que fue precisamente esta mujer, cargada de un peso simbólico, la que constituyó el centro del modelo familiar8 durante la colonia. Este hecho interroga a las formas en que se produjeron las identificaciones primarias. Al respecto Montecino señala:

¿Cómo se constituía la identidad de la mestiza huacha frente a una madre presente y único eje de la vida familiar? Creemos que la respuesta se anida para la mujer en la constitución inequívoca de su identidad como madre (espejo de la propia, de la abuela y de toda la parentela femenina) ( 48)

Como podemos observar la huacha encontraría su signo identitario a través de la imagen entregada por el espejo de su propia madre, como también por la del retrato de las generaciones femeninas precedentes. La huacha, entonces, recibiría la herencia del imaginario materno, donde la mujer es entendida, en términos de identificación metafórica, como representación del lado indígena9 del mestizaje latinoamericano. Así, es dable afirmar que el destino circular determinado por la dominación y el desprecio será el espacio cultural donde la huacha develaría su marginalidad social.

Ahora bien, por oposición a la figura de la madre, la cual puede ser caracterizada eminentemente por su presencia en la sociedad chilena, podemos identificar a la figura del padre por su ausencia. Primero el conquistador español, padre de una familia española, procrea hijos con una mujer indígena, dando lugar a mestizos. Sin embargo, la abandona, como consecuencia de la ausencia del matrimonio, ya que las uniones entre el conquistador y la indígena no se institucionalizaban, sin ocuparse de ejercer su paternidad más allá de la acción biológica. Así, el padre adquiere una marca negativa de violencia y abuso del poder. El padre no sería una figura, sino que es la ausencia del padre lo que se transforma en un símbolo poderoso de la cultura latinoamericana:

Pensamos que el hueco simbólico del Pater, en el imaginario mestizo de América latina, será sustituido con una figura masculina poderosa y violenta: el caudillo, el militar, el guerrillero. El padre ausente se troca así en presencia teñida de potestad política, económica y bélica. Presencia que llena el espacio que está fuera de la casa; pero que impone en ella el hálito fantasmático de su imperio, aunque sea sólo por evocación o visión fugaz. (31)

Como podemos apreciar es el “hueco simbólico” del padre lo que marca e influencia la cultura. En este sentido, tanto la forma de poblar el lugar vacante del padre, encontrada en la representación del guerrero junto con la representación producida por el machismo, entendida ésta como una suerte de recuperación del padre fundacional (el español), que se manifiesta en la oposición conquistador (masculino)/conquistada (femenino)10 (31) vuelcan la asunción del androcentrismo como una construcción cultural simbólica, donde la mujer es la sometida y la abandonada en tanto sus huachos son despreciados por su progenitor. Se asumen, de esta manera, tanto la ilegitimidad como el bastardaje en los signos fundantes de la estructuración de la familia mestiza en la historia de la cultura latinoamericana.

Resulta importante destacar, además, la comprensión del padre a nivel metafórico. Como metáfora, se entiende que el padre es el “no padre”, la falta de padre, la ausencia. “El padre español se transformó en un ausente” (43). Este fenómeno presenta entonces el siguiente panorama en torno a la mujer y el hombre como productores del mestizaje: “la progenitora, presente y singular, era quien entregaba una parte del origen: el padre era plural, podía ser éste o aquel español, un padre genérico” (43). Así, el padre representa una figura tránsfuga que procrea y luego se marcha hacia otra parte Extensivamente se entiende como la metáfora de la carencia en la cultura chilena, la privación de una figura masculina inserta en el contexto familiar e incapaz de mostrar a su progenie lo que significa hacerse cargo de los hijos.

En este contexto, el padre también representa el abuso de poder. En otras palabras, es posible establecer que la ausencia del padre se representa, en la argumentación del libro, como una metáfora del poder, relegando a la madre e hijos al estado de abandono y soledad. La ausencia del padre representa el abandono y el abuso del poder que la figura masculina poseía en términos históricos y genéricos en la cultura chilena.11

En definitiva, la ausencia del padre, figurando simbólicamente de modo negativo en el contexto de la argumentación del libro, corresponde a la metáfora de la razón de la ilegitimidad del huacharaje12, ya que la madre permanece con el hijo o la hija enfatizando por contraste la ausencia del padre. Esto acentúa la soledad y la marginalidad del huacho y la huacha dentro de la sociedad chilena.

Otra razón que da cuenta de los orígenes y causas de los modelos de identidades de género en América Latina es el culto católico a la Virgen María. Para Sonia Montecino, el estudio de la Virgen trasciende los límites de la religión, en cuanto, el estudio de la representación de la Mater muestra un signo social que permanece en el psiquismo de muchas sociedades, mostrando el modo de encarnación de este símbolo dentro de la cultura. La Virgen María es madre, tanto de Cristo como de los hijos de Dios. En este sentido, la Virgen María actuaría como la gran madre latinoamericana que cobija por igual a todos los hijos carentes de padre.

Recordemos que el lugar que ocupa la Virgen/ Madre en el imaginario no sólo mestizo, sino universal es preponderante. El sentimiento de ausencia paterna vislumbrado ya desde el clamor de Cristo hacia Dios, desgarra y somete a la soledad. El tema de la ausencia de Dios/ Padre aparece por primera vez en Jean Paul Ritcher con su célebre Sueño titulado: Discurso de Cristo muerto en lo alto del edificio del mundo: no hay Dios. Aquí aparece Cristo clamando por su Padre ausente:

En medio del clamor de la multitud de las sombras, Cristo desciende y dice: He recorrido los mundos, subí hasta los soles y no encontré a Dios alguno; bajé hasta los últimos límites del universo, miré los abismos y grité: Padre, ¿dónde estás? [...] La eternidad reposaba en el caos, lo roía y, al roerlo, se devoraba lentamente ella misma. Los niños muertos se acercan a Cristo y le preguntan: Jesús, ¿no tenemos padre? Y él responde: todos somos huérfanos.13

El tema de la orfandad universal, tal como lo encarna la figura de Cristo y de la humanidad, representada por los niños que le rodean, reflejan una vez más a la figura huidiza del padre en el imaginario colectivo. En este sentido, se vuelve pertinente buscar en el texto de Montecino, la salvación del huacharaje, es decir, ese nuevo camino con relación a la soledad y al abandono. La Virgen, sostiene la autora, como una figura poderosa dentro de la cultura latinoamericana, llega a solucionar conflictos básicos de la identidad, es decir, el hecho de nacer con un origen desigual, el hecho de poseer madre, pero no padre.

Si la historia de nuestro continente está preñada por el sincretismo religioso de la Virgen-madre, lo cual sigue vigente, así como sus ritos y cultos, atravesando muchas veces las ideologías, las clases y las diferencias sociales (93). Entonces, la virgen, constituiría la metáfora, además del sincretismo religioso, del mestizaje en general otorgándole un carácter positivo a este fenómeno.14

El marianismo, en un principio, es legado español y parte de la evangelización social de la conquista, ulteriormente, pasa a ser fenómeno más complejo, en que el mestizo fue capaz de reflejar su propia realidad, con el fin de crear un nuevo símbolo mariano, que responde a sus necesidades representativas en términos de creación de imaginarios y símbolos sociales. De esta manera la Virgen María se identifica con la forma en que la cultura mestiza crea su propio relato de identidad y, con esto, su propio espacio de mundo.

Dentro de la religiosidad popular, la Virgen estaría asociada a la figura de la madre soltera. La imagen de la Virgen con su hijo en brazos explica y tiende a mostrar la realidad de muchas mujeres latinoamericanas que viven la situación de ser madres solteras. En este sentido y por asociación metafórica, se entiende que la Virgen es la figura de la mujer latinoamericana o, más bien, la figura del origen. El marianismo es entonces la metáfora de la solución del drama histórico. Así, el dolor y la vergüenza experimentados por el mestizaje encontrarían su cura en el marianismo.

Como punto relevante cabe mencionar la problemática sobre la simbología mariana evidenciada por Julia Kristeva. La autora postula que el hecho de que María sea universal y particular, pero nunca singular traería a escena la obliteración de la madre concreta y la relación de amor-odio de la huacha con ella: “…una mujer rara vez traspasa su pasión (amor y odio) por otra sin haber ocupado el lugar de su propia madre, sin haberse convertido ella misma en madre y, sobretodo, sin el largo aprendizaje de la diferenciación de los iguales que le impone el cara a cara con su hija” ( Kristeva, 229). Si bien el análisis de la autora se remite a una tematización del marianismo desde un pensamiento europeo15, los lineamientos teóricos de Kristeva sirven para analizarlos a la luz de los aspectos del marianismo que también serían audibles en América Latina.16

Se podría sostener, a la luz del texto, que siendo la figura de María “única en su sexo”, sería disímil en su alegoría, lo cual quedaría demostrado en su culto en América Latina. Lo disímil corresponde a la divinidad autónoma que de ella surge, la cual tomaría muchos de los visajes “occidentales”, conjuntamente a los indígenas. Esta fusión provoca que lo materno sobrepase lo eminentemente “humano” erigiéndose también como sostenedor del orden cósmico. (93)

Ahora bien, en esta dualidad simbólica del culto mariano se asentaría el bastardaje de la huacha como posibilidad de limpieza de lo oscuro y de lo vergonzoso, en la medida que la huacha, convertida en madre, se entrecruce con la Virgen en el imaginario americano. Por lo tanto, sería la virginidad la que logra mostrar un rasgo de pureza sobre la oscuridad y violencia del origen representados en la escena originaria histórica.

Como hemos podido apreciar Madres y huachos. Alegorías del mestizaje chileno, tiende a examinar las formas alegóricas del origen, que en este caso son alegorías del mestizaje. Lo que interesa destacar es que en su composición, las metáforas17 serían las encargadas de arrojar múltiples interpretaciones de las conformaciones culturales chilenas.

A través de estas metáforas se vuelve posible el acercamiento hacia los sentidos presentes entre los diversos conceptos estudiados como también las implicaciones en el terreno de la configuración identitaria. En este contexto, las asociaciones de lo femenino con lo indígena, de lo masculino con el abandono y del marianismo como solución del drama mestizo, permiten acceder a las conexiones metafóricas realizadas por la autora. Lo interesante es que estas metáforas pueden ser concebidas también en torno a una metáfora totalizadora, la cual englobaría la lectura de la autora en lo propuesto al inicio del presente análisis, es decir, en una propuesta de develamiento.

Montecino ve, a través de partes de la cultura, una serie de significaciones que guardan relación con la totalidad (conformación de un ethos). La sinécdoque18, esencialmente integrativa, reúne y pone las partes en una coherencia global dada por la relación de éstas con las partes. Así, el énfasis en la caracterización de las entidades particulares, es decir, el interés por nombrar y caracterizar los diferentes personajes del mestizaje, podría reflejar el proyecto escritural de la autora con un modo de argumentación de orden formista, en términos de identificación de los sujetos que habitan o han habitado el campo histórico y social.

En este sentido podríamos decir que el modo formista de argumentación estaría ligado con un entramado cercano al romance19 puesto que, tanto la marginalidad como el abandono y la soledad propios del drama mestizo tendrían como solución la creación de nuevos espacios tendientes a situarlo de manera efectiva en un espacio determinado dentro del mundo. Este espacio significaría la asunción del sincretismo de las diferentes tradiciones que han elaborado un imaginario mestizo al cual el chileno pertenece. Además, la autora, a través de su escritura, se encarga de expurgar las verdades vergonzantes y dolorosas, debido a su condición de tabú, con el fin de acceder a un conocimiento global de las dimensiones conflictivas implicadas en la condición del mestizaje chileno.

Ahora bien, tras la comprensión de la dimensión tropológica / argumentativa del libro, interesa desentrañar aquellos sentidos, desprendidos de una lectura temática / intersticial, de los aspectos reveladores de la condición identitaria de la huacha.

Primero, la alegoría de la madre como la representación del lado indígena del mestizaje latinoamericano y por lo tanto asociada con la marginalidad social arroja un espacio silente sobre la huacha. Sólo en tanto madre, de los vástagos abandonados por el padre, es posible reconocer lo femenino. La huacha, entonces, al convertirse en madre logra superar la barrera del silencio y de su obliteración identitaria, puesto que, su identidad cultural se define recién cuando se convierte en madre. En este sentido la huacha asumirá el extrañamiento vivencial de su devenir.

En otras palabras, si “vivir es separarnos del que fuimos para internarnos en el que vamos a ser, futuro extraño siempre” ( El Laberinto de la soledad, 211). La huacha experimentará la separación de su madre en un vaivén circular, rearticulando su identidad en la apropiación de un mundo ajeno pero cercano a la vez. La huacha después de la convivencia con su madre se convertirá en el objeto sexual de su patrón internándose en lo que fue el destino de su madre, es decir, se convertirá en la china20. Esto se torna posible de constatar a través del comentario de Montecino sobre el texto “Ser huacho en la historia de Chile” escrito por el historiador Gabriel Salazar. En este texto se rescata la experiencia colectiva de la ilegitimidad, como hecho fundante de una cosmovisión que otorga a los sujetos una especificidad social:

El destino de la hermana del huacho será la servidumbre, suerte que también su progenitora podrá tener, y no podemos olvidar que la servidumbre entrañaba en esa época ser objeto sexual del patrón. Así madre y hermana compartirán un mismo espacio en la psiquis del hijo: lo femenino como fuerza genésica, arrasadora, cuerpo que siendo seductor (abrasador) está asociado a lo reproductivo más que a lo afectivo, e irrevocablemente anclado en la función maternal. (54)

Si bien esta aseveración de lo femenino desde el punto de vista del huacho, resulta pertinente en cuanto permite verificar el destino predeterminado de la huacha, concordando en su mayoría con lo señalado, discrepo en lo relacionado con la asociación unívoca de lo femenino como entidad reproductiva más que afectiva. Opino que la ‘política de los afectos’ revestiría a la huacha / madre de una posibilidad salvífica. Basta recordar la vertiente que se abre a través del entrecruzamiento de la huacha, convertida en madre, con la Virgen en el imaginario americano.

Es interesante hacer notar, tras una lectura paciana sobre el sino de la mujer donde: “la mujer puede ser ídolo, diosa, madre, pero jamás puede ser ella misma, entre la mujer y el hombre se impone un fantasma, el de su imagen” (Paz, 214) su imposibilidad, específicamente de la huacha, de ser ella misma. La huacha encuentra en su configuración identitaria modelos impuestos culturalmente por una sociedad mestiza que se niega a sí misma.

En este sentido, es necesario hacer notar que la figura de la huacha debe desenvolverse en un entorno cuya imposición cultural se encuentra fundada sobre el fenómeno del blanqueamiento (blanquear la piel morena que muestra la evidencia del mestizaje). Así el culto de las apariencias21, propio de la cultura chilena, le impone a la huacha ser el objeto sexual escondido de su patrón. El blanqueamiento al constituir la metáfora de la mentira, del ocultamiento de la realidad, implica la marginación social de la mestiza.

Ahora bien, si la soledad es el fondo último de la condición humana, entonces entre la huacha y su padre (como también entre la china y su patrón) habitará un espacio de soledad y desamparo. Este espacio podría ser colmado, a mi entender, a través de la unión con el imaginario universal de la Virgen. Ésta anclaría como modo de expurgación en el espacio de soledad habitado por la huacha. Así, el marianismo aboliría las culpas y la predeterminación negativa del huacharaje.

De esta manera, la soledad, que es condición misma de la vida de la huacha, se le aparece como una prueba y una purgación, a cuyo término angustia e inestabilidad tenderían a desaparecer.

En definitiva, para el presente estudio, el develamiento identitario de la huacha ha consistido en un desentrañamiento de los conceptos que han sido obliterados por la tradición cultural chilena. Lo importante es que a través de la escritura de Montecino se ha vuelto posible un descubrimiento de conceptos como el mestizaje, la bastardía y el marianismo, con el fin de explicar de qué modo esas instancias han moldeado o han influido en la sociedad chilena. Así, el blanqueamiento se manifestaría como un intento de ocultamiento de la faceta mestiza de un Chile que procura olvidar su orfandad y el color mestizo de su piel. Montecino estudió rasgos de la sociedad que han sido tradicionalmente rasgos pertenecientes al dominio privado. Sostener que la propuesta de develación presente en Montecino recuerda al fenómeno de la verdad sabida por todos, pero a la cual nadie se atreve a referir oficialmente resultaría acertado, puesto que el drama del mestizaje y principalmente de la huacha pareciera ser la cruz silente que espera ser cargada de una vez por todas para abrazar la cara de ese padre ausente que tanto atemoriza e inquieta. Ser huacha, ser mujer y trascender hacia ese más allá del otro, sólo se vuelve posible a través de una toma de conciencia de la propia identidad mestiza que caracteriza a la historia de Chile.

Cabe preguntarse si esta toma de conciencia sea viable en una sociedad donde en vez de volcarse hacia el descubrimiento del propio núcleo identitario, se intenta aprehender modelos foráneos sin apreciar la riqueza de su propia hibridez. En este sentido, opino, que se vuelve necesario reemplazar la comunicación hojaldrada de los niveles identitarios por la una comunicación horizontal capaz de enriquecer las concepciones del origen latinoamericano.

 

NOTAS

[1] Carolina A. Navarrete González actualmente es doctoranda por la Pontificia Universidad Católica de Chile, casa de estudios donde ya ha recibido el título de Licenciada en Letras Hispánicas, en Ciencias de la Educación y el título de profesora de Castellano. Además, ha publicado una serie de artículos en revistas nacionales e internacionales donde ha enfocado su interés, principalmente, en el género de la novela chilena e hispanoamericana.

[2] Por esta denominación entiéndase el estudio y comentario de los diversos tropos (metáfora, metonimia, sinécdoque, ironía) desde el punto de vista de la argumentación evidenciada en el texto.

[3] Esta lectura guarda relación con la identificación de la temática textual, a través de la cual se vuelven evidenciables ciertos espacios conformadores del imaginario identitario de la huacha.

[4] Según Sonia Montecino, la pregunta en torno a lo latinoamericano se formula en términos de que si existe o no una cultura latinoamericana y, por ende, una identidad. Ella afirma que “algunos autores como Pedro Morandé, Octavio Paz y Jorge Guzmán, entre otros, encaminan sus reflexiones hacia la aseveración de que somos una cultura ritual cuyo nudo fundacional es el mestizaje acaecido durante la Conquista y la Colonización” ( Sonia Montecino. Madres y huachos. Alegorías del mestizaje chileno (39)). Esta síntesis mestiza definiría a lo latinoamericano en términos de “unos” y “otros” que, por lo general, guardan relaciones entre sí de subalternidad.

[5] Recordemos que para White la comprensión de ciertos núcleos de argumentación se logra a través de la identificación de figuras extrapoladas, es decir, desde una lectura tendiente a determinar una agrupación de argumentaciones en torno a un tropo específico. Con relación al lenguaje figurativo, el autor, en su libro metahistoria (1997), escribe: “El pensamiento sobre el objeto a ser representado y las palabras a utilizar para representar ya sea el objeto o el pensamiento sobre el objeto son consignados todos a los usos del discurso figurativo. Es imperativo, por lo tanto, cuando se analizan representaciones supuestamente “realistas” de la realidad, determinar el modo poético dominante en que está expresado su discurso. Al identificar el modo (o los modos) de discurso dominante, se penetra en ese nivel de conciencia en que un mundo de experiencia es constituido antes de ser analizado” (42)

[6] Entendida en los términos expuestos por Montecino en “Identidades de género en América Latina: mestizajes, sacrificios y simultaneidades”: “Cuando decimos que la identidad es una experiencia, estamos afirmando que ella está lejos de ser una “conciencia” -en el sentido de una estructura de logos, de un discurso filosófico-, y creemos que esto es, sobretodo, pertinente a los sujetos latinoamericanos. La identidad constituye una experiencia ontológica que se va transmitiendo de generación en generación y se articula a través de vivencias”. (266)

[7] Tarea difícil desde el punto de vista explicito del texto de Montecino ya que el tema de la huacha propiamente tal, está trabajado más bien en forma soslayada y tangencial. Recordemos que la figura del huacho, correspondiente tanto al hijo ilegítimo como al huérfano, es la más preponderante en los lineamientos temáticos del libro. Si bien éste se refiere extensamente a la situación del huacho y su posición dentro de la cultura chilena, rescatando su figura desde diferentes referencias culturales: relatos históricos, textos literarios, historias folclóricas, etc., no deja de ser un desafío interesante ocuparse del rol de la huacha, hija ilegítima que permanece con la madre y que comparte el destino de su madre, dentro del imaginario cultural chileno, intentando leer las identidades que se desprenden de ella.

[8] Conviene tener presente que tras la prolongada Guerra de Arauco y la economía minera y agrícola se favoreció una constante migración de los hombres: “Las mujeres permanecían por meses, e incluso años, solas, a cargo de estancias y familias, socializando a los hijos con las sirvientas y parentelas femeninas. Cada madre, mestiza, india y española dirigió el hogar y bordó laboriosamente un ethos en donde su imagen se extendió poderosa”. ( Montecino, 48)

[9] Los españoles no consideraron a la mujer indígena de la misma manera que a la mujer española. La mujer indígena debió permanecer trabajando o viviendo debajo del poder español o tuvo que empezar a trabajar por su cuenta para lograr la independencia económica necesaria para mantener a sus hijos, permaneciendo como “el oscuro objeto del deseo” del hombre quien pudo requerirla a su antojo.

[10] Esta oposición se asemeja según Montecino, al grito del poder desde la ausencia, y la necesidad de legitimación de lo masculino en tanto Pater, en una red simbólica que lo excluye. Sin embargo, es necesario recalcar un trasfondo distinto de esta realidad, la cual será enunciada por Irma Palma de la siguiente manera: “el macho se identifica con el conquistador. Su poder, su voluntad sin límites, su superioridad lo hunden en una homosexualidad reprimida. El macho tiene la fuerza para herir, rajar, matar, humillar. [...] Entonces el hombre vive bajo la máscara, la mentira, el disfraz. La simulación es en este mundo su forma de autenticidad. La relación con el mundo femenino se vive como conquista, como lucha, como violación. La rigidez que la sociedad le impone al macho, lo vuelca en la embriaguez, su más auténtico disfraz. ( Palma, Persona y Sociedad, 34 )

[11] Recordemos que la figura masculina se valió de la superioridad que poseía para tener relaciones con diversas mujeres a su completo antojo, lo cual muestra al poder de la figura masculina como a un ser siniestro y tiránico, el cual puede dejarse llevar por sus deseos sin medir las consecuencias de sus actos y sin mostrar ningún acto de apoyo a los hijos que va esparciendo.

[12] Se refiere al conjunto de hijos ilegítimos ( ver Rodolfo Lenz en Diccionario Etimológico de las voces chilenas derivadas de las lenguas indígenas Americanas )

[13] Fragmento del Sueño de Jean Paul Ritcher citado por Octavio Paz en Los Hijos del Limo, p. 74.

[14] Al respecto, hay que tener en cuenta la posible respuesta de la permanencia en el tiempo de su símbolo poderoso, para lo cual se vuelve necesario rescatar lo que el mismo Octavio Paz sostiene en El Laberinto de la soledad cuando define a la Virgen: ser la madre de los mestizos, que al negar su origen, encontraron en ella una identidad y muchas veces un destino. Pues bien, tras un cruce paciano, Jacques Lafaye, en Quetzalcoatl y Guadalupe, sostiene que la cuestión del origen es para el mestizo la cuestión de vida y muerte. “En la imaginación de los mestizos Tonatzin/Guadalupe tiene una réplica infernal: la Chingada. La madre violada abierta al mundo exterior, desgarrada, invulnerable y que encierra en sus entrañas a un hijo. Entre la Chingada y Tonatzin/Guadalupe oscila la vida secreta del mestizo (Prefacio al libro Quetzalcoatl y Guadalupe).

[15] Al respecto, Sonia Montecino señala que el análisis de Kristeva traduciría, en parte, la visión analítica sobre el culto mariano que pensadoras europeas están realizando contemporáneamente.

[16] Hay que tener en cuenta también la percepción de ciertas diferencias entre la concepción del marianismo en Europa y en Latinoamérica. Las diferencias percibidas por Montecino, se sitúan en, al menos dos niveles. Uno de ellos es el de la virginidad, y el otro, el de la relación entre María y Cristo. Niveles que, en Chile, adquieren otra faz. Por una parte, el asunto de la virginidad no es la cualidad preponderante del símbolo mariano en Chile. De hecho en la imaginería popular existe una analogía entre María y la “madre soltera”, esta última como ya sabemos, sujeto histórico que evoca lo que fue nuestra historia fundacional: madre india o mestiza presente y padre ausente” (Montecino, 89). Por otra parte, la relación entre la Madre y el hijo, en América Latina estaría dada si bien por la presencia de los poderes celestiales de la Virgen, ésta como Virgen mestiza no se arrodillaría ante el hijo. Aquí estaría la brecha entre las alegorías marianas de Europa y Latinoamérica. Montecino, postula que en América latina hay una “autonomía” de la divinidad femenina. La Virgen mestiza es una diosa-madre, más que intercesora o mediadora, es un poder en sí mismo. De esta manera su “sumisión” al Dios Padre (o al espíritu Santo) y al Hijo no sería tan evidente. (Montecino, 90).

[17] White entiende por este tropo lo siguiente: “En la metáfora (literalmente “transferencia”), por ejemplo, los fenómenos pueden ser caracterizados en términos de su semejanza con, y diferencia de, otros, al modo de la analogía o el símil” (Metahistoria, 43)

[18] Con respecto a la sinécdoque, White, en su libro Metahistoria, señala: “Por el tropo de sinécdoque, sin embargo es posible interpretar las dos partes a la manera de una integración en un todo que es cualitativamente diferente de la suma de las partes y del cual las partes no son sino réplicas microcósmicas” (44). En este sentido las partes actuarían como un reflejo de las condiciones del todo.

[19] El entramado relacionado con el romance tiene que ver con la presentación de un conflicto y su consecuente solución al final de la obra.

[20] Los hablantes que usaban china, según Jorge Guzmán, podían fluctuar entre la posición de blanco ( cuando insultaban a su servidumbre) y la de indios (cuando se acogían a una asombrosa intimidad erótica con sus amadas”. La china, la mestiza, la pobre constituyó el “oscuro objeto del deseo” de los hombres; ella iniciaba a los hijos de la familia en la vida sexual, siendo además la suplantadora de la madre, en su calidad de “nana” (niñera). (Montecino, 50)

[21] Recordemos que para la autora “el culto a las apariencias” constituye la disociación del discurso público con la práctica cotidiana. Montecino considera este fenómeno como un rasgo de la sociedad mestiza chilena, revelador de la fuerza de la palabra, la palabra representaría una cierta realidad que no se corresponde por la práctica individual.

 

BIBLIOGRAFÍA

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Sonia Montecino. Madres y huachos. Alegorías del mestizaje chileno. Santiago de Chile: Cuarto Propio, 1991.

———. “Identidades de género en América Latina: mestizajes, sacrificios y simultaneidades” en Género e identidad. Ensayo sobre lo femenino y lo masculino. Luz Gabriela Arango, comp.. Bogotá: Tercer Mundo, 1995.

Octavio Paz. El Laberinto de la soledad. Santiago de Chile: Fondo de Cultura Económica, 1994.

———. Los Hijos del Limo. Barcelona: Seix Barral, 1974.

Ana Pizarro. De ostras y caníbales. Ensayos sobre la cultura latinoamericana. Santiago de Chile: edit. Universidad de Santiago, 1994.

Gabriel Salazar. Ser niño ‘huacho’ en la historia de Chile (Siglo XIX). Santiago de Chile: Proposiciones 19, 1990.

Hayden White. Metahistoria. México : Fondo de Cultura Económica, 1992.

 

© Carolina A. Navarrete González 2005
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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