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Leonardo Padura

La neblina del ayer

               

 

La neblina del ayer y la miseria de Cuba
Noelia Gómez Jarque

La neblina del ayer, publicada por la editorial Tusquets en el mes de junio de este mismo año, es la quinta novela de Leonardo Padura protagonizada por su personaje Mario Conde. Las anteriores, que forman la serie Las Cuatro Estaciones (Pasado perfecto, Vientos de Cuaresma, Máscaras y Paisaje de Otoño), presentan a Conde formando parte de un colectivo represivo que en La neblina del ayer es visto por él desde fuera, ya que han transcurrido catorce años desde que lo abandonara por su propia voluntad. Desde ese lugar externo pero con un profundo conocimiento de sus métodos y sus estrategias, Conde analiza el carácter de la policía cubana criticando algunos de sus rasgos como el constante abuso de poder, la falta de comprensión hacia los marginados y su conversión, en muchas ocasiones, en lo mismo que supuestamente ese colectivo persigue: delincuentes. Denuncia la mentira, la hipocresía, la corrupción y el chantaje como técnicas habituales del cuerpo al que en otro tiempo él mismo perteneció.

Sin embargo, aunque este tema es importante en la novela, hay otro que se aborda constantemente, que impregna cada objeto de la historia, cada lugar que visita Conde, a cada personaje, y que en cierto modo está relacionado con el anterior: la miseria.

Leonardo Padura describe esta miseria desde dentro, ejerciendo la crítica igual que Mario Conde lo hace con respecto a la policía de su país. Esta miseria es una miseria estructural, que afecta a cada aspecto de la historia protagonizada por Mario Conde. Su origen evidente es el escenario en el que transcurre la historia: una isla devastada por la pobreza, el hambre, la enfermedad desatendida, la decadencia física y moral de los habitantes, la destrucción implacable del tiempo, la falta de medidas de higiene, el racionamiento, la soledad y la frustración de las ilusiones.

En pleno siglo XXI, Cuba, inmersa en una situación que recuerda mucho a una eterna posguerra (sus personajes no tienen mejores condiciones de vida que las de los personajes de La colmena), sufre las consecuencias, los lastres, de una historia plagada de incertidumbre y de situaciones sociales insostenibles, de un descontento general prolongado durante siglos y de unos cambios políticos extremos e inestables que supuestamente han sido realizados para mejorar la calidad de vida del pueblo pero que solamente han beneficiado a los de siempre. En las conversaciones de Conde con sus amigos Carlos el Flaco, Candito el Rojo y el Conejo asistimos a una crítica feroz y desencantada de las actuaciones políticas de los gobernantes y de las consecuencias que éstas han tenido para el pueblo cubano:

— ¿Te acuerdas, Conde, cuando cerraron los clubes y los cabarets porque eran antros de perdición y rezagos del pasado?— recordó Carlos.

— Y para compensar nos mandaron a cortar caña en la zafra del setenta. Con tanta azúcar íbamos a salir de un solo golpe del subdesarrollo— evocó Candito—. Cuatro meses estuve cortando caña, todos los días de Dios.

— A veces me pongo a pensar… ¿Cuántas cosas nos quitaron, nos prohibieron, nos negaron durante años para adelantar el futuro y para que fuéramos mejores?

— Una pila— dijo Carlos.

— ¿Y somos mejores?— quiso saber Candito el Rojo.

— Somos distintos: tenemos tres patas o una sola, no sé bien… Lo peor fue que nos quitaron la posibilidad de vivir al ritmo que vivía la gente en el mundo. Para protegernos…
(pág. 198)

— Todo el tiempo, todos los días hemos estado viviendo la responsabilidad de un momento histórico. Se empeñaron en obligarnos a ser mejores.
(pág. 199)

— ¿Se han puesto a pensar en qué país nos ha tocado vivir? ¿Sí?, ¿no? (…) Pues deberían hacerlo. Éste es un país condenado a la desproporción. El mismo Cristóbal Colón fue el que empezó a joderlo todo, cuando dijo eso de que ésta era la tierra más hermosa y todo lo que le cuelga. (…) Como resultado de eso es que somos tan históricos, y además, no sólo nos creemos los mejores, sino que a veces hasta lo somos. Y ahí están las consecuencias…
(pág. 200)

— La vida nos estaba pasando por los lados— dijo el Conejo— y para protegernos nos pusieron orejeras, como a los mulos de carga. Nada más debíamos mirar hacia delante y caminar hacia el futuro luminoso que nos esperaba al final de la historia y, claro, no nos podíamos cansar en el camino. El único problema es que el futuro estaba muy lejos y el camino era en pendiente y estaba lleno de sacrificios, prohibiciones, negaciones, privaciones. Mientras más avanzábamos, más se empinaba la pendiente y más lejos se ponía el futuro luminoso, que además se fue apagando. Al muy cabrón se le acabó la gasolina. A veces creo que nos encandilaron con tanta luz y pasamos por el futuro sin verlo… Ahora (…) ya no tenemos mucho que ver ni mucho que buscar.
(pág. 201)

Padura retrata estos aspectos desde el presente, pero los presenta siempre como consecuencias de las acciones humanas del pasado. Por eso, sus personajes, tanto el frustrado Conde como sus amigos Carlos el Flaco (que ya no está flaco), el Conejo, Yoyi el Palomo, Candito el Rojo, y los que van desfilando por las páginas de la novela mientras Conde realiza su búsqueda de pistas sobre la historia de Violeta del Río (los hermanos Ferrero, el coleccionista de discos Rafael Giró, el anciano músico Rogelito, la antigua bolerista Katy Barqué, el periodista Silvano Quintero, su antiguo confidente Juan el Africano…) rastrean en un pasado muerto una esperanza que ya no pueden buscar en un futuro incierto y degradante. Su patria son sus recuerdos, y comparan constantemente el presente miserable con un pasado que, a pesar de su imperfección o sus carencias, fue la época feliz de sus vidas. Son peces de fondo. Su verdadera vida está ubicada en una época del pasado. Su alma se quedó allí. Su estancia en el presente es fugaz, un accidente, algo que casi todos lamentan. Algunos se aferran a la amistad (Conde y los suyos) para huir de la realidad presente, otros al dinero o algún objeto de lujo (Yoyi el Palomo y su Chevrolet Bel Air) o al alcohol (Quintero), pero lo que todos, absolutamente todos tienen en común es un rechazo y un desprecio interiorizado por la época actual, por el presente de Cuba. Ese rechazo está motivado por la observación directa de la miseria que oprime con sus garras a los habitantes de la isla. Según

La miseria es estructural, como ya he afirmado, se advierte tanto en las estructuras sociales y familiares como en las políticas, tanto en los objetos como en las personas y los lugares.

En la biblioteca de los hermanos Ferrero, ya en la segunda oración de la novela, Mario Conde advierte un olor a papel viejo y recinto sagrado que nos muestra su vejez y su decadencia. La antigua nobleza del lugar no lo salva de ser hoy un caserón decadente y umbrío, ni de tener desconchones y manchas de humedad en sus paredes, ni de estar vacío porque sus habitantes se vieron obligados a vender casi todos los objetos de valor (salvo los libros, que se salvaron por la promesa hecha hace cuarenta y tres años por la hoy anciana mamá Ferrero a su amante Alcides Montes de Oca) para poder subsistir. Amalia Ferrero, la mujer de los ojos espantosamente tristes, narra a Conde cómo ella y su hermano vendieron los objetos de los Montes de Oca, que nunca regresaron a buscarlos:

(…) Empezamos primero a vender las piezas que quedaban de las vajillas, después los adornos y los cuadros, que no eran nada especial, aunque tuvimos que darlos casi regalados, pues no encontrábamos a nadie que pudiera pagar lo que supuestamente valían. Luego vendimos algunos muebles, unas lámparas, y entre todo eso fuimos sacando un buen dinero, no crea, pero se nos iba como agua entre los dedos… (pág. 35)

En los arrabales de la ciudad hay edificios en equilibrio precario, heridos por grietas insalvables, apoyados en muletas de madera ya carcomidas por el sol y la lluvia, de latones desbordados de desperdicios, como montañas infectas, donde los hombres escarban en busca de algún objeto que se pueda vender.

Las personas que viven en estos lugares se ven afectadas igualmente por la pobreza y la decadencia.

Conde, ya en la segunda página, siente su cuerpo siempre macerado y su alma cada vez más reblandecida, y los hermanos Ferrero muestran una debilidad física debida a que están magros, necesitados urgentemente de tres comidas al día con suficiente potencial calórico. El acto de estos últimos de permitir a Conde acceder a su biblioteca para comprar algunos libros es según él un acto desesperado. Su entorno familiar, ya desde su infancia, estaba destruido, sustentado en la mentira y la falta de justicia, ya que su madre les ocultó que el señor de la casa era su padre, privándoles tanto del amor paterno como de todas las ventajas prácticas y económicas que ser hijos de un Montes de Oca les hubiera aportado.

Carlos el Flaco ha visto empeorar su estado físico a lo largo de los años desde que regresó de su fugaz estadía en la guerra de Angola con la médula destrozada por un disparo de fusil salido de un sitio y un odio que él jamás pudo precisar. Desde entonces los riñones le fallaban, el hígado se le endurecía, el corazón le palpitaba a ritmos diversos y sufre una invalidez irreversible. Lo único que Conde puede hacer por su amigo es ayudarle a acelerar el desenlace, acompañarle en su tránsito al otro mundo.

El músico Rogelito vive en uno de aquellos apartamentos asmáticos, donde lo habían sorprendido la vejez y el olvido. Al verlo, el Conde advierte que todo en el anciano parecía a punto de esfumarse, de convertirse en polvo por los efectos de la química implacable del tiempo.

Katy Barqué resulta ridícula en su empeño de aferrarse, contra viento, marea, lógica, tiempo y medida de lo grotesco, a una preeminencia que ya no le correspondía y que, desde hacía unos veinte años, la había transformado en una caricatura cantante de sí misma, una especie de espectáculo circense (pág. 135). Es un resto, lo que queda de una hermosa cantante tras el paso implacable del tiempo, un fantasma del pasado que no tiene cabida en la época actual.

Los objetos acusan asimismo la ruina y la destrucción que los rodea. Los ladrillos son centenarios, las barras de acero están oxidadas, los azulejos son prehistóricos, las croquetas están hechas de malas entrañas, los pasamanos están mugrientos, las sillas están desvencijadas

Incluso los animales sufren esta miseria (recordemos que el perro de Conde se llama Basura y es un vagabundo, que en el charco del barrio chino hay una rata hinchada…).

Cuando va en busca de su antiguo confidente, Conde observa en el barrio más pobre de La Habana un triángulo eternamente degradado en cuyas entrañas se ha acumulado, a lo largo de los siglos, una parte del desecho humano, arquitectónico e histórico generado por la capital, un maremágnum de lumpens de todos los colores, putas traficantes, y emigrados de otras regiones del país y del mundo, deseosos de una oportunidad en la vida que casi nunca les habría de llegar (pág. 206). Las calles por la noche están ocupadas por adultos rastreadores de piezas prohibidas, (…) rockeros sin escenario ni música, feroces cazadores y cazadoras de extranjeros y dólares, aburridos noctámbulos con primeras, segundas y hasta terceras intenciones (…), raperos y rastafaris, prostitutas y drogadictos, nuevos ricos y nuevos pobres… (págs. 202 y 203).

Todas estas personas tienen en común la vivencia dolorosa de la miseria. Cada una de ellas intenta encontrar un medio de resistirse a esa miseria, pero el entorno de pobreza y desolación los absorbe, los asimila. Es un planteamiento muy próximo al de la determinación del medio de la novela naturalista del siglo XIX. Nadie en ese lugar puede escapar a una miseria que extiende sus tentáculos penetrando incluso en el interior de las personas, haciendo germinar en ellas el sentimiento de fracaso, la frustración de las ilusiones y las esperanzas y la renuncia a cualquier tipo de escrúpulo o principio moral. La simple observación de ese medio, aun teniendo la seguridad de que por algún motivo no forma parte de él, sume a Conde en una sensación de dolor y tristeza.

Entre esta fauna urbana, el protagonista se mueve con desconsuelo, con el alma adolorida (pág. 205), sintiendo que trashumaba por una ciudad desconocida, que no le pertenecía y lo empujaba, excluyéndolo (pág. 204). Contempla al borde del asco a la jovencita siempre sonriente que, contra una pared, se dejaba babosear por un viejo de aspecto nórdico, tiene la nerviosa certeza de hallarse extraviado y deambula por las calles donde en la época dorada cubana se hallaban los casinos y los cabarets (La Gruta, La Zorra y el Cuervo, Montmartre, Las Vegas, Capri…) añorando un pasado que no volverá y cuyos únicos rastros son edificios abandonados o incendiados hace mucho tiempo, ancianas boleristas alcohólicas, viejos músicos decrépitos incapaces ya de tocar y aquel artículo de una revista, encontrado dentro de un libro de cocina, en el que se anunció la retirada de Violeta del Río en el momento cumbre de su carrera artística.

La reacción del antiguo policía ante toda la pobreza que descubre es una mezcla de lástima, dolor, asco y angustia que le produce un malestar profundo. Su modo de enfrentarla es la evasión, la huída hacia el pasado (su juventud, los años 50…). Recordemos que según el narrador Conde posee un romanticismo trasnochado que contrasta con el espíritu comercial de su amigo Yoyi (pág. 214). Es un hombre de principios en un medio hostil, violento, ruin y mercantilista, cuyos individuos se ven obligados a dejar de lado la moral a cambio de la supervivencia.

La principal debilidad de Conde son los libros. Su amor por ellos, alentado por su viejo amigo el bibliotecario Cristóbal el Cojo durante su adolescencia, le lleva a ganar dinero con su compraventa sin dejar de ser honrado. Ese respeto por los libros evita que su alma se corrompa, que sea asimilada por el entorno. A pesar de las protestas de Yoyi, Conde se niega a estafar a los ignorantes hermanos Ferrero o a permitir que vendan los libros más valiosos de su biblioteca a particulares y les recomienda que se pongan en contacto con la Biblioteca Nacional para ese fin. No se deja llevar por la miseria y la relajación moral que lo rodean. Su medio para resistir a esa miseria es la honradez. Por eso Yoyi el Palomo, haciendo uso de sus muletillas verbales, le dice constantemente que está loco y que él y sus amigos son marcianos (pág. 139). No puede entender cómo Conde todavía conserva sus principios en ese ambiente de corrupción y degradación y se lo dice muy a menudo:

— (…) Oye, men, tú y tus amigos son increíbles. (…) Parecen marcianos, coño, te lo juro. Yo los veo y me pregunto qué carajo les metieron en la cabeza para ponerlos así… (…)

— Nos hicieron creer que todos éramos iguales y que el mundo iba a ser mejor. Que ya era mejor… (…)

— Pues los estafaron, te lo juro.
(pág. 45)

A ti lo que te pasa es que como fuiste policía te creíste eso de que la justicia es verdad. Pero si la gente no hace bisnes y si no mete la mano, ¿cómo vive? Por eso aquí roba hasta Dios…
(pág. 46)

— (…) Tú eres el personaje más loco y más comemierda que conozco, pero me gusta andar contigo. ¿Sabes qué, men? Tú eres el único tipo legal con quien trato en este y en todos mis negocios. Eres como un cabrón marciano. Como si fueras de mentira, vaya.
(pág. 86)

Ya desde el título de la novela, y relacionándolo con el presente de Cuba, intuimos que flotará en el escenario de la historia una niebla de miseria y destrucción. Pero Leonardo Padura no sólo ejerce la crítica, la denuncia de esa realidad, sino que también lanza un mensaje de esperanza (paradójicamente encarnado por el desilusionado Conde) al mostrarnos una semilla de cambio, una manera de resistir a ese entorno: la búsqueda de la justicia en la propia vida, en las relaciones humanas, la generosidad hacia los demás y la comprensión hacia los que sufren. Cree que cualquier cambio, para tener posibilidades de convertirse en una mejoría estable de la situación política, social y económica, debe empezar por ahí.

 

© Noelia Gómez Jarque 2005

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2005-2006