Documento: Hace 25 años. La UCM vista por un profesor norteamericano.


Algunos comentarios ingenuos
de un profesor norteamericano en la
Universidad Complutense de Madrid (*)

David J. Curland


Facultad de CC. Información U.C.M.

(*) Este artículo apareció en la revista El Urogallo, año V, núm. 27-28, mayo-junio-julio-agosto, 1974.

Acabo de entregar al bedel el grueso paquete de papeletas. He firmado todas las actas. Se han leído los exámenes, pronunciado las sentencias; hemos bebido la última copa de jerez en el bar de abajo y el curso 1972-73 ha terminado. He enseñado un año escolar entero en el Departamento de Inglés, Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad Complutense de Madrid. ¿Qué siente un miembro de una facultad americana (en mi caso, de la Universidad de Oregon, Eugene, Oregon) al enseñar aquí, en Madrid? No puedo hacer grandiosas observaciones sociológicas, pero puedo hacer una declaración muy personal.

He enseñado lengua y literatura española durante quince años. He viajado y estudiado en México (y una vez en España) en períodos breves, en general, uno o dos meses en verano; pero este último año ha sido el de mi estancia más larga en un país de habla española. ¡Las lenguas extranjeras resultan tan artificiales en las aulas! Algunas asignaturas, como matemáticas y ciencias, parecen destinadas a una aula (o a ese lugar más artificial aun, el laboratorio), pero no así las lenguas extranjeras. Es, en cierto modo, como enseñar a nadar sin piscina. Se enseñan los movimientos, pero todo resulta muy abstracto y fuera de clase, los alumnos no necesitan nadar, pueden sostenerse andando como siempre con dos pies. Es sencillo y quizá un poco fraudulento dárselas de nadador experto cuando no hay agua. Al vivir en España un año, me he planteado con frecuencia la dificultad de transmitir a los estudiantes el vigor con que se habla aquí el idioma.

La primera mañana, literalmente asfixiado en el atestadísimo autobús F en la Moncloa, casi estuve a punto de cambiar mi propósito de ahorrar el gasto de un automóvil en España. ¡Y esta Universidad Complutense, qué extraña experiencia! Es difícil imaginar una Universidad tan dispersa. Yo sólo llegué a conocer un edificio: la Facultad de Filosofía y Letras A donde enseñaba. Nunca conocí otro centro docente donde las distintas disciplinas estuvieran tan totalmente aisladas unas de otras, en lo que se refiere a profesores y estudiantes. Claro que en los Estados Unidos hay universidades enormes, pero existe siempre un Centro Estudiantil que es un gran lugar de reunión para los estudiantes y donde comen, toman café, juegan al billar o a las cartas, ven una película o bien escuchan a un conferenciante discutido. Los catedráticos utilizan dicho Centro con los mismos fines y a menudo disponen de un club de profesores separado (en general, no abierto a los estudiantes). También falta en Madrid un verdadero periódico universitario. En las universidades de los Estados Unidos, los estudiantes hacen el periódico, pero todo el mundo lo lee. Publica, sobre todo, sucesos universitarios, y también incluye noticias importantes. Contiene sátiras, humor, comentarios sociales y una crítica implacable de la administración universitaria. El periódico da al conjunto un sentido de comunidad, una voz, un foro. Aquí no encuentro nada de eso.

Otra cosa que sorprende es el limitado acceso a los edificios. En el edificio A, por lo menos, todo el mundo debe utilizar la puerta central, aunque hay otras varias en sus extremos. La fachada posterior y los lados de la Facultad están rodeados de bellísimos jardines, pero nadie puede entrar en ellos. ¿Puede haber algo que justifique el negar a estudiantes y profesores acceso a las apaciguadoras zonas verdes que rodean la construcción?

¿Y qué decir de los estudiantes? Sólo puedo referirme a un número reducido, tal vez sesenta, de los miles matriculados en dicha Universidad. Pero he llegado a conocer bastante bien a esos sesenta. Me gustaron casi todos. Son jóvenes buenos y sanos. Me asombró la soltura con que muchos de ellos manejan el inglés. El Departamento de Filología Inglesa, bajo la dirección de don Emilio Lorenzo, ha desarrollado un programa mediante el cual los estudiantes españoles pueden enseñar y estudiar en Inglaterra. Los resultados en lo que se refiere a dominio del idioma y conciencia cultural son notables. Mis alumnos de aquí no estaban en absoluto preparados para una clase donde no sólo se estimulaba, sino que se exigía un intercambio de opiniones e ideas. Esperaban conferencias y cualquier desviación les sorprendía e inquietaba. En un principio, me parecía habérmelas con prisioneros de guerra a quienes se les había dicho que revelaran la menor información posible acerca de sí mismos. Pero a fines del curso ya participaban en las discusiones con bastante libertad. La tensión debida a la rigidez de las relaciones entre estudiantes y profesores dificulta el trabajo fuera de clase. Pero el aspecto más triste de esos alumnos era su profundo cinismo respecto al porvenir de su país. Yo procedía de una universidad americana donde, como en la mayoría de mi nación, se han presenciado en los últimos años disensiones estudiantiles tumultuosas y a veces violentas. No hace falta añadir que en la vida americana de estos últimos tiempos hay motivos para provocar un pesimismo considerable (motines, racismo, la guerra de Vietnam, Watergate). Pero nunca he encontrado en los estudiantes de mi país ese derrotismo unánime. Tal vez los estudiantes españoles son más maduros (tengo esa impresión) y los nuestros más ingenuos. Pero es indudable que la esperanza de mejorar las cosas, sea cual fuere la sociedad, constituye un rasgo vital y maravilloso en la gente joven. La ausencia de esta esperanza y de cierta clase de idealismo conduce a una total y pronta acomodación a los males sociales, y evita a menudo el brote de ese entusiasmo por la cultura tan hermoso, especialmente entre la juventud.

En la mayoría de las universidades de los Estados Unidos existen divisiones ineludibles entre profesores y, en especial, entre los profesores de más categoría y los estudiantes de los últimos años. Pero, sin embargo, y a pesar de esas barreras, se logran con frecuencia contactos e incluso relaciones, aun a costa de la virilidad o femineidad de los estudiantes. El catedrático es aquí el mandarín inabordable. Se encuentra tan aislado de los estudiantes y los otros profesores que su papel como líder intelectual es casi nulo. Claro que insisto en que mis oportunidades para observar dicha relación fueron limitadas y que debe haber excepciones de acuerdo con la personalidad. Pero la impresión dominante es de hábitos endurecidos que impiden cualquier interacción verdadera entre estudiantes y profesores.

El ingreso medio del personal docente universitario ha mejorado considerablemente en los Estados Unidos desde la segunda guerra mundial, y aunque sigue mal pagado en relación con la preparación que se le exige, pocos profesores están tan mal pagados que necesiten un segundo empleo para vivir con decencia. En la mayoría de las instituciones de los Estados Unidos, lo que en España llaman «pluriempleo» y en los Estados Unidos se denomina «pasear a la luz de la luna» (puesto que incluye con frecuencia un turno de noche), está estrictamente controlado: dichos empleos no están permitidos si interfieren con el trabajo de una persona, considerado de tiempo completo. Aquí, en Madrid, sólo el catedrático recibe un estipendio que le permite vivir. Todos los demás se ven obligados (y así lo esperan) a tener varios empleos para poder subsistir. Seré franco: no hay nada semejante a la libertad que gozan estudiantes y profesores en los Estados Unidos. Como observa certeramente Amando de Miguel: «No han conocido mis coetáneos subpirenaicos una Universidad liberal. La "libertad de cátedra" ha sido siempre una bella utopía» (1). ¡Nunca olvidaré mi asombro cuando entré por vez primera en el edificio A, Artes y Letras, en los terrenos de la Universidad de Madrid y vi el breve aviso que prohibía cualquier reunión de profesores o estudiantes! Incluso como medida temporal, semejante edicto hubiera provocado una repulsa universal en cualquier universidad americana (excepto, tal vez, en Westpoint o la Academia de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, que son escuelas militares).

También resulta inquietante la violencia de ciertos episodios entre la Policía y los estudiantes. Claro que en este terreno la historia de los Estados Unidos tampoco es bonita. Todo el mundo se enteró del tiroteo contra cuatro manifestantes estudiantiles en la Universidad del Estado de Kent (Ohio) en la primavera de 1970. Y hay otros casos, algunos de estudiantes negros en el Sur. Pero esa violencia no es legal. Hace poco el fiscal general ha ordenado una nueva investigación sobre las muertes de Kent. El nivel de violencia contra los estudiantes españoles puede no ser más alto que en los Estados Unidos, pero da la impresión de que no existe ningún control, ningún recurso contra ella, y con frecuencia no se tiene una información fidedigna respecto a lo ocurrido.

¡Pero soy un ingrato! He aceptado vuestra hospitalidad, he pasado un año muy agradable enseñando en la Complutense y luego parezco tan negativo. Dejadme insistir en un punto que ya señalé: muchos de vuestros estudiantes destacarían favorablemente en una comparación con estudiantes de cualquier otro lado, según un criterio intelectual o industrial. (Tal vez sean mejores de lo que la sociedad merece.) Todavía están relativamente poco viciados por las drogas. Esto se debe, en apariencia, a una política mucho más estricta respecto a narcóticos, pero quizá refleje, en general, una sociedad mucho más controlada. En la medida en que esto último sea cierto, se plantea un problema mas general: ¿de qué manera van a moverse (esperanzadamente) vuestras nuevas generaciones estudiantiles hacia una sociedad más libre, más liberal y como evitar a tiempo algunos de estos arreos negativos (tasa de criminalidad elevada, drogas, alta incidencia de violaciones, etc.) de otros países? Las costumbres sexuales son claramente las características de las que predominaban en los Estados Unidos hace veinte o treinta años. (Por ejemplo, la costumbre de que un hombre y una mujer vivan juntos sin ocultarlo es cada vez mas común en los Estados Unidos, y aquí se da aún en pocos casos.) Quizá no deseáis ni practicaréis nunca esos estilos de vida más «libres». Pero, por lo que he visto, a vuestra juventud les intrigan. Creo que muchos jóvenes viven con visiones de un mundo distinto al que están viviendo hoy.

    Notas:

  1. «Informaciones», 25 noviembre 1972, pág, 16.

Traducción de E. de Champourcín.

El URL de este documento es http://www.ucm.es/OTROS/especulo/numero7/curland.htm