"¡Un día volveremos a encontrarnos!"
Aproximación a la muerte en la literaura infantil y juvenil

Anabel Sáiz Ripoll

Doctora en Filología
Profesora catedrática
IES Jaume I (Salou)


 

   
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Resumen: La literatura infantil y juvenil aborda muchos temas, todos pueden ser interesantes a la hora de leer, pero conviene saber qué recomendamos a nuestros hijos y cuándo hacerlo. En la literatura infantil y juvenil, sobre todo en la juvenil, durante mucho tiempo, el tema de la muerte se consideró tabú. Como leemos en el relato de Juan Farias, “El Capitán”: “Las personas mayores no dejan que los niños se acerquen a la muerte”. No obstante, desde el llamado “realismo crítico”, cambió la situación y se introdujeron en la literatura temas tan escabrosos, para algunos, como pueden ser el sexo, la droga o la muerte.
Palabras clave: Literatura infantil, temas tabú, muerte

 

Escribir acerca de la muerte en la literatura trata de responder a una de las preguntas que, desde siempre, se ha hecho el hombre de cualquier cultura, época o creencia. Vida y muerte son las dos caras de la misma moneda y no podemos ignorar que todo lo que nace acaba pereciendo. El Oráculo en La llamada de los muertos, de Laura Gallego, nos recuerda que la vida por sí misma no es nada, si no va acompañada por la muerte, su compañera: “No comprendes que cada cosa tiene su tiempo y su edad, y que, si bien la vida es algo maravilloso, también la muerte es necesaria para toda criatura” (pág. 31). En El coleccionista de relojes extraordinarios es la propia muerte quien le da este consejo al Jonathan Hadley: “Limítate a vivir; ese es tu trabajo. Cuando llegue tu hora, yo vendré a buscarte. Ese es mi trabajo. Nos veremos entonces... Jonathan Hadley” (pág. 154). Y es que no se puede huir de la Muerte por mucho que nos empeñemos.

En la literatura infantil y juvenil, sobre todo en la juvenil, durante mucho tiempo, el tema de la muerte se consideró tabú. Como leemos en el relato de Juan Farias, “El Capitán”: “Las personas mayores no dejan que los niños se acerquen a la muerte” (pág. 18). No obstante, desde el llamado “realismo crítico”, cambió la situación y se introdujeron en la literatura temas tan escabrosos, para algunos, como pueden ser el sexo, la droga o la muerte. Juan José Lage Fernández y Manuel Lana Arias, en un artículo bibliográfico muy recomendable, se hacen las siguientes preguntas a la hora de entender el porqué de la irrupción de la muerte en la literatura infantil y juvenil: “¿Qué pretenden los escritores cuando la eligen para argumento de sus obras?: ¿angustiar al lector?, ¿herirle en su sensibilidad? Todo lo contrario: si nada hay más natural en la vida que la muerte, se trata de acercar al niño a un problema vital, de “enfrentarle debidamente y a tiempo con los conflictos humanos básicos””. [1]

Es importante no falsear al niño ni al adolescente la realidad ni edulcorarla con visiones escapistas del mundo o de la sociedad. La literatura infantil y juvenil aborda muchos temas, todos pueden ser interesantes a la hora de leer, pero conviene saber qué recomendamos a nuestros hijos y cuándo hacerlo. Como bien escribe Fanuel Hanán Díaz, “La muerte ha sido en la literatura infantil la gran ausente, la eludida, la disfrazada. Es difícil encontrar textos que aborden con naturalidad esa problemática. Detrás de este fenómeno se esconde la sombra de una actitud sobreprotectora hacia la infancia, de un recelo de adulto que todavía no ha solventado su propio enfrentamiento con esa experiencia. Leer sobre la muerte es vivirla por anticipado, es crecer un poco más internamente para estar preparados para su venida. Pero también es el espacio para confrontar nuestra propias experiencias y descubrir en los personajes de ficción que nuestras emociones, que nuestros sentimientos ante ese hecho, son también los de otras personas” [2]. Antón Layunta, sin ir más lejos, escribe Papá, explícame el cuento de la vida para explicar a sus hijas por qué se muere y lo hace mediante el cuento de un gusano que vive diferentes transformaciones en su vida. La metáfora, pues, es elemento recurrente para explicar la muerte a los más pequeños. En la literatura juvenil hay muchos intentos por explicar el mundo del más allá, lo vemos en La guerra de las brujas, de Maite Carranza o en La puerta oscura de David Lozano.

Algunos de los personajes literarios con los que nos hemos encontrado en nuestra lecturas tienen en la adolescencia, como puede ocurrir en la vida real, los primeros contactos con la muerte que irrumpe de manera dura en la vida de los jóvenes para decirles que no se trata de algo ajeno a ellos, sino que forma parte de la otra cara de la moneda. Así, lo leemos en La casa de verano, de Alfredo Gómez Cerdá, el reciente premio Nacional de Literatura. Aquí muere Carlos, muy joven y quince años después, Tomás y Juli, sus amigos inseparables recuerdan la conmoción que supuso para ellos esta muerte. En Yo, Robinsón Sánchez, habiendo naufragado, de Eliacer Cansino muere la abuela del protagonista, de quien escribe la especie de diario que es el libro y merece la pena transcribir una reflexión que él se hace a sí mismo: “Murió en plena primavera, lo que acentuó en mi imaginación los contrastes entre la vida y la muerte, aún desconocidos para mí. Mientras todo el mundo se disponía en esta ciudad a recibir el tiempo de la alegría, ella fue apagándose poco a poco, sin querer delatar el terrible dolor que una de sus piernas debió causarle” (p. 82-83). En El mar sigue esperando, de Carlos Murciano, por ejemplo, Néstor ha perdido a su padre y este drama familiar desencadena toda la novela.

En el caso de los niños se plantea de una manera más metafórica el acercamiento a la muerte. Un ejemplo de libro que aborda este tema de manera impecable y que ya comentamos en su día [3] es Una promesa, de Carmen Pellicer. Nos habla de dos ninfas, Becky y Bea, que juegan juntas en su charca y se divierten continuamente. No obstante, la autora, Carmen Pellicer, en “Una promesa” trabaja con la metáfora continuamente para explicar a los más pequeños algo tan delicado como es la muerte. El mensaje, es evidente, se lee entre líneas y ha de interpretarlo un adulto. Becky, un día, se hace mayor y se metamorfosea en una libélula. Las dos amigas sabían que muchas de ellas se iban para no volver y se preguntaban qué había más allá de la charca en donde pasaron sus mejores tiempos. Es más, trataron de seguirlas sin éxito. Se prometen, de ahí el título del cuento, que la que salga primero volverá a buscar a la que queda y no la olvidará. No obstante, no es tan fácil. Becky cambia de cuerpo y no puede mojarse ni llegar al fondo de la charca, pero sigue, de alguna manera, velando por su amiga y está contenta de poder hacerlo. Sabe que, como leemos: “”¡Un día volveremos a encontrarnos!”, se dice mientras piensa en todas las cosas preciosas que descubrirán juntas cuando surquen el cielo”.

A continuación, de manera resumida, trataremos de ver cómo algunos de nuestros autores actuales tratan el tema de la muerte.

 

LA MUERTE Y LOS ANIMALES

Una manera de introducir a los niños en la muerte es a través de los animales. Acabamos de verlo en las líneas anteriores. Algodón, de Manuel L. Alonso aborda más directamente el tema puesto que nos habla de una perrita que es atropellada y el consiguiente disgusto que genera en la niña que la cuida y la quiere. La perrita se llama Algodón. Así se describe el momento en que la niña descubre el fatal desenlace: “Algodón parecía dormida. Sus heridas no estaban a la vista. Pero al ver que no se movía ni respiraba, todos comprendieron enseguida lo que había pasado. La señorita preguntó a Paz si quería llevársela a pesar de todo. Paz dijo que sí con la cabeza, porque las lágrimas le impedían hablar. Metieron a Algodón en su cesta y la cerraron” (pág. 46).

 

ENFERMEDAD Y MUERTE

Carlos Puerto, con la sensibilidad que le caracteriza, en El niño que confundió a su prima con una manzana, nos habla de un niño, Archibaldo, que tiene 10 años de edad y que, aparentemente se está recuperando muy bien de una enfermedad que casi lo llevó a la muerte. Archi es un niño imaginativo, que escribe, que vive con sus dos tíos y que se inventa a Lisa, una prima, con la que comenta, comparte todas sus fantasías. Según intuimos, Archi se recupera de un cáncer. No obstante, el desenlace de la enfermedad es fatal, pero Carlos Puerto, nos lo describe de una manera poética, llena de magia, como si fuera el propio Archi quien se libera y, a través de sus palabras, en forma de cuento, escrito por el propio niño, llegamos a este final en que Archi, por fin, es libre. Así lo describe el narrador: “Archi suspiró, notando cómo se le escapaba el aire de los pulmones. Archi aspiró, llegando hasta sus narices el olor del verano. Archi acarició la mano de su prima y la notó suave como la piel de su fruta favorita. Archi escuchó un sonido, como de voces, que parecían llamarle desde no se sabía dónde. Antes de que Archi abandonara aquella habitación para siempre, miró por la ventana. La luna que hizo un guiño de complicidad, como si todos sus deseos se hubieran cumplido. El niño volvió a reír, esta vez estrepitosamente” (pág. 96).

 

MUERTES DRAMÁTICAS

An Alfaya, en La sombra descalza, premio Lazarillo 2006, explica también la sensación que le produce a Elsa, la chica protagonista, la muerte de una tía, que es el desencadenante de toda la trama. Es una novela intimista de gran calidad literaria. La muerte de Sagrario hace que Elsa investigue y descubre que su tía fue sepultada en vida por un suceso que ocurrió en su juventud y que ya no tendría importancia, a no ser por la intransigencia de Xuliano. De paso, averigua otro secreto, el de su tía, enamorada de otra persona y condenada a vivir con alguien a quien no quiere. Elsa, poco a poco, va atando cabos y trata, de alguna manera, de enfrentarse a sus abuelos.

Mucho más práctico se muestra César Mallorquí en La Cruz de El Dorado cuando recrea el episodio dramático de la muerte del padre de Jaime Mercader en un naufragio. El muchacho llora a su padre, es cierto, y lo echa de menos; pero, como bien dice, “yo era muy joven y la juventud es tierra abonada para el olvido, lo cual permite superar con rapidez hasta las penas más profundas” (pág. 37). No obstante, la juventud está opuesta a la muerte; por lo tanto, trata de esquivarla o, al menos, de superarla. Como bien dice el mismo personaje al que se daba por muerto en otro pasaje de novela: “Es usted joven y la vida aún le depara muchas oportunidades” (pág. 196).

 

MUERTE EN PLENA JUVENTUD

Las siete muertes del gato (2004) es un libro estremecedor que explica cómo un muchacho, Germán, apodado el gato, inicia su declive desde pequeñas fechorías hasta la delincuencia; desde una copa en una boda hasta el coma etílico; desde un robo mínimo hasta el hurto de una moto; desde la vida hasta la muerte. El libro mantiene un ritmo magnífico puesto que se organiza de manera coral, en 7 voces, más un principio, titulado, “El final”, puesto que todos sabemos que se parte de la muerte de Germán. Sus amigos se reúnen y todos, en el tanatorio, repasan esas muertes del Gato. Todos podrían haber hecho algo y no lo hicieron: Asun, su hermana; sus amigos Esteban, Benja, Nilo y Grego (éste más que ninguno); su novia Almudena; la enferma Pilar... En tercera persona, Alfredo Gómez Cerdá nos lleva al pensamiento y al alma de estos personajes y nos parece conocer al propio Germán. La música de Jim Morrison planea en la novela; a la vez que se describen escenas urbanas de un barrio de Madrid. En Campos de fresas, Jordi Sierra i Fabra escribe acerca de una joven que está en coma, a las puertas de la muerte, por consumir una droga adulterada. Es un texto recomendable y que recientemente se ha vuelto a editar. Seis historias en torno a Mario, del mismo autor, insiste en las atrocidades de la droga, aunque esta vez, el protagonista no tiene tanta suerte. Miguel Vázquez Freire, en Ángeles en tiempos de lluvia habla de la muerte en accidente de tráfico de cuatro jóvenes y cómo el hermano de uno de ellos se resiste a creer las explicaciones oficiales, ya que no ha sido el típico accidente causado por los estragos del alcohol.

Jaume Cela, en quien vamos a detenernos unos momentos, no soslaya el tema de la muerte, ni siquiera en las historias dirigidas a los más pequeños. Considera que es algo natural, que no se debe ocultar; de ahí que muchos de sus niñas y niños reflexionen sobre la muerte, quizá sin entenderla aún; pero ¿es qué hay alguien que la pueda entender?

Ahora bien, cabe advertir que únicamente se rebelan ante la muerte los personajes más jóvenes, los que, por edad, están más alejados de ella, lo cual resulta lógico y muy natural. Los ancianos la aceptan sin ningún problema. Eso hace que, para los lectores, no resulte traumático ese final inesperado.

En el otro extremo se halla la pareja formada por Bru y Maria que luchan, cada uno con sus armas, contra el avance de la muerte. Conocemos esta historia en Camí de tornada . Bru ha sufrido un grave accidente y está en una habitación del hospital esperando un desenlace que se prevé fatídico. Su novia, Maria se enfrenta a ese destino y trata desesperadamente de regresarlo a la vida; mientras. Bru, piensa y lucha para recuperar “el camino de regreso”.

 

MUERTE Y ACOSO ESCOLAR

En Sin vuelta atrás, también de Sierra i Fabra, Jacinto no ha podido más y se ha acabado suicidando. Todos saben que en el centro hay una banda y todos saben quienes son, pero ninguno se ha atrevido a denunciarlo, ni los profesores, por miedo. Eso le ocurre a Manuela Giner quien “Se sentía demasiado joven para ceder. Y ya vieja para luchar. Vieja a los treinta años” (pág. 21).

Mientras, el sargento de la guardia civil entiende, con horror, que Jacinto ha sido torturado hasta no poder más, puesto que el cuerpo aparece lleno de hematomas antiguos. Los acosadores tratan, por su parte, de justificarse de una manera mezquina e hipócrita. No obstante, Jacinto ha dejado escrita una carta en donde explica que ya ha llegado al límite y da los nombres de sus acosadores. “Voy a ser libre, mamá. Llevo mucho tiempo sin serlo. Caminaré por otro mundo, un espacio sin miedo, sin violencia, sin dolor. Un infinito sin crueldades ni angustia por el mañana. Un lugar, espero, en el que Salva, Segis, Alan o Cafre no puedan alcanzarme jamás. No sé por qué me odian. No lo entiendo” (pág. 137).

Los agresores, finalmente son detenidos y tendrán un tratamiento individual porque son menores de edad; pero, como dice uno de los personajes, “… si no son conscientes de lo que han hecho, ¿de qué sirve lo otro, cualquier acción que se emprenda?” (pág. 158), porque, por desgracia: “El que pega de niño, pegará de mayor a su mujer y a sus hijos. Y la rueda sigue. Este país necesita una dosis de cultura en todos los sentidos”. (pág. 158).

 

MUERTE Y TRASTORNOS ALIMENTARIOS

Muchas son también las historias que se centran en la bulimia y anorexia, enfermedades que afectan a muchos de nuestros jóvenes. A veces, el desenlace es fatal, otras, en la mayoría de las novelas que hemos leído, se consigue superar la enfermedad. En la anorexia ocurre algo terrible: las enfermas ven a las demás cómo son exactamente, pero se distorsionan a sí mismas. En Billete de ida y vuelta. Gemma Lienas, Marta, por ejemplo, observa a una compañera del hospital, Elisa, y se queda espantada de lo que ve: “Un horror semejante sólo lo he visto en las fotos de los prisioneros de campos de concentración. (...) Su rostro hace pensar en el esqueleto que todos tenemos dentro; recuerda una clase de ciencias naturales; no te permite olvidar la muerte” (pág. 45-46). Llega un momento en que Marta se da cuenta de esta trampa y se pregunta: “¿Es posible que tengamos dos raseros distintos: uno para las demás, a las que vemos tal y como son, y otro especial para mirarnos a nosotras mismas? ¿Y es verdad, entonces, que nos vemos deformadas y gordas, como si nos reflejásemos en uno de aquellos espejos cóncavos de feria, pero realmente somos tan delgadas como todos se empeñan en decirnos?” (pág. 83). Marta, finalmente, decide algo esencial: que quiere curarse y ése el primer paso hacia la vuelta a su vida normal. El libro termina con una promesa llena de esperanza: “Saldré de este infierno para no volver nunca más”( pág. 215).

 

LA MUERTE DE UNA MADRE

Andreu Martín, en La mamá invisible, escribe una historia conmovedora, la de Carlos, que acaba de perder a su madre. Carlos es un niño feliz, alegre, pero cuando muere su madre -y nadie se lo dice- genera una serie de mecanismos de defensa que le llevan a inventar a una mamá invisible que, en realidad, no hace otra cosa que hundir al niño cada vez más. Por fin, su padre confiesa que no se lo ha dicho “Porque esas cosas... no se dicen a los niños” (pág. 73) y ése ha sido su error más grande. Carlos y su padre, juntos, inician el periodo de duelo hasta que un día, llega la esperanza y “Se miraron a los ojos... y los dos comprendieron que los dos habían comprendido lo mismo al mismo tiempo” (pág. 77). Y es que: “Mamá seguía viva. De una forma u otra, mamá seguía viva en su interior” (pág. 76). Carlos y su padre han llegado a entender que la presencia de su madre “Era una fuerza, una energía, una luz, un alivio, un bienestar, una euforia. Una especie de inmortalidad que sólo se alcanza con amor” (pág. 77). Es, pues, un mensaje esperanzador que nos habla del amor más allá de la desaparición física de los seres queridos.

La pequeña Marta, en Yo las quería, de Maria Martínez i Vendrell, con idea e ilustraciones de Carme Solé Vendrell, es una niña más bien llorona, ya que tiene a su madre enferma y no sabe muy bien cómo organizar su pequeño mundo. Marta está muy orgullosa de sus trenzas, como su madre, que se las alaba continuamente. No obstante ha de desprenderse de ellas porque se van de vacaciones, si mamá, que está delicada, y su padre no sabe peinarla. Marta descubre que eso no era tan importante y descubre muchas cosas, que le cuenta, por carta, a su madre. Cuando regresan, su madre muere y eso deja un vacío enorme en Marta que se siente perdida. Recuerda sus trenzas y, poco a poco, descubre, que, en su rostro, está la huella de su madre, sus mismos gestos y su sonrisa. Ya no necesita las trenzas para sentirse ligada a su madre, porque su madre está con ella. Marta ha crecido.

 

LA PERSONIFICACIÓN DE LA MUERTE

Jordi Sierra i Fabra, en El soldado y la niña escribe una hermosa alegoría acerca de los falsos mitos de la muerte que resulta ser, no un esqueleto desdentado, sino una niña preciosa que se le aparece a un soldado y le explica quién es y que ha de morir. El mensaje de la niña es demoledor y recoge el pensamiento del autor de que todas las guerras son inútiles: “Soy la muerte, soldado, y he venido para llevarte conmigo (...). Te dijeron que luchabas por algo y sabes que vas a morir por nada. Te dijeron que era tu deber y ahora te han arrebatado cuanto tienes. Te contaron que yo era horrible y soy dulce. (...). Te han mentido soldado” (pp. 13-14). A continuación la muerte lo lleva a un extraño viaje para que vea que, en ambas trincheras, los mensajes son los mismos y se muere por lo mismo, mientras que los dirigentes se reparten los restos del botín. No obstante, aún no era la hora del soldado que muere muchos años después, ya de anciano, aunque para él, entonces la visita de la Niña ya no es una sorpresa y, simplemente, la espera. Y es que la muerte, como ella misma dice: “Yo soy infalible, pero los seres humanos sois impredecibles” (pág. 59).

La tejedora de la muerte, de Concha López Narváez, es una historia extraordinariamente bien construida. La protagonista, por un azar que le remueve los recuerdos, decide acercarse al misterio que marcó toda su infancia. Decide regresar a su casa, en el pueblo, e introducirse de lleno en ese tiempo, el de sus 10 años. Para ello cuenta con la información de María Francisca, la hermana de Rosa, su antigua chacha, quien le desvela el origen el misterio y la sume en más dudas. El día en que murió la tejedora, que era una anciana pariente de Andrea sobre la que circulaban rumores de que era capaz de predecir las muertes y de invocarlas con sus agujas de tejer, el entierro pasó cerca de la casa de Andrea y, precisamente, cuando la tormenta estaba en su momento máximo, el ataúd cayó y empezó a moverse la mecedora. Intuimos que la tejedora fue a instalarse a casa de Andrea y a tejer su vida y su muerte en sus agujas. La madre de Andrea la salvó de morir porque Elisa, la tejedora, estaba ya por la franja 10, los mismos años que Andrea tenía entonces. Andrea decide dormir 5 noches en su antigua habitación hasta que la tejedora se le hace muy evidente y pasa verdadero miedo; pero concluye el experimento, podríamos llamar, parapsicológico. La tejedora es sólo una mujer cansada que desea desaparecer:“Es evidente que no puede verme. La contemplo, ya mucho más tranquila, y observo cómo reclina la cabeza sobre el respaldo, cierra los ojos, cruza las manos sobre el pecho y comienza a balancearse. Es sorprendente; pero su aspecto parece el de alguien cansado que, al fin, hubiera hallado reposo para su cuerpo y paz para su espíritu. Los balanceos cesan poco a poco, y la tejedora de la muerte se levanta de su asiento. Durante unos segundos vuelve a contemplar lo que le rodea. Luego su imagen comienza a desvanecerse, hasta que desaparece, envuelta en una niebla luminosa” (pág. 94). Vemos, pues, como la presencia de la muerte suele revestirse de misterio y tratarse, a veces, de manera alegórica.

Cada tigre en su jungla, de Emili Teixidor, es un hermoso relato en que se narra la muerte de la abuela del protagonista, pero de una manera llena de poesía, puesto que la muerte llega, por así decirlo, en forma de tigre; de ahí el título, ya que a dos nos espera una jungla en la que descansar, en donde tendremos todo aquello que más nos gusta. La reflexión del niño nos hace pensar: “Quizá nacemos del revés porque el lugar de donde venimos es como un reflejo o la otra mitad del lugar al que llegamos...” (pág. 70). Cuando la abuela muere, la casa se llena “de gente, amigos, vecinos de las casas más cercanas y familiares lejanos que hablaban en voz baja, de una manera misteriosa” (pág. 86). No obstante, el niño y su prima son los únicos capaces de ver que todo está lleno con las plantas que le gustan a la abuela, con sus labores, con sus guisos... No hay nada de dramático en la escena y sí de esperanzador: “Y entonces comprendimos que la abuela, como nuestro amigo el tigre, como su alegre y atrevido tigre del trapecio, se había ido más lejos, más allá, a disfrutar del perfume del tomillar de su inmensa jungla secreta” (pág. 88).

 

SUICIDIO

Menos frecuente, aunque también aparece, es el tema del suicidio, la mayoría de las veces frustrado, para demostrar que la vida es más poderosa que la muerte, al menos así debería verlo un joven. En El último caso del señor Luna,César Mallorquí, por ejemplo, un joven superdotado, hace un intento de suicidio, aunque, más bien, pretende llamar la atención de sus padres y de su entorno.

Muy dura, aunque exquisitamente solucionada, es la muerte por suicidio de Iván en Maldita adolescente, de María Menéndez Ponte. Iván es un chico tímido, con problemas familiares, con un amor que no confiesa, que no encuentra salidas a su vida, que equivoca su camino y Andrea se queda conmocionada: “Yo, que siempre había deseado un amor hondo y sentido, de poeta enamorado, en vez del rollo instantáneo que te piden los chicos hoy. Si él me lo hubiera insinuado. Pero, tal y como era de hermético, eso no lo habría hecho nunca” (pág. 129).

 

MUERTOS Y APARECIDOS

Las historias de aparecidos también interesan a los autores, en concreto a Agustín Fernández Paz. Pero él no escribe cuentos de fantasmas, no, va mucho más lejos y hace que los difuntos vuelvan de alguna manera, que se hagan visibles a los vivos, que regresen para traer algún mensaje o dejar constancia de algo que aún les atormenta.

Un muerto que no descansa en paz y que aparece para remover las conciencias es Rafael, el emparedado del Pazo de los Soutelo que cambia la vida de Clara Soutelo porque descubre que, detrás de lo que ella imaginaba que era una familia sin secretos, se esconde el más atroz, el de la muerte, el del asesinato.

En el anterior punto ya habíamos hecho referencia a Moncho, el tío de Sara, en Noche de voraces sombras quien, después de muerto, aún lanza mensajes a su sobrina-nieta para que rescate su memoria y sepa qué fue de su vida: “Había alguien sentado en mi cama, podía notar la presión que ejercía su cuerpo sobre el colchón, a escasos centímetros de mi mano izquierda” (pág. 40).

A Carmen, en “Dos rosas marchitas”, relato incluido en Muchachas, la vida también le cambiará un verano en que, por culpa de unos suspensos, tuvo que ir al pueblo a estudiar. El año antes había muerto ahogado un buen amigo suyo, Pablo, quien de nuevo, de manera mágica y para nada terrible, se aparece de nuevo a la chica, quien se da cuenta que: “Vivir es más complicado, o más sencillo, y cada pieza de lo que nos sucede solo cobra sentido cuando se encaja con las anteriores” (pág. 11). En “La vieja foto de las estrellas”, relato también incluido en Muchachas, es otro chico muerto en terribles circunstancias, quien se aparece a Blanca para traerle un mensaje del más allá, lleno de esperanza.

El reciente libro de Care Santos Bel: amor más allá de la muerte, es un libro conmovedor que se centra en la joven Bel, que acaba de fallecer, y cómo se resiste a irse porque hay muchas cosas que la apegan a la vida. No obstante, acaba por entender y hacer que los que la quisieron entiendan con ella que, realmente, sigue con ellos porque estará en su recuerdo.

 

LA MUERTE EN OTRAS CULTURAS

Una dulce historia de mariposas y libélulas, de Jordi Sierra i Fabra, es el ejemplo más hermoso que hemos encontrado en la literatura juvenil reciente para tratar el tema de la muerte en la China profunda. El relato se desarrolla hacia el año 1972, siete años antes de la política del “hijo único”, impuesta por las autoridades chinas.

A la muerte de Zhai, en plena niñez, casi adolescencia, Qin siente verdadero miedo ya que, según las tradiciones más ancestrales, si una persona muere en la infancia, antes de haberse casado, vagará sola por toda la eternidad, sin ningún sentido. Y es eso lo que a Qin le reconcome, tanto que decide emprender el viaje de su vida para poder cumplir el “minghum”; esto es, el “matrimonio en el más allá”, y encontrar a alguna niña que haya muerto recientemente para poder comprarla a su familia y casarla con su hijo, a la vez que se celebre el funeral.

Qin consigue algo de dinero, con mil esfuerzos e, incluso, compromete a su burro “Veloz” con un vecino a quien lo cederá cuanto regrese, y emprende un viaje lleno de fatigas, de penalidades y de miedos, hasta que da con lo que busca y se hace con la pequeña Ziyi de 7 años que murió ahogada en el río y a quien su padre, tras muchos regateos, vende. Qin emprende el viaje de vuelta con la niña envuelta en un sudario y la estampa es patética, aunque él cree hablar con la niña y también con su hijo y establece con ellos un diálogo lleno de amor. El regreso a casa es aún más duro y Qin es asaltado y le roban al burro, con lo cual se multiplican sus esfuerzos. No obstante, consigue llegar a casa, en donde su mujer y su familia lo esperan.

Es, en suma, una historia llena de dolor, pero también de esperanza porque los niños difuntos, cuyos nombres significan libélula y mariposa, parecen, el día en que se encuentran, reencarnarse en estos animales y ser, al fin, felices. Qin puede descansar tranquilo y la vida continúa porque su nuera está a punto de dar a luz. Ésa es la gran esperanza en el futuro.

Sierra i Fabra trata un tema tan complicado y difícil de entender como es el “minghum” de una manera muy respetuosa, sin aspavientos, sin opinar, sin criticar, sólo poniéndose en el lugar de un padre que, como todos, quiere lo mejor para su hijo.

El relato, evidentemente, va dirigido a todo tipo de lectores y quizá los adultos podrán entenderlo mejor, aunque tampoco es mala lectura para los jóvenes, para que conozcan otras realidades, otras maneras de sentir y aprendan a entender que el mundo es grande y muy ancho.

 

LA MUERTE Y LAS GUERRAS

Muchos libros nos hablan de lo absurdo de las guerras y muchos critican esa sinrazón que lleva a unos a luchar contra otros y a matarse sin cuartel. Jordi Sierra i Fabra, ya hemos visto un ejemplo, es uno de los autores más comprometidos con este tema y que más critica las muertes inútiles que provocan las guerras, todo tipo de guerras. En Donde el viento da la vuelta se nos habla de Nino, un guerrillero guatemalteco que ha visto toda clase de horrores. En Material sensible. Cuentos crueles encontramos también relatos que nos hablan de las secuelas de las guerras. Carmen de la Bandera, por poner otro ejemplo, en África en el corazón nos habla de Diko, un joven camerunés que ha sido niño de la guerra. Y muchos más serían los títulos que podríamos mencionar, sin duda.

 

FINAL

De hecho, se conoce la muerte por la experiencia de ver morir a otros seres humanos. Ya decía Séneca que: “Podemos sentir y conocer la pérdida de un hijo, la de la fortuna, etc. No podemos sentir nuestra propia muerte porque instantáneamente, en el mismo momento de ocurrir, ella nos hace insensibles a todo. Es absurdo el temor por lo que, cuando ocurra, no lo podremos ya sentir” (Epístola a Lucilio, XXX).

El hombre muere porque en su misma esencia está presente el germen de la muerte. Pero la muerte es algo doloroso y penoso, a pesar de ser natural y comprensible. Y aquí viene la gran paradoja: todos mueren -todos moriremos-, sí ¿pero yo también? Se nos hace difícil pensar en nuestra propia muerte. De ahí que el tema revista tanto interés, a pesar de su aparente inutilidad: la muerte es lo único que tenemos seguro desde el instante mismo de nacer.

La muerte nos atemoriza a todos, pero no por el hecho mismo de morir, sino por no saber qué hay más allá de la muerte. Y así, conectaríamos con otro tema, al que podríamos aludir en otro momento. Tiempo y muerte van unidos. Por eso, a medida que “existimos” nos acercamos más a la muerte. En suma, podríamos hacer nuestros los pensamientos de la joven Bel, cuando ve que sus amigos hacen una sesión de espiritismo en su tumba: “Mientras queda en la tierra un solo ser vivo que te recuerda, no has muerto del todo”.

 

NOTAS:

[1] “La muerte en la literatura infantil y juvenil”, CLIJ, 79, 1996, p. 17. Los autores terminan citando a Bruno Bettelheim y su Psicoanálisis de los cuentos de hadas. En el artículo, por otra parte, se recoge una bibliografía cuidada y completa de libros que abordan este tema.

[2] En “Variaciones sobre el tratamiento del tema de la muerte en la literatura infantil”. En “Revista latinoamericana de literatura infantil y juvenil, nº 4, 1996, pág. 13.

[3] “Una promesa”, de Carmen Pellicer Iborra, diciembre 2007, pág. 107.

 

ALGUNOS LIBROS:

Alfaya, An: “La sombra descalza”, Madrid, Bruño, 2006, (Paralelo Cero, 54).

Alonso, Manuel L: “Algodón”, Madrid, Rialp, 1991, (El roble centenario, 38).

Cansino, Eliacer: “Yo, Robinsón Sánchez, habiendo naufragado”, León, Everest, 1998.

Cela, Jaume: “Camí de tornada”, Barcelona, La Galera, 2002, (El Corsari, 46)

Farias, Juan: “Los hijos del capitán”, en “Relatos de I. Antología para jóvenes lectores”, Madrid, Castalia, 2006. (Castalia Prima, 39).

Fernández Paz, Agustín: “ Muchachas” , Madrid, Anaya, 2006, (Espacio Abierto, 117)

Fernández Paz, Agustín: “Noche de voraces sombras”, Madrid, SM, (2 2005), (Gran Angular, 247).

Gallego, Laura: -“La llamada de los Muertos”, Madrid, SM, 2003, (El Navegante, 19). Crónicas de la Torre, III.

Gallego, Laura: “El coleccionista de relojes extraordinarios”, Madrid, SM, 2004, (El Barco de Vapor, 160).

Gómez Cerdá, Alfredo: “La casa de verano”, Madrid, SM, (9 1995), (Gran Angular, 56).

Gómez Cerdá: “Las siete muertes del gato”, Madrid, SM, 2004 (Alerta Roja)

Lienas, Gemma: “Billete de ida y vuelta”, Muchnik Editores, Barcelona, (2 2000), (La medianoche).

López Narváez, Concha: “La tejedora de la muerte”, Madrid, Bruño, (2 1996).

Mallorquí, César: “La Cruz de El Dorado”, Barcelona, Edebé, 2005

Mallorquí, César: “El último trabajo del Señor Luna”, Edebé, 2005

Martín, Andreu: “La mamá invisible”, Madrid, Anaya, 1991, Cuentos de Sí.

Menéndez-Ponte, María: “Maldita adolescente”, Madrid, SM, 2001, (Alerta Roja, 38)

Murciano, Carlos: “El mar sigue esperando”, Noguer, 1983.

Pellicer Iborra: “Una promesa”, Madrid, Alfaguara, 2007.

Puerto, Carlos: “El niño que confundió a su prima con una manzana”, Alzira, Algar, 2007, (Calcetín, 12).

Santos, Care: “Bel: amor más allá de la muerte”, Madrid, SM, 2009.

Sierra i Fabra, Jordi: “El Soldado y la Niña”, Barcelona, Destino, 2003.

Sierra i Fabra, Jordi: “Una dulce historia de mariposas y libélulas”, Madrid, Siruela, 2008, (Las Tres Edades, 165).

Sierra i Fabra, Jordi: “Sin vuelta atrás”, Madrid, SM, 2005, (Los Libros de Jordi).

Solé Vendrell, Carme (idea e ilustraciones); Martínez i Vendrell, Maria (texto): “Yo las quería”, Barcelona, Destino, 1984. Premio Apel.les Mestres 1983.

Teixidor, Emili: “Cada tigre en su jungla”, Madrid, SM, 1989. El Barco de Vapor, 175.

 

Nota: Este material forma parte de un proyecto de investigación que la autora està llevando a cabo gracias a una licencia retribuida concedida por el Departament d`Educació de la Generalitat de Catalunya. Resolución EDU/2413/2009, del 27 de julio (DOGC número 5461 9/9/2009).

 

© Anabel Sáiz Ripoll 2010

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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