El humor en Cloudstreet, de Tim Winton

Jorge Salavert
Jorge.Salavert@cit.act.edu.au
Canberra Institute of Technology
Australia


 

   
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Publicada en 1991, la novela del australiano Tim Winton Cloudstreet lleva camino de convertirse en el más prestigioso referente de la narrativa australiana contemporánea. En 2003 resultó elegido el libro favorito de la audiencia de la cadena pública australiana de radio, la ABC. Winton, nacido en la capital de Australia Occidental, Perth, lleva publicados un buen número de novelas y relatos cortos, además de una serie de relatos para niños y adolescentes. Cloudstreet, considerada ya un clásico del siglo XX, ha sido también adaptada para la escena por Nick Enright y Justin Mojo, en una producción estrenada en Sydney el 3 de enero de 1998, bajo la dirección de Neil Armfield, y que ha salido de Australia, recorriendo otros escenarios en países de habla inglesa.

Pese a su innegable éxito de público, la producción teatral no estuvo exenta de críticas. En concreto, Fallon (1999: 23-28) cuestionaba en un ensayo la solvencia moral de la producción teatral a la hora de tratar el tema de la reconciliación entre la Australia blanca anglosajona y la Australia de los habitantes originales. En su crítica, Fallon denuncia el hecho de que en la producción teatral no se produzca interacción alguna entre blancos y negros: “Cloudstreet doesn’t want to do the hard work of struggling with ‘black’ Australia to find a shared history” [Cloudstreet rehúsa la penosa labor de lidiar con la Australia ‘negra’ para encontrar una historia compartida].

Podría argüirse, no obstante, que tanto la obra teatral como la novela en que está basada reflejan en cierto modo la realidad histórica australiana. Historia compartida la hubo, desde luego, pero dicha memoria histórica ha quedado hábilmente eclipsada en las mentes de los australianos. La Australia colonial del siglo XIX y la Australia oficialista del XX, es decir, la sociedad de extracción anglosajona, ha vivido en su gran mayoría a espaldas - cuando no tratando manifiestamente de extirpar la milenaria y ‘molesta’ cultura aborigen (véase, por ejemplo, la película Rabbit-proof fence, de Philip Noyce) - de los pobladores autóctonos de la isla continente. No es arriesgado conjeturar que ni Winton ni sus mayores tuvieran muy poco contacto directo con personas de cultura aborigen.

El propio Winton ha reconocido que gran parte de la novela —en realidad, la mayor parte de sus creaciones literarias— está basada en material autobiográfico, y lo cierto es que los diversos lances que constituyen el grueso de la narración son en gran medida uno de los mayores atractivos de esta obra. En mi opinión, sin embargo, son la magistral aptitud narrativa de Winton, su lenguaje repleto de sugerencias e imágenes veladas y la adopción de una perspectiva sutilmente irónica, los aspectos literarios que más sobresalen en la novela.

Cloudstreet se inicia y se cierra en un mismo episodio, el momento en que Fish Lamb (nombre con manifiestos ecos bíblicos - el pez y el cordero) vuelve al agua, de donde sus padres lo sacaron ahogado tras un accidente mientras pescaban langostinos en una playa de Australia Occidental. Winton deliberadamente no hace explícito el desenlace; de hecho, ha explicado (Hawley, 2004: 29) que le desagradan los finales donde todo queda “cerrado y explicado”. En el caso de Cloudstreet, parece como si el grueso de la narrativa fuera un mero inciso de más de cuatrocientas páginas, destinada a ser enmarcada por esa escena preparatoria que conforma tanto la temática como la historia primordial de la novela. Desde el punto de vista temporal, la historia se sitúa en sus inicios en los años de la segunda guerra mundial, abarcando las peripecias en la vida de dos generaciones.

La novela relata de manera admirable la pugna de dos familias de clase trabajadora, los Lamb y los Pickles, por sobreponerse a los episodios trágicos que respectivamente asolan sus vidas: el ahogamiento de Fish en el caso de los Lamb, y el accidente que deja tullido a Sam en el caso de los Pickles. Tras la muerte de un familiar, Sam hereda una casa en Perth que no puede vender hasta pasados veinte años. Los Lamb llegan a Perth en busca de una vida nueva lejos de la desgracia que ha dejado a Fish muy lejos de ser el niño que era, y terminan por alquilar la mitad de la casa que Sam, necesitado de dinero, ha puesto en arrendamiento.

El fino humor de Winton se evidencia cuando Sam Pickles y Lester Lamb, los dos patriarcas, se conocen por primera vez:

“My name’s Pickles. Then he guffaws. It’s gunna sound like a counter lunch - Lamb and Pickles.” (Cloudstreet, 49)

Dos apellidos que simbolizan además dos tipos de comida, los cuales, según los gustos, se complementan o no: cordero y encurtidos.

Este sutil juego de palabras, naturalmente, recorre toda la novela acentuando por un lado las diferencias que contrastan a las dos familias, y por otro armonizando sus similitudes frente a la tragedia, el infortunio y la felicidad. Las dos familias, tras compartir mal que bien un enorme caserón que parece tener vida propia, terminan por emparentarse cuando Quick Lamb y Rose Pickles se casan. Como ha apuntado McGirr (1997: 64-65), “Like the river, the house has a personality and ecology of its own, which reaches after the imagination of those who settle there” [como el río, la casa cuenta con su propia personalidad y ecología, las cuales persiguen la imaginación de los que allí viven]; y naturalmente, también la del lector.

La casa de Cloudstreet es, indudablemente, el universo donde las dos familias viven y comparten sus peripecias. Asimismo, como señala Murray (2003: 87), el caserón también constituye “a palimpsest of the nation even as it is the domestic space that contains individual struggles [un palimpsesto del país, además de ser el espacio doméstico que comprende sus pugnas personales]”.

Winton realiza un pulcro retrato de las generaciones australianas de posguerra, con considerable gracia y una pizca de sutil ironía, y al mismo tiempo demostrando mucho cariño por sus personajes. Ese retrato no queda circunscrito, sin embargo, a las generaciones que vivieron la posguerra, sino que presenta ya ciertos esbozos de las cuestiones y tensiones sociales que han venido marcando la vida australiana hacia fines del siglo XX y siguen latentes en los inicios del XXI. Ejemplos de esos temas son el lugar y el papel que tiene lo masculino en la sociedad australiana contemporánea, así como el carácter misógino y sexista dominante en la mentalidad del macho australiano; la situación de desamparo y abandono de los habitantes nativos australianos (los aborígenes); el papel (o la ausencia de éste) que tiene la institución oficial de la iglesia —sea cual sea su denominación— para muchos australianos; o, finalmente, la falta de una identidad intrínsecamente australiana tras el alejamiento más simbólico que real de la metrópoli británica.

¿De qué otros modos aplica Winton el humor a sus personajes y a los sucesos que configuran sus vidas? Digamos que varía, desde el juego de palabras —como el de los apellidos de las dos familias que conforman la espina dorsal de la novela— hasta el comentario situacional, con el que el autor se burla sin malicia de su personaje (o, en cierto modo, de sí mismo). Como ya he mencionado arriba, Winton los trata con mucho cariño, pues muchos de ellos están inspirados por personas reales que formaron parte de su propia vida. Oriel Lamb, la madre de Quick y Fish, quien se pertrecha en una tienda de campaña en el jardín trasero de la casa de Cloud Street, está basada en la abuela de Winton, que vivió durante muchos años en una tienda de campaña, hasta el punto de que el padre de Winton (Enough Rope, 2004) le tuvo que presentar a su futura nuera a la entrada de la tienda.

En otras ocasiones, es en lo ridículo de las acciones del personaje donde se plasma el sentido del humor de la novela. Poco después de haber ganado ciento sesenta libras apostando a un caballo de nombre ‘Culo Negro’ (Blackbutt), Lester resuelve comprar una barca durante una improvisada excursión familiar al río, sin reparar en que la barca no cabrá en la bandeja de la camioneta. El vendedor se les ríe en sus narices, y el lector no puede sino sonreír ante la enorme ingenuidad del padre y la sensación de ridículo que la compra supone para toda la familia.

Winton puede también recurrir a aspectos que podrían catalogarse como crueles a la hora de hacer sonreír al lector. Antes de su marcha a Perth, hemos sido testigos de la pérdida por parte de Sam de varios dedos de una mano en un accidente laboral en uno de los islotes de las Abrolhos. Ya en el hospital, recibe de los compañeros de trabajo en un tarro lleno de formol los dedos amputados, con una nota: “Sam’s Pickles”. La traducción de juegos de palabras supone siempre acrobacias lingüísticas de diferente índole. En este caso, al juego de palabras se le añade una broma de dudoso gusto, confiriendo al suceso un carácter que participa a partes iguales de lo macabro y lo burlesco.

En el episodio descrito, el sentido del humor que revela la broma tiene una esencia decididamente australiana: por un lado, los compañeros de trabajo de Sam no le perdonan que los haya dejado ‘tirados’, pues a causa de su accidente han ‘perdido’ la mañana; por otro lado, es algo bastante distintivo del carácter australiano recurrir a la broma en situaciones como ésta, pues resulta ser una buena manera de quitarle hierro al asunto.

Sin embargo, es el extraordinario equilibrio entre su manejo del habla popular australiana y los elementos poéticos, fuertemente sugerentes, de su prosa con el que Winton ha cautivado al público australiano e internacional. Tomemos un ejemplo de la página 16. Rose, la hija de Sam y Dolly Pickles, visita a su padre accidentado en la habitación del hospital de Geraldton, acompañada por su madre. Tras intercambiar recriminaciones, ambas permanecen calladas; el silencio es absoluto:

“The woman and the daughter do not speak. The crippled man does not stir. The breeze comes in the window and stops the scene from turning into a painting.”

Según ha confesado repetidamente, cuando se enfrenta a la tarea de escribir, Winton es un Luddite, pues sigue trabajando con lápices, goma de borrar y papel, evitando el uso de ordenadores y máquinas de escribir (Hawley, 2004: 29). Y ese sistema de trabajo queda reflejado en una prosa esmerada, de una elaboración exquisita, concienzudamente detallista y sugestiva, como el ejemplo anterior.

Tomemos otro ejemplo del preludio de la novela, dos páginas que constituyen un atisbo de su conclusión y que sutilmente relatan el suceso culminante de la historia, en un final tenso, abierto y ambiguo, de la historia de la vida de estas dos familias, y a la vez nos hace remontarnos al accidente que marcará las vidas de los miembros de una de ellas, los Lamb:

“Will you look at us by the river! The whole restless mob of us on spread blankets in the dreamy briny sunshine skylarking and chiacking about for one day, one clear, sweet day in a good world in the midst of our living.” (1)

En este fragmento inicial de la novela hay un narrador en primera persona, el cual reaparece en unas cuantas ocasiones a lo largo de la novela. McGirr (1997: 61) ha identificado a este narrador como uno de los dos Fish Lamb que recorren la historia, y que en su opinión busca incesantemente al otro Fish perdido en las aguas del océano Índico cercanas a la localidad de Margaret River.

Conforme a la disposición de los australianos a no tomarse a sí mismos demasiado en serio, Winton hace uso del humor en situaciones que pueden resultar inesperadas - o incluso indecorosas - para un lector que no esté familiarizado con el modo de ser australiano. Por poner un ejemplo, en uno de los momentos narrativos más dramáticos y definitorios de la novela, cuando los hermanos Quick y Fish Lamb, exhaustos, han dejado de remar y se han abandonado a la suerte en el estuario del río Swan en Perth, el narrador nos hace saber que Quick se percata de que está despierto dentro del sueño de su hermano Fish, en el que están en un mar de estrellas:

“Quick knows he is dreaming. This is a dream. He feels a turd shunting against his sphincter. He’s awake, alright” (114).

La certidumbre de estar despierto y no soñando se le presenta a Quick como una imperiosa necesidad fisiológica en mitad de las aguas, en el imponente, silencioso marco del estuario del Swan.

Winton hace gala a lo largo de la obra de un magistral dominio de la ironía, ciñendo con ella a personajes y sucesos. Esta ironía queda caracterizada bien pronto en la novela. Poco después de su accidente, mientras le llevan urgentemente al hospital de Geraldton, Sam se encuentra tendido en una camilla, sirviendo de tapete de juego a los dos aviadores que aprovechan para echar una partida de naipes en el trayecto:

“He thought he’d tell them a cautionary thing or two on the subject of luck, but one of them slapped down a card so hard that Sam felt the reverberations right down his arm and he fainted fair away.” (14)

Además del humor en las distintas formas y técnicas mencionadas, otro de los puntos fuertes de Cloudstreet, como bien ha señalado Thompson (1992: 124), es el hecho de que sea una novela totalmente abierta desde el punto de vista de la interpretación. Y esta indefinición no se limita a la resolución final de la historia, pues el lector puede escoger como tema central los ecos bíblicos que recorren la novela, las referencias al agua (el río) como inicio y final del ciclo de la vida, la contraposición de lo masculino frente a las figuras maternas (en especial, Oriel Lamb) que rigen los destinos de sus respectivas familias o finalmente el misticismo (Myers, 1992: 133), realzado por la estructura circular de su trama narrativa.

Igualmente, como ya se ha apuntado arriba, uno de los atractivos indiscutibles de la novela es el lenguaje que Winton pone en boca de sus personajes, que se expresan con un acento específicamente australiano y de clase trabajadora. A los pocos días de llegar a la casa heredada en Cloud Street, Sam pierde todo el dinero en metálico recibido con la herencia - dos mil libras, toda una fortuna para la época - en los caballos. Tras enterarse de lo malo de su situación, Rose y sus hermanos conversan en el patio trasero de la casa. Dice Ted:

“That’s our friggin luck. House and no money.

Ponds and no fish, said Chub.

Trees and no fruit.

Arms and no hand.

Rose turned on them. Oh, yer a pair of real cards. Real funny blokes.

Reckon it’s a friggin house of cards, I do, said Ted. The old girl’s the wild card and the old man’s the bloody joker.” (41)

En cualquier caso, a la indeterminación del punto de vista narrativo y la variedad de puntos de vista interpretativos se les añade el sutil uso del humor por parte del autor para dar lugar a una magnífica narración, en la que Winton expresa su convicción irrefutable de que la ternura entre los seres humanos es algo posible.

 

Referencias

“Interview with Tim Winton”, en Enough Rope with Andrew Denton, ABC TV, 25 de octubre de 2004.

Kathleen M. Fallon, “A close look at Cloudstreet” in Australian Book Review, Octubre 1999.

Janet Hawley, “Where do I go from here?” en The Age Good Weekend Magazine, 25 de septiembre de 2004.

Michael McGirr, “Go Home said the Fish: A Study of Tim Winton’s Cloudstreet” en Meanjin, vol. 56, nº1, 1997.

Stuart Murray, “Tim Winton’s ‘New Tribalism’: Cloudstreet and Community” en Kunapipi, vol. 25, nº1, 2003.

David Myers, “‘The beautiful, the beautiful the river’: Mysticism in Tim Winton’s Cloudstreet” en LiNQ, vol. 19, nº1, 1992.

Christina Thompson, “Tim Winton’s Big River” en Scripsi, vol. 7, nº3, 1992.

Tim Winton. 1991. Cloudstreet, Penguin, Camberwell.

 

© Jorge Salavert 2005
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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