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Sandro Veronesi

Caos calmo

        

 

Notas sobre Caos calmo, de Sandro Veronesi (Premio Strega 2006)

Marcos G. Breuer
Heinrich-Heine-Universität Düsseldorf
Marcos.Breuer@phil-fak.uni-duesseldorf.de

 

Tomás Eloy Martínez concluye su novela El vuelo de la reina reflexionando sobre una idea de G. Deleuze, según la cual “la sustancia de toda novela, desde Chrétien de Troyes a Samuel Beckett, es un antihéroe: un ser absurdo, extraño y desorientado, que no cesa de errar de acá para allá, sordo y ciego.” [1] A diferencia de Deleuze, Martínez pone en boca de su personaje una idea distinta: “una novela es una abeja reina que vuela hacia las alturas, a ciegas, apoderándose de todo lo que encuentra en su ascenso, sin piedad ni remordimiento, porque ha venido a este mundo sólo para ese vuelo.” [2] Ni el uno, ni el otro es el caso de Caos calmo, la última novela de Sandro Veronesi, con la cual el pasado mes de julio se ha hecho acreedor del Premio Strega 2006, una prestigiosa distinción en el ámbito literario italiano. En efecto, en el centro de esta novela no encontramos un personaje obsesivo, ni decadente, ni extraordinario, sea por sus dotes o sus ambiciones. Pietro Paladini, por el contrario, tiene mucho de l’homme moyen de nuestros días. Por cierto, es joven, inteligente, galán y exitoso, pero, al fin y al cabo, no se destaca respecto de otros hombres y mujeres de la clase media profesional milanesa de la que forma parte. Igualmente, los eventos en los que se ve envuelto y frente a los cuales debe reaccionar, nos resultan siempre creíbles y cercanos. Tal vez, lo único que destaca a Pietro del resto es un sólido sentido común que hacia el final de la novela termina convirtiéndose en una (envidiable) cordura. Para nada se trata de un final feliz, pero sí de un final donde, como en los relatos tradicionales, la virtud triunfa, aunque aquí, claro está, sin solemnidades. Dicho de otro modo, al final la calma logra imponerse al caos, esa calma de espíritu que sobreviene cuando uno se decide a ser sincero consigo mismo y con los otros, asumiendo los costes que ello implica. Es la calma que resulta de la opción, simple y difícil a la vez, de ser francos y de quitarnos el velo de las falsas ilusiones que nos vamos (y que nos van) tejiendo frente a nuestros ojos, como las únicas condiciones para no ser devorados o arrastrados de aquí para allí por el caos que subyace a la sociedad.

 

Síntesis de la obra

Pietro Paladini, 43 años, ejecutivo de una empresa multinacional dueña de una importante red de canales privados, está terminando de pasar sus últimos días de vacaciones en el mar tirreno. Un ventoso mediodía divisa a una mujer que se está ahogando entre las agitadas olas. En el mismo instante en que Pietro se lanza a rescatarla, Lara, su concubina y madre de su adorable hija de diez años, Claudia, muere de un aneurisma mientras se ocupaba del almuerzo. La simultaneidad de ambos eventos desconcierta totalmente a Pietro. ¡Vaya ironía del destino, estar rescatando a una desconocida (que luego ni siquiera agradece el esforzado salvataje), mientras paralelamente y no muy lejos de allí, Lara, con quien debía formalizar la relación en días más, cae fulminada ante los ojos de Claudia!

Luego de este agitado y convincente comienzo, entramos de lleno en la novela: Pietro y Claudia, a pocos días de haber concluido con el funeral, intentan retomar la vida cotidiana. Ya es setiembre, y en Italia comienza el año escolar y laboral. Mientras Pietro lleva su hija a la escuela, nos enteramos de lo que, al comienzo, parece ser un simple detalle: Él, en su intimidad, aún no ha hecho el duelo. Lara ha muerto, y esto parece que no ha afectado en lo más mínimo ni su vida ni la de Claudia. Nuestro personaje sabe que esto “no es normal”, que “no puede ser”, y por ello decide, una vez que se despidió de Claudia al ingreso de la escuela, permanecer todo el día frente al edificio escolar, en vez de ir al trabajo, de manera que, cuando llegue el “golpe”, no se encuentre en medio de su oficina, entre faxes y reuniones. Sin embargo, el golpe no llega ese día, ni el siguiente, ni los demás…

Mientras tanto, lo que comenzó como una medida de precaución y una simple ocurrencia para sostener anímicamente a su hija, termina volviéndose una costumbre. Todos los días, después de dejar a Claudia en la escuela, Pietro permanece fuera, esperándola, sentado en su lujoso automóvil o vagando por los jardines adyacentes, hasta el rencuentro vespertino. La coyuntura ayuda, ya que la empresa donde trabaja está por concretar una mega-fusión y su reiterada ausencia es vista como propicia por los máximos directivos, ya que él era uno de los ejecutivos contrarios a la operación. Los parientes, colegas y vecinos de la escuela, al principio sorprendidos por la decisión del joven viudo, terminan dejándolo en paz, ya que piensan que está sufriendo mucho aunque no lo quiera reconocer y que su manera de expresar y elaborar el luto es, por ridículo que parezca, permanecer diariamente frente a la escuela. Pero lo cierto (y lo extraño) es que Pietro se encuentra muy bien y casi en ningún momento se recuerda de Lara y de los años vividos juntos. El cuadro se vuelve aún más inusual a medida que él, día a día, constata que lo mismo sigue valiendo para Claudia; ya inició el año y como si nada hubiera ocurrido. La novela toma un giro cuando Pietro va a una reunión de padres, en donde precisamente una terapeuta aborda el tema de “cómo hablar con los hijos de la muerte de los seres queridos”. Allí se dice que los padres influyen decisivamente en el modo cómo los hijos sienten y elaboran acontecimientos del tipo. De manera que, concluye Pietro con un estupor que lo conduce a un breve desmayo, la sorprendente tranquilidad de Claudia se explica como la proyección de su propio estado de ánimo. “Si Claudia no sufre es porque me está imitando; porque yo no la irradio, ella no tiene acceso a la energía necesaria para sufrir.” [3] ¿Y por qué no sufre él con esa muerte?, es la pregunta que nos hacemos y que nos acompaña hasta el final de la novela.

Paralelamente, se da un fenómeno curioso cuyo tratamiento enriquece indudablemente la novela. La gente (que, como se dijo, ve en Pietro una persona literalmente inmovilizada frente a la escuela por el dolor de la pérdida) comienza a acercarse a él, no tanto para expresarle sus condolencias, sino para confiarle sus propios miedos, fracasos y pesares. De modo que el auto de Pietro se vuelve una mezcla de diván, de confesionario y de “muro de los lamentos” - como él mismo dice en su estilo tan informal. Pietro, en la mayoria de los casos, apenas si habla. Se limita simplemente a escuchar con atención y a analizar sagazmente lo que dice (y calla) su interlocutor de turno. Así, con cada visita que recibe se nos abre una ventana que nos deja ver una nueva historia, que Pietro en sus largos monólogos sabe reconstruir con humor y escrutar sin miramientos (aunque también sin patetismo). Y vemos que en cada una de esas historias aflora el caos calmo subyacente a esta sociedad. Porque a todos, con lo cómico y lo trágico que ello tiene, indefectiblemente a todos, “les falta una tuerca”. Uno se martiriza hasta llegar al paroxismo por haber pronunciado un simple blasfemia; otro nos revela cómo su novia, una seductora joven por la cual dejó esposa e hijo, ha comenzado a decir incoherencias y, para colmo, no se da cuenta; otra, Marta, la cuñada, le cuenta que está embarazada del tercer hijo, concebido una vez más con un hombre distinto que, como los anteriores, la ha abandonado poco después de las escasas noches de delirio; y una y otra vez comparecen los colegas del trabajo, a comentar los avances de la fusión y a poner así al descubierto sus ambiciones y cinismo. Es de este modo como van pasando las semanas y los meses, y el verano se vuelve otoño, y éste cede rápidamente a las primeras nevadas.

En el final nos está reservada una pequeña sorpresa que nos lleva a reinterpretar lo que hasta entonces nos ha dejado escuchar Pietro de sus conversaciones y monólogos - lo que nos da una clave para responder a la pregunta que hasta entonces había quedado flotando en el aire. En uno de sus innumerables encuentros, Pietro había reflexionado que “la gente piensa en nosotros infinitamente menos de cuanto creemos.”[4] Quisiera solamente indicar que el final parece querer revertir esa sentencia en la siguiente: “pensamos en los otros infinitamente menos de cuanto creemos.”

 

Comentarios finales

Caos calmo es una novela con una estructura clara y escrita de un modo llano y accesible (dicho sea de paso, con un buen diccionario es abordable a lectores de otras lenguas con un nivel intermedio de italiano hasta que aparezca una traducción). Las observaciones, reflexiones y comentarios de Pietro (tal vez lo más valioso del libro) se presentan siempre de un modo coloquial, aunque no por ello superficial; parece que, en vez de leer, estamos escuchando a un hombre lúcido analizar con sentido común tanto su propia cotidianeidad en la Italia del siglo XXI, como las aventuras o desventuras de sus interlocutores, o los tejes y manejes de la economía globalizada. Otro de los aspectos más logrados de esta novela es el acercamiento al mundo de los niños. Veronesi logra meterse con acierto en la psicología de Claudia, de sus amiguitas y de Matteo, el niño Down que pasa todas las mañanas junto al auto de Pietro, llevado por su madre a las sesiones de fisioterapia. De hecho, la novela puede verse como un elogio a la niñez, a la sinceridad y espontaneidad de los pequeños. Cierto que ellos viven y producen sin cesar un “caos calmo”, pero aquí esta expresión tiene otro significado, es un tumulto decididamente entrañable. El patético es, más bien, el caos calmo de los adultos.

A mi entender, la novela sea demasiado larga (más de 450 páginas) y contiene varias reiteraciones innecesarias. Por lo demás, no estamos, de seguro, frente a una trabajo excepcional. Sin embargo, en su conjunto, se trata de una obra coherente, dividida en 38 capítulos que son 38 fotografías de la Italia contemporanea, en las que no faltan elementos tan característicos como los ruidosos embotellamientos, el aroma del café y de los spaghetti recién cocinados, o las ampulosas gesticulaciones que, inexorablemente, complementan esta lengua peninsular.

 

Roma, octubre de 2006

 

Notas

[1] Thomas Eloy Martínez: El vuelo de la reina, Santillana Ediciones Generales, Madrid, 2002, p. 312.

[2] Id. p. 312.

[3] Sandro Veronesi: Caos calmo. Ed. Bompiani, Milán, 2006, p. 204. (Traducción M.G.B.)

[3] Id. p. 210.

 

3/01/2007

© Marcos G. Breuer 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2007